El auge económico derivado de la Revolución Industrial del siglo XIX propició la aparición de los primeros pasajes cubiertos en París. Estas largas galerías no solo comunicaban calles concurridas, sino que también ampliaban los espacios comerciales al albergar oficinas y establecimientos minoristas. La idea parisina pronto se extendió por Europa con la construcción de galerías similares en Hamburgo, Londres, Viena y Milán.
Estos pasajes compartían un mismo patrón arquitectónico: edificios cubiertos con bóvedas de hierro y cristal que conectaban varias calles. En su interior se instalaban tiendas, cafés, oficinas y comercios de moda, funcionando como una evolución de antiguos espacios comerciales, como las basílicas romanas o las stoas griegas, donde comerciantes y viajeros encontraban bienes y servicios de forma cómoda y protegida de las inclemencias del tiempo.
En aquella época, España se encontraba rezagada económica e industrialmente respecto a gran parte de Europa como consecuencia de las guerras de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, la Guerra de la Independencia y los conflictos internos, tanto en la península como en los territorios de ultramar.
Durante el reinado de Isabel II, Barcelona vio surgir los pasajes de Bacardí y de Manufacturas. En Madrid, los pasajes de San Felipe y Matheu se consolidaron como centros comerciales y de negocios, levantados sobre solares de conventos desamortizados. El Pasaje de San Felipe, que tomó el nombre del convento desaparecido, fue el primer espacio comercial cubierto de la capital. Se construyó en 1839 entre las calles Bordadores e Hilanderas. Más tarde, en 1840, se inauguró el Pasaje Villa de Madrid y, en 1847, el Pasaje Iris.
El principal objetivo de estos espacios era impulsar el comercio minorista y ofrecer lugares de encuentro y consumo para la burguesía de la época.
Además de los pasajes de Madrid y Barcelona, en España se construyeron otros que han llegado hasta nuestros días. Entre ellos destacan los Almacenes Lodares, en Albacete, denominados así en honor del alcalde que impulsó su construcción; el Pasaje del Comercio e Industria de Zaragoza, levantado entre 1882 y 1883 por iniciativa del marqués de Ayerbe, de marcado estilo afrancesado y clasicista; y el Pasaje Gutiérrez de Valladolid. Este último constituye uno de los ejemplos más relevantes de la arquitectura comercial del siglo XIX en España y una de las obras más representativas del modernismo vallisoletano. Fruto del dinamismo económico y del auge del comercio urbano de la época, su estado de conservación ha suscitado, en distintos momentos, preocupación por el deterioro de algunos de sus elementos.
Los planos del pasaje fueron realizados por el arquitecto Jerónimo Ortiz de Urbina por encargo de Eusebio Gutiérrez, un acaudalado comerciante que deseaba contribuir a la modernización urbanística de la Valladolid de finales del siglo XIX.
Jerónimo Ortiz de Urbina, arquitecto de origen vasco, se formó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, donde obtuvo en 1852 el título de maestro de obras. Posteriormente, fue profesor y director de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid.
El pasaje Gutiérrez conecta las calles Fray Luis de León y Castelar. Ortiz de Urbina concibió un espacio elegante, funcional e innovador. La construcción, desarrollada entre 1885 y 1886, incorporó las técnicas constructivas más avanzadas de su tiempo. Diseñó un corredor cubierto con una estructura ligera de hierro y vidrio, utilizando tejas de cristal curvado y amplias vidrieras que favorecían la iluminación natural. Durante la noche, el recinto se iluminaba mediante lucernarios y farolas de gas.
El pasaje está formado por dos galerías que confluyen en una rotonda central decorada con un conjunto escultórico. En la planta baja se instalaron oficinas y despachos relacionados con la actividad industrial y comercial, además de tiendas de tejidos, sombrererías, sastrerías y establecimientos dedicados al ocio y la restauración.
La planta superior se destinó a oficinas y viviendas. Está ornamentada con vanos provistos de antepechos de hierro, separados por semicolumnas rematadas con capiteles de inspiración vegetal.
Sobre la entrada de la calle Fray Luis de León destaca una escultura de terracota, situada sobre un balcón, que representa a dos niños sosteniendo un reloj de estilo parisino. La obra es atribuida al escultor M. Gossin.
En el centro de la galería se encuentra una escultura alada de Mercurio realizada en bronce. Se trata de una copia inspirada en el célebre Mercurio volante, cuya autoría se ha relacionado tradicionalmente con Juan de Bolonia. La figura representa al dios romano del comercio, la comunicación y la velocidad, suspendido sobre el viento, simbolizando el dinamismo de la actividad mercantil.
En las cuatro esquinas de la rotonda se sitúan las alegorías de las estaciones del año, que evocan la posibilidad de pasear y realizar compras durante cualquier época del año.
La estructura portante del edificio está realizada principalmente en madera, mientras que la cubierta se resuelve mediante una estructura metálica. El arco central culmina en un gran lucernario de hierro forjado y vidrio, configurando un sistema estructural independiente del resto del edificio.
Para salvar el desnivel existente entre las dos calles, Ortiz de Urbina proyectó una escalera decorada con zócalos de azulejos y barandillas de hierro forjado.
Las pinturas de los techos, que representan alegorías mitológicas de las bellas artes, la industria, el comercio y la agricultura, son obra del pintor palentino Salvador Seijas. Las fachadas exteriores presentan un diseño diferente en cada acceso, aunque ambas incorporan trabajos de hierro forjado y muestran las fechas de construcción: 1885 y 1886.
En conjunto, el Pasaje Gutiérrez constituye un destacado ejemplo de la arquitectura comercial de finales del siglo XIX. La combinación de madera, hierro, vidrio y cerámica, junto con la riqueza de su programa decorativo y escultórico, lo convierten en una de las obras más singulares del patrimonio arquitectónico vallisoletano.
















PARA MÁS INFORMACIÓN SE PUEDE CONSULTAR A:
- Anne Martin-Fugier. Galeristas Actos Sur. 2010.
- Camille Janssens, Crear una galería de arte, Ars Vivens, 2012.
- Gutiérrez Márquez, Ana (2018). Historia del Museo de Arte Moderno. Colección Bicentenario Madrid.
- Jiménez-Blanco, María Dolores (2013). Barcelona: Fundación Arte y Mecenazgo.
- Martínez-Novillo, Museo Español de Arte Contemporáneo. Madrid: Ministerio de Cultura.
- Calabia. A. El Pisuerga: Encuentros y desencuentros de Valladolid.
- Díaz, Joaquín (2010). Álbum de Valladolid. Castilla tradicional, La Editorial de Urueña.