Después de la Guerra Civil, la juventud vallisoletana puso su atención en el Pisuerga. En sus orillas aparecieron embarcaderos vinculados a la práctica del remo, que sirvieron de apoyo a los bateles utilizados por los estudiantes para las competiciones de remo que el SEU organizaba entre las facultades y los colegios mayores. El río bullía de actividad deportiva.

La Universidad de Valladolid quiso emular en el Pisuerga las célebres regatas entre Oxford y Cambridge en el Támesis. Las primeras experiencias de remo universitario se remontan a 1942, mientras que las primeras regatas comenzaron a celebrarse en 1945 y llegaron a convertirse en uno de los acontecimientos deportivos más populares de Valladolid.

La ilusión se truncó en 1953, cuando sucedió «La Tragedia del Pisuerga». Una embarcación militar anfibia, durante una exhibición sobrecargada de pasajeros, perdió estabilidad y se hundió en medio del río a la altura de las antiguas aceñas, en la zona donde posteriormente se situaría la playa de Las Moreras. Según la documentación consultada, el accidente provocó la muerte de diez personas. Después del suceso, las regatas universitarias no volvieron a celebrarse.

La relación de los vallisoletanos con el Pisuerga siguió siendo, sin embargo, una de las principales manifestaciones del ocio de la ciudad.

A mediados del siglo XX, las barcas de recreo alcanzaron un notable protagonismo. Constituyeron un pequeño negocio perfectamente organizado. En 1954, el Ayuntamiento estableció un censo y una numeración de las embarcaciones, asignando distintos grupos a los diferentes barqueros. En aquel año estaban registradas 127 embarcaciones que bogaban por el cauce urbano del río, entre las pesqueras del Puente Mayor y Puente Colgante.

Los embarcaderos del Catarro y de La Oliva forman parte de una memoria lejana, no olvidada. En ellos se alquilaban por horas, mediante una tarifa fija, barcas de remo de fondo plano, con uno o dos bancos según su tamaño y capacidad. Una hora de alquiler costaba tres pesetas los días laborables y cinco los festivos.

Entre los años cincuenta y setenta, el Pisuerga tuvo una presencia activa en la vida de la juventud vallisoletana. Un paseo en barca por el cauce urbano constituía una agradable experiencia. Se alquilaban barcas de remos para pasear y, durante los meses estivales, para bañarse en el río.

Desde el cauce del río, las orillas ofrecían un paisaje muy diferente al actual. La orilla derecha estaba dominada por arbustos de ribera y existía cierto reparo a la hora de adentrarse en los amplios espacios despoblados de la Huerta del Rey, que entonces permanecía yerma, sin urbanizar. La margen izquierda mantenía jardines, muros de protección frente a las crecidas y viviendas integradas en el casco urbano.

Antes de que los puentes modernos y las nuevas infraestructuras urbanas dominaran el paisaje, las barcas desempeñaron un importante papel recreativo, deportivo y, por qué no decirlo, romántico.

En los años sesenta, las barcas del Pisuerga seguían siendo un símbolo del descanso y de las vacaciones estivales de un Valladolid que comenzaba a experimentar su desarrollo industrial.

Pasada la mitad del siglo XX, comenzaron a construirse nuevos puentes para comunicar la ribera izquierda con el desarrollo urbanístico que se estaba produciendo en la margen derecha del río. El Puente de Isabel la Católica, conocido popularmente como Puente del Cubo, fue proyectado en 1950 por el ingeniero Luis Díaz-Caneja Pando. El proyecto fue suscrito el 5 de mayo de aquel año y en su redacción también participaron el ingeniero Edmundo Matía de Orbe y los ayudantes de Obras Públicas José y Juan Tamayo Peña. Las obras se desarrollaron entre 1954 y 1957. Su denominación popular no procede, como se ha afirmado en ocasiones, de una torre de vigilancia de la muralla, sino que conserva el nombre de un antiguo puente situado en el ramal sur de la Esgueva, cerca de la plaza de Tenerías, conocido como el puente del Cubo; nombre relacionado con el lugar utilizado como lavadero de ropa, tejidos y pieles.

El Puente del Poniente fue también parte de la expansión de Valladolid hacia la margen derecha del Pisuerga. Fue proyectado por el mismo ingeniero en 1950 y abierto al tráfico en 1960. Desde su inauguración recibió oficialmente el nombre de Puente de José González Regueral, en recuerdo del que fuera alcalde de Valladolid entre 1949 y 1957. En marzo de 2013 recibió oficialmente el nombre de Puente del Poniente.

El embarcadero de La Oliva, situado en la margen izquierda del río, se encontraba unos metros aguas abajo del Puente del Cubo. Se accedía a él descendiendo por una pendiente pronunciada. En sus proximidades existían también merenderos que formaban parte del ocio vinculado al río.

El embarcadero del Catarro estaba relacionado con la familia Martín, una saga de pescadores de río y barqueros muy vinculada al Pisuerga. El sobrenombre «El Catarro» quedó asociado especialmente a esta familia y a su relación con las aguas del río. Juan Martín, conocido como «El Catarro», recibió en 1927 la Cruz de la Beneficencia, concedida por el gobernador civil, por su desinteresada labor de vigilancia, salvamento y rescate de personas ahogadas en el Pisuerga.

Con el paso de los años, aquel conocimiento del río se convirtió en una tradición familiar. Los Martín no solo estuvieron vinculados al alquiler de barcas de recreo, sino también a una vida entera dedicada al Pisuerga. Varias generaciones de esta familia mantuvieron una estrecha relación con el río, y su apodo quedó incorporado a la memoria popular de un Valladolid todavía muy vinculado al mundo rural.

Pasear «en las barcas del Catarro o de La Oliva» constituía una actividad recreativa para amigos y novios, que encontraban en el río un espacio de diversión y, en ocasiones, de encuentro romántico. La corriente del agua y el ritmo pausado de los remos creaban un ambiente propicio para la desconexión.

Entre 1960 y 1970, Valladolid vivió una profunda transformación social. La industria comenzaba a modificar el ritmo económico de la ciudad y la juventud experimentaba el contraste entre las tradiciones conservadoras y las nuevas ideas que llegaban del exterior, pero el Pisuerga no era solo un accidente fluvial; era espacio de encuentro social. Fuera del río, los jóvenes estaban condicionados por los horarios de la época, las costumbres sociales y la formación religiosa.

Era habitual alquilar una barca de remos para pasear con los amigos o disfrutar del río durante el verano. Asimismo, aquellos paseos ofrecían a las parejas un espacio de ocio y cierta intimidad, en una sociedad todavía condicionada por las costumbres sociales y la vigilancia familiar. Los paseos en barca se convirtieron en una de las experiencias más apreciadas de la época. Era una actividad que combinaba naturaleza, deporte y descanso. A lo largo del trayecto podían verse, con algo de suerte, patos o garzas en las orillas.

En septiembre, cuando el sol comenzaba a inclinarse hacia el oeste desde el cauce del río, la ciudad quedaba envuelta en una tenue neblina producida por la condensación de la humedad del aire cuando se enfría hasta su punto de rocío. Se reducía la visibilidad, pero Valladolid se veía con unas tonalidades azul violáceas, una imagen especialmente evocadora. 

Con la construcción de nuevos puentes, el crecimiento urbano y la progresiva transformación de las riberas, el uso recreativo de las barcas fue decayendo poco a poco. A medida que la ciudad se modernizaba, aquellas embarcaciones fueron convirtiéndose en un recuerdo del pasado.

Valladolid aceptó el cambio. Fue de siempre una ciudad estrechamente vinculada al cine. Durante aquellos años, salas como el Calderón, Lope de Vega, Roxy, Pradera, Carrión o Coca se llenaban cada fin de semana y con tradición inamovible del paseo desde la Acera de Recoletos hasta la Plaza Mayor por la calle Santiago. 

A finales de los años sesenta, la música transformó las formas de diversión. Surgieron las salas de baile y las discotecas. Se organizaban reuniones en casas particulares, los célebres «guateques», donde se escuchaban discos de vinilo de los Beatles, Los Bravos y otros grupos del momento.

Las barcas del Pisuerga simbolizan una etapa de transición entre el Valladolid tradicional y el moderno. Hoy, su historia pervive en la memoria colectiva y nos recuerda la estrecha relación que la ciudad ha mantenido con su río.

 

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTA A:

1- Elena Villa, Las barcas del Pisuerga.

 2- Alfonso Calabia, «Las regatas universitarias de Valladolid».

 3- Fundación Joaquín Díaz, «Cuatro figuras en la historia del deporte vallisoletano»

 4- Ayuntamiento de Valladolid, documentación sobre la historia de las piscinas Samoa y Deportiva y sobre los embarcaderos actuales del Pisuerga.

 5. Marcos Martín, Alberto. El catarro y la tradición de barcas recreativas en el Pisuerga

6. Ayuntamiento de Valladolid. Nueva rampa en el río Pisuerga para los rescates fluviales. Una decena de botes agoniza a orillas del río Pisuerga» (2019)