INTRODUCCIÓN
El Palacio de Pimentel, situado entre las calles de las Angustias y de Cadenas de San Gregorio, es uno de los edificios civiles más significativos de Valladolid. Forma parte de uno de los conjuntos monumentales más destacados de la ciudad, integrado por la iglesia de San Pablo, el Colegio de San Gregorio, el palacio de Villena, de Gondomar y el Palacio Real.
El edificio ha pertenecido a distintas casas nobiliarias y, posteriormente, a miembros de la burguesía vallisoletana, antes de convertirse en sede de la Diputación Provincial.
Su interés no reside únicamente en su historia y su arquitectura. También permite apreciar la transición entre el gótico tardío y el Renacimiento, desarrollada en Valladolid entre los siglos XV y XVI.
HISTORIA DEL PALACIO
En el siglo XV, el convento y la iglesia dominicos de San Pablo, junto con el Colegio de San Gregorio, constituían un importante foco religioso, intelectual y político. En 1425, Juan II reunió las Cortes de Castilla en Valladolid, en un contexto que refleja la relevancia política alcanzada por la ciudad.
Durante los siglos XV y XVI, las familias nobiliarias tendieron a construir sus residencias cerca de los espacios donde se concentraban la actividad política, la vida cortesana y las principales instituciones religiosas.
La construcción del palacio se inició en el siglo XV, por iniciativa atribuida a los marqueses de Astorga. Su emplazamiento resultaba apropiado para una residencia de estas características: su amplitud urbana facilitaba la circulación de carruajes y caballos, mientras que su proximidad a San Pablo lo integraba en uno de los principales escenarios del poder religioso y cortesano de Valladolid.
No se dispone de documentación concluyente que permita identificar a los propietarios originales de los solares sobre los que comenzó la construcción. Tampoco se conocen con certeza la fecha de inicio de las obras ni el nombre del maestro cantero que las dirigió.
Existen referencias que sitúan el edificio a comienzos del siglo XVI. En 1506, Felipe el Hermoso se alojó en él, mientras que su esposa, la reina Juana I de Castilla, se hospedó en una residencia de Íñigo López de Mendoza, situada en el entorno de la Corredera de San Pablo y la calle León. Según la información transmitida sobre esta última vivienda, Íñigo López de Mendoza había adquirido la casa en 1501, comprándosela al conde de Ribadeo por 280.000 maravedís. Este dato debe entenderse como una referencia a otra residencia, distinta del palacio que nos ocupa.
En 1508, Bernardino Pimentel, regidor de Valladolid, adquirió el edificio a los marqueses de Astorga. Pimentel pertenecía al linaje de los Pimentel, condes duques de Benavente, pero de otra rama.
Este palacio no debe confundirse con el Palacio de los Condes de Benavente, situado en la actual plaza de la Trinidad. Aunque ambos edificios estuvieron vinculados a miembros del linaje Pimentel, pertenecieron a ramas familiares diferentes.
Durante el siglo XVI, el palacio sufrió varias transformaciones que fueron configurando su aspecto arquitectónico. Los escudos de los Pimentel conservados en el edificio constituyen un testimonio de su vinculación con esta familia.
El palacio Pimentel de Valladolid pasó de manos de Bernardino Pimentel a los condes de Ribadavia hacia 1530, según las referencias históricas más extendidas. Sin embargo, existe una discrepancia sobre la fecha exacta: algunas fuentes mencionan 1489, como Juan Agapito y Revilla. En cuanto al precio, una referencia histórica recoge la cantidad de 500.000 maravedís.
En 1527, el emperador Carlos V, que había convocado Cortes en Valladolid, se alojó en el palacio con su esposa, Isabel de Portugal. El 21 de mayo de aquel año nació allí el futuro Felipe II. Este acontecimiento constituye uno de los principales motivos por los que el edificio ocupa un lugar destacado en la historia de Valladolid y de España.
La tradición popular vincula el nacimiento del príncipe con su presentación al pueblo desde la ventana angular de estilo plateresco. Sin embargo, no se trata de un hecho históricamente demostrado.
Existe asimismo una conocida tradición según la cual el recién nacido habría sido sacado por una ventana del palacio para recibir el bautismo en la iglesia de San Pablo. La explicación tradicional sostiene que, si hubiera salido por la puerta principal, habría correspondido bautizarlo en la parroquia de San Martín, a cuya jurisdicción pertenecía el palacio.
Esta narración se relaciona con la conocida ventana del primer piso de la que cuelga una cadena, convertida con el tiempo en uno de los elementos más reconocibles del edificio.
No obstante, es necesario distinguir la tradición de la reconstrucción histórica. Una de las explicaciones propuestas considera posible que se habilitara un pasadizo elevado entre el palacio y la iglesia de San Pablo, evitando que la comitiva tuviera que atravesar la calle. Según esta hipótesis, el acceso se habría realizado desde una ventana situada en una planta superior. Aunque esta explicación permite comprender el origen de la tradición, no demuestra por sí misma cuál fue el recorrido exacto ni identifica con certeza la ventana utilizada.
En 1530, el edificio ya pertenecía a los condes de Ribadavia. Esta familia mantuvo su vinculación con el inmueble durante más de tres siglos, hasta su venta en 1849. A lo largo de ese periodo se incorporaron modificaciones y elementos arquitectónicos destinados a adaptar la residencia a las necesidades de sus propietarios.
Durante los siglos XVII y XVIII, el palacio continuó vinculado a esta casa nobiliaria. Por ello, aunque hoy se conoce habitualmente como Palacio Pimentel, para comprender su historia posterior al primer tercio del siglo XVI resulta igualmente apropiada la denominación de Palacio de los Condes de Ribadavia.
En 1605, Valladolid recibió una importante embajada inglesa encabezada por Charles Howard, conde de Nottingham y lord almirante de Inglaterra, enviada por Jacobo I para ratificar el tratado de paz acordado entre Inglaterra y España en Londres en 1604. En las negociaciones que condujeron a la paz desempeñó un papel destacado el conde de Gondomar.
Durante su estancia, el embajador participó en las ceremonias y los festejos organizados por la corte de Felipe III. Según la reconstrucción histórica difundida por la Universidad de Valladolid, observó desde una ventana del palacio la procesión de Pentecostés y asistió a celebraciones relacionadas con el bautismo del futuro Felipe IV.
En el siglo XVIII, el palacio siguió vinculado a los condes de Ribadavia, sin que se conozcan transformaciones arquitectónicas de gran alcance que puedan atribuirse con seguridad a esa centuria.
La Guerra de la Independencia afectó profundamente al entorno monumental de San Pablo. Durante la ocupación francesa, este sector de Valladolid adquirió importancia estratégica. El Palacio Real fue utilizado por las autoridades militares francesas y quedó relacionado con la organización de las operaciones de las tropas imperiales.
Napoleón permaneció en Valladolid entre el 6 y el 17 de enero de 1809 y se alojó en el Palacio Real, que se convirtió durante aquellos días en centro de decisiones militares y políticas.
El cercano convento de San Pablo y otros establecimientos religiosos de la ciudad sufrieron daños y alteraciones durante el conflicto. Sin embargo, no se dispone de documentación suficiente para atribuir directamente al ejército francés la ocupación o la destrucción del Palacio de los Condes de Ribadavia.
En 1849, el XVI conde de Ribadavia y su hermano, el marqués de Camarasa, vendieron el palacio a Mariano Miguel de Reinoso y Oscáriz por 80.000 reales, según la referencia recogida en la documentación histórica del inmueble. Reinoso fue militar, académico y político, y perteneció a una de las familias destacadas de la sociedad vallisoletana del siglo XIX.
La venta se produjo en un periodo de profundas transformaciones económicas y sociales. Las propiedades nobiliarias y las pertenecientes a instituciones eclesiásticas experimentaron cambios de titularidad y, en muchos casos, pasaron a manos de una nueva élite vinculada a la política, la Administración y los negocios.
En 1874, según una referencia atribuida a un estudio de la Universidad de Valladolid, la Diputación habría adquirido el palacio a los herederos de Reinoso. Otras referencias sitúan la adquisición en 1875. Conviene comprobar la escritura de compraventa y distinguir, en su caso, entre el acuerdo de adquisición y la fecha de ocupación efectiva del edificio por la institución provincial.
LOS CONDES DE RIBADAVIA
La historia de los condes de Ribadavia es, en buena medida, la historia de la Casa de Sarmiento, un linaje de origen castellano que alcanzó una posición destacada en Galicia durante la Baja Edad Media.
En 1375, Enrique II de Trastámara concedió a Pedro Ruiz Sarmiento el señorío de Ribadavia y el de Santa Marta de Ortigueira, por la ayuda prestada durante la guerra contra su medio hermano Pedro el Cruel.
Pedro Ruiz Sarmiento había sido nombrado adelantado mayor de Galicia en 1370. Estas concesiones marcaron el ascenso político y territorial de la familia en el reino gallego.
A finales del siglo XV, el personaje decisivo del linaje fue Bernardino Pérez Sarmiento. Hijo natural fue legitimado por Enrique IV, circunstancia que favoreció su incorporación a las sucesiones familiares y la consolidación de sus derechos patrimoniales. Heredó importantes posesiones y alcanzó una considerable influencia territorial y política. Fue señor de diversas villas gallegas y adelantado mayor de Galicia.
En 1473 contrajo matrimonio con María Pimentel de Castro, hija de Juan Pimentel, señor de Allariz, y perteneciente a una rama del linaje Pimentel vinculada a la casa de Benavente. Pero sin línea directa con los condes duques.
De esta unión nacieron Francisca y María Sarmiento, que desempeñaron un papel relevante en la sucesión familiar.
El título de conde de Ribadavia a Bernardino Pérez Sarmiento fue otorgado por Isabel de Castilla en 1476 o 1478. Bernardino fue el primer titular del condado de Ribadavia y uno de los principales representantes del linaje.
Bernardino murió en Valladolid en 1522. Su vinculación con la ciudad explica la presencia de los Sarmiento en el ámbito vallisoletano y su relación con el palacio conocido posteriormente como Palacio Pimentel.
A Bernardino le sucedió su hija Francisca Sarmiento y Pimentel, segunda condesa de Ribadavia que contrajo matrimonio con Enrique Enríquez de Velasco, conde de Melgar, pero no tuvo descendencia.
Los derechos sucesorios pasaron después a su hermana María Sarmiento y Pimentel, III condesa de Ribadavia, casada con Juan Hurtado de Mendoza. De esta unión nació Diego Sarmiento de Mendoza, que heredó el condado.
Diego contrajo matrimonio con Leonor de Castro y Portugal, perteneciente a una familia de la alta nobleza. Su descendencia mantuvo y amplió los vínculos con otras casas aristocráticas.
Su hijo Luis Sarmiento de Mendoza y Castro heredó el condado y el cargo de Adelantado Mayor de Galicia. Aunque sus responsabilidades y posesiones estaban vinculadas a Galicia, pasó largas temporadas en Valladolid. En 1561 contrajo matrimonio con María de Moscoso Osorio y Toledo. De esta unión nació Leonor Sarmiento de Mendoza, heredera del condado.
Estos enlaces matrimoniales muestran cómo, durante el siglo XVI, la Casa de Ribadavia consolidó sus relaciones con algunos de los principales linajes de la nobleza peninsular. Los matrimonios, las herencias y la acumulación de derechos territoriales constituyeron instrumentos esenciales para mantener la posición social y política de estas familias.
Cuando Felipe III trasladó la corte a Valladolid en 1601, el palacio ya estaba vinculado a los condes de Ribadavia. Durante los siglos XVII y XVIII continuó formando parte de su patrimonio, hasta que fue vendido en 1849.
LA ARQUITECTURA DEL PALACIO
El edificio actual no conserva íntegramente su disposición inicial. A lo largo de los siglos ha experimentado modificaciones, reparaciones y restauraciones que respondieron tanto a las necesidades de sus propietarios como a los cambios de uso.
Uno de los primeros aspectos que llaman la atención es la combinación de piedra y ladrillo. La piedra se reserva para los elementos más destacados, como la portada, el zócalo y las esquinas, mientras que el ladrillo se emplea en los paramentos, de acuerdo con una tradición constructiva muy extendida en la arquitectura vallisoletana
El edificio presenta dos alturas y un torreón situado en uno de sus ángulos, que contribuye a definir su volumen y su presencia urbana.
La fachada carece de la uniformidad propia de algunos palacios construidos conforme a un proyecto unitario. En ella se reconocen elementos de distintas épocas, resultado de las transformaciones experimentadas por el inmueble.
La disposición de los paramentos, los balcones, la cerrajería de las ventanas, los elementos pétreos y el torreón introducen variaciones en la composición horizontal del conjunto y aportan riqueza a su aspecto exterior.
LA VENTANA PLATERESCA
El elemento artístico más sobresaliente del exterior del edificio es la ventana angular situada en el torreón, uno de los detalles más reconocibles del Palacio
Su composición se distingue por la disposición en esquina y por el trazado poligonal de la abertura. Constituye un ejemplo destacado del plateresco del Renacimiento vallisoletano, caracterizado por la incorporación de motivos ornamentales y por la riqueza de sus relieves de la Antigüedad clásica y
La ventana se dispone en el ángulo del edificio como una pequeña portada monumental, rodeada de una profusa decoración escultórica. Su ornamentación recuerda, por la minuciosidad y delicadeza de los relieves, el trabajo de los orfebres. Entre sus motivos decorativos aparecen columnas, medallones, figuras fantásticas y grutescos que se combinan con elementos vegetales, animales y seres imaginarios. Todos ellos se distribuyen con una notable libertad compositiva, creando un conjunto de gran riqueza ornamental.
La decoración no se limita a enmarcar la abertura, sino que convierte la ventana en el centro visual de esta parte de la fachada. El relieve escultórico contrasta con la sobriedad de los paños de ladrillo y refuerza el carácter representativo del edificio.
Por su composición ornamental, la ventana se ha relacionado estilísticamente con Diego de Siloé. No obstante, esta relación debe entenderse como una atribución basada en afinidades formales, no como una autoría demostrada documentalmente.
La entrada principal presenta una portada de piedra con arco rebajado de perfil curvo, vinculada al lenguaje de la arquitectura tardo gótica.
Tras atravesar la puerta se accede al zaguán, un espacio de transición entre la calle y el interior de la residencia. Desempeñaba una función tanto práctica como representativa: permitía organizar la circulación hacia las dependencias interiores y, al mismo tiempo, separaba el espacio público de la intimidad doméstica.
El zaguán está cubierto por una techumbre de madera y presenta un zócalo de azulejos de Talavera instalado en el siglo XX. La decoración cerámica representa episodios significativos de la historia de Valladolid, entre ellos el nacimiento y el bautismo de Felipe II, la llegada de santa Teresa y el incendio que afectó a la ciudad en el siglo XVI.
EL PATIO INTERIOR: EL CORAZÓN DEL PALACIO
Desde el zaguán se accede al patio, un espacio esencial en la organización tradicional de las residencias castellanas.
De planta cuadrangular, está rodeado por galerías porticadas que articulan las distintas dependencias. En la planta baja, las columnas sostienen las estructuras horizontales de madera que sirven de apoyo al piso superior y transmiten las cargas de la construcción.
Los capiteles presentan una ornamentación sobria, acorde con el carácter funcional de este espacio, concebido para articular las dependencias y facilitar la circulación dentro de la residencia.
El espacio central proporciona luz y ventilación a las galerías y constituye el núcleo organizador del edificio. Desde él se distribuían los accesos a las habitaciones y a las distintas dependencias domésticas.
La disposición del patio expresa también una determinada concepción de la residencia nobiliaria. Mientras la fachada representaba a sus propietarios ante la ciudad, el patio ordenaba el espacio privado y facilitaba la distribución de las habitaciones y los servicios de la casa.
El aspecto que presenta hoy es resultado de las transformaciones y restauraciones realizadas a lo largo del tiempo,
LOS ARTESONADOS MUDÉJARES
Entre los elementos más destacados del interior se encuentran dos importantes artesonados de tradición mudéjar, trasladadas al palacio desde otros edificios.
Una de ellas, de finales del siglo XV, está instalada en la sala de las Comisiones y procede del Colegio de San Gregorio. La otra, situada en el Salón de Plenos, procede de la iglesia parroquial de Villafuerte de Esgueva.
La tradición mudéjar, desarrollada por artífices que mantuvieron técnicas y repertorios decorativos de raíz hispanomusulmana, continuó utilizándose durante siglos, incluso después de la época renacentista.
En el Palacio Pimentel, estas techumbres enriquecen los espacios interiores y ofrecen un testimonio de la diversidad de tradiciones artísticas que confluyeron en la arquitectura histórica de Castilla.
Su presencia recuerda que un edificio no siempre procede únicamente de su construcción original: se configura también mediante la incorporación de elementos históricos procedentes de otros lugares
RESTAURACIÓN Y FUNCIÓN ACTUAL
Desde 1875, la Diputación Provincial de Valladolid tiene su sede institucional en el palacio, aunque conviene distinguir esta fecha de la posible adquisición del inmueble en 1874. El edificio alberga dependencias administrativas y espacios destinados a actividades culturales y exposiciones, por lo que continúa desempeñando una función pública.
El Palacio Pimentel ha llegado hasta nuestros días después de numerosas modificaciones. Entre las intervenciones más importantes de su historia reciente se encuentra la realizada en 1985 bajo la dirección del arquitecto Ángel Ríos.
La permanencia del conocido como Palacio Pimentel como sede de la Diputación Provincial permite que esta herencia histórica siga formando parte de la vida pública vallisoletana. Su valor no reside únicamente en haber sido escenario de un acontecimiento dinástico de especial relevancia, sino también en conservar, a través de sus espacios y elementos arquitectónicos, la memoria de las transformaciones experimentadas por Valladolid entre la Edad Media y el Renacimiento.
El palacio constituye así un testimonio de la evolución de la ciudad, de sus familias nobiliarias y de las formas de representación del poder, desde la residencia aristocrática hasta su actual función institucional.


















PARA MÁS INFORMACIÓN
- Arnuncio Pastor, Juan Carlos (dir.) (1996). Guía de Arquitectura de Valladolid. Valladolid: Colegio Oficial de Arquitectos de Valladolid.
- García-Valladolid, Casimiro G. (1900-1902). Valladolid. Recuerdos y grandezas. Valladolid: Imprenta de Jorge Montero.
- Martín González, Juan José (1976). Monumentos e Historia de Valladolid. Valladolid: Ayuntamiento de Valladolid.
- Bustamante García, Agustín (1983). La arquitectura clasicista del foco vallisoletano. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
- Diputación Provincial de Valladolid (1990). El Palacio de Pimentel: sede de la Excma. Diputación Provincial de Valladolid. Valladolid: Diputación Provincial de Valladolid.
- Pérez de Tudela, Almudena (2000). Felipe II y las artes en Valladolid. Conviene verificar los datos editoriales de esta referencia.
- Hurley, María Teresa (1993). La cerámica de Talavera en el siglo XX.
- Juan Ruiz de Luna y el Palacio de Pimentel. Revista de Arte e Historia.
- Ríos, Ángel (1986). Memoria del proyecto de rehabilitación del Palacio de Pimentel. Valladolid: Diputación Provincial de Valladolid.