Corría el año 1256 cuando una comunidad de monjas benedictinas bajo la advocación de Santa María de las Dueñas se estableció en Valladolid, en la orilla derecha del Pisuerga, más allá del Puente Mayor, en un lugar que después sería el Hospital de San Lázaro. De hecho, la historiografía la considera, junto con las Huelgas Reales, las fundaciones monásticas femeninas más antiguas de la ciudad.

Desde sus primeros tiempos tuvo una protección regia. El infante don Fernando y la reina María de Molina le concedieron bienes, rentas y donaciones, y la infanta portuguesa Teresa Gil dispuso numerosos bienes y tierras para el convento en su legado testamentario de 1307, y lo mismo hizo la reina María de Molina en 1321.

En el año 1360, en la guerra que sostuvieron Enrique de Trastámara y su medio hermano Pedro I, el convento fue derribado. La congregación se desplazó al interior de la villa, instalándose en unas casas cedidas por la familia Ulloa. La comunidad quedó vinculada a la Orden del Císter, bajo la advocación de San Quirce y Santa Julita.

En el año 1371 se establecieron entre la actual calle de San Quirce y la plaza de la Trinidad.

 El convento mantuvo su carácter aristocrático y su vinculación con la Corona; en el convento profesaban las hijas de familias nobles, con lo que conservó privilegios, bienes y rentas.

En 1499, el obispo de Palencia, fray Alonso de Burgos, aportó fondos para obras del monasterio.

Francisco de Praves fue contratado en 1621 para levantar un complejo monacal que incluiría iglesia, sacristía, sala capitular, escalera, claustro, sobreclaustro y el pasadizo que comunicaba con el Palacio Real, con trazos y líneas barrocas. No obstante, conviene hacer una precisión: La iglesia no es esencialmente barroca, sino que responde al clasicismo vallisoletano de comienzos del siglo XVII, dentro de la tradición tardorrenacentista.

La obra de Praves se caracteriza precisamente por su sobriedad, su rigor geométrico y la utilización de los órdenes clásicos.

El proyecto incluyó también una capilla privada encargada por la monja profesa María de Colón.

El Real Monasterio de San Quirce y Santa Julita formó parte de la gran renovación arquitectónica del Valladolid de comienzos del siglo XVII, en la época de las reformas de observancia.

El monasterio quedó sometido a la dependencia de San Benito el Real hasta 1632, cuando el papa Urbano VIII lo desligó de San Benito y lo vinculó a la diócesis.

En 1636, una gran crecida del Pisuerga causó graves daños en la iglesia y, especialmente, en el coro, que tuvo que ser reconstruido en 1743.

El Real Monasterio de San Quirce y Santa Julita ha sido ocupado por monjas benedictinas y, más adelante, por cistercienses.

El monasterio, entre 1884 y 1887, acogió temporalmente a las religiosas del Corpus Christi mientras construían su nuevo convento.

También tuvo una función parroquial provisional: después del incendio que afectó a la iglesia de San Nicolás en enero de 1893, la iglesia de San Quirce acogió las funciones parroquiales de aquella hasta julio de 1895.

En la segunda mitad del siglo XX, el monasterio necesitó nuevas reformas por el deterioro de sus dependencias conventuales. Su renovación fue inaugurada en 1967. En 1970, parte de los edificios fueron sustituidos por construcciones modernas.

Desde el 1 de septiembre de 1993 es sede de la Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo.

La comunidad cisterciense continuó en San Quirce hasta 2006. En ese año quedó agregada al monasterio de Las Huelgas Reales; el convento fue suprimido en 2016, y las últimas monjas abandonaron San Quirce en 2018 para trasladarse a Las Huelgas Reales.

Las dependencias conventuales se convirtieron en un complejo residencial geriátrico.

LA IGLESIA DE SAN QUIRCE Y SANTA JULITA

La fachada del convento es característica de la arquitectura conventual vallisoletana. Está construida a base de ladrillo y tapial con contrafuertes planos entre los paramentos.

Su puerta de acceso es de piedra y tiene una sencilla ornamentación. Sobre la puerta enmarcada y adintelada se dispone un frontón decorado con bolas, en cuyo interior aparece el relieve de la Asunción de la Virgen, acompañado por dos escudos. Es posible, pero no seguro, que pertenezcan a un abad y a un patrono, pero no están identificados.

Es la combinación de ladrillo, tapial y piedra, junto con la austeridad compositiva, la que permite relacionar San Quirce con otros edificios conventuales del Valladolid del primer tercio del siglo XVII.

En el interior, el templo tiene una planta de cruz latina. Su nave está cubierta por una bóveda de cañón con arcos fajones y un crucero coronado por media naranja sobre pechinas. La cúpula incorpora vanos que dan luz al espacio central. La decoración interior se completa con yeserías geométricas muy sobrias.

Apenas cuatro años después de terminarse las obras, el monasterio sufrió la crecida del Pisuerga de 1636, que ocasionó daños en el edificio y particularmente en la iglesia y el coro, que tuvo que ser renovado en 1743.

EL PATRIMONIO ARTÍSTICO

La iglesia conserva un interesante conjunto de retablos.

El retablo mayor ocupa todo el testero de la capilla mayor. Está datado en 1697 y concentra la mayor parte de la riqueza ornamental del templo; los retablos colaterales prolongan la unidad artística, mientras que los de la nave son de otras etapas de tendencias decorativas.

 La estructura del retablo mayor se atribuye a Blas Martínez de Obregón. Su composición arquitectónica se organiza mediante un amplio banco, un cuerpo principal dividido en tres calles y un ático semicircular. El conjunto está dominado por cuatro grandes columnas salomónicas, cuyos fustes, que se retuercen en espiral, están cubiertos de hojas y racimos de vid, como si la vegetación trepara por ellos; un recurso del barroco. 

En la parte inferior del retablo se encuentran las esculturas de san Quirce y santa Julita, los santos titulares del monasterio. Su presencia recuerda a los mártires cristianos a quienes está dedicada la iglesia.

En la calle central del cuerpo principal se encuentra la imagen de san Bernardo de Claraval, figura fundamental en la historia de la Orden del Císter. La escultura destaca por la expresividad de su rostro. Detrás de ella se dispone una hornacina enriquecida con espejos, elemento ornamental incorporado años después que multiplica los reflejos y acentúa la luminosidad del conjunto.

En las calles laterales aparecen san Benito y santa Escolástica, como recordatorio benedictino. Sus imágenes se alojan en hornacinas enmarcadas por columnas salomónicas.

El ático está presidido por un relieve de la Asunción de la Virgen María. La escena está enmarcada por columnas salomónicas y una exuberante ornamentación. En los extremos aparecen representaciones del Sol y la Luna, símbolos asociados a la iconografía mariana. Se añaden unos ángeles que llevan las palmas del martirio de san Quirce y santa Julita.

La autoría de las esculturas no está completamente resuelta. Se han propuesto los nombres de Juan de Ávila, Juan Antonio de la Peña y José de Rozas, aunque distintos especialistas han defendido atribuciones diferentes.

LOS DOS RETABLOS COLATERALES

A ambos lados del presbiterio se encuentran los dos retablos colaterales, también realizados por Blas Martínez de Obregón y pertenecientes al barroco churrigueresco. Su ornamentación y su dorado armonizan con el retablo mayor, prolongando la riqueza decorativa hacia los brazos del crucero.

El retablo de la Asunción de la Virgen, en el lado del Evangelio, está dedicado al misterio de la subida de María al cielo.

El retablo de San Bernardo de Claraval, en el lado de la Epístola, está dedicado al santo que impulsó la expansión de la Orden del Císter.

La importancia de estos dos retablos no reside solo en sus imágenes devocionales, sino en su relación con el retablo central. Los tres contribuyen a crear una unidad visual en la que las columnas salomónicas, el dorado y los motivos vegetales refuerzan la sensación de movimiento y riqueza propia del barroco tardío.

EL RETABLO DE SAN JOSÉ

La iglesia cuenta también con un altar dedicado a San José, situado en el cuerpo de la nave, frente a la entrada. Este retablo se distingue por su estilo rococó, una corriente del siglo XVIII que apoya las líneas curvas y una ornamentación más delicada.

EL RETABLO JUNTO A LA REJA DEL CORO

El conjunto se completa con otro retablo situado a los pies de la iglesia, junto a la reja del coro. Su interés radica en que representa una fase anterior a la exuberancia decorativa del retablo mayor y permite apreciar cómo la retablística barroca fue evolucionando hacia composiciones cada vez más dinámicas y ornamentales.

 

PARA MAYOR INFORMACIÓN, SE PUEDE CONSULTAR A:

  1. MINGO, Luis Alberto; (2018). Historia del Real Monasterio de San Quirce de Valladolid. Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción,
  2. ZARAGOZA PASCUAL, Ernesto (2009). La reforma y jurisdicción del monasterio de monjas cistercienses de San Quirce de Valladolid Cistercium. n.
  3. GARCÍA FLORES, Antonio (2010). Arquitectura de la Orden del Císter en la provincia de Valladolid. Junta de Castilla y León.
  4. MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José y otros (2001). Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid. Tomo II. Valladolid: Diputación de Valladolid.
  5. GONZÁLEZ GARCÍA-VALLADOLID, Casimiro (1900). Valladolid: sus recuerdos y sus grandezas. Volumen I. Valladolid: Imprenta y Librería de J. Rodríguez.