Pocos años después de la Guerra Civil, la juventud universitaria puso la vista en el Pisuerga. En sus riberas aparecieron embarcaderos y espacios de apoyo para los aficionados al remo, que servían como centros logísticos para los entrenamientos y las competiciones entre las facultades y colegios mayores. El río bullía de actividad deportiva.
La Universidad de Valladolid quiso emular en el Pisuerga las célebres regatas que enfrentaban a Oxford y Cambridge en el Támesis. Las primeras experiencias se remontan a los años cuarenta y las regatas universitarias propiamente dichas comenzaron a celebrarse en 1945. Las regatas llegaron a convertirse en uno de los acontecimientos deportivos más populares de Valladolid.
La ilusión, sin embargo, se truncó en 1953, cuando tuvo lugar la llamada Tragedia del Pisuerga. Durante una exhibición, una embarcación militar anfibia, sobrecargada de pasajeros, perdió estabilidad y se hundió en el río, en las proximidades de las antiguas aceñas, en la zona donde posteriormente se situaría la playa de Las Moreras. El accidente provocó la muerte de diez personas, según la documentación consultada. Tras aquella tragedia, las regatas universitarias dejaron de celebrarse.
LA relación de los vallisoletanos con el Pisuerga siguió siendo durante décadas uno de los principales espacios de ocio de la ciudad.
A mediados del siglo XX, las barcas de recreo alcanzaron un notable protagonismo. De hecho, 1954 fue uno de los momentos de mayor esplendor, cuando el Ayuntamiento llegó a registrar 127 embarcaciones de recreo. Las barcas se extendían por el cauce urbano del río entre las pesqueras del Puente Mayor y el Puente Colgante.
Entre los años cincuenta y setenta, el Pisuerga tuvo una presencia creciente en la vida cotidiana de los vallisoletanos. Un paseo en barca por el cauce urbano era una agradable experiencia. Se alquilaban barcas de remos para pasear y, durante los meses estivales, también eran utilizadas por quienes acudían al río para bañarse.
Desde el río, las orillas ofrecían todavía un paisaje muy diferente al actual. En algunos sectores estaban dominadas por arbustos, huertas y terrenos sin urbanizar. La margen situada junto al casco urbano presentaba una ocupación urbana, mientras que en la otra orilla solo había amplios espacios despoblados.
Los embarcaderos del Catarro y de La Oliva forman parte de una memoria lejana. En ellos se alquilaban por horas, mediante una tarifa, barcas de remo de fondo plano, con uno o dos bancos según su tamaño y capacidad para varias personas.
Las barcas del Pisuerga constituían, además, un pequeño negocio perfectamente organizado. En 1954, el Ayuntamiento estableció incluso un censo y una numeración de las embarcaciones, asignando distintos grupos a los diferentes barqueros y colores para distinguirlas. Una hora de alquiler llegó a costar tres pesetas los días laborables y cinco los festivos.
El Pisuerga era un lugar de encuentro para jóvenes, remeros, bañistas y personas que disfrutaban de los paseos en barca.
Antes de que los puentes modernos y las infraestructuras urbanas dominaran el paisaje, las barcas desempeñaron un importante papel recreativo, deportivo y, por qué no decirlo, romántico.
En los años sesenta, las barcas del Pisuerga seguían siendo un símbolo del descanso y de las vacaciones estivales de un Valladolid que comenzaba a experimentar su desarrollo industrial.
Pasada la mitad del siglo XX, comenzaron a construirse nuevos puentes para comunicar la ciudad con el desarrollo urbanístico que se estaba produciendo en la margen derecha del río. El Puente de Isabel la Católica, proyectado en 1950 por el ingeniero Luis Díaz-Caneja Pando y conocido popularmente como Puente del Cubo. Su denominación popular no procede, como se ha afirmado, de una torre de vigilancia de la muralla, sino de un antiguo puente sobre el ramal sur del Esgueva, en la plaza de las Temerías cerca de su desembocadura en el Pisuerga, que era conocido como Puente del Cubo, probablemente en relación con el lugar de lavar ropa. El nuevo puente recibió oficialmente el nombre de Isabel la Católica.
El Puente del Poniente formaba parte, junto con el Puente de Isabel la Católica, de la expansión de Valladolid hacia la margen derecha del Pisuerga. Fue concluido y abierto al tráfico en 1960. Desde su inauguración recibió oficialmente el nombre de Puente de José González Regueral, en recuerdo del que fuera alcalde de Valladolid entre 1949 y 1957. En marzo de 2013 recuperó oficialmente el nombre de Puente del Poniente, que era, además, la denominación tradicional utilizada por los vallisoletanos.
El embarcadero de La Oliva, situado en la margen izquierda del río, se encontraba unos metros aguas abajo del puente del Cubo. Se accedía a él descendiendo por una pendiente pronunciada. En sus proximidades existían también merenderos que formaban parte del ocio vinculado al río.
El embarcadero del Catarro estaba relacionado con la familia Martín, una saga de pescadores y barqueros muy vinculada al Pisuerga. Marcelino Martín, «El Catarro», terminó convirtiéndose en una denominación popular asociada a las barcas del río, aunque no todas pertenecían a esta familia.
Marcelino Martín destacó por su conocimiento del río y por sus labores de vigilancia, salvamento y rescate. El abuelo de la familia, Juan Martín, conocido como «El Catarro», recibió en 1927 la Cruz de la Beneficencia por su labor desinteresada en la vigilancia y rescate de personas ahogadas en el Pisuerga.
Con el paso de los años, aquel conocimiento del río se convirtió en una tradición familiar. Los Martín no solo estuvieron vinculados al alquiler de barcas de recreo, sino también a la vida cotidiana del Pisuerga y a la memoria de varias generaciones. Su apodo se asocia a la tradición oral de los apodos populares, reflejo de un Valladolid todavía vinculado al mundo rural.
Pasear «en las barcas del Catarro o de La Oliva» constituía una actividad recreativa para familias, grupos de amigos y novios que encontraban en el río un espacio de diversión y un encuentro romántico para las parejas.
Entre 1960 y 1970, Valladolid vivió una profunda transformación social. Mientras la industria comenzaba a modificar el ritmo económico de la ciudad, la juventud experimentaba el contraste entre las tradiciones conservadoras y las nuevas ideas que llegaban del exterior. El Pisuerga no era solo un accidente fluvial; constituía un auténtico espacio de encuentro social para los jóvenes.
Era habitual alquilar una barca de remos para pasear con los amigos o disfrutar del río durante el verano. Asimismo, representaba uno de los pocos espacios donde las parejas podían disfrutar de cierta intimidad, lejos de las miradas vigilantes.
Los paseos en barca se convirtieron en una de las experiencias más apreciadas de la época. Era una actividad que combinaba naturaleza, deporte y descanso. La corriente del agua y el ritmo pausado de los remos creaban un ambiente propicio para la desconexión.
Durante la primavera, el verano y principios de otoño, era frecuente realizar recorridos por el tramo urbano del Pisuerga, desde las proximidades del Puente Mayor hasta el Puente Colgante. A lo largo del trayecto podían verse, con algo de suerte, patos o garzas en las orillas.
Fuera del río, los jóvenes estaban condicionados por los horarios de la época, las costumbres sociales y la formación religiosa.
En septiembre, después de las vacaciones, un paseo en barca era casi obligado. En esas fechas, cuando el sol comenzaba a inclinarse hacia el oeste, la ciudad se impregnaba de una tenue niebla con ese tono azul violáceo que la caracteriza y que solo podía contemplarse al amanecer y al ocaso desde el río.
Valladolid siempre ha sido una ciudad estrechamente vinculada al cine. Durante aquellos años, salas como el Calderón, Lope de Vega, Roxy, Pradera, Carrión o Coca se llenaban cada fin de semana.
Otra tradición inamovible era el paseo por la Acera de Recoletos y la calle Santiago hasta la Plaza Mayor.
A finales de los años sesenta, la música transformó las formas de diversión. Surgieron las salas de baile y las discotecas. Se organizaban reuniones en casas particulares, los célebres «guateques», donde se escuchaban discos de vinilo de los Beatles, Los Bravos y otros grupos del momento.
Con la construcción de nuevos puentes, el crecimiento urbano y la progresiva transformación de las riberas, el uso recreativo de las barcas fue decayendo poco a poco. A medida que la ciudad se modernizaba, aquellas embarcaciones fueron convirtiéndose en un recuerdo del pasado.
Las barcas del Pisuerga simbolizan una etapa de transición entre el Valladolid tradicional y el moderno. Hoy, su historia pervive en la memoria colectiva y nos recuerda la estrecha relación que la ciudad ha mantenido con su río.











PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTA A:
1- Elena Villa, Las barcas del Pisuerga.
2- Alfonso Calabia, «Las regatas universitarias de Valladolid».
3- Fundación Joaquín Díaz, «Cuatro figuras en la historia del deporte vallisoletano»
4- Ayuntamiento de Valladolid, documentación sobre la historia de las piscinas Samoa y Deportiva y sobre los embarcaderos actuales del Pisuerga.
5. Marcos Martín, Alberto. El catarro y la tradición de barcas recreativas en el Pisuerga
6. Ayuntamiento de Valladolid. Nueva rampa en el río Pisuerga para los rescates fluviales. Una decena de botes agoniza a orillas del río Pisuerga» (2019)