INTRODUCCIÓN 

Entre los siglos XV y XVI, Valladolid experimentó un significativo crecimiento demográfico. En aquellos años, el abastecimiento de agua dependía del Pisuerga y de pozos particulares o públicos, pero había problemas de calidad, escasez estacional y riesgos sanitarios.

Se conoce como «El viaje del agua a Valladolid» a la obra de ingeniería hidráulica más importante realizada en España entre los siglos XVI y XVII. El proyecto consistía en conducir el agua desde los manantiales de Argales, en el sur de la ciudad, a las fuentes urbanas por un sistema subterráneo de extraordinaria complejidad técnica. Una obra dirigida por Juan de Herrera, figura destacada del Renacimiento español y hombre de confianza de Felipe II.

EL AGUA DEL PISUERGA Y DEL ESGUEVA

A pesar de estar circunvalada y atravesada por dos ríos, la preocupación por el agua potable en Valladolid fue en aumento. El abastecimiento entre los siglos XII y XV provenía de pozos de viviendas, conventos y espacios públicos. Como los pozos eran tan numerosos, el catedrático de Historia Contemporánea Celso Almunia propuso a mediados del siglo XX que el término pucela podría derivar de estos pozos.

El Pisuerga fue la gran fuente de agua para el consumo, la limpieza y las actividades artesanales. Se subía en odres y cántaros con mulas o asnos entrando por la puerta de la muralla llamada «de los Aguadores». Fue una actividad controlada por dos familias: los Ribera y los Martínez, dueños de las caballerías y de los recipientes. Los trabajadores asalariados se reunían en la calle de la Encarnación para distribuir el agua por los barrios. Tenían prohibido coger agua del Esgueva, muy contaminado. El del Esgueva solo se usaba para mover pequeños ingenios hidráulicos empleados en tenerías, talleres textiles y en el riego de huertas.

JUAN II, ARGALES Y LOS MONJES DE SAN BENITO

En el año 1441, el rey Juan II donó al convento de San Benito una parcela conocida como las Marinas de Argales, entre la actual carretera de Madrid y el Pinar de Antequera. El agua no era un bien privativo, sino de realengo ligado a la tierra, cuya gestión se articulaba mediante acuerdos entre la Iglesia, la Corona y el Concejo.

Los monjes decidieron canalizar el agua desde el manantial hasta el convento de San Benito. Para ello, contrataron a Yuzá (o Yuca), un maestro de obras mudéjar que había participado en los trabajos de la catedral de Salamanca y en el convento de San Benito. Presentó un proyecto que consistía en construir un conducto con tubos de barro cocido. Una obra de ingeniería hidráulica de gran complejidad para la época.

Surgieron inconvenientes técnicos y de financiación. Yuzá solo consiguió que el agua llegara hasta una fuente extramuros, en el Campo de San Andrés. Como no pudo terminar la obra y el coste de mantenimiento era muy alto, fue denunciado, detenido, juzgado y declarado culpable.

EL MANANTIAL DE LA FUENTE DEL SOL

El manantial de la Fuente del Sol era conocido desde la Edad Media y muy valorado por la calidad de sus aguas. Era un manantial de agua de lluvia que se infiltraba en el suelo y descendía a través de los materiales permeables del terreno hasta acumularse en un nivel subterráneo. Finalmente, tenía una salida natural a una fuente.

Su uso comenzó como fuente vecina, pero en el siglo XVII se construyó un canal desde el manantial a las fuentes del barrio de la Victoria.

El manantial y su entorno se mantuvieron hasta la mitad del siglo XX. Llegó a ser un lugar de esparcimiento y recogida de agua, aunque su caudal dependía de las precipitaciones y no eran muy abundantes.

EL AYUNTAMIENTO Y EL AGUA POTABLE

A finales del siglo XVI, el Regimiento decidió asumir la gestión del agua. En 1584, el regidor alcanzó un acuerdo con los monjes de San Benito por el cual la ciudad podría utilizar el agua de Argales con la condición de que también llegara al monasterio.

El proyecto fue encargado a dos ingenieros hidráulicos: Benito Morales y Francisco de Montalbán, que habían hecho obras de conducción de agua para otras ciudades, pero el diseño y la dirección técnica recayó en Juan de Herrera, hombre de confianza de Felipe II.      

El propósito era hacer una canalización desde el manantial hasta la ciudad. A diferencia de los acueductos de tradición romana, Herrera optó por una conducción bajo tierra, para proteger el agua de la contaminación y de la climatología. Una solución que mejoraba la calidad y reducía las pérdidas durante el transporte.

Herrera asumió la dirección del proyecto a petición de Felipe II. Trazó las líneas maestras de la canalización aplicando sus conocimientos de matemáticas, geometría e hidráulica para resolver un problema de notable complejidad técnica: el transporte de agua a lo largo de casi siete kilómetros aprovechando la gravedad con un desnivel mínimo.

Benito Morales y Francisco de Montalbán actuaron como expertos técnicos sobre el terreno. Su misión fue calcular las pendientes para que el agua fluyera por gravedad y determinar los puntos estratégicos para la distribución.

Se construyó un sofisticado sistema de galerías subterráneas y arcas de registro, conocidas como las Arcas Reales, que llevó el agua desde el manantial hasta tres fuentes de la ciudad: la de la puerta del Campo de San Andrés (el Campillo), la de Fuente Dorada (Plaza Mayor) y la de la Rinconada.

EL DESARROLLO TÉCNICO: LAS ARCAS REALES

Se inició el proyecto con la construcción de un arca para captar el agua limpia subterránea del manantial, encauzarla hacia la conducción principal y regular su caudal. El proyecto estaba diseñado para que circulara por gravedad, a través de conductos de piedra y tuberías enterradas, aprovechando la ligera pendiente del terreno.

La innovación técnica fundamental consistió en la edificación de unas 32 arcas a lo largo del recorrido, pero para aprovechar el ligero desnivel hubo que duplicar el número de kilómetros.

Las arcas eran edificaciones de planta cuadrangular levantadas con piedra de sillería y techos piramidales a dos aguas. Servían para corregir los desniveles del terreno, detenían el flujo para que los sedimentos se decantaran, se purificara el agua y se regulara su caudal. En el muro norte, cada arca tenía una pequeña ventana para la ventilación, con el fin de airear el agua. Es decir, cada arca actuaba como un estanque de decantación: el agua entraba en el arca y reducía su velocidad, lo que permitía que la arena y las impurezas pesadas se depositaran en el fondo, garantizando que saliera más limpia. Los fontaneros mayores regulaban el caudal, comprobaban fugas y realizaban labores de limpieza.

Para llevar a cabo el proyecto, se hicieron excavaciones para los conductos. Hubo que combinar conocimientos de hidráulica, topografía, cantería y cerrajería bajo los criterios de Juan de Herrera. La obra fue terminada por Juan de Nates y Diego de Praves en 1622.

La conducción subterránea del agua entre las arcas y en la ciudad fue realizada mediante tubos cilíndricos de cerámica encajados uno en otro y sellados con mortero. La cerámica era económica, fácil de fabricar, resistente a la corrosión y capaz de cubrir varios kilómetros, lo que concuerda con la tecnología hidráulica castellana de la época.

La fabricación de elementos metálicos fue indispensable para el control del sistema y asegurar el acceso restringido a las cámaras de inspección.

Se construyeron tres fuentes de las ocho programadas: la del barrio de San Andrés (plaza de Argales), la de Fuente Dorada y la de la Rinconada.

El éxito del proyecto fue notable y demostró la capacidad de la ingeniería española para afrontar obras de gran envergadura que definen la mentalidad científica del Renacimiento.

Herrera y sus colaboradores aplicaron rigurosos métodos en el estudio de pendientes, caudales y niveles. La precisión requerida era extraordinaria, ya que un mínimo error en la inclinación del conducto habría impedido el flujo continuo de agua.

El proyecto está considerado la obra hidráulica más avanzada del siglo XVI.

Durante casi cuatrocientos años, constituyó el principal sistema de abastecimiento de agua potable a Valladolid, mejorando las condiciones higiénicas de la población.

La traída de aguas de Argales permaneció en funcionamiento hasta 1954, momento en que las autoridades sanitarias determinaron que ya no reunían las condiciones óptimas para el consumo.

Aunque hay varias arcas dispersas por el trayecto, el vestigio visible más notable es el Arca Real del sureste de la ciudad. Un edificio de piedra de planta rectangular con un tejado a cuatro aguas y un diseño de clara influencia herreriana.

 En la calle de Teresa Gil se conserva un tramo de la conducción subterránea.

Tras su clausura, las Arcas Reales fueron reconocidas como un elemento singular del patrimonio industrial e hidráulico español.

En 1982 recibieron la declaración de protección monumental por su interés histórico y técnico.

 

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR A:

González Fraile, Eduardo; El viaje de Aguas de Argales a Valladolid: una obra hidráulica de Juan de Herrera. Universidad de Valladolid, 1988).

Heredia Alonso, Cristina.” “El fontanero del reino”: La traída de aguas a Valladolid. Universidad de Valladolid, 2015.

Carricajo Carbajo, Carlos. Las arcas reales vallisoletanas. Valladolid, 1983.

Lozano Sánchez, José María. De las Arcas Reales a Valladolid: Evolución histórica del abastecimiento de agua. 2003.

Agapito y Revilla, Juan. Los abastecimientos de aguas de Valladolid

Martín González, Juan José. Estudios sobre las Arcas Reales y la arquitectura herreriana en Valladolid

Suárez Fernández, Luis. El viaje de las Arcas Reales. Ayuntamiento de Valladolid, Edición 2003.

González Fraile: El viaje de Aguas de Argales de Valladolid: una obra hidráulica de Juan de Herrera. Universidad de Valladolid, 1988

García Tapia, Nicolás. “Ingeniería del agua en los códices de Leonardo y en los manuscritos españoles del siglo XVI”. Ingeniería del Agua, 1996.

Val Valdivieso Del, María Isabel. “Usos del agua en las ciudades castellanas del siglo XV”. Cuadernos 2010.