Pocas ciudades españolas han mantenido una relación tan estrecha como Valladolid y Santander. Durante siglos, el comercio de la harina castellana encontró en el puerto cántabro su salida natural hacia el mar, mientras que numerosas familias de ambas ciudades compartieron intereses económicos, políticos y patrimoniales. Uno de los mejores ejemplos de esa vinculación es el Palacio de Villena, un edificio que, nacido en pleno Renacimiento para una de las familias más poderosas de Castilla, acabaría siglos después unido a la historia de una de las grandes sagas empresariales santanderinas: los Pombo.

La historia del palacio comienza hacia mediados del siglo XVI, cuando don Antonio de Velasco y Rojas, miembro del poderoso linaje de los Velasco, decidió levantar una residencia acorde con su elevada posición social. Señor de Villerías de Campos, camarero mayor del príncipe Felipe, el futuro Felipe II, y consejero de Estado y de Guerra, Antonio de Velasco figuraba entre los personajes más próximos al heredero de la Corona. Las crónicas de la época destacan la confianza que el príncipe depositaba en él, hasta el punto de acompañarle durante el célebre viaje por Europa realizado entre 1548 y 1551.

La elección del emplazamiento no fue casual. El palacio se construyó junto al de los Condes de Benavente y frente al convento dominico de San Pablo y al Colegio de San Gregorio, dos de los edificios más prestigiosos de la Valladolid renacentista. Aquel entorno constituía el auténtico corazón político, religioso y nobiliario. Establecer allí la residencia familiar significaba ocupar un lugar privilegiado dentro de la sociedad cortesana.

Durante el siglo XVI, Valladolid fue una de las principales sedes de la Monarquía Hispánica. Además de albergar la Real Chancillería, acogió con frecuencia la residencia de la Corte y se convirtió en uno de los grandes centros administrativos y políticos del reino. En ese contexto, la nobleza rivalizaba por levantar residencias que reflejaran su prestigio, su riqueza y su cercanía al poder real. El palacio era mucho más que una vivienda: constituía la mejor carta de presentación de una familia ante el rey y la alta sociedad.

Antonio de Velasco confió el proyecto al maestro Francisco de Salamanca, uno de los arquitectos más destacados del Renacimiento castellano y responsable de importantes transformaciones urbanas en Valladolid, entre ellas la reconstrucción de la Plaza Mayor tras el incendio de 1561. El resultado fue un magnífico ejemplo de arquitectura civil renacentista, caracterizado por la sobriedad de sus fachadas, la armonía de sus proporciones y la elegancia de sus espacios.

Sin embargo, Antonio de Velasco no llegó a contemplar la obra terminada. Falleció en 1556 y fue su hijo, Pedro de Velasco, quien recibió finalmente el edificio. Conviene recordar que en aquel momento el título de marqués de Villena pertenecía a la familia Pacheco, duques de Escalona, por lo que el edificio aún no tenía el nombre con el que hoy es conocido.

Aunque el palacio ha experimentado diversas reformas a lo largo de casi cinco siglos, todavía conserva buena parte de su esencia renacentista. La portada constituye uno de los elementos originales mejor conservados. Se organiza mediante un amplio arco de medio punto formado por grandes dovelas; por encima se abre una ventana adintelada enmarcada por una composición de líneas clásicas. Originalmente lucía el escudo de los Velasco, sustituido siglos después por las armas del marqués de Casa Pombo.

El edificio presenta una organización claramente palaciega. Sobre un entresuelo se alza la planta noble, protegida por robustas rejas de hierro, seguida de un piso superior con balcones rematados por frontones triangulares y una última planta de menores dimensiones. Los torreones que flanquean las esquinas, y que hoy confieren al conjunto un aire casi fortificado, adquirieron su aspecto actual durante las importantes reformas realizadas en el siglo XIX, inspiradas en el gusto historicista de la época de perfil eclético.

Tras franquear la gran puerta de madera, se accede al amplio zaguán, concebido para facilitar la entrada de carruajes y caballerías. Desde allí se abre el magnífico patio porticado, auténtica joya del edificio. Distribuido en dos niveles en tres de sus lados, está formado por elegantes arcos de medio punto apoyados sobre esbeltas columnas con capiteles jónicos. Antiguamente, las enjutas lucían medallones inspirados en la Antigüedad clásica y motivos decorativos renacentistas, algunos de los cuales desaparecieron con el paso del tiempo.

La comunicación entre la planta baja y la planta noble se realiza mediante una monumental escalera de tres tramos cubierta por un extraordinario artesonado plano de madera con decoración geométrica, una excelente muestra de la calidad alcanzada por la carpintería castellana del Renacimiento.

Como muchas residencias de la alta nobleza, el palacio estuvo vinculado a la presencia de la corte. La tradición popular sostiene que el emperador Carlos V se hospedó en él durante sus estancias en Valladolid. Sin embargo, la cronología demuestra que esa afirmación no puede ser cierta. El emperador residió en la ciudad en varias ocasiones antes de 1556, año en que murió Antonio de Velasco y en el que la construcción del edificio apenas acababa de concluir. En 1527, cuando nació el futuro Felipe II, Carlos V se alojó en el palacio de los Pimentel, donde tuvo lugar el célebre nacimiento del príncipe. La leyenda, por tanto, carece de fundamento histórico.

A lo largo de los siglos, el edificio pasó por distintas familias aristocráticas mediante herencias y enlaces matrimoniales. Durante el siglo XVIII quedó vinculado a los marqueses de Villena, circunstancia que terminó dando nombre al inmueble. Posteriormente, perteneció a los duques del Infantado y de Pastrana hasta que, en la segunda mitad del siglo XIX, entró en escena un personaje fundamental para comprender la estrecha relación entre Valladolid y Santander.

Se trataba de Juan Pombo Conejo, uno de los empresarios más importantes de la España de su tiempo. Natural de Santander, desarrolló una extraordinaria actividad económica ligada a la industria harinera castellana, el comercio de cereales y la banca. Poseía numerosas fincas agrícolas en Valladolid y Palencia y participó activamente en el desarrollo económico de ambas ciudades. Fue alcalde de Santander y el fundador del Banco de Santander con José Marçia Pereda en 1857; senador del Reino y una de las figuras más influyentes del empresariado español de la época. En reconocimiento a su trayectoria, el rey Amadeo I le concedió en 1872 el título de I marqués de Casa Pombo.

Dentro de su política de inversiones patrimoniales, adquirió, durante la década de 1870, diversas propiedades urbanas en Valladolid, entre ellas el Palacio de Villena, cuya compra quedó formalizada en 1876 a los duques del Infantado y de Pastrana.

La historia del edificio volvió a enlazar Valladolid y Santander gracias al matrimonio celebrado en 1873 entre Everilda Pombo Villameriel, hija del marqués de Casa Pombo, y el empresario y político vallisoletano Teodosio Alonso y Pesquera del Barrio. Este último desarrolló una brillante carrera pública como presidente de la Diputación Provincial, diputado en Cortes, presidente de la Sociedad Industrial Castellana, académico de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción y firme defensor del desarrollo agrícola, harinero y ferroviario de Castilla. En 1896, la reina regente María Cristina le otorgó el título de marqués de Alonso Pesquera.

De este matrimonio nació Millán Alonso y Pombo, II marqués de Alonso Pesquera y nieto del marqués de Casa Pombo. Gracias a esta línea sucesoria, el Palacio de Villena pasó a los marqueses de Alonso Pesquera, consolidando el vínculo entre dos de las familias relevantes de Santander y Valladolid.

Finalmente, en 1919, el Estado español adquirió el edificio a los marqueses de Alonso Pesquera. Como ocurrió con numerosos palacios urbanos de la nobleza, el elevado coste de conservación y el progresivo abandono de estas residencias favorecieron su venta. El inmueble fue destinado a sede del Gobierno Civil de Valladolid, función que desempeñó durante más de sesenta años bajo distintos regímenes políticos: la Monarquía de Alfonso XIII, la Segunda República, la Dictadura franquista y la actual Monarquía parlamentaria.

En 1982, el antiguo palacio, después de una profunda rehabilitación, pasó a integrarse en el Museo Nacional de Escultura, donde hoy alberga exposiciones temporales, la biblioteca especializada y depósitos de colecciones, así como el Belén Napolitano.

Cinco siglos después de su construcción, el Palacio de Villena continúa siendo mucho más que un magnífico edificio renacentista. Sus muros conservan la memoria del estrecho vínculo que durante generaciones unió a Valladolid con Santander.

 

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PARA MÁS INFORMACIÓN SE PUEDE CONSULTAR A:

Urrea Fernández, Jesús. Arquitectura civil en Valladolid. Ediciones de la Universidad de Valladolid.

García Chico, Esteban. Palacios de Valladolid. Institución Cultural Simancas.

Arnuncio Pastor, Juan Carlos. Guía de arquitectura de Valladolid. IVAM. Museo Nacional de Escultura. Palacio de Villena: Historia y rehabilitación. Ministerio de Cultura

Sangrador y Vítores, Matías. Historia de la muy noble y leal ciudad de Valladolid.

Antolínez de Burgos, Juan. Historia de Valladolid.

Arias Martínez, Manuel, y Bolaños, María. Museo Nacional de Escultura: