En el sur de Cantabria, atravesado por el río Ebro, se extiende el valle de Valderredible, un territorio singular conocido por la extraordinaria concentración de iglesias rupestres excavadas en roca arenisca y por conservar un notable conjunto de iglesias románicas. 

Valderredible conserva un patrimonio de los siglos XI y XII, una época marcada por la reorganización del territorio, el desarrollo de comunidades monásticas, el tránsito de peregrinos y la actividad de los maestros canteros que dejaron su huella en la piedra de cada edificio.

El origen del topónimo «Nía» no está plenamente establecido. Algunos autores han propuesto que pudiera relacionarse con un lugar destinado a secar los cereales antes de su almacenamiento, lo que refuerza la tradicional vocación agrícola de Villanueva.

En la Alta Edad Media, Valderredible ofrecía unas condiciones especialmente favorables para el establecimiento de comunidades religiosas. La abundancia de cuevas naturales y abrigos rocosos favoreció la vida eremítica y monástica, mientras que, con el paso del tiempo, los asentamientos humanos fueron organizándose en torno a las iglesias como auténticos centros de la vida espiritual y social de cada comunidad.

Levantada sobre un pequeño promontorio rocoso, la iglesia de San Juan Bautista domina el paisaje desde hace casi nueve siglos. Rodeada de suaves montañas, prados y bosques, su silueta continúa siendo uno de los elementos más reconocibles del valle. Desde su emplazamiento se contempla un paisaje que apenas ha cambiado desde la Edad Media y en el que historia, memoria y tradición parecen fundirse con la naturaleza.

El templo se integra plenamente en el entorno gracias al empleo de la piedra arenisca local, cuya tonalidad varía según la luz del día. Al atardecer, cuando el sol va descendiendo, el ábside parece que emite reflejos dorados y, junto con el silencio que envuelve el valle, el edificio adquiere un efecto que invita a una tranquila y serena contemplación.

Miguel Ángel García Guinea planteó la hipótesis de que la iglesia actual pudo levantarse sobre el antiguo monasterio benedictino de San Juan de Alanía.

Según la documentación conservada en el Monasterio de San Salvador de Oña, en el año 1048 el rey García Sánchez III de Navarra y su esposa, Estefanía de Foix, donaron el monacato de San Juan al cenobio benedictino de Oña. Como señaló Miguel Ángel García Guinea, este establecimiento se identifica probablemente con el antiguo monasterio de Alanía. La donación tuvo lugar pocos años antes de la batalla de Atapuerca, librada el 1 de septiembre de 1054 entre García Sánchez III y su hermano Fernando I de León por disputas territoriales. La contienda concluyó con la victoria de Fernando I y la muerte del monarca navarro.

Lo que hoy se conserva de la primitiva iglesia de San Juan Bautista es de notable interés, aunque el edificio actual es el resultado de diversas fases constructivas.

Desde el exterior mantiene la tradicional orientación litúrgica, con la cabecera hacia el este, símbolo del nacimiento del sol y de la resurrección de Cristo. De la fábrica románica original permanecen e ábside y el tramo presbiterial, ya que las naves fueron profundamente transformadas entre los siglos XVI y XVII. Esta superposición de etapas genera un acusado contraste entre la sobriedad del románico y las intervenciones posteriores.

El ábside semicircular está levantado con grandes sillares de arenisca muy bien escuadrados, que le confieren una imagen robusta y elegante. Está organizado en dos cuerpos mediante una imposta ajedrezada. En el centro del cuerpo superior se abre una estrecha ventana de medio punto, flanqueada por columnas rematadas en capiteles finamente labrados.

El presbiterio prolonga la misma línea constructiva y decorativa.

Uno de los elementos destacados del templo es el magnífico conjunto de canecillos: cinco a cada lado del tramo recto y catorce en el tambor absidial. Los hay de animales, de seres del bestiario, de figuras humanas y algunas escenas de significado incierto.

Aunque el paso del tiempo ha erosionado algunas esculturas, todavía es posible apreciar la elevada calidad técnica poco habitual en iglesias rurales.

En el tramo recto del lado sur hay animales, un personaje que transporta un tonel sobre los hombros y figuras masculinas y femeninas en actitudes impúdicas. En el lado norte, los relieves de las imágenes tienen posturas muy forzadas, que recuerdan a equilibristas.

En los canecillos del tambor absidal predominan los pecados, vicios y escenas de la vida cotidiana con figuras masculinas con el sexo mutilado y mujeres dando a luz, con la cabeza del niño asomando entre sus piernas. El conjunto parece articular un discurso simbólico sobre la condición humana, la vida, la muerte y la salvación.

La espadaña, aunque modificada en época posterior, aporta verticalidad y constituye un hito visual que destaca en el paisaje del valle.

El interior conserva una atmósfera de recogimiento y silencio, favorecida por la tenue iluminación que penetra por los escasos vanos, rasgo propio del románico rural cántabro del siglo XII. Aunque las naves fueron transformadas entre los siglos XVI y XVII, el núcleo románico permanece claramente reconocible.

Destaca el sólido arco triunfal de medio punto, apoyado sobre columnas adosadas con capiteles esculpidos. En el capitel de la epístola aparecen un personaje orante, otro portando un cuerno de caza y, en la cara orientada a los fieles, una mujer exhibiendo sus genitales, un motivo frecuente en el románico, aunque poco habitual dentro del templo y menos en un arco triunfal. En el del evangelio hay imágenes de leones afrontados que comparten la cabeza acompañada por pequeñas cabezas humanas y vegetales. Se trata de una composición simbólica y moralizante, muy difundida en el románico cántabro y palentino del siglo XII.

El ábside se cubre con una bóveda de horno. Recibe una tenue iluminación a través de la pequeña ventana central. La piedra desnuda domina el espacio y acentúa la sensación de austeridad. El presbiterio conserva de manera excepcional la atmósfera medieval, transmitiendo espiritualidad mediante la sencillez de sus formas.

Si el exterior sobresale por la riqueza iconográfica de sus canecillos, el interior  cautiva  por la sobriedad de su arquitectura y de la atmósfera de silencio 

Otro elemento de especial interés es la pila bautismal románica, de copa semiesférica, decorada con un relieve de escamas verticales. Constituye una de las piezas escultóricas más destacadas del templo.

 

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR A:

1- García Guinea, Miguel Ángel. Románico en Cantabria. Santander: Ediciones de Librería Estudio, 1996.

2-Herbosa, Vicente: El románico en Cantabria. Ediciones Lancia, 2002.

3- Enciclopedia del Románico en Cantabria. Fundación Santa María la Real. Centro de Estudios del Románico.

4. Arteguía. Villanueva de la Nia

 

Principio del formulario

 

Final del formulario