He visitado Urueña muchas veces. Primero de la mano de mi padre; después con los amigos y, más tarde, junto a mi mujer y a mis hijos. Hay lugares a los que uno siempre vuelve porque nunca terminan de revelarse por completo. Urueña es uno de ellos.
La villa domina el páramo de Tierra de Campos desde un altozano que estuvo ocupado desde los pueblos étnicos. Los hallazgos arqueológicos testimonian la presencia romana y, desde entonces, el lugar nunca perdió su valor estratégico.
En el extremo suroriental de la villa se levanta el castillo. Su origen es anterior a la muralla que hoy abraza la población y el recinto interior fue transformado en cementerio en el siglo XIX. Está unido a la cerca por un estrecho corredor fortificado; conserva parte de sus muros y permite comprender la importancia militar que alcanzó la villa durante la Edad Media. Desde su terraza se contempla una de las panorámicas más amplias de Tierra de Campos: un océano de cereal que cambia de color con las estaciones y parece prolongarse hasta confundirse con el horizonte.
La muralla constituye uno de los conjuntos defensivos medievales mejor conservados de Castilla. Levantada entre finales del siglo XII y el XIII para reforzar la defensa de la población y de la frontera entre los reinos de León y Castilla, se adapta con naturalidad al relieve del páramo. Sus cubos semicilíndricos se distribuyen a intervalos regulares para facilitar la defensa. Todavía conserva la sobriedad propia de la estructura militar de la época. Entre ellos destaca el llamado Peinador de la Reina o Torre de doña Urraca. Construido con buena piedra de sillería y restaurado en tiempos recientes, domina el paisaje desde sus casi veinte metros de altura. La tradición popular asegura que desde allí eran arrojados los enemigos condenados, aunque ninguna fuente medieval lo confirma. Hoy constituye uno de los mejores miradores de la llanura castellana.
La construcción de la muralla se ha atribuido tradicionalmente a la infanta doña Sancha Raimúndez, hija de la reina Urraca y hermana de Alfonso VII. Aunque la cronología de los restos apunta al siglo XIII, no hay duda de que doña Sancha convirtió Urueña en una de las principales sedes del Infantazgo de Valladolid. Otros autores consideran que fue Alfonso IX de León el que impulsó su construcción para defender Urueña durante la disputa de esta tierra con su hermano, el rey Sancho III de Castilla.
Un infantazgo no era un señorío nobiliario comparable a un condado o un marquesado. Se trataba de un patrimonio integrado por villas, monasterios, rentas de tierras de cultivo que los monarcas entregaban a las infantas mientras permanecieran solteras o profesaran en la iglesia. Gracias a este régimen, doña Sancha reunió una auténtica corte formada por clérigos, nobles y administradores. Profesó en San Isidoro de León, monasterio del que fue una de sus grandes benefactoras.
La posición fronteriza convirtió a Urueña en escenario de continuas disputas entre Castilla y León y, posteriormente, del reino de Castilla.
Urueña fue refugio o prisión de personajes ilustres. La reina Urraca encontró aquí uno de sus apoyos durante las turbulencias de su reinado. En el siglo XIV residió en la villa María Padilla, amante de Pedro I de Castilla. Estuvo prisionero Jaime II, conde de Urgel, tras el Compromiso de Caspe, por orden de Fernando de Antequera. Entre todos los cautivos sobresale una figura especialmente trágica: Carlos, príncipe de Viana. En 1451 fue recluido en Urueña por orden de su padre, Juan II de Aragón y de Navarra. Carlos, el medio hermano de Fernando el Católico, era el heredero legítimo de la Corona aragonesa navarra por los derechos de su madre, la reina Blanca. Sus aspiraciones a la corona fueron frustradas por la política de su padre y la segunda esposa de este: Juana Enríquez, que quiso asegurar el trono para su hijo, el futuro Fernando el Católico. El príncipe de Viana recuperó la libertad, pero falleció pocos años después.
Extramuros de la villa aparece uno de los edificios más sorprendentes del románico castellano: la ermita de Nuestra Señora de la Anunciada. Se alza, aislada, apenas a kilómetro y medio del recinto amurallado. El camino hasta ella atraviesa una llanura donde el paisaje adquiere una belleza casi austera. En primavera, el verde de los trigales se mezcla con las amapolas; en verano, las espigas doradas ondulan al ritmo del viento, y durante todo el año, el inmenso cielo castellano parece prolongar la tierra hasta el infinito.
La iglesia fue construida en el siglo XI, probablemente sobre un establecimiento monástico anterior. Es el único ejemplo plenamente desarrollado de románico lombardo conservado en la provincia de Valladolid.
El templo se ha relacionado con la poderosa familia de Pedro Ansúrez.
Alfonso VI pasó parte de su juventud bajo la tutela de Asur Díaz, padre de Pedro Ansúrez. Desde la niñez, Pedro y Alfonso establecieron estrechos vínculos políticos, sociales y personales.
La mujer de Pedro Ansúrez, doña Eylo Alfonso, aportó al matrimonio un extenso patrimonio en las actuales provincias de Palencia y Valladolid. De esta unión nacieron cuatro hijos.
La segunda hija del matrimonio, doña María, contrajo matrimonio con Armengol V, conde de Urgel. Muchos historiadores consideran que esa unión pudo facilitar la llegada de maestros de obra de los condados catalanes, que levantaron la iglesia según el románico lombardo.
Este estilo, nacido en el norte de Italia y difundido a través de Cataluña al resto de la península durante los siglos XI y XII, se caracteriza por la sobriedad de sus volúmenes, los arquillos ciegos y las bandas lombardas que articulan los muros exteriores.
En la iglesia de la Anunciada, estas características aparecen con extraordinaria pureza. Es un templo de tres naves rematadas por tres ábsides semicirculares; los muros de sillería transmiten una sólida sensación de equilibrio y las pequeñas ventanas tamizan una luz tenue que invita al recogimiento. Las sucesivas reformas apenas han alterado la personalidad de un edificio excepcional dentro del románico hispano.
Urueña no es solamente una villa amurallada; es uno de esos lugares donde la historia parece permanecer suspendida entre las piedras y el paisaje. Quizá por eso siempre regreso. Porque cada visita confirma la misma impresión que tuve siendo niño: que hay lugares capaces de conservar intacta la memoria de los siglos.












PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR.
1-Bango Torviso, I. (1994). Historia del arte de Castilla y León, tomo II, Arte románico. Ediciones Ámbito S. A.
2- Celdrán Gomáriz, Pancracio. (2003). Diccionario de topónimos y gentilicios españoles. Espasa Calpe.
3-Cervera Vera, Luis. (1989). La villa amurallada de Urueña. Editora Provincial: Excma. Diputación Provincial de Valladolid.
4- Cobos Guerra, F. (1998). Fernando I de Castilla y León: Castillos y fortalezas. Edilesa.
5- Gavilán, E. (1971). Valladolid: tierras de pan y vino. Editora Nacional. (Madrid)
7-Calabia Ibáñez Valladolid. Mi ciudad. Archivos de arte. Academia de la Purísima Concepción, 1978