San Agustín de Hipona nació en el año 354 d. C. en la actual Argelia. Su padre fue un patricio pagano y su madre, una cristiana conocida como Santa Mónica, quien influyó de manera decisiva en su vida. Vivió en una época de profundos cambios, marcada por el declive del Imperio romano y la aparición del cristianismo como fuerza dominante. Fue un estudiante brillante, aunque dominado por los excesos y las pasiones de la juventud. Tuvo un hijo ilegítimo llamado Adeodato.
A los 19 años, se sintió atraído por el maniqueísmo, una religión dualista que trataba de explicar la diferencia entre el bien y el mal; sin embargo, su inconsistencia lo llevó al escepticismo.
En Roma, primero, y luego en Milán, obtuvo la cátedra de retórica. Se vio influenciado por ideas platónicas que le ayudaron a comprender la existencia de un Dios espiritual y la inmaterialidad del alma. Conoció a San Ambrosio, cuya oratoria y profundidad teológica lo impresionaron. Su conversión se produjo en el año 386 d. C., y la describe así: leyendo las cartas de San Pablo, oí una voz que decía: “Toma, lee y cree”.
Convertido al cristianismo, en el año 391 fue ordenado sacerdote y, en el 395, obispo. Dedicó su vida a la predicación, a la defensa de la fe y a la redacción de una vasta obra filosófica y teológica.
Las ideas de San Agustín, que han sentado las bases de la teología y la filosofía occidental, se fundamentan en que la fe y la razón no son opuestas, sino complementarias. Su famosa frase, “Cree para comprender y entiende para creer”, resume su postura. Para él, la fe es el punto de partida que ilumina el camino y ayuda a profundizar en la comprensión.
Agustín rechazaba la idea de que el conocimiento proviene únicamente de los sentidos. Siguiendo a Platón, sostenía que el ser humano finito no puede alcanzar todo el saber por sí solo. Dios actúa como una “luz espiritual” que ilumina al hombre para que pueda captar la verdad eterna e inmutable.
Asimismo, afirmaba que el tiempo solo existe en la mente humana: el pasado es memoria, el futuro es expectativa y el presente es atención. Dios, por el contrario, vive en un “eterno presente”, fuera del tiempo. Defendió la gracia divina como medio de salvación, argumentando que el hombre es incapaz de alcanzarla por sus propios méritos. Esta gracia no anula la libertad, sino que la potencia y la orienta hacia el bien.
Agustín se planteó una cuestión fundamental: si Dios es bueno y creó todo, ¿de dónde proviene el mal? Conociendo bien el dualismo, respondió que “el mal es la privación del bien”, del mismo modo que la oscuridad es la ausencia de luz. El mal moral aparece cuando el hombre utiliza su libertad —el libre albedrío— para alejarse de Dios.
En su obra política, divide a la humanidad en dos grupos: la Ciudad Terrenal, formada por quienes se aman a sí mismos y buscan la gloria y el placer temporal; y la Ciudad de Dios, integrada por quienes aman a Dios y cuyo fin es la paz eterna.
Para San Agustín, la verdad se encuentra en el interior del hombre, y Dios es la fuente de toda verdad, belleza y bondad. El mal moral surge cuando el hombre se desvía de Dios.
La Orden de San Agustín fue fundada oficialmente en 1244 mediante la unión de varias comunidades eremíticas, según bula papal de Inocencio IV, y se consolidó en 1256 con el papa Alejandro IV. En España se instauró en 1257. A finales del siglo XIII ya existían quince conventos de la orden en la península ibérica.
Los agustinos mostraron un profundo interés por la evangelización de Filipinas. El 27 de abril de 1565, la expedición de Miguel López de Legazpi desembarcó en Cebú y, con ella, un grupo de agustinos encabezados por el padre Andrés de Urdaneta. Fueron los primeros misioneros en llegar al archipiélago, con el propósito de llevar la fe católica a los nativos. Establecieron parroquias y conventos para consolidar la presencia de la Iglesia y se dedicaron a predicar el Evangelio.
Permitiendo a la orden cumplir su vocación misionera. La imagen del Santo Niño de Cebú, de gran devoción en el país, se convirtió en un símbolo central de la cristianización.
Su estrategia evangelizadora se basó en el aprendizaje de las lenguas locales, lo que facilitó la conversión y la integración de las comunidades en la nueva fe. Actuaron como intermediarios entre los colonizadores y los nativos.
Además, los agustinos se involucraron en el desarrollo social y cultural mediante la fundación de escuelas, colegios y hospitales. La Universidad de San Carlos, en Cebú, es una de las instituciones educativas más antiguas. Su labor intelectual también impulsó la creación de gramáticas y diccionarios de lenguas locales, favoreciendo la comunicación y la difusión del conocimiento.
Por otra parte, desempeñaron un papel crucial en la organización de las comunidades, contribuyendo al desarrollo agrícola y económico.
Urdaneta no solo contribuyó al éxito de la expedición marítima con el descubrimiento de la ruta de regreso a México, sino que también sentó las bases de la presencia agustina en el archipiélago.
La impronta agustina se materializó en la arquitectura religiosa. Su legado abarca la fe y la cultura, la arquitectura y la educación, y perdura hasta nuestros días.












PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR:
- San Agustín, Confesiones. Madrid: Editorial Gredos, 2010.
- La vida de San Agustín. Selecciones. Madrid, 2002.
- Agustín de Hipona. Ed. Acento, Madrid, 2001.
- Chadwick, Henry. San Agustín. Ediciones Cristiandad, 2001.
- Cremona, Carlo. La razón, la verdad, la fe. Ed. Rialp, 2010.
- Lacueva, Francisco. Diccionario teológico ilustrado, 2001.
- Reta, José. El pensamiento de San Agustín para el hombre de hoy, 2010.
- Castrillo, Gaudencio. El comercio en el Extremo Oriente. Madrid, 1918.
- Cerezal, Ángel. El mártir del Tunking. Valladolid: Imp. Católica.
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