La oquedad cultural en la que, en ocasiones, se mueven algunos sectores de la enseñanza y de la pedagogía de nuestro país puede conducir a nuestros jóvenes hacia un preocupante desconocimiento de nuestra historia y de las raíces de nuestra sociedad.
Nuestra vinculación con la cultura romana está reflejada en numerosos aspectos de nuestra forma de vida.
Desde que los romanos desembarcaron en la península Ibérica, en el año 218 a. C., en el contexto de la Segunda Guerra Púnica contra Cartago, Roma vio en Hispania un territorio de importancia estratégica y económica para su expansión. El primer desembarco romano se produjo en la zona de Emporion (Ampurias), mientras que Tarraco se convirtió muy pronto en una de las principales bases romanas de operaciones.
Finalizada la guerra contra Cartago, Roma inició un largo proceso de conquista, organización e integración de los territorios peninsulares. La presencia romana no se limitó a la ocupación militar: progresivamente se establecieron colonias y asentamientos de veteranos, se fundaron nuevas ciudades y se transformaron otras ya existentes, introduciendo modelos urbanísticos, administrativos y sociales propios del mundo romano.
Los pueblos que habitaban buena parte del interior y del norte de la península ofrecieron una dura resistencia a Roma, como lo demuestran las guerras celtibéricas, el levantamiento de Viriato, el sitio de Numancia, las guerras de Sertorio contra Roma y, finalmente, las guerras contra cántabros y astures que finalizaron en el año 19 a. C., cuando Roma, bajo el mando de Marco Vipsanio Agripa, consiguió someter militarmente a los cántabros y astures y con ello concluir la conquista romana de la península, la conquista romana de Hispania.
Sin embargo, la presencia del ejército romano no desapareció entonces, sino que continuó desempeñando importantes funciones de control y organización territorial para incorporar progresivamente sus territorios a su sistema.
Hispania quedó organizada inicialmente en las provincias de Hispania Citerior e Hispania Ulterior, para más adelante organizar nuevas divisiones administrativas.
La integración jurídica de sus habitantes tampoco se produjo de manera uniforme. Los distintos pueblos y ciudades recibieron estatutos diferentes y, con el tiempo, fueron ampliándose los derechos de ciudadanía. Un momento fundamental tuvo lugar en el año 74 d. C., cuando el emperador Vespasiano concedió el derecho latino a las comunidades de Hispania; posteriormente, en el año 212 d. C., el emperador Caracalla extendió la ciudadanía romana a prácticamente todos los habitantes libres del Imperio.
Las primeras ciudades de carácter plenamente romano aparecieron especialmente en las zonas mediterráneas y meridionales, donde el contacto anterior con fenicios, griegos y cartagineses había favorecido una temprana tradición urbana. Desde estos territorios, las formas de vida romanas se fueron extendiendo progresivamente hacia otras regiones. No obstante, la romanización no fue un fenómeno uniforme ni se produjo al mismo ritmo en toda Hispania, sino que se desarrolló durante varios siglos y estuvo condicionada por las características geográficas, económicas, sociales y culturales de cada territorio.
Los romanos introdujeron sus costumbres, su lengua, sus instituciones, sus formas de administración y sus modelos urbanos. Sin embargo, la población indígena no desapareció, sino que se produjo una progresiva interacción entre las comunidades locales y los elementos romanos. De esa relación surgió una sociedad provincial profundamente transformada, que podemos denominar hispanorromana.
Los pueblos étnicos fueron abandonando progresivamente sus lenguas en favor del latín, aunque el proceso fue lento y desigual. El latín terminó imponiéndose en la mayor parte de Hispania, aunque permanecieron varios dialectos vascos en las laderas de los Pirineos occidentales como las únicas lenguas prerromanas que han sobrevivido hasta nuestros días. Las investigaciones actuales muestran, además, que durante siglos existieron situaciones de bilingüismo y convivencia entre las lenguas indígenas y el latín.
En Hispania, los romanos urbanizaron numerosos territorios y transformaron profundamente las ciudades. Construyeron foros, templos, termas, teatros, anfiteatros, acueductos, puentes y sistemas de alcantarillado, al tiempo que desarrollaron nuevas formas de administración municipal. También comunicaron los distintos territorios mediante una extensa red de calzadas, que favoreció los desplazamientos del ejército, las relaciones administrativas y el comercio.
La población autóctona se fue integrando en las costumbres romanas, dando lugar a una nueva sociedad provincial en la que se mezclaron tradiciones indígenas y formas culturales romanas. La llamada cultura hispanorromana no fue, por tanto, una simple sustitución de una cultura por otra, sino el resultado de un prolongado proceso de interacción y transformación.
La cultura romana se extendió por la península de acuerdo con los intereses políticos, económicos, administrativos y estratégicos de Roma. Hispania pasó a formar parte del entramado económico y social del Imperio y adquirió una importancia considerable por sus recursos agrícolas, mineros, pesqueros y comerciales.
Para buena parte de las élites hispanas, la integración en las estructuras romanas ofreció importantes posibilidades de promoción social y política. La adopción de las instituciones, la lengua y las costumbres romanas podía proporcionar acceso a las magistraturas municipales, al ejército y, en determinados casos, a los niveles superiores de la administración imperial. La romanización de las élites fue, por ello, uno de los mecanismos fundamentales de integración de las comunidades hispanas en el mundo romano.
El grado de integración alcanzado por Hispania queda reflejado también en la extraordinaria importancia que tuvieron algunos hispanos dentro del propio Imperio. Trajano y Adriano, nacidos en Itálica, llegaron a ocupar el trono imperial, y Teodosio I, nacido en Cauca, también fue emperador de Roma. A ellos se suman algunos de los escritores y pensadores más importantes de la literatura latina, como Séneca, Lucano, Marcial y Quintiliano. Hispania no fue, por tanto, una periferia cultural pasiva del Imperio, sino uno de los territorios que contribuyeron de manera significativa a la vida política, militar, económica e intelectual del mundo romano.
La romanización de Hispania fue, en definitiva, un proceso largo, complejo y desigual. Roma transformó profundamente la península, pero también las sociedades indígenas contribuyeron a configurar una realidad nueva. De esa interacción nació una cultura hispanorromana que dejaría una huella decisiva en la lengua, el derecho, las instituciones, las ciudades, las comunicaciones y buena parte de la tradición cultural posterior de la península Ibérica.
NOTA ADICIONAL
Este artículo es una muy breve síntesis de la impronta de Roma en Hispania. No trata de innovar ni describir nada nuevo. Muchos le considerarán pobre, pero va dirigido a los españoles más jóvenes para que conozcan de dónde viene gran parte de nuestra forma de vida.








PARA MÁS INFORMACIÓN, SE PUEDE CONSULTAR A
Blázquez Martínez, José María et al., Historia de España Antigua, II. Hispania romana. Madrid, Cátedra, 1978.
Le Roux, Patrick, Romanos de España: ciudades y política en las provincias. Barcelona, Bellaterra, 2006.
Abascal Palazón, Juan Manuel; Espinosa Ruiz, Urbano, La ciudad hispano-romana: privilegio y poder. Logroño, 1989.
Roldán Hervás, José Manuel, El ejército romano: contribución a la historia social de la España antigua. Universidad de Salamanca, 1974.
Richardson, J. S., Hispaniae. Spain and the Development of Roman Imperialism, Cambridge University Press, 1986.
Palao Vicente, Juan José, «Ejército romano y comunidades indígenas en Hispania
Dopico Caínzos. M. La intervención de Roma en las comunidades indígenas. Lugo, Diputación de Lugo, 2021.