Al noroeste de la ciudad de Valladolid, en la ribera del Pisuerga, se conservan las ruinas del monasterio de Santa María de Palazuelos, uno de los conjuntos monásticos cistercienses más destacados de Castilla y León. A pesar de su estado de abandono, el edificio es un valioso testimonio de la expansión de la Orden del Císter. Representa un notable ejemplo de la transición del románico al gótico en la arquitectura monástica.
Los orígenes del monasterio se remontan al cenobio benedictino de San Andrés de Valbení, fundado en 1063 en la margen izquierda del Pisuerga, en un paraje conocido como Valle Benigno. Durante las primeras décadas del siglo XIII, Alfonso Téllez de Meneses y su esposa Teresa Sánchez promovieron la fundación de un nuevo monasterio cisterciense en Palazuelos. La comunidad de San Andrés fue trasladándose paulatinamente al nuevo emplazamiento, mientras el antiguo monasterio quedó convertido en un priorato o granja dependiente de la nueva abadía. La proximidad del río aseguraba el abastecimiento de agua y favorecía el aprovechamiento agrícola de las fértiles tierras de la vega, elemento esencial para la economía monástica.
La construcción del monasterio se desarrolló siguiendo los principios arquitectónicos característicos del Císter: sobriedad ornamental, funcionalidad y equilibrio de las proporciones. La inscripción conservada en el altar mayor indica que este fue consagrado en 1226.
A lo largo de la Edad Media, Santa María de Palazuelos adquirió una notable relevancia dentro de la Orden del Císter en Castilla. Acogió reuniones capitulares, recibió la visita de personajes de la nobleza y de la monarquía y desempeñó un importante papel en la Congregación Cisterciense de Castilla. Durante el siglo XVI fue también colegio de formación para religiosos de la Orden.
Las dependencias conventuales se distribuían en torno a dos claustros, documentados todavía en el siglo XVIII. El menor era conocido como claustro conventual, mientras que el mayor recibía el nombre de claustro del dormitorio. Junto a ellos se situaban las estancias destinadas a la vida comunitaria: sala capitular, refectorio, cocina, cilla, dormitorios y demás dependencias propias de una abadía cisterciense.
Como la mayoría de los grandes monasterios medievales, Palazuelos alternó épocas de prosperidad con periodos de decadencia. Durante la Guerra de la Independencia fue ocupado por tropas francesas, que utilizaron el edificio como alojamiento de tropas y punto estratégico antes de la batalla de Cabezón, librada el 12 de junio de 1808. En aquel enfrentamiento, el ejército napoleónico derrotó a las fuerzas castellanas dirigidas por el capitán general Gregorio García de la Cuesta.
La exclaustración derivada de la desamortización de Mendizábal supuso el abandono definitivo del monasterio por parte de la comunidad cisterciense. Fue vendido a particulares y gran parte de su patrimonio artístico, documental y bibliográfico desapareció o se dispersó. El edificio fue utilizado sucesivamente como fábrica de harinas, almacén y explotación agrícola, circunstancias que aceleraron su deterioro. Con el paso del tiempo se desplomaron cubiertas y bóvedas, mientras numerosas dependencias quedaban reducidas a ruinas. En documentación del siglo XIX, el conjunto aparece citado con frecuencia como «Granja de Palazuelos». En 1881 pertenecía al propietario Demetrio Mateo.
A diferencia del resto del monasterio, la iglesia nunca perdió su carácter sagrado y continuó utilizándose como templo parroquial, incluso cuando el antiguo núcleo de población había quedado despoblado. Desde mediados del siglo XX, el deterioro del edificio se hizo cada vez más evidente, agravado por la falta de mantenimiento y diversos derrumbes.
En la actualidad permanecen en pie la iglesia y parte de las estructuras claustrales, cuya conservación permite comprender la importancia que alcanzó este monasterio dentro de la arquitectura monástica castellana.
La iglesia tiene una planta de tres naves con crucero apenas destacado, una cabecera de un ábside central y dos absidiolos semicirculares. La fábrica combina sillares cuidadosamente labrados como respuesta a las características del románico tardío, aunque incorpora soluciones propias del primer gótico.
Como es habitual en los templos medievales, el edificio está orientado de oeste a este, de modo que la cabecera recibe la luz del amanecer. El ábside central se refuerza mediante cinco contrafuertes que dividen el muro exterior en cinco lienzos, cada uno con una ventana abocinada de arco de medio punto con arquivolta y chambrana. Los capiteles presentan una rica decoración escultórica de temática vegetal y fantástica. Entre ellos destacan varias arpías tocadas con gorros medievales, aves de largos cuellos rematados en cabezas de dragón y cabezas humanas entre follajes.
Los absidiolos laterales, también semicirculares, muestran una decoración mucho más sobria, con ventanas de similares características y capiteles exclusivamente vegetales. La ausencia de canecillos figurados responde al ideal de austeridad del Císter.
La fachada occidental constituye una de las partes más complejas del edificio debido a las reformas efectuadas entre los siglos XVI y XVII. Conserva la portada apuntada original, compuesta por arquivoltas muy erosionadas, sobre la que posteriormente se abrió un gran rosetón destinado a iluminar la nave central. En época moderna se añadió una espadaña de dos cuerpos y tres vanos.
El aspecto macizo del edificio viene determinado por el espesor de los muros, la escasez de vanos y el potente sistema de contrafuertes que sostiene las bóvedas. Esta solidez constructiva, unida a la austeridad decorativa, confiere al templo una imagen de gran sobriedad.
En el interior predominan los amplios espacios diáfanos y la limpieza de líneas. Las tres naves se dividen en cinco tramos mediante robustos pilares de sección cuadrangular, sobre los que descansan las bóvedas de crucería. El presbiterio aparece ligeramente elevado respecto al resto de la iglesia para enfatizar el espacio litúrgico.
El ábside mayor se cubre con bóveda de crucería gótica, cuyos nervios convergen en una clave central. Detrás de él se añadió durante el siglo XVI una dependencia utilizada como sacristía. Los absidiolos conservan, en cambio, bóvedas de cañón, consideradas la parte más antigua del edificio.
En el primer tramo de la nave destacan varios escudos imperiales de Carlos I, labrados con motivo de su estancia en el monasterio durante el siglo XVI.
La iglesia fue también panteón de los fundadores y de diversos miembros de la nobleza castellana. En la capilla de Santa Inés se conservan varios sarcófagos de los siglos XIII y XIV, tradicionalmente atribuidos a Alfonso Téllez de Meneses, Teresa Sánchez y otros miembros de su linaje. Algunos sepulcros fueron trasladados durante la segunda mitad del siglo XX al Museo Diocesano y Catedralicio de Valladolid para garantizar su conservación. La decoración escultórica de estas piezas constituye uno de los conjuntos funerarios medievales más relevantes de la provincia.
Entre los acontecimientos históricos vinculados al monasterio destaca la reunión convocada en 1282 por el infante Sancho, futuro Sancho IV, con representantes de los monasterios cistercienses, cluniacenses y premonstratenses en el reino de Castilla. El encuentro tenía por objeto obtener el respaldo de las principales instituciones monásticas en el conflicto sucesorio abierto tras la muerte del infante Fernando de la Cerda. El apoyo prestado por Palazuelos fue posteriormente recompensado por Sancho IV mediante diversos privilegios, ampliados años después por la reina María de Molina durante la minoría de edad de Fernando IV.
En los últimos años, la iglesia del monasterio ha sido objeto de diversas campañas de restauración y consolidación promovidas por la Asociación Amigos de Palazuelos, con la colaboración del Ayuntamiento de Cabezón de Pisuerga, distintas administraciones públicas y numerosos voluntarios. Estas actuaciones han permitido frenar el deterioro del edificio y contribuir a la conservación de uno de los conjuntos monásticos medievales más significativos de Castilla y León.


























PARA MÁS INFORMACIÓN SE PUEDE CONSULTAR A:
- Arco Garay, Ricardo (1954). Sepulcros de la Casa Real de Castilla. Consejo Superior de Investigaciones, Madrid.
- Antón, Francisco (2005). Monasterios medievales de la provincia de Valladolid. Valladolid: M, facsímil de edición de 1942.
- Marín Monsó, José (1992). Estudios histórico-artísticos relativos principalmente a Valladolid. Basados en la investigación de diversos archivos. Valladolid: Ámbito. Edición facsímil.
- Urrea Fernández, Jesús (2003). «El monasterio de Nuestra Señora de Palazuelos». Catálogo monumental de la provincia de Valladolid. Valladolid: Diputación de Valladolid.
- Martín González, Juan José (1968). «Provincia de Valladolid». Guías artísticas de España. Barcelona.
- Álvarez de la Braña, Ramón (1982). «Crónica de la excursión a Cabezón y Palazuelos». Boletín de la Sociedad Castellana de Excursiones, Grupo Pinciano. Valladolid.
- Balado Pachón, Arturo (2013). «El Císter en Valladolid». Patrimonio histórico de Castilla y León.
- Torre Yubero, Araceli de la (2009). «Santa María de Palazuelos». Diputación Provincial de Valladolid.