La Plaza de San Nicolás o de la Trinidad es un rincón donde el tiempo permite que la historia de la ciudad respire entre sombras, ladrillos y piedras centenarias. Situada en la zona norte del casco histórico, fue el epicentro de uno de los barrios más antiguos y con mayor personalidad de la capital del Pisuerga.

La primera cerca, tradicionalmente atribuida al conde Pedro Ansúrez, tenía un perímetro muy reducido. Protegía el núcleo central de la villa, articulado en torno a la iglesia de Santa María la Antigua y la plaza de San Miguel. El barrio de San Nicolás quedó fuera de la muralla. Contaba con un portillo que daba acceso al Puente Mayor, principal vía de comunicación hacia el norte peninsular. Era un arrabal periférico que comenzó a desarrollarse gracias a la actividad vinculada al río y al tránsito de viajeros. Esta posición estratégica lo convirtió en un lugar de encuentro para comerciantes y vecinos, carácter que, en buena medida, aún conserva. La tradición atribuye al conde Ansúrez o a algunos de sus sucesores la fundación de un templo dedicado a San Nicolás para atender espiritualmente a los habitantes del barrio.

La plaza de San Nicolás marcaba el límite entre el Valladolid cortesano y el popular. Su configuración urbana estuvo estrechamente ligada al Pisuerga, cuya proximidad condicionó su actividad durante siglos.

El rápido crecimiento de Valladolid hizo necesaria la ampliación del recinto defensivo, especialmente para proteger el comercio. La segunda muralla, conocida como la «Cerca de María de Molina», amplió notablemente los límites de la villa e incorporó el barrio de San Nicolás al recinto amurallado. La cerca descendía desde San Pablo hasta el río, protegiendo este enclave estratégico, que controlaba el acceso al Puente Mayor. En ella existía un portillo denominado del Río o de San Nicolás, que unía el barrio con el puente y el río.

Entre las razones que motivaron la ampliación de la segunda muralla figuraba la necesidad de proteger el barrio de San Nicolás y asegurar el acceso septentrional de la villa.

SAN NICOLÁS. LOS TRINITARIOS DESCALZOS

Cuando los Trinitarios Descalzos se establecieron en Valladolid en 1596, fundaron su primer convento en la margen derecha del Pisuerga, una zona más económica, alejada del bullicio urbano y acorde con su ideal de pobreza y recogimiento. Sin embargo, las frecuentes crecidas del río inundaban con regularidad el monasterio, haciendo la vida de la comunidad difícil, costosa y peligrosa. Por ello, buscaron un emplazamiento intramuros.

En 1606, gracias al patrocinio de diversos nobles, adquirieron unas casas en la actual plaza de la Trinidad y levantaron el edificio que hoy conocemos: un templo sólido y protegido de las inundaciones. El solar ocupaba parte del espacio correspondiente a la segunda judería de Valladolid, situada en las inmediaciones del Palacio de los Condes de Benavente.

El convento de los Trinitarios Descalzos fue desamortizado en 1836 y la comunidad religiosa tuvo que abandonar el monasterio.

La iglesia de San Nicolás que contemplamos en la actualidad no es la original. La antigua parroquia se encontraba más próxima al Puente Mayor y fue demolida durante el siglo XIX. Tras la desamortización, la sede parroquial de San Nicolás se trasladó al antiguo templo de los Trinitarios Descalzos. Desde entonces, este edificio recibió la advocación de parroquia de San Nicolás de Bari, denominación que conserva en la actualidad.

SAN QUIRCE Y SANTA JULITA

San Quirce es la forma castellanizada de San Quirico, una advocación que siempre va unida a Santa Julita. Según la tradición cristiana, Julita era una cristiana de Turquía que fue capturada junto con su hijo durante la persecución de Diocleciano. Durante el martirio de la madre, el niño Quirico, al verla sufrir, proclamó también su fe cristiana. El juez, enfurecido, dio muerte al niño y, posteriormente, a la madre, que se convirtieron en símbolo del amor materno y de la fe inquebrantable.

La orden femenina del Císter se instaló bajo esta advocación en el siglo XII, en el arrabal del Puente Mayor, una zona de huertas cercana al río donde se encontraba la puerta del noroeste, mientras que la puerta de la Magdalena constituía la salida natural hacia el valle del Esgueva, Burgos y Francia.

Con la ampliación de la segunda muralla, el arrabal se convirtió en un barrio populoso, integrándose plenamente en el tejido urbano. De este modo, el monasterio quedó intramuros.

Valladolid, al convertirse en sede frecuente de la corte, atrajo a la nobleza y a diversas órdenes religiosas. San Quirce recibió dotes y privilegios que permitieron su supervivencia, a pesar de hallarse en una zona que, durante los primeros siglos, era vulnerable a las crecidas del río y a los asedios.

Aunque el monasterio de San Quirce y Santa Julita tiene sus orígenes en la Alta Edad Media, la iglesia actual es una construcción barroca del siglo XVII y sobresale por su sobriedad exterior y por la riqueza de sus retablos interiores.

La iglesia se sitúa frente al palacio de los condes de Benavente y a la parroquia de San Nicolás de Bari, formando un conjunto arquitectónico muy característico del casco histórico vallisoletano.

El edificio que contemplamos hoy no es el medieval, sino uno levantado en el siglo XVII por Francisco de Praves, arquitecto real que realizó su diseño en 1620. La fachada constituye un excelente ejemplo de la sobriedad castellana: ladrillo, piedra y líneas rectas, que rehúyen la ornamentación excesiva y ofrecen una imagen arquitectónica de gran solemnidad.

Si el exterior es austero, el interior guarda la verdadera riqueza. El Retablo Mayor es una pieza clave en la que se narra, mediante un programa iconográfico, el martirio de los dos santos.

El monasterio ha mantenido la vida contemplativa durante siglos, sobreviviendo tanto a la Guerra de la Independencia como a la desamortización de Mendizábal.

EL PALACIO DE LOS CONDES DE BENAVENTE

El Palacio de los Condes de Benavente, vinculado a la influyente familia Pimentel, ocupa en la plaza el lugar que representó el poder nobiliario. Fue construido en el siglo XV y su edificación respondía a las necesidades de representación y defensa de la alta nobleza. Sus gruesos muros, patios interiores y torres defensivas reflejaban el poder militar y el simbolismo autoritarios de sus propietarios. Sus dependencias, articuladas en torno a espacios jerarquizados, evidenciaban tanto la estructura social de la época como la relevancia de la familia. Fue residencia aristocrática entre los siglos XV y XVII y escenario de algunos de los episodios más relevantes de la historia de España.

Con el paso del tiempo y gracias a la estabilidad política, su carácter defensivo dio paso a una arquitectura más refinada, propia del Renacimiento.

El momento de mayor esplendor del palacio coincidió con el reinado de Felipe III, cuando la corte se trasladó a Valladolid entre 1601 y 1606. Durante esos años, la ciudad fue la capital de la Monarquía Hispánica, lo que propició una intensa actividad política, social y cultural. El palacio fue residencia de los reyes Felipe III y Margarita de Austria-Estiria entre 1601 y 1603 y, más tarde, formó parte del entramado de residencias vinculadas a la vida cortesana.

Como aspecto destacado, cabe señalar que la reina no desempeñó un papel meramente representativo. Es recordada por la documentación de la época como una mujer culta, profundamente religiosa y dotada de notable habilidad política. En diversas ocasiones mantuvo una posición contraria a la influencia ejercida por el duque de Lerma en los asuntos de la corte.

Felipe III y Margarita tuvieron ocho hijos, entre ellos Felipe IV, futuro rey de España, y Ana de Austria, reina de Francia y madre del Rey Sol, Luis XIV. La reina falleció a los veintiséis años y el rey no volvió a contraer matrimonio.

Con el regreso de la corte a Madrid, los condes abandonaron la ciudad y el palacio fue perdiendo su función aristocrática original. Sufrió un gran incendio en 1667 y otro, aún más devastador, en 1716, que destruyó los techos y las principales estancias nobles, dejando el edificio en estado de semirruina.

A finales del siglo XVIII, el estado del edificio era tan precario que la familia Pimentel decidió venderlo. Fue adquirido por el Ayuntamiento, que trasladó allí las instituciones benéficas dispersas por la ciudad.

Cuando Valladolid fue ocupada por el ejército francés, el edificio ya funcionaba como Casa de Misericordia. Las tropas francesas lo utilizaron para alojar a sus soldados heridos y enfermos. Como ocurrió con buena parte del patrimonio vallisoletano, el palacio sufrió importantes daños, agravando aún más el deterioro que ya presentaba.

En 1847 se unificaron varias instituciones para convertirlo de nuevo en Hospicio Provincial. Esta transformación implicó importantes modificaciones arquitectónicas destinadas a adaptarlo a su nueva función asistencial. El edificio adquirió entonces una nueva dimensión social.

El palacio desempeñó esta función hasta 1982. Su cierre fue consecuencia de los nuevos modelos asistenciales surgidos durante la Transición y, sobre todo, del progresivo deterioro del inmueble.

El edificio actual es fruto de la intervención arquitectónica dirigida por Eloy Maquieira, quien mantuvo la fachada principal renacentista, presidida por el escudo de los Condes de Benavente. En el interior se conservó la disposición original del patio y se diseñó un espacio destinado a biblioteca, que alberga una extensa colección de libros y documentos históricos, además de salas de estudio, sección infantil y espacios para exposiciones y conferencias. Actualmente, es la sede de la Biblioteca de Castilla y León.

Aunque el edificio original no se conserva íntegramente, su memoria pervive en la historiografía local. Desde su inauguración en 1990, la biblioteca se ha convertido en uno de los espacios culturales más dinámicos de Valladolid.

Hoy, el Palacio de los Condes de Benavente representa la evolución de Valladolid desde su condición de centro político de la Monarquía Hispánica hasta su adaptación a las necesidades culturales de la sociedad contemporánea.

 

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR A

Agapito y Revilla, Juan (1937). Las calles de Valladolid: nomenclátor histórico. Valladolid: Imprenta Casa Martín. (Edición facsímil del Grupo Pinciano, 1982).

García-Valladolid, Casimiro G. (1900-1902). Valladolid, recuerdos y grandezas.

 San José Díez, Mariano (2008). Barrio y parroquia de San Nicolás. Valladolid: Edita Parroquia de San Nicolás.

Urueña Paredes, Juan Carlos (2006). Rincones con fantasma: un paseo por el Valladolid desaparecido. Valladolid: Ayuntamiento de Valladolid.

Martín González, Juan José. Catálogo Monumental de la Provincia de Valladolid.

Bustamante García, Agustín (1983). La arquitectura clasicista del foco vallisoletano (1561-1640).

 Valladolid: Institución Cultural Simancas.

Fernández Maroto, Miguel (2021). Urbanismo y evolución urbana de Valladolid (1979-2012). Ediciones Universidad de Valladolid.

Calabia. L. San Nicolás, un barrio entrañable. Crónica municipal. 1982