Aunque Berzosa no figura en las fuentes clásicas entre las principales ciudades arévacas, el territorio donde hoy se asienta el municipio fue ocupado por este pueblo.
Los arévacos fueron uno de los contingentes étnicos más importantes del norte peninsular y tuvieron un papel destacado en las guerras celtibéricas contra Roma, a la que opusieron una firme resistencia.
La documentación medieval y los estudios toponímicos permiten relacionar el origen de Berzosa con el proceso repoblador del siglo XI. Diversos autores consideran que el topónimo Berzosa deriva de donde crecen y abundan los brezos. Otros autores lo vinculan con Bierzosa, derivado del Bierzo, lo que sugiere el establecimiento de colonos procedentes de aquella región, algo frecuente durante la repoblación de los territorios de la ribera del Duero.
La repoblación de estas tierras tuvo un marcado carácter concejil. A ellas llegaron pobladores procedentes del Bierzo y de colonos de origen navarro, vasco y mozárabe, atraídos por acceder a la propiedad de la tierra y por los privilegios recogidos en los fueros otorgados para favorecer el asentamiento en una zona fronteriza. Aunque ya habían existido intentos anteriores de ocupación, fue durante el reinado de Alfonso VI cuando este proceso adquirió un impulso decisivo. La construcción de la iglesia de San Martín se enmarca en este contexto de reorganización y consolidación del territorio.
Durante la Edad Media, Berzosa quedó integrada en la Comunidad de Villa y Tierra de El Burgo de Osma, institución encargada de organizar el aprovechamiento de los recursos comunales, la administración y la defensa del territorio. Como ocurrió en buena parte de la provincia de Soria, su economía se sustentó tradicionalmente en la agricultura y la ganadería, actividades condicionadas por las características del medio natural.
Durante los siglos XIX y XX, Berzosa sufrió un intenso proceso de despoblación, fenómeno común a numerosos municipios del interior peninsular. En la actualidad, constituye un ejemplo representativo de la denominada España despoblada, consecuencia del progresivo abandono del medio rural. Sin embargo, el regreso periódico de antiguos vecinos y de sus descendientes contribuye a mantener vivo el vínculo con el pueblo, preservando la memoria colectiva y el patrimonio histórico y paisajístico heredado de generaciones anteriores.
La iglesia de San Martín constituye el principal testimonio. Su fábrica románica se levantó a finales del siglo XI y se desarrolló durante el siglo XII, aunque el edificio ha experimentado importantes transformaciones posteriores.
Las reformas efectuadas durante los siglos XVII y XVIII evitaron su ruina, pero modificaron notablemente su aspecto original, de modo que el exterior presenta hoy una imagen heterogénea.
Situada sobre un pequeño altozano, la iglesia domina desde el espacio que la rodea una amplia panorámica del llano soriano, donde el paisaje se prolonga hasta confundirse con el horizonte.
Originalmente, el templo responde al modelo característico de las iglesias rurales románicas castellanas: una nave única rematada por un tramo recto y un ábside semicircular orientado al este. Los muros son de mampostería reforzada con sillares; conservan buena parte de la fábrica medieval.
Durante la época barroca, la cabecera románica fue sustituida por otra de planta rectangular cubierta por una cúpula, a la que posteriormente se añadieron la sacristía y otras dependencias anexas.
El elemento más destacado del edificio es su galería porticada, construida probablemente a finales del siglo XII. Está formada por siete arcos de medio punto apoyados sobre columnas pareadas cuyos capiteles tienen, en su mayoría, decoración vegetal. En algunos hay una pareja de leones afrontados, recurso iconográfico frecuente en la escultura románica. El conjunto destaca por la armonía de sus proporciones y la elegancia de su composición.
La portada meridional constituye otro de los elementos más sobresalientes del templo. Está formada por tres arquivoltas de medio punto decoradas con molduras, ajedrezados y motivos geométricos. Los arcos descansan sobre tres pares de columnas acodilladas a cada lado, rematadas por seis capiteles. Los capiteles exteriores presentan ornamentación vegetal, mientras que los interiores desarrollan motivos figurativos cuya interpretación no siempre resulta unánime. Entre ellos pueden distinguirse parejas de cuadrúpedos, leones afrontados, una escena protagonizada por un personaje alado junto a un jinete, interpretada por algunos autores como un episodio de inspiración bíblica, y varias figuras humanas cuya identificación continúa siendo objeto de debate. Una de ellas, muy discutida, es si las figuras son guerreros, equilibristas o bailarines.
El tejaroz de la portada se apoya sobre siete canecillos esculpidos con una decoración sencilla con figuras de animales, posibles monos y escenas de carácter popular.
La torre está compuesta por dos cuerpos correspondientes a épocas constructivas claramente diferenciadas.
El interior conserva una sola nave, aunque profundamente transformada durante las reformas de los siglos XVII y XVIII, circunstancia que explica la convivencia de elementos medievales con estructuras barrocas.
La cubierta está formada por bóvedas de arista muy rebajadas, construidas en ladrillo y revestidas de yeso, lo que confiere al espacio una notable sensación de amplitud y luminosidad.
Aunque la cabecera románica desapareció con las reformas barrocas, el edificio conserva buena parte de sus muros medievales y numerosos elementos originales que permiten apreciar la sobriedad y el equilibrio propios de la arquitectura románica rural, donde la piedra, la luz y la sencillez constructiva crean un espacio de gran fuerza evocadora.

















PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR A:
ALMAZÁN DEGRACIA, Á., 1995
BANGO TORVISO, I. G., 1997
BLASCO JIMÉNEZ, M., 1995
ENRÍQUEZ DE SALAMANCA, C. 1986,
GARCÍA VALENCIANO, J. J. 1986,
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