Según la documentación revisada, la Casa de las Aldabas fue levantada a finales del siglo XIII, aunque no se conoce con seguridad quién ordenó su construcción. Tradicionalmente, ha estado vinculada a la familia de Fernán Sánchez de Valladolid y Tovar, uno de los linajes más importantes de la ciudad.
El edificio pasó posteriormente a Diego Sánchez Manuel de Valladolid, contador mayor de Enrique III, y quedó vinculado a este linaje hasta Alonso de Valladolid, regidor de la ciudad y contador de los Reyes Católicos.
En enero del año 1425 nació en esa casa Enrique IV, hijo de Juan II de Castilla y de María de Aragón.
En 1469, siendo ya rey, Enrique IV concedió a la casa donde había nacido un privilegio excepcional de asilo: por ninguna causa podían ser expulsados de ella sus huéspedes. Las personas que se estuvieran en la vivienda no podían ser extraídas de ella por la justicia ordinaria. Un privilegio excepcional del rey confirmado posteriormente por Carlos I en 1524.
Las once aldabas de hierro que se colocaron horizontalmente y en línea en la fachada a unos dos metros del suelo eran un elemento singular de la fachada.
El nombre de «Casa de las Aldabas» procede de estas once piezas de hierro, de unos veinte centímetros de diámetro, que se convirtieron en la imagen característica del edificio.
Aunque no se puede afirmar categóricamente que las once aldabas fueran colocadas con el único propósito de hacer visible el privilegio real. El Museo Nacional de Escultura señala que «es lícito pensar que Alonso de Valladolid las colocara para exteriorizar aquella prerrogativa». Por tanto, es una interpretación histórica razonable y aceptada, pero no documentada.
La Casa de las Aldabas fue, por tanto, un palacio urbano situado en la calle Teresa Gil y estrechamente vinculado a la memoria del nacimiento de Enrique IV y al singular privilegio de asilo concedido por este monarca.
A comienzos del siglo XVI, la casa continuaba vinculada al antiguo linaje y la historiografía señala que el edificio fue reconstruido.
Durante los disturbios de las Comunidades, en 1520, la casa perteneciente entonces a Cristóbal de Santisteban llegó a estar amenazada por los comuneros, aunque los religiosos de San Francisco intervinieron para impedir que fuese incendiada. Los frailes se presentaron vestidos para una celebración litúrgica, llevando el Santísimo Sacramento, con lo que los comuneros desistirían de incendiarla, aunque la saquearon.
El siglo XVII es el mejor documentado para la historia del edificio. El 27 de abril de 1601 la casa fue adquirida por Juan Bautista Gallo, regidor de Valladolid y depositario de la Chancillería. El 12 de enero de 1605, su viuda, Mariana de Paz Cortés, la cedió a Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias.
LA CASA CAMBIA DE PROPIETARIO
Rodrigo Calderón fue uno de los personajes más poderosos de la corte de Felipe III, el principal colaborador del duque de Lerma. Estaba casado con Inés de Vargas, cuya familia tenía un importante patrimonio en Extremadura. El matrimonio estuvo estrechamente relacionado con el convento de Porta Coeli, adquiriendo patronazgo.
Rodrigo Calderón emprendió una profunda remodelación de la casa de las Aldabas. Las obras fueron encargadas al arquitecto Diego de Praves, que incorporó espacios, pero conservó parte de la estructura del patio. La documentación permite conocer la riqueza de la decoración interior del palacio, con artesonados, tapices y otros elementos suntuarios destinados a convertir la residencia en la representación de su posición social y política.
Rodrigo Calderón nunca llegó a disfrutar plenamente de su palacio. Fue detenido en febrero de 1619 en la propia Casa de las Aldabas. Su caída estuvo relacionada con la crisis política del duque de Lerma. Mantuvo un largo proceso judicial que terminaría con la imputación de numerosos cargos. Sobre Rodrigo recayó la responsabilidad política y judicial de los desmanes del gobierno anterior. Fue sentenciado a la pena de muerte y degollado en la Plaza Mayor de Madrid el 21 de octubre de 1621.
Tras su prisión, la casa fue confiscada y posteriormente devuelta a su viuda, Inés de Vargas, en 1623.
Durante los siglos XVIII y XIX, la documentación permite seguir todavía la trayectoria del inmueble, aunque con mucho menos interés.
En el siglo XVIII la casa continuaba formando parte del patrimonio de la familia Calderón, que la llegó a alquilar. En el siglo XIX, el edificio presentaba un estado de conservación deficiente y en 1808 fue vendido por Ana Javiera Calderón, condesa viuda de la Oliva, a José María Tineo Ulloa Osorio Sierra y Mendoza.
No hay que relacionar la decadencia del edificio con la ocupación francesa o con la desamortización de Mendizábal, aunque estos procesos dañaron y transformaron profundamente el patrimonio urbano de Valladolid.
EL DERRIBO DE LA CASA DE LAS ALDABAS
La Casa de las Aldabas, a pesar de su valor histórico y arquitectónico, terminó desapareciendo. El 18 de marzo de 1963, el ayuntamiento tomó la decisión de derribarla pese a los intentos de conservarla como monumento arquitectónico. La demolición fue una considerable pérdida del patrimonio civil de la ciudad.
No obstante, algunos de sus elementos pudieron salvarse. Parte de la magnífica arquería del patio fue desmontada y trasladada al Museo Nacional de Escultura de Valladolid y el artesonado del salón principal fue trasladado al Alcázar de Segovia.
Las célebres aldabas desaparecieron con el derribo y únicamente se conservan en fotografías antiguas. Su imagen, sin embargo, ha quedado asociada para siempre a la memoria de la ciudad.
La Casa de las Aldabas fue mucho más que una antigua residencia nobiliaria. Su importancia histórica residía en la combinación de linaje, arquitectura, privilegio regio y memoria de la monarquía.
LA ARQUITECTURA DE LA CASA-PALACIO DE LAS ALDABAS
La Casa de las Aldabas fue una casa-palacio urbana, con elementos arquitectónicos de finales de la Edad Media y del Renacimiento. Su rasgo más distintivo eran las once grandes aldabas de hierro, empotradas en la fachada y colocadas en línea horizontal a algo más de dos metros del suelo.
La fachada era relativamente sobria y carecía de la monumentalidad de otros palacios vallisoletanos. Sin embargo, las aldabas le conferían un fuerte carácter representativo y simbólico, pues, además de dar nombre al edificio, hacían visible desde el exterior el privilegio jurídico de la casa.
Se entraba desde la calle mediante una gran portada con arco de medio punto y grandes dovelas. Desde allí se accedía al patio cuadrado, alrededor del cual se organizaban las dependencias. Tres de sus galerías presentaban arcos de medio punto soportados por pilares ochavados sobre capiteles de bolas, mientras que la cuarta galería tenía arcos escarzanos. Elementos propios de la arquitectura vallisoletana de finales del siglo XV y comienzos del XVI.
Como el edificio tuvo diferentes propietarios, tuvo varios cambios. En el siglo XVII. En 1615, Rodrigo Calderón emprendió una importante reforma. Diego de Praves transformó el interior del palacio. Las fuentes hablan de aposentos, salones, chimeneas, puertas con marcos de mármol, tapices, reposteros y zócalos cerámicos; es decir, enriqueció la decoración interior y construyó un gran salón con un magnífico artesonado dorado y pintado, hoy conservado en el Alcázar de Segovia.
La distribución interior respondía a las necesidades propias de una casa-palacio. La planta baja estaba destinada fundamentalmente a espacios de servicio y dependencias auxiliares, mientras que las estancias principales y las habitaciones de los propietarios se situaban en la planta superior.
La importancia de la Casa de las Aldabas no reside únicamente en su arquitectura, sino también en la relación entre espacio residencial, representación social y privilegio jurídico. El edificio constituía así un ejemplo significativo de la arquitectura doméstica de las élites vallisoletanas, en la que la residencia no solo cumplía una función habitacional, sino que también expresaba la posición social y política de sus propietarios.
La Casa de las Aldabas fue finalmente derribada a comienzos de la década de 1960. Parte de la arquería de su patio pudo salvarse y fue trasladada al jardín del Museo Nacional de Escultura. El artesonado del salón principal fue trasladado al Alcázar de Segovia.
Junto a la memoria histórica de la Casa de las Aldabas permanece la célebre taberna conocida como la Bodeguilla.













PARA MÁS INFORMACIÓN SE PUEDE CONSULTAR A:
AGAPITO Y REVILLA, Juan, «Palacios y casas señoriales de Valladolid. «La Casa de las Aldabas», Revista Castellana,
AGAPITO Y REVILLA, Juan, Arquitectura y urbanismo del Antiguo Valladolid, Valladolid, 1991. Edición facsímil, Maxtor, 2019.
MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José, La arquitectura doméstica del Renacimiento en Valladolid, Valladolid, Imprenta Castellana, 1948.
URREA FERNÁNDEZ, Jesús, «Palacio del Marqués de Siete Iglesias o de las Aldabas», en Arquitectura y nobleza: casas y palacios de Valladolid, Ciudad de Valladolid, 1996
MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José, Catálogo Monumental de la Provincia de Valladolid, Valladolid.
GARCÍA-VALLADOLID, Casimiro González, Valladolid: recuerdos y grandezas, Valladolid, 1900-1902.