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INTRODUCCIÓN

La capilla de los Benavente es una de las obras cumbre del Renacimiento español. Instalada en Santa María de Mediavilla, en Medina de Rioseco, destaca por su exuberante decoración: una enorme explosión de iconografía religiosa.

BREVE HISTORIA DE LA COMARCA

Medina de Rioseco es considerada la capital de la Tierra de Campos vallisoletana; una comarca de tierras de cultivo de horizontes interminables que se funden con el azul lejano del cielo. Su término municipal roza con los Montes Torozos para romper los llanos y ofrecer un espacio natural de caliza y encinares.

Se tiene constancia de asentamientos vacceos, romanos y visigodos en la comarca.  Durante el reino visigodo, los documentos definen a la Tierra de Campos como los «Campos Góticos». Bajo el reinado de Alfonso III comenzó la emigración montañesa y las comunidades judías y mozárabes. Es probable que en este periodo surja el topónimo de Medina, que significa «ciudad» en árabe.

Medina de Rioseco cobró relevancia durante la Edad Media como enclave estratégico y fronterizo entre los reinos de Castilla y León. En esa época perteneció a la Merindad del Infantazgo de Valladolid.

En el año 1405, Enrique III de Castilla otorgó a Alfonso Enríquez el título de almirante de Castilla tras el fallecimiento de su anterior titular, Diego Hurtado de Mendoza.

En 1423, Juan II estableció el señorío de Medina de Rioseco a favor de Fadrique Enríquez, II almirante de Castilla, concediéndole el privilegio de realizar una feria anual de veinte días a partir del primer domingo de Pascua. El mismo monarca confirmó a la villa una segunda feria de igual duración al comienzo de la Cuaresma. Posteriormente, en 1427, bajo el señorío del III almirante, Enrique IV confirmó las ferias y otorgó el mercado semanal del jueves libre de impuestos. Estas concesiones continuaron con los Reyes Católicos, Juana I, Carlos I y Felipe II. Gracias a estos privilegios, la villa se convirtió en un centro mercantil de primer orden.

El esplendor de Medina de Rioseco se vincula a la familia Enríquez, que estableció allí su centro de poder entre los siglos XV y XVIII. La ciudad fue un motor económico, acumulando una enorme riqueza al convertirse en el centro de distribución y venta de la plata que llegaba a Sevilla desde las Indias. Junto a Medina del Campo, fue el principal centro económico europeo de la época. En este periodo de bonanza, muchos de sus habitantes partieron hacia América, dejando mediante testamento cuantiosos donativos y herencias al concejo.

En el siglo XVI se erigieron sus iglesias monumentales: Santa Cruz, Santa María de Mediavilla, Santiago y San Francisco, verdaderas joyas del gótico y el Renacimiento.

Durante la Guerra de las Comunidades, Medina de Rioseco desempeñó un papel decisivo, como bastión y cuartel general de los partidarios del emperador. Cuando estalló la rebelión en 1520, el cardenal Adriano de Utrecht, futuro papa y regente del reino, huyó de Valladolid para evitar ser apresado y se refugió en las murallas de Rioseco. Desde Medina, los Enríquez coordinaron la resistencia nobiliaria. En la villa se concentraron las tropas que partieron para tomar Tordesillas, un golpe crítico para los comuneros, ya que allí se encontraba la reina Juana. Fadrique Enríquez, IV almirante de Castilla, II conde de Melgar; era primo carnal de Fernando el Católico. La madre del rey, Juana Enríquez, era su tía. Fue nombrado virrey de Sicilia por su matrimonio con Ana de Cabrera V, condesa de Módica, que poseía extensos dominios en el sureste de Sicilia.

La seguridad de la villa y la lealtad de sus señores la convirtieron en la capital provisional del emperador Carlos, el cual concedió importantes privilegios a la villa y a Fernando Enríquez, V almirante de Castilla, el ducado de Medina de Rioseco, con grandeza de España.

En el año 1632, siendo marqués de Rioseco Juan Alfonso Enríquez de Cabrera, IX almirante de Castilla, Felipe IV concedió a la localidad el título de ciudad.

Tras la muerte de Carlos II, estalló la Guerra de Sucesión. Juan Tomás Enríquez de Cabrera, XI almirante, se posicionó a favor del archiduque Carlos de Austria en contra de Felipe de Anjou. En el año 1725, se consolidó en el trono Felipe V y suprimió el título de almirante a los Enríquez. Los bienes, títulos y herencias confiscados pasaron a su sobrino, Pascual Enríquez de Cabrera. A su fallecimiento en 1739, la sucesión ducal pasó a los duques de Benavente y, posteriormente, a la Casa de Osuna.

En el siglo XVIII se inició la construcción del Canal de Castilla. Uno de cuyos ramales terminaba en Rioseco. En 1849 se instalarán fábricas de harina, papel, molinos y fundiciones siderúrgicas. La obra del canal buscaba dar salida al excedente de trigo hacia los puertos del norte. A la actividad industrial se sumaron los beneficios del transporte y el regadío, convirtiendo la agricultura en la principal fuente de ingresos y desplazando la tradicional actividad comercial. Hoy en día, su dársena es lugar de recreo.

A comienzos del siglo XIX tuvo lugar la batalla del Moclín, próxima a Medina. El 14 de julio de 1808, un poderoso ejército francés dirigido por el mariscal Jean-Baptiste Bessières se enfrentó a los ejércitos españoles de Castilla y Galicia, comandados por los generales Cuesta y Blake. El encuentro terminó con la victoria francesa que abrió las puertas de la península al ejército imperial. Después de la batalla, la ciudad sufrió un brutal saqueo por parte de las tropas francesas. Napoleón condecoró a Bessières con el Toisón de Oro.

 2- LA IGLESIA DE SANTA MARÍA DE MEDIAVILLA

Santa María de Mediavilla es uno de los templos más importantes del gótico tardío. Se le ha llamado la «Catedral de Tierra de Campos». Su construcción se inició a finales del siglo XV sobre una edificación preexistente. «Mediavilla» alude a su situación en el centro urbano. La obra fue encargada en 1490 por el concejo, los Enríquez y otras familias prominentes.

La fachada se organiza en dos pisos con poderosos contrafuertes que refuerzan la verticalidad de la estructura. En el cuerpo inferior se localiza la portada de acceso con arquivoltas apuntadas que se abocinan hacia el interior. El ingreso al templo se hace a través de un arco carpanel del gótico tardío y, flanqueando la puerta, se sitúan dos semicolumnas rematadas con pináculos. En el tímpano se halla la escultura de la Virgen.

Encima de la puerta de acceso se disponen unas arquerías ciegas decorativas separadas por una franja horizontal perpendicular a los contrafuertes.   En el registro superior están los escudos de la villa y de los mecenas locales. Al lado de las columnas hay lienzos limpios.

El cuerpo superior de la fachada está separado del inferior por una imposta corrida. Es muy sobrio y está delimitado por contrafuertes. Sobresalen unos vanos de estilo gótico que aportan ligereza al conjunto, refuerzan la sensación de altura y permiten la iluminación del templo.

La fachada responde a una estética de transición donde la composición arquitectónica y el uso de vanos apuntados prevalecen sobre la decoración escultórica. Es una fachada de líneas rectas y proporciones matemáticas que equilibra la monumentalidad del primer cuerpo con la liviandad del segundo.

El elemento distintivo del conjunto es su gran torre barroca, obra de Pedro de Sierra, erigida hacia 1700 tras el desplome de la torre original. Su cuerpo inferior es macizo y se integra armónicamente en la fábrica de la iglesia; le sigue un cuerpo de campanas decorado con pináculos, pilastras y arcos de medio punto. Se culmina en una cúpula de chapiteles que le da una silueta inconfundible al paisaje castellano.

La torre se ha convertido en el icono de la ciudad.

El interior del templo es una planta de salón con tres naves paralelas de similar altura que confiere amplitud y la verticalidad del gótico renacentista. Las naves están divididas por altos pilares que sostienen arcos apuntados y espectaculares bóvedas de crucería estrellada. En los arranques de estas bóvedas se aprecian medallones decorativos en yeso con figuras de gran interés iconográfico.

Los ventanales con tracerías permiten que la luz natural inunde el espacio, realzando el misticismo espiritual.

El retablo mayor es una pieza maestra del Renacimiento en Castilla. En su ejecución intervinieron artistas de la talla de Gaspar Becerra, Juan de Juni y Esteban Jordán.

Finalmente, el patrimonio interior se completa con un órgano barroco del siglo XVIII. Obra de Francisco Ortega, ubicada sobre una tribuna elevada, sillerías talladas del mismo siglo y rejas decorativas que delimitan los espacios litúrgicos, aportando un extraordinario valor histórico y artístico al conjunto.

3- LA CAPILLA DE BENAVENTE:

La capilla fue mandada construir como panteón familiar por el mercader Álvaro de Benavente.   Medina de Rioseco, gracias a sus ferias, fue uno de los mayores centros comerciales y financieros de Europa. La fortuna de los Benavente provenía del comercio y del cambio de moneda y plata. Se afirma que su riqueza fue tal que llegó a prestar servicios financieros al emperador Carlos V. Como otros comerciantes de la época, Álvaro buscó asegurar su memoria a través del mecenazgo.

Álvaro Alonso de Benavente mandó construir la capilla panteón en 1544 en la iglesia de Santa María de Mediavilla, en la que la sobriedad renacentista del exterior contrasta con la impresionante exuberancia decorativa interior, ornamentada a base de yesería y estuco policromado. Está considerada una de las obras cumbre del Renacimiento español.

Fernando Soria la califica como una “visión total de las Sagradas Escrituras”. Al ensayista y académico Eugenio D’Ors le impresionaron especialmente la obra de yesería y el soberbio retablo de Juan de Juni. Según sus palabras y en la Academia, “El conjunto es una explosión artística tanto en su densidad iconográfica como en la fuerza de sus imágenes. Por su ambición estética es comparable a la Capilla Sixtina. Su estilo es tan expresivo que prefigura al Barroco. Un espectacular despliegue del arte renacentista y del manierismo castellano”. Gracias a este elogio, el término «Capilla Sixtina de Castilla» se ha popularizado.

La decoración escultórica principal fue realizada en yeso policromado y estuco por los hermanos Corral de Villalpando, quienes desarrollaron un programa iconográfico que recorre temas bíblicos y alegóricos desde la Creación hasta el Juicio Final.

Arquitectónicamente, la capilla tiene una planta cuadrada cerrada por muros orientados a los puntos cardinales.

En el muro sur se abre un gran arco que enmarca una reja diseñada por Francisco Martínez en 1554, concebida como elemento separador entre la nave del templo y la capilla funeraria. En los dos espacios triangulares situados encima de la curva de la reja hay imágenes de profetas de grandes proporciones, con túnicas de pliegues flotantes que recuerdan al estilo de Miguel Ángel. A los lados de la reja se disponen figuras de santos y doctores de la Iglesia, así como cariátides y atlantes. Las figuras que utilizan los hermanos del Corral parecen que sostienen el muro. En el intradós del arco se observan cabezas de ángeles alados, niños, medallones y relieves. Una decoración muy densa que recorre todo el muro sur.

En el muro oeste, a los pies de la capilla, se abre una pequeña puerta de entrada con dintel y jambas decorados con figuras fantásticas y motivos vegetales. Sobre la puerta se conserva una inscripción con el nombre del autor, Hieronimvs Corral. En este muro se despliega el sorprendente retablo de escayola policromada, organizado en dos cuerpos con columnas de estilo renacentista-manierista. Está concebido como una fachada escultórica integrada en la pared. En el cuerpo inferior, la escena central es la del Cristo Majestad entronizado con una iconografía clásica: un hombre maduro y barbado, con actitud hierática y autoritaria, bendice a la humanidad con la mano derecha y sostiene el mundo con la izquierda. A ambos lados aparecen representados los cuatro grandes doctores de la Iglesia: san Ambrosio, san Agustín, san Jerónimo y san Gregorio. El cuerpo superior, de carácter narrativo, responde al Génesis. En el centro se representa a Adán dormido mientras Eva surge de su costado. A la izquierda, la expulsión del Paraíso, con Dios Potestas ejerciendo su autoridad ante el pecado; y en la derecha aparece la Muerte tañendo una vihuela, símbolo de los placeres y la música que terminan con la muerte.

El muro norte tiene en su parte superior una ventana y, debajo, tres arcosolios funerarios que albergan los sepulcros de los antepasados de Álvaro de Benavente. Estos están decorados con relieves de estuco policromado, acompañados de epitafios y de la heráldica familiar. Sobre los huecos de los arcosolios se insertan pinturas sobre tabla con escenas bíblicas, ángeles y otros elementos simbólicos vinculados a la salvación eterna. Este muro responde iconográficamente a la esperanza de la resurrección. Los elementos escultóricos están realizados en estuco policromado y enmarcan los nichos funerarios.

El muro oriental, que forma el ábside de la capilla, es de planta semicircular y está cubierto por una semiesfera decorada con escenas cristológicas y marianas, concebidas como eje teológico de la Redención. En la zona superior hay un Cristo Juez Redentor, elevado sobre un carro tirado por los cuatro tetramorfos y aplastando al demonio. A ambos lados aparecen la Virgen María y san Juan Bautista, arrodillados e intercediendo por la humanidad, formando la clásica iconografía de la Deesis. Sobre Cristo se sitúan el Padre Eterno y el Espíritu Santo en forma de paloma, completando la unidad en el Juicio Final. Rodeando la escena principal, se disponen ángeles portadores de los instrumentos de la Pasión, como la cruz, la columna y la corona de espinas, que recuerdan el sacrificio del Redentor y su función como juez. Bajo los pies de Cristo se despliega la visión del castigo eterno: una masa de figuras se retuerce en el suplicio. De Corral representó a todas las clases sociales; se reconocen papas, obispos, reyes, doctores y guerreros junto a figuras monstruosas con gestos grotescos que ejecutan los tormentos y arrastran a las almas hacia las fauces de un monstruo que simboliza la entrada al infierno. En contraposición, en la parte superior se representa la escena de los elegidos: los del Antiguo Testamento a la izquierda y los del Nuevo Testamento a la derecha.

Tras la muerte del fundador, sus testamentarios encargaron en 1557 a Juan de Juni un retablo dedicado a la Inmaculada Concepción. Este retablo se sitúa en el testero de la capilla, presidiendo el recinto. No se trata de un simple elemento decorativo, sino del eje espiritual y teológico del conjunto, centrado en la Inmaculada como intercesora divina de la salvación.

Las imágenes del retablo de Juni rompen con la rigidez. Juni rompe con los convencionalismos y crea unas imágenes dinámicas manieristas, con cuerpos girados y vestiduras voluminosas de pliegues angulosos que generan intensos contrastes de luces y sombras. En el banco del retablo se disponen relieves de santos y figuras que preparan la narración teológica de los cuerpos superiores. En el primer cuerpo se desarrollan escenas de la vida de san Joaquín y santa Ana: la expulsión de Joaquín del Templo y su retiro como pastor, el anuncio del ángel para que regrese junto a su esposa, el abrazo ante la Puerta Dorada y el Nacimiento de la Virgen. En el segundo cuerpo, en la hornacina central, se representa la Inmaculada Concepción, con un gesto sereno y un suave giro del cuerpo que transmite espiritualidad y el dinamismo manierista. María, concebida sin pecado, aparece dotada de una extraordinaria elegancia y actitud mística, rodeada por un resplandor de ángeles y nubes. El retablo presenta a María como puente entre el cielo y la tierra, flanqueada por dos ángeles que la coronan como Reina del Cielo.

Juni introduce una notable sensación de movimiento en las figuras mediante posturas que superan la rigidez gótica. El uso de la línea helicoidal en la Inmaculada constituye un recurso excepcional para transmitir belleza y espiritualidad. Las imágenes poseen una presencia física impresionante y muestran rasgos de profunda humanidad en sus rostros, con una carga emocional que prefigura el realismo barroco.

El dorado del retablo es de una calidad excepcional, acentuando la riqueza visual que tanto impresionó a Eugenio D’Ors.

La azulejería situada a los pies del retablo se ha vinculado al flamenco Hans Floris. En el suelo de la capilla se disponen las lápidas de los fundadores, ornamentadas con medallones e inscripciones en latín que aluden a la salvación de sus almas. Bajo el pavimento se conserva una cripta que funciona como la verdadera necrópolis familiar, donde reposan los restos físicos en un espacio de carácter más sobrio.

4-LA CÚPULA

La cúpula es una de las partes más espectaculares y simbólicas del recinto. No es solo un elemento arquitectónico, sino un discurso plástico que expresa las ideas renacentistas sobre la vida, la muerte, la resurrección y la esperanza en la justicia divina y la vida eterna.

La capilla es de planta cuadrada y está cubierta por una bóveda de crucería estrellada, propia del gótico tardío. Los nervios alcanzan el centro de la copa, pero no convergen en un punto clave, sino que forman un área radial que articula la superficie de la cúpula en ocho compartimentos. La forma circular central de la bóveda representa la eternidad, mientras que la estrella de ocho puntas alude al octavo día, símbolo de la resurrección más allá de los siete días terrenales de la creación.

La ornamentación se reparte en tres anillos simbólicos, distribuidos en torno a los nervios y compartimentos de la bóveda. Cada nivel alberga conjuntos escultóricos modelados en yeserías y estuco policromado. En el nivel más externo se sitúan los personajes del Antiguo Testamento, Moisés, Isaías, Daniel o David, subrayando la “Era de la Ley”. Las figuras aparecen sentadas y actúan como los cimientos teológicos sobre los que se apoya la salvación. A su alrededor aparecen planetas y figuras alegóricas, como síntesis del cosmos entendido como un orden moral.

El nivel intermedio está dedicado a la Iglesia y al Nuevo Testamento. En el círculo central se encuentran figuras que representan la “Era de la Gracia” con apóstoles, evangelistas y doctores de la Iglesia, que actúan como puente entre la promesa antigua y la gloria celestial. Esta transición se enmarca mediante una decoración riquísima de guirnaldas y angelotes.

El anillo interno representa la Gloria y se llena con las virtudes teologales y cardinales: Fe, Esperanza, Caridad, Prudencia, Templanza, Justicia, Bondad y Fortaleza, que se combinan con medallones, ángeles y escudos heráldicos de la familia Benavente. El movimiento de las figuras en este nivel es dinámico y guía la mirada hacia el centro de la cúpula, donde la luz natural penetra para simbolizar la presencia divina. El núcleo central del casquete, delimitado por las nervaduras, está decorado con estrellas sobre fondo azul, evocando la esfera celeste y la idea de eternidad, omnipresente en el simbolismo funerario y teológico de la capilla.

La ornamentación sigue un programa simbólico ascendente desde el mundo terrenal hasta el celestial: comienza con la Creación, transita por el orden moral y culmina en el Juicio Final y la Salvación. Este rico repertorio iconográfico no es un mero adorno, sino que responde a una intención teológica y humanista.

En el anillo que sustenta la cúpula aparecen planetas personificados como dioses romanos en sus carros: Mercurio, Venus y Marte.

La cúpula se apoya sobre pechinas triangulares que descargan el peso hacia los muros y la base de la planta. En ellas están representados los cuatro evangelistas, concebidos como los soportes que sostienen la cúpula del cielo. Aparecen caracterizados de manera realista y acompañados de sus símbolos tradicionales: san Mateo sostiene un libro y está acompañado por un ángel alado de forma humana, ya que su Evangelio comienza con la genealogía de Jesús, y las alas lo señalan como mensajero del mandato espiritual. San Marcos aparece acompañado por un león, símbolo de la fuerza del cristianismo; san Lucas, por un buey, expresión del sacrificio; y san Juan, junto a un águila, símbolo de la elevación espiritual y de la visión divina.

Lo más fascinante de estas pechinas es que los evangelistas no están solos. Junto a ellos aparecen sibilas, profetisas del mundo pagano que, según la tradición cristiana, anunciaron la llegada de Cristo, estableciendo una unión entre el conocimiento pagano y la revelación cristiana. Junto a san Juan se representa la Sibila Helespóntica, que sostiene una cruz porque anunció la Crucifixión; mientras que al lado de san Lucas aparece la Sibila Frigia, relacionada con la profecía de la Resurrección.

 

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR:

1-Soria Heredia, Fernando. La Capilla de los Benavente en la iglesia de Santa María, Medina de Rioseco: Universidad de Valladolid, 1998.

2-Ferrero Maeso, Concepción. Capilla de Álvaro de Benavente: Iglesia de Santa María de Mediavilla, Medina de Rioseco. Madrid.

2- García Chico, Esteban. Medina de Rioseco. Valladolid: Diputación Provincial, 1959.

4-García Chico, Esteban. «La capilla de los Benavente en Santa María de Ríoseco». Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología.

5-Martín González, Juan José. «Juan de Juni». Madrid: Patronato Nacional de Museos, 1974.

6-Redondo Cantera, María José. «Los Corral de Villalpando y la arquitectura de yeso».

7-Urrea, Jesús. «La capilla de los Benavente, un escenario para la eternidad». Revista de la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León.

8-D’Ors, Eugenio. Lo Barroco. Madrid: Aguilar, 1944

9-Lasa, José Ignacio. Eugenio d’Ors y el arte español. Sociedad Castellana de Excursiones. Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción.

10- Calabia Ibáñez. L. Académico. Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción. El retablo de Juan de Juni