Dedicado a mi hermana Pilar (+) y a mi hermano Luis, que viven donde estuvo el convento.
Corría el año 1256 cuando el rey Alfonso X el Sabio concedió a la Orden de la Santísima Trinidad diversos solares, huertos y tierras de cultivo para que sus religiosos pudieran establecerse extramuros, al oeste de la villa de Valladolid. Gracias a estas donaciones, los trinitarios calzados ocuparon un amplio espacio en el arrabal occidental, junto a la ribera del Pisuerga.
La finalidad principal de la Orden Trinitaria era rescatar a los cristianos cautivos en poder de los musulmanes, especialmente en el norte de África. Para ello reunía limosnas, organizaba expediciones de redención y negociaba la liberación de los prisioneros, convirtiéndose en una de las instituciones asistenciales y religiosas más importantes de la Cristiandad medieval.
A finales del siglo XIII y comienzos del XIV, durante la regencia de María de Molina, se llevó a cabo la ampliación del recinto amurallado de Valladolid, incorporando al interior de la villa los arrabales que habían surgido en torno a la ciudad. Como consecuencia de esta expansión urbana, el convento de la Trinidad Calzada quedó integrado dentro del nuevo perímetro defensivo.
La ribera del Pisuerga constituía entonces el límite natural occidental de Valladolid. La muralla protegía la población y regulaba el acceso mediante sus puertas. La actual plaza de Santa Ana era conocida como plaza de la Trinidad, denominación que recibía por su proximidad al convento. Se trataba de un espacio de transición entre la ciudad edificada y las huertas que se extendían hacia el río.
En 1417, el rey Juan II concedió el patronato del convento a Diego López de Zúñiga, uno de los más destacados magnates castellanos. Don Diego había participado junto al infante Fernando de Antequera, hermano del rey Enrique III, en el asedio de la fortaleza nazarí de Setenil en octubre de 1407. Don Diego desempeñó en la corte los cargos de alguacil mayor de Castilla, justicia mayor del reino y alférez mayor, dignidades honoríficas y militares muy relevantes de la Corona. Asimismo, consolidó el señorío de Béjar y posteriormente el ducado del mismo nombre.
Diego López de Zúñiga garantizó la estabilidad económica de la comunidad trinitaria mediante importantes donaciones de rentas y propiedades. Impulsó una profunda transformación arquitectónica del convento: reedificó buena parte de sus dependencias y promovió la construcción de una nueva iglesia, en cuya capilla mayor estableció el panteón familiar, reservado para él, su esposa Juana García de Leiva y para los primogénitos del linaje. Ordenó levantar otras capillas destinadas a demás miembros de su casa. El convento quedó estrechamente vinculado a la Casa de Zúñiga, cuyos descendientes, los duques de Béjar, conservarían su patronato durante varios siglos.
Juan Antolínez de Burgos y, dos siglos más tarde, Matías Sangrador describieron el convento de la Trinidad Calzada como uno de los edificios religiosos más importantes de Valladolid. Su iglesia, de grandes dimensiones, contaba con tres amplias naves y numerosas capillas laterales. La riqueza de su decoración y de sus fundaciones particulares era tan extraordinaria que las crónicas de la época afirmaban que algunas de aquellas capillas «podían servir de iglesia». Entre ellas destacaba la perteneciente al linaje de Juana García de Leiva, considerada una de las más suntuosas por la magnificencia de su arquitectura y de su ornamentación.
Durante la Guerra de las Comunidades de Castilla (1520-1521), el convento estuvo vinculado a diversas reuniones de los comuneros vallisoletanos, lo que pone de manifiesto el prestigio y la relevancia que la institución había alcanzado dentro de la ciudad.
Años después, el convento estuvo estrechamente relacionado con fray Simón de Rojas, quien ejerció como prior de la comunidad trinitaria antes de convertirse en confesor de Felipe III y de la reina Margarita de Austria. Su intensa labor espiritual y su decidida promoción de la devoción a la Virgen María le convirtieron en una de las figuras religiosas más influyentes de la España del Siglo de Oro.
En 1532, María de Zúñiga promovió la construcción de un fastuoso mausoleo familiar, atribuido tradicionalmente al escultor Felipe Bigarny. Años más tarde, en 1551, se contrató la realización de un nuevo retablo para el altar mayor al escultor Inocencio Berruguete y al pintor Manuel Barreda. Debía cubrir el ábside de la iglesia y las fuentes antiguas lo comparaban con el célebre retablo del monasterio de San Benito el Real por sus monumentales dimensiones y por la riqueza de su programa escultórico y ornamental. Fue considerada una de las obras más sobresalientes del Renacimiento vallisoletano. Desgraciadamente, desapareció en el incendio del 14 de enero de 1809, cuando las tropas napoleónicas lo mantenían como cuartel.
El conjunto conventual ocupaba un amplio espacio comprendido entre las actuales calles de María de Molina, Doctrinos y el Paseo de Isabel la Católica. La fachada principal se levantaba hacia el este, a la antigua calle de Boariza (María Molina). Por el norte limitaba inicialmente con varias casas y solares y, más adelante, con el convento de San Joaquín y Santa Ana. Al sur alcanzaba la calle Doctrinos, mientras que por el oeste sus extensas huertas limitaban con el Paseo del Espolón.
Durante los siglos XVII y XVIII se renovaron numerosos retablos y capillas conforme al gusto barroco. En 1744 se produjo el derrumbe de la cubierta de la iglesia, circunstancia que obligó a importantes obras de reparación, aunque el convento conservó su relevancia religiosa y continuó siendo una de las principales fundaciones conventuales de Valladolid.
La actual plaza de Santa Ana fue conocida durante siglos como plaza de la Trinidad. El progresivo protagonismo adquirido por el vecino convento de Santa Ana hizo que, a lo largo del siglo XVIII y de forma definitiva en el XIX, terminara imponiéndose su nombre actual.
Con la ocupación francesa de Valladolid, el convento fue transformado en cuartel y sufrió un intenso saqueo. Finalmente, el 14 de enero de 1809, un incendio destruyó buena parte del edificio y parte de su extraordinario patrimonio artístico. Aquel desastre marcó el comienzo del fin de uno de los conventos más importantes de la historia de Valladolid, cuyo solar sería urbanizado décadas después con la apertura de nuevas calles, entre ellas la actual Zúñiga, borrando casi por completo las huellas visibles de un conjunto que durante más de cinco siglos había formado parte del paisaje monumental de la ciudad.
Los historiadores no mantienen una posición unánime sobre la desaparición del retablo de Inocencio Berruguete. Unos le atribuyen al incendio de enero de 1809, aunque las fuentes no permiten afirmarlo con absoluta certeza. En 1811, los franceses destruyeron la gran espadaña de la iglesia.
El 22 de julio de 1812, la coalición portuguesa, española e inglesa, al mando del duque de Wellington, derrotó al ejército francés dirigido por el mariscal Marmont en la batalla de los Arapiles, cerca de Salamanca. Esta victoria supuso un punto de inflexión en la Guerra de la Independencia y obligó a las tropas napoleónicas a abandonar gran parte de Castilla.
Tras la derrota de los Arapiles, las tropas francesas evacuaron Valladolid entre los días 30 y 31 de julio de 1812. La retirada fue precipitada para evitar quedar aisladas por el avance del ejército de Wellington. Durante su marcha, destruyeron la iglesia del convento, arruinaron gran parte de las dependencias conventuales e incendiaron el resto del edificio.
Durante el incendio desapareció también el célebre Paseo del Espolón, que desde la plaza de las Tenerías llegaba hasta la iglesia de San Lorenzo, bordeando el río Pisuerga y las huertas conventuales. Este paseo desde finales del siglo XVI había sido frecuentado por los reyes, la corte, la nobleza y los vecinos de Valladolid, convirtiéndose en uno de los espacios de recreo más distinguidos.
Además del retablo mayor, desapareció durante uno de aquellos incendios. También desaparecieron los sepulcros renacentistas de la familia Zúñiga y óleos, pinturas, rejas y el abundante mobiliario litúrgico. El edificio quedó definitivamente arruinado.
Durante la retirada, las tropas francesas bombardearon el Puente Mayor, destruyendo dos de sus ojos. Poco después, las fuerzas aliadas y las autoridades españolas recuperaron la ciudad.
Aunque las ruinas permanecieron visibles durante algunos años, el conjunto nunca volvió a reconstruirse. La desamortización del siglo XIX supuso la desaparición definitiva de la comunidad trinitaria y la pérdida de uno de los mayores conjuntos conventuales de Valladolid.
En el espacio ocupado por el convento se abrieron nuevas calles y se levantaron edificios que transformaron por completo la fisonomía de esta zona de la ciudad. Hoy solo la documentación histórica, algunos dibujos del siglo XIX y las descripciones de cronistas como Juan Antolínez de Burgos, Canesí y Matías Sangrador permiten reconstruir la grandeza de un convento que, gracias al patronato concedido por Juan II a la familia Zúñiga, se convirtió durante más de cuatro siglos en uno de los principales centros religiosos y artísticos de Valladolid.
El nombre de la calle de Zúñiga está directamente relacionado con esta poderosa familia, patrona del convento de la Trinidad. La vía recibió ese nombre por hallarse en ella la residencia de los Zúñiga o Stúñiga, vinculados al monasterio.
La actual calle de María de Molina, de origen medieval, ha recibido diversas denominaciones a lo largo de su historia, reflejo de la evolución urbana de Valladolid. Según Juan Agapito y Revilla, antes de 1496 era conocida como calle de la Aguariza; en el plano de Ventura Seco aparece como calle de la Guariza, y durante los siglos XVIII y XIX se documenta como calle de la Boariza. Esta última denominación podría derivar del término latino bovaria, relacionado con lugares destinados al pasto o al tránsito del ganado, aunque la interpretación etimológica no es aceptada de forma unánime por todos los historiadores.
El 1 de diciembre de 1854, el Ayuntamiento acordó dedicar la calle a doña María de Molina en reconocimiento a su decisiva actuación en favor de la villa durante la minoría de edad de Fernando IV. En 1950 la denominación se simplificó oficialmente, pasando de «Doña María de Molina» a «María de Molina».
El convento de la Trinidad Calzada ocupaba todo el lado oriental de la calle María Molina y, desde comienzos del siglo XVII, formaba una prolongada fachada conventual en continuidad con el monasterio de Santa Ana. La calle constituía, por tanto, la fachada urbana de ambos establecimientos religiosos.
A finales del siglo XIX, el enorme solar resultante de la desaparición del convento permitió importantes transformaciones urbanísticas: la apertura de la calle Veinte de Febrero en 1856, la construcción del Teatro Lope de Vega en 1861, la edificación del Hotel Inglaterra en 1863 y, ya en el siglo XX, el levantamiento del edificio Roxy en 1936. Estas actuaciones dieron a la calle María de Molina gran parte del aspecto que presenta en la actualidad.







PARA MÁS INFORMACIÓN, SE PUEDE CONSULTAR A:
1- Agapito y Revilla, Juan (1982). Las calles de Valladolid. Edición facsímil. Valladolid.
2- Brasas Egido, José Carlos. Diversos estudios sobre el patrimonio histórico-artístico de Valladolid y la arquitectura conventual vallisoletana.
3-Fulgosio, Fernando (1869). Crónica de la provincia de Valladolid.
4- García Chico, Esteban (1940-1960). Documentos para el estudio del arte en Castilla. Valladolid.
5- Martín González, Juan José (1973-1983). Catálogo Monumental de la Provincia de Valladolid. Diputación Provincial de Valladolid.
6- Martín González, Juan José (1998). Monumentos desaparecidos de la provincia de Valladolid. Valladolid.
7-Ortega Rubio, Juan (1912). La provincia de Valladolid. Barcelona.
8- Sangrador y Vitores, Matías (1854). Historia de la muy noble y leal ciudad de Valladolid. Valladolid.
9- Urrea Fernández, Jesús. Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología de la Universidad de Valladolid
10- María Antonia Fernández del Hoyo, Investigaciones sobre los conventos de Valladolid.