La Orden de San Agustín se estableció en Valladolid durante el reinado de Enrique III de Castilla, aunque los acontecimientos que hicieron posible su llegada a la ciudad se remontan décadas atrás.
Tras la muerte de Pedro I de Castilla en 1369 a manos de su hermanastro Enrique de Trastámara, este último fue proclamado rey con el nombre de Enrique II, iniciando una nueva dinastía que habría de gobernar la Corona de Castilla durante más de un siglo. La legitimidad de la nueva casa real fue cuestionada desde el principio por los descendientes de Pedro I.
Constanza de Castilla, hija de Pedro I y de María de Padilla, reconocida posteriormente como esposa legítima del monarca, se refugió en Inglaterra y contrajo matrimonio con Juan de Gante, duque de Lancaster e hijo del rey Eduardo III de Inglaterra. De esta unión nació Catalina de Lancaster, heredera de los derechos dinásticos de Pedro I.
A la muerte de Enrique II le sucedió su hijo Juan I, cuyo principal objetivo fue consolidar la dinastía Trastámara. Para reforzar la autoridad de la Corona frente a la poderosa nobleza, impulsó diversas reformas administrativas y fortaleció el papel del Consejo Real como órgano consultivo del monarca. Valladolid, una de las ciudades donde la corte residía con mayor frecuencia, se convirtió en un destacado centro de la actividad política del reino.
Juan de Gante mantenía sus aspiraciones al trono castellano en virtud de los derechos de su esposa, Constanza, y por los compromisos contraídos durante la guerra civil castellana.
Para poner fin a este conflicto, Juan I negoció una solución diplomática basada en el matrimonio de su hijo Enrique con Catalina de Lancaster.
El acuerdo quedó sellado en el Tratado de Bayona de 1388. La unión matrimonial de los herederos de ambas ramas dinásticas permitió reconciliar las pretensiones de los descendientes de Pedro I con la nueva dinastía Trastámara, reforzando la legitimidad de la Corona castellana y alejando el riesgo de una guerra con Inglaterra.
Ese mismo año, reunidas las Cortes en Briviesca, Juan I instituyó el título de Príncipe de Asturias para el heredero de la Corona de Castilla, inspirado en el título del príncipe de Gales. Enrique y Catalina pasaron a ostentarlo como príncipes herederos.
A finales del siglo XIV, Valladolid era una de las ciudades más prósperas del reino. Su riqueza descansaba en una agricultura floreciente, una intensa actividad mercantil y una posición estratégica en las comunicaciones entre la Meseta y el norte peninsular. En ella convivían cristianos, judíos y mudéjares, comunidades que desempeñaban funciones esenciales en la vida económica y artesanal. En esa época, comenzaban a manifestarse rivalidades entre los principales linajes urbanos por el control del gobierno municipal, mientras numerosas órdenes religiosas elegían esta villa para fundar conventos y hospitales.
En 1390, tras la muerte accidental de Juan I, Enrique III heredó la Corona con apenas once años. Durante su minoría de edad, el gobierno quedó en manos de un Consejo de Regencia, cuyos enfrentamientos internos reflejaban las tensiones entre a nobleza. A esta inestabilidad política se unieron las dificultades económicas y la crisis social que desembocó en los violentos pogromos de 1391 contra las aljamas judías.
La violencia contra los judíos provocó miles de conversiones forzosas al cristianismo y favorecieron la aparición de “conversos”, cuyos miembros, en algunos casos, continuaron practicando en privado las tradiciones judías. La desaparición de numerosas comunidades judías trajo importantes consecuencias económicas, pues desempeñaban un papel destacado en los oficios, el comercio, el crédito y la administración fiscal.
En 1393, Enrique III fue declarado mayor de edad y asumió personalmente el gobierno. Su reinado estuvo orientado a restaurar la autoridad de la monarquía, fortalecer la administración y devolver la estabilidad al reino.
Entre los hombres de mayor confianza del monarca destacó Ruy López de Dávalos. Formado en la carrera de las armas, había servido ya a Juan I y consolidó su prestigio bajo Enrique III. Su fidelidad y capacidad política le valieron importantes responsabilidades, entre ellas los cargos de condestable de Castilla, camarero mayor y miembro del Consejo Real, además del condado de Ribadeo.
En 1407, Ruy López de Dávalos y su esposa, Elvira de Guevara, donaron a los agustinos el palacio que poseían en Valladolid para que establecieran su convento. La residencia, comprada años antes a la reina Catalina de Lancaster, se convirtió en el núcleo de la nueva fundación, que con el paso del tiempo alcanzaría gran prestigio dentro de la Orden de San Agustín.
La iglesia conventual comenzó a levantarse en 1560 siguiendo las trazas de Diego de Praves. Las obras sufrieron una larga interrupción y no concluyeron hasta 1627, pero dieron lugar a uno de los mejores ejemplos de la arquitectura clasicista vallisoletana.
En 1596, Juan de Tassis y Peralta y su esposa, María de Peralta, adquirieron el patronazgo de la iglesia y establecieron su enterramiento en la capilla mayor. Pertenecían a una familia estrechamente vinculada al servicio de la monarquía. Su padre, Raimundo de Tassis, de origen italiano, había introducido en Castilla la organización moderna del correo real.
Juan de Tassis sirvió con distinción a Felipe II como Correo Mayor del Reino y caballero de la Orden de Santiago. Posteriormente, ejerció misiones diplomáticas y, en 1603, Felipe III le concedió el título de conde de Villamediana. Falleció en Madrid en 1607 y recibió sepultura en la iglesia de San Agustín.
El templo presenta una sola nave con capillas laterales y una elegante cabecera de transición entre el gótico tardío y el Renacimiento. La sobriedad de sus volúmenes, la calidad de su cantería y el equilibrio de sus proporciones convierten al edificio en una de las obras más notables de la arquitectura religiosa vallisoletana. Entre sus capillas destacaron las patrocinadas por Francisco de Rivadeneira, caballero de Santiago, y por el banquero Fabio Nelli.
Durante la Guerra de la Independencia, las tropas francesas ocuparon el convento y provocaron un importante expolio de su patrimonio artístico. Tras la contienda, la comunidad religiosa regresó brevemente al edificio, pero la desamortización de Mendizábal de 1836 puso fin definitivamente a la vida conventual. Desde entonces, el antiguo monasterio tuvo diversos usos militares y civiles, iniciándose un largo período de deterioro que provocó la desaparición de buena parte de sus dependencias.
Existen testimonios de que la iglesia llegó a utilizarse como almacén, panadería e incluso establo. Aunque se llegó a plantear su demolición, la intervención de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción evitó la pérdida definitiva de uno de los edificios históricos más valiosos de Valladolid.
Las obras de arte que sobrevivieron al saqueo napoleónico y al abandono posterior fueron trasladadas principalmente al Museo Nacional de Escultura y a otros centros patrimoniales.
Finalmente, en 2002, el edificio fue rehabilitado para albergar el Archivo Municipal de Valladolid, donde hoy se conservan documentos que permiten reconstruir la historia de la ciudad desde el siglo XII.
El antiguo convento de San Agustín constituye, en la actualidad, uno de los testimonios más sobresalientes del rico patrimonio histórico y monumental de Valladolid, pero con una historia poco conocida que refleja, en buena medida, la propia evolución política, religiosa y artística de Castilla a lo largo de los siglos.





PARA MÁS INFORMACIÓN SE PUEDE CONSULTAR A:
- Aparicio, T. El convento de San Agustín. Revista Agustinos, 1991.
- Estrada, A. Los agustinos en España. Revista Agustinos, Madrid, 1988.
- Martín González. Monumentos religiosos de Valladolid. Diputación de Valladolid, 2001.
- Sangradores, Vítores, M. Historia de la muy leal, noble y heroica ciudad de Valladolid. Facsímil.
- Calabia Ibáñez, L. Crónica de mi ciudad. Ayuntamiento de Valladolid, 1975.