INTRODUCCIÓN

El barrio de San Andrés, en Valladolid, se ha transformado profundamente a lo largo de los siglos, pasando de ser un espacio periférico situado extramuros de la villa medieval a convertirse en uno de los sectores más dinámicos de la ciudad contemporánea. Su evolución urbanística y social ha estado condicionada por varios factores: la presencia de la iglesia de San Andrés, la vinculación histórica de la zona con la monarquía y, especialmente, con María de Molina; el desarrollo de las actividades artesanales y comerciales; la implantación del ferrocarril y sus grandes talleres industriales; y, finalmente, las sucesivas transformaciones de los ramales del río Esgueva.

La historia del barrio es, por tanto, un buen ejemplo de la propia evolución urbana de Valladolid: de un espacio de huertas y pequeños asentamientos situado junto a las cercas medievales a un barrio densamente poblado, industrial y comercial, integrado plenamente en la ciudad.

LOS ORÍGENES DEL BARRIO

Los orígenes del barrio se remontan, al menos, al siglo XII, cuando ya existía extramuros de la villa una pequeña ermita dedicada a San Andrés. En torno a ella fue desarrollándose progresivamente un núcleo de población que acabaría adquiriendo una considerable importancia.

La ermita tuvo desde época medieval una función religiosa, pero también desempeñó un importante papel funerario. En sus inmediaciones se encontraba uno de los espacios destinados al enterramiento de los ajusticiados de Valladolid. En 1453 recibió sepultura allí el condestable don Álvaro de Luna, ejecutado en la Plaza Mayor por orden de Juan II. Sus restos permanecieron durante un tiempo en San Andrés antes de ser trasladados a la capilla del condestable de la catedral de Toledo.

HISTORIA DEL BARRIO DE SAN ANDRÉS

La consolidación del barrio estuvo estrechamente relacionada con el crecimiento de Valladolid y con la expansión de la población hacia los espacios situados extramuros. Durante la Baja Edad Media y la Edad Moderna, el sector de San Andrés fue adquiriendo una personalidad propia, en la que convivían huertas, viviendas, pequeños talleres y actividades comerciales.

La figura de María de Molina constituye uno de los principales referentes históricos de este período. Tras la muerte de Sancho IV, en 1295, la reina asumió la tutela de su hijo Fernando IV y hubo de enfrentarse a las pretensiones de diferentes sectores de la nobleza y de la propia familia real. Su actuación política fue decisiva para mantener la autoridad de la Corona durante la minoría de edad de Fernando IV.

A la muerte de este, en 1312, María de Molina volvió a desempeñar un papel fundamental en la política castellana durante la minoría de su nieto Alfonso XI. Su trayectoria estuvo, por tanto, vinculada a tres generaciones de la monarquía castellana: como esposa de Sancho IV, como madre de Fernando IV y como abuela de Alfonso XI.

Su figura ha quedado unida a la memoria histórica de Valladolid; aunque algunas tradiciones locales atribuyen a la reina actuaciones concretas, como recorridos habituales por determinados ramales del Esgueva o la supervisión personal de obras de beneficencia, no siempre cuentan con una confirmación documental suficiente.

María de Molina murió en Valladolid en 1321 y fue enterrada en el monasterio de las Huelgas Reales, institución vinculada a su memoria y al espacio de la Magdalena.

Durante los siglos XV y XVI, Valladolid no fue una capital permanente de la Corona, pero sí una de las principales ciudades castellanas y un importante centro político, económico y artesanal. En este contexto, el barrio de San Andrés experimentó un notable crecimiento.

La antigua ermita había sido elevada a parroquia en 1482, cuando el crecimiento de la población hizo necesaria una organización religiosa estable.

La expansión urbana hizo que la zona adquiriera una creciente importancia como espacio de comunicación entre la villa y los sectores exteriores. La actual plaza de España, entonces conocida como el Campillo de San Andrés, era todavía una amplia explanada situada junto a las antiguas cercas de la ciudad. En ella se desarrollaban actividades comerciales y de abastecimiento y, con el paso del tiempo, fueron instalándose distintos oficios artesanales.

La presencia de diferentes puertas y pasos en las cercas medievales permitía comunicar la villa con estos espacios exteriores. Entre ellos destacaban la puerta de San Andrés y la puerta de Teresa Gil. La configuración exacta de estas puertas y su relación con las sucesivas cercas de Valladolid debe analizarse con prudencia, pues la organización de los accesos fue modificándose conforme la ciudad creció.

Durante los siglos XVII y XVIII, el paisaje del barrio estuvo caracterizado por la coexistencia de viviendas, huertas, talleres, espacios de producción y los diferentes ramales del Esgueva. El río proporcionaba agua para determinadas actividades económicas, pero también ocasionaba inundaciones, problemas de salubridad y acumulación de residuos.

La población del barrio estaba formada por hortelanos, jornaleros, comerciantes y artesanos, entre los que destacaban oficios relacionados con la transformación de la lana, la fabricación de mantas, la zapatería y actividades para el abastecimiento urbano.

El Campillo de San Andrés —actual plaza de España— desempeñó durante siglos una importante función comercial. En el siglo XVIII seguía siendo una gran explanada, aunque ya estaba rodeada de edificios. En ella se instalaron puestos de frutas y hortalizas y, posteriormente, un mercado estable.

La llamada tercera cerca de Valladolid, levantada entre los siglos XVII y XVIII, tuvo principalmente funciones de control urbano, fiscal y sanitario, más que una finalidad estrictamente defensiva. El crecimiento de la ciudad acabaría haciendo inservibles buena parte de estas estructuras.

EL BARRIO DURANTE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

El comienzo del siglo XIX supuso una nueva etapa de dificultades. La invasión napoleónica afectó profundamente a Valladolid y también al barrio de San Andrés.

La ocupación francesa comportó requisiciones de alimentos, alojamiento de tropas y utilización de edificios religiosos y civiles para necesidades militares. La población sufrió las consecuencias del conflicto, agravadas por las malas cosechas, la escasez y las dificultades de abastecimiento.

La iglesia de San Andrés y otros establecimientos religiosos de la zona estuvieron expuestos a las consecuencias de la ocupación y a las necesidades logísticas del ejército. Sin embargo, algunas afirmaciones tradicionales sobre el expolio sistemático de las joyas de la parroquia o sobre el uso concreto del templo como almacén de grano deberían documentarse mediante fuentes de archivo antes de presentarlas como hechos plenamente establecidos.

El monasterio de las Huelgas Reales también sufrió las consecuencias de la ocupación francesa. Como ocurrió con numerosos establecimientos religiosos, la comunidad tuvo que afrontar la alteración de su vida conventual y los daños derivados de la guerra.

La situación económica y alimentaria de Valladolid fue especialmente grave durante los años de la ocupación francesa. La escasez y el encarecimiento de los productos básicos afectaron particularmente a las clases populares, entre ellas los trabajadores y artesanos del barrio.

El Campillo de San Andrés, por su amplitud y por encontrarse próximo a importantes vías de comunicación, formaba parte de los espacios urbanos de mayor tránsito. No obstante, la afirmación de que fue utilizado sistemáticamente para ejecuciones de guerrilleros y trabajadores durante la ocupación francesa requiere una documentación específica y conviene formularla con cautela.

EL FERROCARRIL Y LA TRANSFORMACIÓN INDUSTRIAL

La transformación decisiva del entorno se produjo durante la segunda mitad del siglo XIX con la llegada del ferrocarril y la instalación de los grandes talleres de la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España.

La decisión de establecer en Valladolid los Talleres Generales de Norte se adoptó en 1856. La ciudad ofrecía buenas comunicaciones ferroviarias, disponibilidad de terrenos, mano de obra y posibilidades de abastecimiento y expansión. Los talleres se convirtieron progresivamente en uno de los principales centros industriales de la ciudad y en uno de los motores de su transformación económica.

La industria ferroviaria necesitaba amplias instalaciones destinadas a la reparación y fabricación de locomotoras, coches y vagones, además de talleres de fundición, forja y otros oficios especializados. La presencia del ferrocarril favoreció asimismo la llegada de trabajadores procedentes de diferentes lugares y estimuló el desarrollo de nuevas actividades industriales.

El crecimiento de los talleres tuvo consecuencias directas sobre el espacio urbano. Se desarrolló el barrio de Las Delicias, estrechamente relacionado con la población ferroviaria. Durante décadas, las vías constituyeron una auténtica barrera física entre distintos sectores de la ciudad.

La necesidad de disponer de trabajadores especializados favoreció también la creación de instituciones de formación profesional. La empresa desarrolló iniciativas educativas que desembocarían en la Escuela de Aprendices, cuya trayectoria se relaciona con las necesidades técnicas de los Talleres Generales. 

La industria ferroviaria convirtió Valladolid en uno de los principales focos industriales de Castilla. Aunque los grandes talleres se encontraban vinculados principalmente al espacio de Las Delicias y al distrito ferroviario, su influencia económica y demográfica alcanzó de lleno al barrio de San Andrés.

El barrio pasó así a funcionar como uno de los principales espacios de conexión entre el centro urbano y las nuevas zonas industriales y obreras.

LOS RAMALES DEL RÍO ESGUEVA Y LA TRANSFORMACIÓN URBANA

Otro de los grandes factores que condicionaron la evolución del barrio fue la presencia de los ramales del Esgueva.

Durante siglos, el río atravesó Valladolid mediante diferentes cauces o ramales. La presencia del agua tuvo inicialmente importantes ventajas económicas, pero también generó graves problemas sanitarios. Los desbordamientos afectaban periódicamente a determinadas zonas y, durante los períodos de escaso caudal, la acumulación de residuos y aguas estancadas favorecía los malos olores y las condiciones insalubres.

El proceso de transformación de los ramales del Esgueva fue largo y complejo. No puede hablarse de un único proyecto de soterramiento desarrollado en una sola etapa. Algunos cuérnagos fueron cubiertos progresivamente desde época moderna, mientras que las grandes obras de transformación del sistema hidráulico urbano se prolongaron hasta el siglo XX.

Estas intervenciones permitieron liberar progresivamente terrenos, mejorar las condiciones higiénicas y facilitar la apertura y regularización de nuevas calles. La transformación del Esgueva contribuyó, por tanto, a integrar mejor los distintos sectores de Valladolid y favoreció la expansión urbana hacia el este y el sur.

LA IGLESIA-PARROQUIA DE SAN ANDRÉS

La historia del barrio resulta inseparable de la de su parroquia.

La iglesia fue en su origen una pequeña ermita dedicada a San Andrés. Se conoce su existencia desde el siglo XII. En el siglo XV, el crecimiento de la población hizo que en 1482 se convirtiera en parroquia.

A comienzos del siglo XVI, el templo se encontraba en mal estado y resultaba insuficiente para atender a una población. En 1527 se documenta una nueva reedificación, para cuya realización el concejo concedió cierta ayuda económica. A finales de [año] se produjeron nuevas obras y ampliaciones. En ellas tuvo especial importancia fray Mateo de Burgos, obispo de Sigüenza, que había sido bautizado en la parroquia. Su intervención contribuyó decisivamente a la renovación del templo.

La iglesia experimentó posteriormente una nueva transformación en el siglo XVIII. Las obras de ampliación se iniciaron en 1772 bajo el patrocinio de fray Manuel de la Vega y Calvo, franciscano y Comisario General de Indias, que también había sido bautizado en San Andrés. Se amplió el edificio y se hizo la construcción de la torre. 

El templo que contemplamos actualmente es, en buena medida, el resultado de este largo proceso constructivo, pero el que ahora se puede ver responde a la tradición barroca vallisoletana, con una combinación de ladrillo y piedra que proporciona al exterior una apariencia sobria y monumental.

La fachada principal del templo tiene una composición sobria y clasicista, realizada fundamentalmente en ladrillo y piedra. Se articula mediante pilastras de orden toscano que enmarcan la portada, rematada por un frontón triangular. Sobre el acceso se dispone de una hornacina con la imagen de San Andrés y, por encima, las armas franciscanas, vinculadas al patrocinio de fray Manuel de la Vega y Calvo. El conjunto se completa con la torre, levantada entre 1772 y 1776, que aporta verticalidad a una fachada caracterizada por la austeridad ornamental. Es uno de los elementos más destacados del exterior y proporciona al conjunto una acusada verticalidad.

La iglesia presenta una amplia nave con crucero y capillas laterales entre los contrafuertes. La cubierta está formada por bóveda de cañón con lunetos y decoración de yeserías, mientras que el crucero está cubierto por una cúpula.

El interior conserva una importante colección de retablos, esculturas y obras de arte que reflejan la evolución de la religiosidad y del gusto artístico vallisoletano durante los siglos XVII y XVIII.

Entre sus espacios más destacados se encuentra la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, conocida tradicionalmente como capilla de las Maldonadas.

LA CAPILLA DE LAS MALDONADAS

La capilla de Nuestra Señora de los Ángeles fue fundada en 1631 por las hermanas Isabel y Catalina Enríquez Maldonado, que destinaron parte de su patrimonio a crear un espacio destinado al culto, a la celebración de misas para la memoria familiar.

La fundación tenía las características habituales de las capillas privadas de la época: constituía al mismo tiempo un espacio de devoción, una expresión de prestigio social y un lugar destinado a la memoria y enterramiento familiar. Fue concebida como un pequeño espacio independiente dentro del templo parroquial, con altar, retablos laterales, coro y sacristía. Su arquitectura presenta un lenguaje clasicista característico de la primera mitad del siglo XVII.

El conjunto conserva además los retratos orantes de las fundadoras y otros miembros de su familia, así como un importante conjunto de pinturas y esculturas.

El retablo mayor y los colaterales fueron contratados en 1631. La documentación conocida permite atribuir su ejecución a diferentes artistas vallisoletanos, entre ellos Melchor de Beya y Francisco Alonso de los Ríos, mientras que el conjunto pictórico se relaciona con el ambiente artístico vallisoletano de la época.

La capilla constituye uno de los mejores ejemplos conservados en Valladolid de una fundación privada del siglo XVII y permite comprender la importancia que tuvieron los patronatos familiares en la configuración artística de los templos.

EL ÓRGANO Y EL PATRIMONIO ARTÍSTICO

La riqueza artística del templo se completa con diversos retablos, esculturas y pinturas, testimonio de la importancia alcanzada por la parroquia. EL retablo mayor de la iglesia es una de las grandes obras del barroco vallisoletano y fue realizado hacia 1740 por Juan de Correa, con dorado de Gabriel Fernández y policromía de Bonifacio Núñez. Se adapta al ábside con una gran estructura de casi 20 metros de altura, por lo que suele describirse como uno de los “retablos gigantes” de la ciudad. Está articulado por cuatro columnas corintias de orden gigante y por un cuerpo principal muy movido, con abundante decoración vegetal, ángeles y repisas de gran riqueza ornamental. En el centro preside la imagen de San Andrés, titular del templo, en una composición jerárquica y muy teatral propia del barroco. A su alrededor se distribuyen nichos con San Joaquín, San José, San Pedro y San Pablo, además de la representación del Espíritu Santo, la Asunción y el Padre Eterno en la parte superior.

En conjunto, destaca por su monumentalidad, su suntuosidad y por ser uno de los retablos más notables del patrimonio religioso de Valladolid.

Un elemento destacado de la iglesia es su órgano barroco, construido en 1784 por Esteban de San Juan. Se trata de una pieza de especial interés dentro del patrimonio musical vallisoletano y ha sido restaurada.

San Andrés no debe entenderse únicamente como un edificio religioso, sino como uno de los principales depósitos de la memoria histórica y artística del barrio.

EL BARRIO DE SAN ANDRÉS Y LA PLAZA DE LA CRUZ VERDE

La actual plaza de la Cruz Verde constituye uno de los espacios más característicos del barrio.

Anteriormente recibió el nombre de Plazuela de los Herradores, relacionado con la actividad artesanal que se desarrollaba en sus inmediaciones. La plaza se encontraba, además, en una zona de intensa circulación entre diferentes sectores de la ciudad.

El origen del actual nombre está documentado en un episodio religioso ocurrido el 8 de septiembre de 1758. La parroquia de San Andrés mantenía estrechas relaciones con la Cofradía de la Vera Cruz y, con motivo de una celebración religiosa, se realizó una procesión por el barrio y se instaló un altar junto a la cruz de piedra existente en la plazuela. La presencia de las cruces verdes características de la cofradía contribuyó a que el lugar comenzara a ser conocido popularmente como la plaza de la Cruz Verde.

Por tanto, aunque en ocasiones se ha relacionado el topónimo con los autos de fe de la Inquisición, esta interpretación no parece ser la explicación adecuada para este caso concreto. La documentación histórica relaciona directamente el nombre con la celebración de 1758 y con la Cofradía de la Vera Cruz.

La relación entre San Andrés y la Vera Cruz fue también de carácter asistencial y funerario. La cofradía participó en la recogida y sepultura de ajusticiados, una función que se encontraba vinculada a las prácticas de caridad y misericordia propias de las cofradías penitenciales.

EL CAMPILLO DE SAN ANDRÉS Y LA ACTUAL PLAZA DE ESPAÑA

Otro de los espacios fundamentales para comprender la evolución del barrio es la actual Plaza de España.

Durante siglos fue conocida como Campillo de San Andrés. Se trataba de una amplia explanada situada extramuros de la segunda cerca de Valladolid y próxima a la puerta de Teresa Gil. En el siglo XVIII continuaba conservando en buena medida su carácter abierto.

El Campillo fue progresivamente ocupado por diferentes actividades económicas. Se instalaron puestos de frutas y verduras y, con el tiempo, un mercado de mayor entidad.

En 1887 quedó terminado el Mercado del Campillo, construido para organizar de forma estable el abastecimiento de la zona. El mercado permaneció en funcionamiento durante décadas, hasta que su demolición comenzó en 1957.

Durante el siglo XX, el antiguo Campillo pasó a denominarse oficialmente Plaza de España, consolidándose como uno de los principales espacios urbanos de Valladolid.

LA CALLE DE LA MANTERÍA

Entre la plaza de España y la actual plaza de la Cruz Verde se encuentra la calle de la Mantería, cuyo nombre constituye un testimonio directo de la tradición artesanal del barrio.

En esta zona se establecieron fabricantes de mantas y otros trabajos relacionados con la industria textil. La documentación del siglo XVI ya permite relacionar el lugar con los fabricantes de mantas y, posteriormente, la denominación de calle de los manteros o Mantería quedó plenamente asentada.

El topónimo constituye, por tanto, uno de los ejemplos más claros de cómo la actividad profesional de sus habitantes quedó incorporada a la propia memoria urbana.

OTROS ESPACIOS DE INTERÉS

La evolución del barrio ha dejado numerosos testimonios arquitectónicos.

Entre ellos destacan el antiguo espacio del Mercado del Campillo; el edificio de las Escuelas Normales, proyectado por Antonio Flórez en 1927; las construcciones administrativas y comerciales levantadas durante la expansión urbana del siglo XX; y la actual iglesia desacralizada Nuestra Señora Reina de la Paz, construida sobre el solar que había ocupado el antiguo convento de San Felipe de la Penitencia. Este convento tuvo su origen en una institución destinada a mujeres arrepentidas y se estableció en el siglo XVI. El edificio desapareció en 1961, cuando el solar pasó a ser ocupado por la nueva iglesia.

También merece atención el antiguo convento de San Norberto, establecido en el entorno del Campillo y posteriormente relacionado con diferentes usos educativos. Sus terrenos terminarían formando parte del espacio ocupado por las Escuelas Normales.

SAN ANDRÉS Y EL TEATRO EN EL SIGLO XVI

El barrio también tuvo relación con la temprana historia del teatro vallisoletano. Lope de Rueda mantuvo una estrecha vinculación con Valladolid y en 1552 el Ayuntamiento acordó contratarlo para asegurar su participación en las representaciones del Corpus. La documentación demuestra, por tanto, la importancia que el dramaturgo y actor alcanzó en la vida cultural de la ciudad.

La localización exacta y la cronología del primer corral estable de comedias de Valladolid, sin embargo, han sido objeto de diferentes interpretaciones. Por ello resulta más prudente afirmar que el entorno de San Andrés estuvo relacionado con las primeras experiencias de representación teatral estable en la ciudad que asegurar categóricamente que allí se levantó en 1552 el primer corral de comedias.

CONCLUSIÓN

La historia del barrio de San Andrés nació en torno a una ermita situada extramuros. El barrio fue creciendo al compás de la expansión de Valladolid. La creación de la parroquia en 1482 convirtió a San Andrés en un centro religioso de referencia, mientras que la progresiva instalación de artesanos y comerciantes consolidó su personalidad económica.

Durante la Edad Moderna, el barrio estuvo marcado por las huertas, los talleres, los mercados y los ramales del Esgueva. La iglesia parroquial actuó como principal referente espiritual y social, mientras que espacios como el Campillo y la actual Cruz Verde se convirtieron en lugares de intensa actividad ciudadana.

En el siglo XIX, la Guerra de la Independencia y, posteriormente, la llegada del ferrocarril provocaron profundas transformaciones. La industrialización y los Talleres Generales de Norte modificaron el paisaje social de Valladolid y favorecieron la aparición y crecimiento de nuevos barrios obreros como Las Delicias.

Finalmente, la transformación de los ramales del Esgueva y la progresiva urbanización del espacio permitieron superar algunas de las barreras físicas y sanitarias que durante siglos habían condicionado la vida de sus habitantes.

San Andrés pasó así de ser un arrabal medieval situado junto a las huertas y los cursos de agua a convertirse en un barrio plenamente integrado en la ciudad. Sus calles, plazas, edificios y, sobre todo, su iglesia parroquial conservan todavía las huellas de ese largo proceso histórico.

La historia del barrio no es únicamente la historia de sus edificios. Es también la historia de sus artesanos, comerciantes, hortelanos, ferroviarios y trabajadores; de sus mercados y talleres; de sus cofradías y parroquianos; y de las sucesivas generaciones que hicieron de San Andrés uno de los espacios con mayor personalidad histórica de Valladolid.

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR A:

1- Sangrador Vitores, M. (2008) Historia de la muy noble y leal ciudad de Valladolid, desde su más remota antigüedad hasta la muerte de Fernando VII. Valladolid: facsímil de edición de 1851.

 2-Carazo Lefort, E. (2010). Valladolid, forma urbis: restitución infográfica del patrimonio urbano perdido. Valladolid: Edita Ayuntamiento y Universidad de Valladolid. 

3-Gigosos, P. (2011). «La Esgueva soterrada». Ayuntamiento de Valladolid.

4-García Tapia, N. (2002). Valladolid subterráneo: Las Esguevas». Boletín Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción

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7-Urueña Paredes J.C. (2006). Rincones con fantasmas. Un paseo por el Valladolid desaparecido. Ayuntamiento de Valladolid.  

8Pérez V. (1983). Diario de Valladolid (1885). Grupo Pinciano. Edición facsímil. 

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