LA HERÁLDICA MUNICIPAL.

La heráldica municipal constituye un sistema de símbolos destinados a representar la historia, la personalidad y la identidad de los pueblos y ciudades. Sus formas y elementos responden a una tradición heráldica propia. En la actualidad, su regulación corresponde a la legislación de cada comunidad autónoma.

El escudo de la ciudad de Valladolid es un símbolo de su identidad histórica y su configuración es el resultado de la incorporación de elementos simbólicos.

EL ORIGEN DEL ESCUDO

El escudo que conocemos se ha ido formando progresivamente a lo largo de los siglos.

El escudo de Valladolid resulta especialmente interesante, porque algunos de sus símbolos están documentados desde la Edad Media, pero su significado original sigue siendo desconocido.

La representación más antigua data del año 1454, durante el reinado de Juan II, y ya aparecen las figuras triangulares y onduladas que forman la parte esencial del escudo de armas. Pero hay que distinguir entre la existencia documentada de los símbolos representativos y la cuestión, no resuelta, de quién los concedió y cuál fue su significado.

Algún autor ha relacionado el origen del escudo con Enrique IV de Castilla, pero esta hipótesis no está documentada.

 LA CONFIGURACIÓN DEL ESCUDO

En la formación del escudo que conocemos hay tres etapas. Una primera corresponde a las representaciones medievales, caracterizadas por las figuras onduladas y la corona. Más tarde aparece la bordura de gules cargada con ocho castillos de oro y, finalmente, en el siglo XX se incorporó la Cruz Laureada de San Fernando.

LA CORONA

Uno de los elementos que acompañan al escudo es una corona real abierta situada en el timbre, es decir, en el borde superior del escudo.

 Su presencia hay que valorarla con cierta cautela porque no aparece en las representaciones más antiguas. Algunos autores aconsejan diferenciar el cuerpo o centro del escudo con la parte superior o timbre que fue añadida posteriormente.

La corona real abierta pertenece a una tradición heráldica antigua y coexistió durante siglos con la corona real cerrada. Por ello, no puede afirmarse sin más que su presencia en Valladolid constituya una concesión específica de los Reyes Católicos ni que desde la Edad Media tuviera necesariamente el significado que posteriormente se le atribuyó.

Resulta razonable relacionar su presencia con la vinculación que Valladolid tuvo con la Corona. La ciudad fue durante siglos una villa de realengo y su relación con la monarquía fue muy estrecha. En Valladolid nacieron o residieron miembros de la familia real, se celebraron Cortes y tuvieron lugar acontecimientos de gran importancia para la historia de Castilla y de la Monarquía Hispana. La ciudad alcanzó una importancia política excepcional durante los siglos XV, XVI y comienzos del XVII, hasta convertirse en sede temporal de la Corte entre 1601 y 1606, durante el reinado de Felipe III.

La corona del escudo es coherente con la historia política de Valladolid, aunque su significado concreto no está documentalmente establecido.

LAS INTERPRETACIONES DE LOS IRONES

El elemento característico del blasón vallisoletano son las figuras onduladas de oro sobre un campo de gules.

Su origen y significado no están aclarados documentalmente. Por ello, resulta más prudente llamarlas jirones o figuras onduladas, evitando identificarlas automáticamente con llamas.

La interpretación tradicional las ha considerado llamas y las ha relacionado con los grandes incendios sufridos por la ciudad y especialmente con el del año 1561. Sin embargo, esta explicación no tiene un origen histórico porque las figuras ya estaban documentadas en 1454, más de un siglo antes del gran incendio.

No obstante, es posible que el incendio de 1561 haya contribuido a interpretar las figuras como llamas para incorporar el suceso al imaginario colectivo de la ciudad.

Una de las explicaciones tradicionales de los jirones aparece recogida por Juan Antolínez de Burgos en su Historia de Valladolid. Según este relato, los vallisoletanos habrían lanzado llamas durante el asedio al castillo del Carpio para obligar a sus defensores a abandonar sus posiciones y el rey habría dispuesto que aquellas llamas pasaran a constituir las armas del escudo de Valladolid.

La historia pertenece al ámbito legendario. El episodio se sitúa en el contexto cronológico del siglo IX y en esa época no existía Valladolid. El célebre historiador Filemón Arribas señala que es una narrativa que debe rechazarse como una explicación coherente.

Jerónimo Gudiel, en su Compendio de historias de España de 1577, se refiere “A las llamas del escudo de armas”, lo que demuestra que durante el siglo XVI las figuras ya eran interpretadas como llamas. Pero una cosa es comprobar que en el siglo XVI las figuras eran interpretadas como llamas y otra muy distinta demostrar que originalmente fueron concebidas como tales.

Existe asimismo una interpretación relacionada con la organización política de la sociedad vallisoletana medieval. Adeline Rucquoi ha estudiado los linajes Tovar y Reoyo de Valladolid, cuya importancia política y rivalidad se hizo especialmente significativa durante la Edad Media. Cada linaje contaba con cinco casas o familiares dependientes. En este contexto se ha planteado la posibilidad de relacionar las cinco figuras del escudo con las casas que integraban los bandos urbanos. La referencia escrita de “las cinco casas de dos voces” resulta sugestiva, pero tampoco hay documento conocido que establezca que los cinco jirones representen las cinco casas o familias de cada linaje.

UNA NUEVA INTERPRETACIÓN: ¿JIRONES, LLAMAS O BANDERAS?

Existe una interpretación especialmente interesante, relacionada con los estudios de Félix Martínez Llorente, que permite plantear una nueva perspectiva sobre las figuras centrales del escudo: la posibilidad de que puedan guardar relación formal con banderas alargadas, pendones, flámulas o grímpolas.

La hipótesis merece ser tenida en consideración porque las figuras del escudo presentan algunas características formales que pueden recordar a este tipo de enseñas: parten de una misma zona, se desarrollan horizontalmente, tienen un perfil ondulado y terminan en punta.

Desde el punto de vista puramente iconográfico, esta disposición resulta particularmente interesante.

Es una hipótesis que merece ser tenida en cuenta y se asienta en que: Los elementos salen de una misma zona, se desarrollan en sentido horizontal, tienen un perfil ondulado por el viento y terminan en punta.

La representación de una llama puede adoptar distintas formas en la heráldica y no siempre tiene que reproducir su comportamiento físico. Sin embargo, la llama tiene una tendencia natural ascendente como consecuencia de la convección: los gases calientes producidos por la combustión son menos densos que el aire circundante y ascienden. La representación convencional de una llama tiende a desarrollarse verticalmente y con la punta orientada hacia arriba.

Las figuras del escudo son horizontales, con ondulaciones laterales y terminaciones apuntadas. Desde el punto de vista puramente iconográfico, estas características pueden guardar semejanza con pendones ondeados al viento o pequeñas banderas alargadas conocidas como grímpolas.

Este hecho no demuestra que las imágenes vallisoletanas procedan originalmente de banderas. Una semejanza formal no constituye por sí misma una prueba histórica. Pero sí proporciona un argumento que merece ser incorporado al debate, especialmente porque las fuentes antiguas no permiten determinar con seguridad cuál fue su significado original.

En consecuencia, lo más prudente es denominarlas jirones o figuras onduladas, dejando abierta la cuestión.

La interpretación, como llamas, pudo consolidarse posteriormente por los grandes incendios sufridos por la ciudad, y especialmente el de 1561, con la intención de que el suceso quedara grabado en la memoria colectiva.

EL BORDE EN GULES DE LOS OCHO CASTILLOS

Otro elemento característico es la franja de gules que bordea al escudo y en la que se integran ocho castillos de oro. Este símbolo aparece en 1518 y su significado ha sido también objeto de diversas interpretaciones, pero sin ninguna prueba documental.

Durante mucho tiempo se ha relacionado la incorporación de los ocho castillos con la concesión a Valladolid del título de ciudad por Felipe II en 1596. Una explicación insostenible porque los castillos son anteriores a esa fecha.

El historiador Filemón Arribas Arranz, en su estudio Títulos y armas de la ciudad de Valladolid, examinó diversos documentos conservados en el Archivo General de Simancas. Entre ellos encontró un sello de placa del Concejo vallisoletano del año 1518. En él aparecen ya los ocho castillos en la bordura.

Este testimonio resulta fundamental porque demuestra que los ocho castillos forman parte de la configuración documentada de las armas de Valladolid al menos desde comienzos del siglo XVI, y, por tanto, no pueden atribuirse a la concesión del título de ciudad de 1596.

Una explicación plausible los relaciona con la representación simbólica de las torres o puertas del recinto urbano, que era una fórmula habitual en la iconografía concejil medieval. En los sellos municipales era frecuente representar las ciudades mediante murallas, torres y puertas, como expresión visual de su identidad urbana. Sin embargo, no hay ningún documento que exprese que los ocho castillos representan las ocho puertas de Valladolid.

Existe, además, un aspecto especialmente interesante en ese sello: Arribas describe en su informe que hay seis figuras triangulares y onduladas, cinco completas y una sexta apenas señalada. Esta prestación demuestra que durante el siglo XVI la configuración de las armas todavía presentaba algunas variantes respecto de la forma consolidada.

Según Arribas, puede afirmarse con seguridad que los ocho castillos forman parte del escudo desde 1518.

LA CRUZ LAUREADA DE SAN FERNANDO

El último gran elemento incorporado a las armas de Valladolid fue la Cruz Laureada de San Fernando.

El 17 de julio de 1939, Francisco Franco concedió a Valladolid esta condecoración mediante decreto publicado en el Boletín Oficial del Estado del 18 de julio. El decreto establecía expresamente que la Cruz Laureada debía incorporarse a los escudos de la ciudad.

La Laureada no pertenece, por tanto, a la tradición medieval ni a la heráldica histórica anterior de Valladolid, sino que responde a una circunstancia concreta del siglo XX.

VALLADOLID, VILLA Y CIUDAD DE LA CORONA

En el año 1329, Alfonso XI concedió al concejo y a los vecinos de Valladolid el reconocimiento de “buenos y leales vasallos”. En 1422, Juan II otorgó a la villa el título de “Muy Noble Y Leal”. En el año 1596, Felipe II concedió a Valladolid el título de “ciudad”. Estos títulos contribuyeron a definir la personalidad institucional de la ciudad.

La estrecha vinculación entre Valladolid y la Monarquía alcanzó especial intensidad durante los siglos XVI y XVII, cuando Valladolid se convirtió en uno de los principales centros políticos de la Monarquía Hispánica y culminó con el traslado de la Corte a Valladolid en el reinado de Felipe III, entre 1601 y 1606.

 

PARA MÁS INFORMACIÓN SE PUEDE CONSULTAR A:

  1. ARRIBAS ARRANZ, Filemón. Títulos y armas de la ciudad de Valladolid. Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, Valladolid, 1941
  2. ARRIBAS, Filemón, «Títulos y armas de la ciudad de Valladolid», Boletín de la Sociedad Castellana de Excursiones.
  3. MARTÍNEZ LLORENTE, Félix Javier. Heráldica municipal de la provincia de Valladolid. Diputación Provincial de Valladolid, 2011.
  4. ANTOLÍNEZ DE BURGOS, Juan, Historia de Valladolid. Esencial para conocer la imagen histórica de la ciudad.
  5. MARTÍNEZ LLORENTE, Félix, Heráldica y Vexilología Municipal de la Provincia de Valladolid.
  6. PINO REBOLLEDO, Fernando, El Concejo de Valladolid en la Edad Media, Ayuntamiento de Valladolid, 1990.
  7. SANGRADOR VÍTORES, Matías. Historia de la muy noble y leal ciudad de Valladolid.
  8. ORTEGA Y RUBIO, Juan. Historia de Valladolid.
  9. GONZÁLEZ GARCÍA-VALLADOLID, Casimiro. Valladolid, sus recuerdos y sus grandezas. 1900