INTRODUCCIÓN

Valladolid ha mantenido desde sus orígenes una estrecha relación con sus ríos. La plaza de Santa Ana, el desagüe del ramal norte del Esgueva y la orilla del Pisuerga han formado parte del mismo sistema urbano. En el entorno estaba la puerta de la muralla de San Llorente, desde donde se accedía al Espolón, a las huertas de la ribera, a los molinos y embarcaderos y al Puente Mayor.

LA PLAZA DE SANTA ANA

La actual plaza de Santa Ana tiene su origen ligado a la expansión urbana del Valladolid medieval y moderno. Era un lugar cercano a las residencias de destacados linajes de la ciudad y al convento de la Trinidad Calzada, cuyo patrono fue desde el siglo XV Diego López de Zúñiga y su familia. Don Diego reedificó buena parte del conjunto para establecer su panteón familiar. La actual plaza de San Juan era entonces conocida como plazuela de la Trinidad, pero, al establecerse en sus inmediaciones el monasterio de San Joaquín y Santa Ana, pasó a ser nombrada  plazuela del Real Monasterio de Santa Ana y, finalmente, el 31 de marzo de 1843, el ayuntamiento adoptó oficialmente el nombre de Plaza de Santa Ana.

Con anterioridad a la fundación monástica, coexistían en este espacio edificaciones religiosas y residencias particulares, entre las que sobresalían las propiedades de la familia Boninseni, de origen sienés. La vivienda Galván de Boninseni fue descrita por el viajero portugués Tomé Pinheiro da Veiga durante su estancia en la corte vallisoletana.

Por su situación estratégica, la plaza funcionó como un importante nudo de tránsito, conectado con los trinitarios, con el centro urbano, con la iglesia de San Lorenzo y con los terrenos de huertas monásticas orientados hacia la ribera del Pisuerga.

LA FUNDACIÓN CONVENTUAL REFORMADA

En 1595 se instalaron en Valladolid un grupo de monjas cistercienses procedentes del monasterio de Santa María de la Consolación de Perales en Palencia. La comunidad atravesaba un profundo proceso de renovación espiritual impulsado por la abadesa Catalina de la Trinidad, quien propugnaba una observancia más estricta de la regla y una clausura más rigurosa.

Esta reforma, conocida como la Recolección, buscaba fortalecer la disciplina monástica y ejerció una influencia decisiva en otros cenobios femeninos de la orden cisterciense. El deterioro material del monasterio de Perales y el deseo de consolidar la reforma motivaron el traslado a Valladolid. Tras la autorización y el patronato de Felipe II, el abad de Husillos, Francisco de Reynoso, determinó el emplazamiento definitivo junto a la parroquia de San Lorenzo y el convento de la Trinidad Calzada.

El 18 de diciembre de 1595 las religiosas llegaron a Valladolid. La nueva comunidad adoptó la advocación de San Joaquín y Santa Ana, sustituyendo a la de Perales. El nuevo monasterio quedó así vinculado desde sus orígenes al proceso de reforma cisterciense femenina conocido como Recolección.

Se configuró así un primer complejo conventual dotado de iglesia, claustro y dependencias anejas, cuya traza primitiva se atribuye al arquitecto Francisco de Praves en 1618.

Durante los siglos XVII y XVIII, el monasterio consolidó su posición como uno de los centros neurálgicos de las bernardas recoletas, impulsando desde Valladolid la fundación de nuevos cenobios en los territorios de la Monarquía Hispánica. En esos siglos, la comunidad enriqueció su patrimonio con retablos, esculturas, pinturas y piezas de orfebrería que hoy integran las colecciones de su museo.

EL MONASTERIO DE SAN JOAQUÍN Y SANTA ANA

A mediados del siglo XVIII, el edificio comenzó a presentar graves problemas estructurales. En 1777, las religiosas comunicaron a la Corona el estado ruinoso del convento y solicitaron ayuda para su reparación. Al tratarse de una fundación de patronato regio, Carlos III decidió hacerse cargo de la reconstrucción del conjunto y encargó el proyecto a Francesco Sabatini, arquitecto real y una de las principales figuras de la arquitectura neoclásica.

Sabatini concibió un edificio acorde con los ideales arquitectónicos de la Ilustración. Las obras comenzaron hacia 1780 y concluyeron en 1787. En noviembre de ese año las religiosas pudieron instalarse en el nuevo monasterio.

La reconstrucción fue prácticamente integral, aunque se conservaron algunos elementos del edificio anterior. Entre los que destaca una escultura del siglo XVI de Santa Ana que ocupa la hornacina de la fachada principal. El edificio destaca por la sobriedad formal y el equilibrio proporcionales. La claridad compositiva y la moderación decorativa reflejan los ideales de racionalidad, equilibrio y austeridad propios de la arquitectura ilustrada.

La fachada principal presenta una composición simétrica con paramentos sencillos, sin práctica decoración. La piedra, como elemento noble, se usa en la portada. Sobre el dintel de la puerta principal se alza la hornacina con la imagen titular y, coronando el conjunto, un frontón triangular que exhibe las Armas Reales del periodo de Carlos III.

LA IGLESIA Y EL PATRIMONIO ARTÍSTICO

La parte más sobresaliente del monasterio es la iglesia, considerada una de las obras más ingeniosas de Francesco Sabatini. Su planta elíptica constituye una solución inusual en la arquitectura española del siglo XVIII.

El espacio interior está cubierto por una gran cúpula elíptica, en la que se abren unos óculos al exterior. La organización espacial responde a los principios neoclásicos, donde la claridad compositiva y la proporción prevalecen sobre la decoración exuberante. La luz natural penetra a través de los vanos de la linterna y contribuye a resaltar la pureza de las formas arquitectónicas.

El templo alberga seis retablos neoclásicos de 1787, decorados con lienzos ejecutados por destacados maestros de la corte, como las pinturas de Francisco de Goya. Santa Ludgarda, La muerte de San José y Los santos Bernardo y Roberto. Y las de Ramón Bayeu: Santa Escolástica, La Inmaculada con San Francisco y San Antonio y San Benito.

Estas obras otorgan al monasterio una relevancia excepcional dentro de la pintura española de finales del siglo XVIII, constituyendo los tres lienzos de Goya los únicos ejemplos autógrafos del pintor conservados en Castilla y León.

Asimismo, el museo de arte sacro conserva piezas de indudable valor devocional y estético, tales como un Cristo yacente atribuido a Gregorio Fernández y una Dolorosa de Pedro de Mena, además de ricas muestras de orfebrería y tejidos litúrgicos.

La trascendencia histórica y arquitectónica del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana reside en su capacidad para conjugar las necesidades de la vida monástica con los ideales reformistas de la Ilustración, erigiéndose en uno de los monumentos más representativos del patrimonio vallisoletano.

 

 

PARA MÁS INFORMACIÓN SE PUEDE CONSULTAR A:

  • Agapito y Revilla, Juan. Las calles de Valladolid: nomenclátor histórico. Valladolid: Casa Martín, 1937.
  • Arnuncio Pastor, Juan Carlos. Guía de arquitectura de Valladolid. Valladolid: Ayuntamiento de Valladolid, 1996.
  • Brasas Egido, José Carlos. Guía artística de Valladolid. León: Ediciones Lancia, 2005.
  • Fernández Martín, Juan José. El Monasterio y el Arquitecto del Rey. La iglesia y el convento de San Joaquín y Santa Ana en Valladolid, obra de Francisco Sabatini. Valladolid: Colegio de Arquitectos, 1996.
  • Redondo Cantera, María José. «San Joaquín y Santa Ana de Valladolid». Estudios monográficos de arte vallisoletano.
  • Rodríguez, Delfín. Francisco Sabatini: La arquitectura como metáfora del poder. Madrid: Comunidad de Madrid, 1993.
  • Yáñez Neira, María Damián. El Monasterio cisterciense de Perales, cuna de la Recolección. Palencia: Institución Tello Téllez de Meneses, 1989.
  • García-Valladolid, Casimiro Valladolid: Recuerdos y grandezas.