LOS FENICIOS EN HISPANIA

Los fenicios, un pueblo semita del Oriente Próximo, tenían en el comercio marítimo y en el transporte de mercancías la base de su economía y su principal forma de vida. Sus productos de artesanía, ánforas, paños, telas, pulseras y otros adornos eran intercambiados por suministros alimenticios, materias primas como hierro o estaño y metales preciosos, especialmente oro y plata. Para ello necesitaban una importante flota mercante, por lo que desarrollaron una potente industria maderera y naval, además de perfeccionar las técnicas de navegación.

Por su localización geográfica, eran grandes conocedores de las costas mediterráneas y muy cuidadosos a la hora de elegir los lugares donde establecer sus factorías comerciales ribereñas. Estas no solo servían para el intercambio de mercancías, sino también para abastecer a sus navegantes. Con el paso del tiempo, muchos de estos establecimientos evolucionaron hasta convertirse en prósperas colonias comerciales.

La mayor parte de las colonias fenicias fueron fundadas por comerciantes procedentes de Tiro, aunque también las hubo originarias de Sidón. La más importante de todas fue la ciudad norteafricana de Qart-Ḥadašt, conocida posteriormente como Cartago.

Los fenicios fueron los primeros colonizadores hacia el siglo VIII a. C. del sureste de la península, donde instalaron numerosas factorías comerciales. Atravesaron el estrecho y se instalaron en Gadir (Cádiz) y otros emplazamientos ribereños.

Los expertos e historiadores debaten varias teorías sobre el significado exacto de la raíz fenicia original (I-spn-ya): «Tierra de metales». Es la teoría más aceptada hoy en día por los lingüistas. Otra hipótesis sugiere que fue conocida como «costa de la forja» porque, para los fenicios que navegaban desde el norte de África, la península quedaba situada en esa dirección geográfica.

La palabra Hispania fue popularizada fonéticamente por los romanos, quienes asociaron erróneamente el término con la abundancia de estos animales y llegaron a acuñar monedas con la figura de Hispania acompañada de un conejo.

LOS GRIEGOS

Los griegos, que huyeron del acoso del Imperio persa, fundaron la colonia de Alalia, en Córcega, que, junto con los asentamientos de Sicilia y del sur de Italia, les permitía controlar varias rutas marítimas entre el golfo de León y el estrecho de Mesina e iniciaban su expansión por las costas septentrionales del Mediterráneo. La colonia de Massalia (Marsella) se convirtió en un importante centro comercial, aumentando progresivamente su influencia.

Cartago, que ya poseía colonias en Sicilia y Cerdeña, interpretó la presencia griega en Córcega como una amenaza para sus intereses. Tampoco los etruscos, establecidos en el noroeste de Italia, veían con buenos ojos la creciente expansión comercial de Massalia. Ambos pueblos se aliaron para atacar la colonia griega de Alalia.

Hacia los años 540-535 a. C., una flota etrusco-cartaginesa, integrada por un centenar de embarcaciones, se dirigió contra Alalia. Los griegos solo disponían de unas sesenta naves, pero compensaron su inferioridad numérica mediante una eficaz estrategia naval y consiguieron imponerse, pero su victoria les resultó muy costosa, con pérdidas tan elevadas que abandonaron la colonia corsa, poniendo fin a su política expansiva en el Mediterráneo occidental.

Los cartagineses, inmersos en un proceso de expansión, fundaron numerosas colonias y desarrollaron una intensa actividad comercial. Algunos historiadores y arqueólogos consideran posible una intervención cartaginesa en el ocaso del reino de Tartessos, aunque esta hipótesis continúa siendo objeto de debate.

LOS GRIEGOS EN HISPANIA

Los griegos se establecieron en la península ibérica después de los fenicios. Desde Massalia alcanzaron las costas del noreste peninsular entre finales del siglo VII y comienzos del siglo VI a. C., fundando establecimientos en el litoral levantino.

A diferencia de los fenicios, cuyos asentamientos tuvieron un marcado carácter comercial, los griegos desarrollaron auténticas polis que, además de servir como centros mercantiles, acogieron en algunos casos a poblaciones desplazadas desde el Oriente griego. Levantaron ciudades con una organización social y política, influyendo en las comunidades indígenas vecinas, difundiendo manifestaciones culturales como el teatro, la poesía y otras expresiones de la civilización helénica. Siglos después, Roma ampliaría y consolidaría buena parte de esa herencia cultural en Hispania.

Los griegos comenzaron a llamar Iberia a la península. Según Heródoto, establecieron relaciones comerciales con los tartesios y con su rey Argantonio, aunque hasta el momento no existen evidencias arqueológicas que confirmen plenamente estos contactos.

LOS CARTAGINESES EN HISPANIA

En el Mediterráneo occidental, Cartago fue ampliando progresivamente su influencia, especialmente tras convertirse en la principal heredera del poder fenicio después de la caída de Tiro en manos de Alejandro Magno. Los cartagineses poseían diversas colonias marítimas en el norte de África y en el sur de Hispania, desde donde mantenían una intensa y rentable actividad comercial.

En el siglo III a. C., Cartago se había convertido en una de las grandes potencias económicas y militares del Mediterráneo. Su creciente expansión comenzó a preocupar a Roma, que también estaba consolidando su poder político, comercial y militar. La rivalidad entre ambas ciudades desembocó finalmente en las Guerras Púnicas.

 LA PRIMERA GUERRA PÚNICA:

 La Primera Guerra Púnica empezó en Sicilia, una isla codiciada por sus recursos agrícolas y minerales. Para la naciente Roma era su natural expansión hacia el sur, pero durante tres siglos, los cartagineses habían estado usando sus puertos, sus factorías y su comercio.

 Roma se había convertido en una gran potencia terrestre y Cartago en una marítima. Los dos pueblos tenían pretensiones expansivas, comerciales y económicas. El Senado romano sabía que una intervención en Mesina violaría el tratado de amistad que habían pactado con Cartago en el 280 a. C. y que conduciría a una inevitable guerra, pero estaba en juego el control de una zona vital del Mediterráneo. La guerra era simplemente la única alternativa política. El Senado se decidió por intervenir en Mesina y efectivamente empezó la llamada Primera Guerra Púnica en el año 264 a. C.

 Sea como fuera, Roma venció en esta primera contienda y puso sobre la mesa un tratado de paz deshonroso, creando entre los dos pueblos odio y rencor eterno. Los cartagineses tuvieron que liberar a todos los prisioneros de guerra, pagar una fuerte indemnización, renunciar a Sicilia, a las colonias de la península itálica y a las del Mediterráneo oriental.

 

 

PARA MÁS INFORMACIÓN SE PUEDE CONSULTAR A:

García y Bellido, Antonio. Las colonizaciones púnicas y griegas en la península ibérica (1993): Madrid.

 

Blázquez, José María (1983): Púnicas y griegas y cartagineses en la península. Cátedra.

 

Aubet, María Eugenia (2009): Tiro y las colonias fenicias de Occidente. Bellaterra.

 

González Wagner, Carlos (1983): Fenicios y cartagineses en la península ibérica. Editora Nacional.

 

 Rouillard, Pierre (1991): Les Grecs et la péninsule Ibérique du VIIIe au IVe siècle avant Jésus-Christ. De Boccard.