INTRODUCCIÓN
Una tarde de verano, entre los años sesenta y setenta, el párroco de San Esteban de Gormaz, don Juan, me comentó que entre Soto y Aldea de San Esteban había una torre conocida como la Torre de Doña Urraca. Movido por la curiosidad, fui en bicicleta para conocerla, pero no había nada.
En el año siguiente, en el entonces llamado Preuniversitario, leí el Cantar de Mio Cid en una edición que presentaba el texto original en romance en una página y su versión en castellano normal en la opuesta.
El Cantar de Mio Cid es la primera gran obra narrativa de la literatura española escrita en lengua romance y constituye el ejemplo más destacado del cantar de gesta del mester de juglaría. Su datación ha sido objeto de debate entre historiadores y filólogos, aunque la mayoría de los estudiosos sitúan su composición en torno al año 1200, un siglo después de la muerte del Cid, ocurrida en 1099.
La autoría de la obra es anónima. Sin embargo, algunas teorías sostienen que pudo haber sido escrita por una persona con sólidos conocimientos jurídicos, dada la precisión con la que se describen los procedimientos legales y judiciales que aparecen en el texto.
En la actualidad se conserva una copia del poema en la Biblioteca Nacional de España, transcrita por Per Abbat en el año 1207.
ALFONSO VI, URRACA Y RODRIGO DÍAZ DE VIVAR
Urraca fue la hija primogénita de Fernando I y de Sancha de León. Cuando murió su padre, recibió el Infantazgo de Zamora. Fue una mujer inteligente y de gran influencia política. En 1072 defendió la ciudad frente al asedio de su hermano Sancho II de Castilla, quien pretendía reunificar los reinos que su padre había repartido entre sus hijos. Apoyó a su hermano Alfonso VI en la recuperación del trono y actuó como su consejera durante buena parte de su reinado.
Según algunas leyendas y cantares, Urraca fue contemporánea de Rodrigo Díaz de Vivar. No hay documentación que lo confirme; per se afirma que ambos crecieron juntos en la corte. Hay romances que los presentan como amigos de la infancia, circunstancia que añade un matiz humano y dramático a las tensiones políticas de aquella época.
Después de los sucesos del cerco de Zamora y la Jura de Santa Gadea, el Cid se convierte en vasallo de Alfonso VI; sin embargo, Alfonso lo envió al exilio. Acontecimientos que tienen lugar durante la vida de doña Urraca.
LA HISTORIA REAL PRECURSORA DEL POEMA
Una vez convertido en rey, Alfonso VI envió a Rodrigo Díaz a la taifa de Sevilla para cobrar las parias de este reino. Al mismo tiempo, encargó al conde García Ordóñez, uno de sus favoritos y miembro del linaje Banu Gómez, la recaudación de las parias de la taifa de Granada.
Aprovechando esta circunstancia, el rey de Granada decidió atacar la taifa de Sevilla con tropas propias y contingentes castellanos. Cuando el Cid tuvo noticia de ello, les envió cartas rogándoles que detuvieran la ofensiva, ya que Sevilla era tributaria de Alfonso VI. García Ordóñez ignoró las advertencias, obligando a Rodrigo Díaz a intervenir para defender los intereses de su rey.
Ambos bandos se enfrentaron en la batalla de Cabra, en 1079. El Cid obtuvo una victoria aplastante y capturó al conde García Ordóñez. Según la tradición, durante su cautiverio Rodrigo lo humilló tirándole de las barbas, una afrenta gravísima para el honor de la época.
Tras la victoria, el Cid regresó a Castilla con las parias sevillanas intactas y con los regalos de agradecimiento que le había entregado Al-Mutamid.
Una vez en la corte, García Ordóñez, que pertenecía a la casa real leonesa y estaba estrechamente emparentado con los Banu Gómez, acusó al Cid de haber atacado a cristianos y de haberse apropiado de parte de las parias de Sevilla. La presión ejercida por la alta nobleza, los principales magnates del reino y la creciente desconfianza del propio Alfonso VI contribuyeron a que el monarca decretara el primer destierro de Rodrigo Díaz.
EL CID Y LOS INFANTES DE CARRIÓN
En el Poema de mío Cid, San Esteban de Gormaz aparece citado al comienzo de la obra como referencia de la ruta seguida por el Cid durante su destierro. Rodrigo y sus hombres salieron de Burgos por el monasterio de San Pedro de Cardeña, pasaron la noche en Navapalos y, al amanecer, cruzaron el Duero dejando la villa de San Esteban a su izquierda.
Otro día, mañana piensa en cabalgar.
Xiéndos’ va de tierra el campeador leal;
de siniestro Sant Estevan, una buena cipdad…»
Con la conquista de Valencia, la fama y el poder de Rodrigo se extendieron por toda la corte. Los infantes de Carrión, Diego y Fernán, miembros de la alta nobleza leonesa, vieron en las hijas del Cid una oportunidad para aumentar su riqueza, aunque despreciaban la baja nobleza del Campeador. Atraídos por su fortuna y prestigio, solicitaron al rey la mano de las hijas de Rodrigo, doña Elvira y doña Sol. El monarca propuso al Cid este matrimonio como un gesto de reconciliación.
Las hijas del Cid, en la realidad histórica, no se llamaban Elvira y Sol, sino Cristina y María. Ambas contrajeron matrimonio: una con un infante de Navarra y la otra con un conde de Barcelona.
El poema deja claro que el Cid no confiaba en los infantes. Los consideraba orgullosos, cobardes y envidiosos. Presentía que aquel matrimonio no sería beneficioso para sus hijas; sin embargo, lo aceptó por obediencia y lealtad al rey.
Según el poema, las bodas con los infantes se celebraron en Valencia y se prolongaron durante quince días. El escrito insiste en el lujo y esplendor de las fiestas para poner de manifiesto el rango alcanzado por el Cid.
Los matrimonios estuvieron viviendo en Valencia durante dos años.
Allí moran los infantes.
«Muy cerca de los años dos…»
Siguiendo el Cantar, el Cid se convierte en un señor muy poderoso, temido y respetado por los musulmanes. El rey norteafricano Búcar cruzó el estrecho con un enorme ejército y acampó ante las murallas de Valencia. El Cid y sus huestes se prepararon para la batalla, mientras los infantes eran presa del pánico.
La contienda fue feroz, pero las fuerzas del Campeador lograron romper las líneas enemigas y derrotar al ejército invasor. El momento culminante se produce cuando el Cid localiza a Búcar y lo persigue montado en Babieca. Finalmente, lo alcanza y le da muerte con un certero golpe de espada y se apodera de la espada Tizona, valorada en una fortuna y convertida, junto con la Colada, en uno de sus símbolos más representativos. El botín obtenido fue tan cuantioso que envió un impresionante presente a Alfonso VI, logrando así el perdón real definitivo y el máximo reconocimiento por parte del monarca.
Dos años después de las bodas, mientras el Cid dormía, un león escapó de su jaula. Los infantes de Carrión demostraron su cobardía: uno se escondió detrás de un escaño de un banco de madera y el otro se ensució de miedo. El Cid despertó a causa del alboroto y, con una sola mirada, logró amansar al león y devolverlo a su encierro. Los hombres del Campeador se burlaron de los infantes, lo que despertó en ellos un profundo resentimiento y un intenso deseo de venganza contra la familia del Cid.
LA AFRENTA DE CORPES
Siguiendo el poema, bajo el pretexto de llevar a sus esposas a sus tierras de Carrión, los infantes abandonaron Valencia. El Cid entregó a sus yernos una importante dote en tierras y las espadas Colada y Tizona, ganadas en batalla.
En el robledo de Corpes entraron los de Carrión;
Los robles tocan las nubes, ¡tan altas las ramas son!
Las bestias fieras andan alrededor.
Hallaron una fuente en un vergel en flor.
Mandaron plantar la tienda los infantes de Carrión.
Allí pasaron la noche con cuántos; con ellos son.
Con sus mujeres en brazos, demuéstrales amor.
Al día siguiente, los infantes despachan a sus escoltas.
¡Mal amor les mostró en cuanto salió el sol! […]
Todos se habían ido; ellos cuatro solos son.
Así lo habían pensado los infantes de Carrión:
Aquí, en estos fieros bosques, doña Elvira y doña Sol,
Vais a ser escarnecidas, no debéis dudarlo, no.
Nosotros nos partiremos; aquí quedaréis las dos.
No tendréis parte en tierras de Carrión.
Llegarán las nuevas al Cid Campeador.
Así nos vengaremos por lo del león».
Los infantes desnudan, azotan brutalmente a doña Elvira y doña Sol, y las abandonan dándolas por muertas.
Los mantos y las pieles les quitan los de Carrión;
Con solo las camisas desnudas quedan las dos.
Los malos traidores llevan zapatos con espolón.
Las cinchas de sus caballos, ásperas y fuertes, son.
Cuando esto vieron las damas, así hablaba doña Sol:
«Don Diego y don Fernando, os rogamos por Dios;
Dos espadas tenéis; fuertes y afiladas son.
El nombre de una es Colada; a la otra dicen Tizón.
Cortadnos las cabezas; mártires seremos nos.
Moros y cristianos hablarán de vuestra acción.
Dirán que no merecimos el trato que nos dais vos.
Esta acción tan perversa no la hagáis con nos;
Si así nos deshonráis, os deshonraréis los dos;
Ante el tribunal del rey os demandarán a vos».
Comienzan a golpearlas los infantes de Carrión;
Con las cinchas de cuero las golpean sin compasión.
Así el dolor es mayor; de las crueles heridas
La sangre brotó.
Si el cuerpo mucho les duele, más les duele el corazón.
Este suceso, cargado de violencia, crueldad y traición, ha quedado grabado en la memoria colectiva como uno de los episodios más dramáticos del Cantar de mio Cid.
¡Qué ventura tan grande si quisiera el Criador!
¡Que en este punto llegase mío Cid el Campeador!
Se han hartado de herirlas y han probado quién daba los mejores golpes.
Ya no pueden ni hablar, doña Elvira y doña Sol.
En el robledal de Corpes las dieron por muertas.
Los infantes se llevaron los mantos y las pieles finas.
y las dejan desmayadas, en vestidos y camisas,
Entre las aves y las bestias salvajes del monte.
Sabed que las dejaron por muertas, que no por vivas.
¡Oh, qué ventura, si asomase ahora el Cid!
EL RESCATE DE LAS HIJAS DEL CAMPEADOR
En el cantar, el Cid había ordenado a su sobrino Félez Muñoz que siguiera a la comitiva a una distancia prudencial. Cuando vio a los infantes fuera del bosque solos y alegres, regresó a la arboleda, donde encontró a sus primas desmayadas y ensangrentadas.
Para reanimarlas, recogió agua de un regato con su sombrero y les dio de beber. Debido a la gravedad de sus heridas, no podía trasladarlas a Valencia. Las montó en su caballo y las ocultó en un espeso matorral por temor a que los infantes regresaran para rematarlas. Al caer la noche, las condujo hasta la Torre de doña Urraca, donde comenzaron a recuperarse.
A las aguas del Duero ellos arribados son.
A la torre de doña Urraca él las dexó.
El Cantar continúa: Ligeramente repuestas, las llevó a San Esteban de Gormaz. Los habitantes de la villa, que apreciaban y respetaban al Cid, las acogieron con gran hospitalidad. Les proporcionaron alimentos, vestidos y cuidados para que se recuperaran. Allí, Félez Muñoz envió un mensaje al Campeador para informarle de la traición sufrida por sus hijas.
A Sant Estevan vino Félez Muñoz […]
Dentro de Sant Estevan él las metió.
Lo mejor que pudo, allí las anduvo.
Los de Sant Estevan siempre mesurados son.
Cuando lo sabían, pesóles de corazón…
Este pasaje ha llevado a filólogos e historiadores, entre ellos Ramón Menéndez Pidal, a plantear la posibilidad de que uno de los juglares que compusieron o transmitieron el poema fuera vecino de esta localidad.
CONSECUENCIAS DE LA AFRENTA
La epopeya se centra en la reacción del Cid y en las consecuencias jurídicas y políticas de la afrenta, dejando en un segundo plano los aspectos más íntimos de la experiencia vivida por sus hijas.
Al conocer los hechos, el Campeador envió a Minaya, Pero Bermúdez, Álvar Fáñez y Martín Antolínez, acompañados de una escolta armada, para llevarlas a Valencia. El poema relata cómo la noticia de su llegada se extendió rápidamente por la villa y cómo los habitantes de San Esteban volvieron a mostrar su respeto y admiración hacia los hombres del Cid.
A Sant Estevan el mandado llegó.
Que viniera Minaya por sus primas, ambas a dos.
Varones de Sant Estevan, a guisa de muy pros,
Reciben a Minaya y a todos sus varones […]
Gracias, varones de Sant Estevan,
que sois conocedores…»
Una vez recuperadas, la comitiva emprendió el regreso a Valencia. Los habitantes de la villa las acompañaron durante parte del trayecto como muestra de afecto y respeto. Allí fueron recibidas por su padre con profundo dolor, pero también con la promesa de que su honor sería restaurado.
El Cid no busca una venganza personal ni recurre a la violencia directa. En lugar de ello, apela a la justicia del reino mediante las Cortes de Toledo. Los infantes de Carrión son repudiados, obligados a devolver la dote, incluidas las espadas Colada y Tizona, y finalmente derrotados en duelo por los caballeros del Campeador, quedando públicamente deshonrados.
Tras la anulación de los matrimonios, las hijas del Cid contraen nuevas nupcias con los infantes de Navarra y Aragón. Con ello, la descendencia del Campeador queda vinculada a la realeza, culminando así el proceso de ascenso social y político que constituye uno de los ejes fundamentales del poema.
NOTAS HISTÓRICAS ADICIONALES
Los historiadores han intentado rastrear a los personajes del Cantar en la documentación de la época y han encontrado algunas coincidencias significativas.
El poema identifica explícitamente a Diego y Fernando González como infantes de Carrión. El condado de Saldaña-Carrión se encontraba entonces bajo el dominio del poderoso linaje Banu Gómez. El autor utiliza la arrogancia de los infantes para contraponer su supuesta alta alcurnia al origen relativamente modesto del Cid dentro de la nobleza castellana.
En el siglo XI existieron, efectivamente, miembros del linaje Banu Gómez llamados Diego y Fernando. Sin embargo, sus apellidos eran Gómez, Fernández o Ansúrez; ninguno llevaba el apellido González.
Los especialistas coinciden en que Diego y Fernando González del Cantar son personajes ficticios. El autor identifica a los infantes con apellidos diferentes para señalar a los enemigos del Cid, evitando crear conflictos políticos o legales.
En el texto aparecen otros personajes vinculados al mismo clan, como su tío Asur González, que defiende el honor de los infantes en las Cortes de Toledo, basándose en el argumento de que el linaje y el honor de los infantes son mayores que los del Cid, aunque no hubieran obrado bien.
El Cid se defiende en varias partes del poema.
Calla, Asur González, ¡de mala e de traidora part!»
¡Cállate, alevoso, malo y traidor!
Antes almuerzas que vayas a oración.
A los que das paz, los apestas alrededor.
No dices verdad a amigo ni a señor;
Falso a todos y más al Criador.
En tu amistad, no quiero tener ración.»
El robledal de Corpes se ha convertido en un lugar cargado de simbolismo y significado histórico. Su aspecto sombrío, dominado por altos árboles como relata el poema, y su atmósfera fría y aislada, lo han convertido en el escenario ideal para representar la crueldad del ultraje sufrido por las hijas del Cid, pero no detalla con precisión dónde sucedió. Dado el estado en que quedaron las infantas, resulta probable que su primo buscara un refugio seguro y cercano.
La ubicación de la Torre de Doña Urraca ha sido objeto de debate y de diversas interpretaciones. Sin embargo, tanto el poema como la tradición la sitúan en un altozano entre Soto y Aldea de San Esteban de Gormaz. Según el Cantar de mío Cid, tras ser ultrajadas en el robledal de Corpes, las hijas del Campeador fueron rescatadas por su primo Félez Muñoz, quien las condujo hasta una torre cercana a San Esteban para auxiliarlas antes de solicitar ayuda a los vecinos de San Esteban de Gormaz.
La Torre de Doña Urraca se localiza tradicionalmente en el entorno de Soto de San Esteban.
Como el Cantar es una obra transmitida oralmente durante generaciones, es posible que algunos detalles se perdieran o se transformaran con el paso del tiempo. La omisión de una localización exacta pudo ser incluso deliberada, con el propósito de reforzar el carácter universal de la afrenta y subrayar la vulnerabilidad de las mujeres en el contexto de la sociedad medieval.






PARA MÁS INFORMACIÓN, SE PUEDE CONSULTAR A:
- Deyermond, Alan. El «Cantar de mio Cid» y la épica medieval española. Barcelona: Sirmio, 1987.
- Fletcher, Richard. El Cid. Madrid: Nerea, 1989.
- Garci-Gómez, Miguel. «Mío Cid»: estudios y aproximaciones. Barcelona: Planeta, 1975.
- López Estrada, Francisco. Panorama crítico sobre el «Poema del Cid». Madrid: Castalia, 1982.
- Menéndez Pidal, Ramón (ed.). Cantar de mio Cid: texto, gramática y vocabulario. Madrid: Espasa-Calpe.
- Menéndez Pidal, Ramón. La España del Cid. Madrid: Plutarco, 1929.
- Montaner Frutos, Alberto (ed.). Cantar de mio Cid. Barcelona: Crítica, 1993; edición revisada por la Real Academia Española, 2011.
- Smith, Colin (ed.). Poema de Mio Cid. Madrid: Cátedra, 1976.