Santa María de Siones está considerada una de las obras maestras del románico castellano por la calidad de su arquitectura y por la extraordinaria riqueza de sus relieves escultóricos. Se encuentra en el Valle de Mena, al norte de la provincia de Burgos, limítrofe con Álava, Vizcaya y Cantabria, en un paisaje montañoso, cubierto por densos bosques y surcado por numerosos ríos. Por su situación estratégica, el valle se convirtió en un importante corredor natural entre la Meseta y la costa cantábrica.

EL VALLE DE MENA DURANTE LA ALTA EDAD MEDIA

Antes de la llegada de Roma, el territorio estaba habitado por los autrigones y los caristios, pero era un lugar de paso y de intercambio entre cántabros, várdulos y turmogos, pueblos célticos que basaban su subsistencia en la agricultura y la ganadería. Estaban establecidos en cerros fortificados, desde los que controlaban el territorio.

La conquista romana lo transformó profundamente y se integró en la provincia Tarraconense y adscrito al convento jurídico de Clunia. Durante este período se construyeron calzadas, puentes y explotaciones agrícolas que favorecieron la romanización del territorio y su integración en la administración imperial.

Tras la desaparición del Imperio romano, el valle pasó a formar parte del reino visigodo. Mantuvieron muchas de las estructuras administrativas de Roma, salvo los cambios en la propiedad de la tierra y en la legislación.

Los visigodos consolidaron el cristianismo, que se convirtió en el principal elemento de cohesión cultural durante la Edad Media.

Después de la invasión musulmana de la Península en el año 711, el Valle de Mena experimentó un período de inestabilidad. Parte de la población se refugió en las montañas y en la franja cantábrica, otros adoptaron el islam y un grupo de habitantes permanecieron en el territorio sometidos al pago de tributos. Aunque el valle no llegó a convertirse en un área de ocupación islámica permanente, su posición estratégica hizo que fuera objeto de frecuentes incursiones militares y de una constante vigilancia por parte de ambos bandos. Algunas fuentes árabes incluyen este territorio dentro de la región denominada al-Qilá, nombre que suele interpretarse como una referencia a una tierra de fortalezas o castillos.

Entre los siglos IX y X se desarrolló un intenso proceso de repoblación impulsado por la monarquía asturiana. Campesinos procedentes de Cantabria y de la actual Vizcaya se establecieron en el valle ocupando tierras mediante el sistema de la presura, reconocido por el derecho de la época. Los nuevos pobladores fundaron núcleos poblacionales alrededor de monasterios que desempeñaron funciones religiosas, económicas y administrativas.

La tradición documental concede un papel destacado a la familia de los Aniceti, un poderoso linaje vinculado al Valle de Mena y a las Asturias de Santillana. Algunos historiadores consideran que pudo descender de la antigua nobleza visigoda, circunstancia que explicaría sus estrechas relaciones con la monarquía asturiana. No obstante, la participación concreta de esta familia en la repoblación continúa siendo objeto de debate entre los especialistas.

Su nombre aparece citado en el conocido Documento de Taranco, junto al abad Vitulo y su hermano Ervigio, personajes estrechamente relacionados con la organización del territorio. Asimismo, la documentación refleja la intervención del obispo Juan, que ejerció funciones religiosas y administrativas durante este proceso.

El llamado Documento de Taranco, fechado tradicionalmente en el año 800, aunque algunos autores le apuntan al 807, constituye uno de los testimonios escritos más importantes del origen de Castilla. Aparece la primera mención documental del nombre «Castilla», motivo por el que el Valle de Mena es considerado tradicionalmente uno de los territorios donde comenzó a configurarse el primitivo condado castellano.

Hacia el año 850, Ordoño I nombró conde de Castilla a don Rodrigo con el propósito de reforzar la defensa de la frontera del valle del Ebro frente a las incursiones procedentes del emirato de Córdoba y de los Banu Qasi.

En el año 852, hay un documento con una donación al monasterio de San Emeterio y San Celedonio de Taranco, prueba del desarrollo monástico alcanzado por la comarca.

Durante el siglo X surgieron nuevos monasterios que actuaron como centros religiosos, culturales y administrativos, alrededor de los cuales se consolidaron numerosos núcleos de población.

En los siglos XII y XIII, el Valle de Mena estaba formado por comunidades de campesinos propietarios, hidalgos y pequeños señoríos y abadengo eclesiástico, organizados en concejos.

EL TEMPLO DE SANTA MARÍA DE SIONES

Aunque el edificio actual fue construido durante el siglo XII, sus orígenes parecen remontarse a un establecimiento monástico anterior vinculado al proceso de repoblación del Valle de Mena. La tradición relaciona este primitivo monasterio con la familia de los Aniceti, uno de los linajes más destacados de la comarca, si bien no existen pruebas documentales concluyentes que permitan confirmarlo.

 La construcción de Santa María de Siones se enmarca en el período de consolidación del territorio favorecido por la repoblación, la expansión del cristianismo, el desarrollo de las peregrinaciones y el crecimiento de las rutas comerciales. La prosperidad alcanzada por el valle durante los siglos XI y XII hizo posible la edificación de este magnífico templo románico.

La piedra caliza utilizada cambia de tonalidad según la luz del día, pasando de un gris ceniza a un cálido color dorado. Situada en una ladera dominante, la iglesia parece contemplar y proteger todo el valle.

El nombre «Siones» evoca simbólicamente al monte Sión de Jerusalén, reforzando el carácter religioso del lugar.

Se desconoce quién promovió la construcción de una iglesia de tan extraordinaria calidad artística en un enclave relativamente apartado. Tradicionalmente, se ha atribuido su fundación a la Orden del Temple debido a la riqueza de su iconografía y a determinados elementos simbólicos; sin embargo, hasta la fecha no se ha encontrado ninguna evidencia documental que confirme esta hipótesis.

Santa María de Siones constituye uno de los ejemplos más sobresalientes del románico de Las Merindades. Destaca por la armonía de sus proporciones, la calidad de su escultura monumental y el excelente estado de conservación del conjunto, integrándose de forma natural en el paisaje del Valle de Mena.

Exteriormente, el edificio combina la sobriedad característica del románico con una extraordinaria riqueza escultórica. La sillería está bien escuadrada. Consta de una nave única, un presbiterio recto y un ábside semicircular. Sobre el espacio del crucero se eleva un cimborrio de planta cuadrada cubierto por un tejado a cuatro aguas, que constituye un elemento destacado del perfil del edificio.

El ábside es uno de los elementos arquitectónicos más notables del templo. Una imposta horizontal divide el muro en dos niveles, mientras que esbeltas columnas adosadas, apoyadas sobre un zócalo y rematadas por un friso, lo articulan en tres lienzos. En cada uno se abre una estrecha ventana abocinada enmarcada por dobles arquivoltas decoradas con motivos geométricos. La central muestra en una arquivolta una escena de caza.

Los capiteles y canecillos ofrecen un repertorio iconográfico extraordinariamente variado. Aparecen cestas vegetales, símbolos de la creación y de la vida; mascarones con funciones protectoras; rostros humanos entre volutas; figuras sedentes; animales reales y fantásticos con finalidad moralizante; un personaje grotesco que introduce los dedos en la boca, motivo asociado tradicionalmente al pecado, la burla o la necedad; y una figura humana asomada a una ventana, cuyo significado continúa siendo objeto de debate.

Los muros, levantados con sillares perfectamente labrados, transmiten una notable sensación de solidez. Los contrafuertes refuerzan la estabilidad estructural de la nave sin alterar la armonía del conjunto.

La fachada occidental se organiza en dos cuerpos separados por un tejado. En el inferior se abre la portada principal, ligeramente resaltada respecto al muro. Está formada por cinco arquivoltas de medio punto apoyadas sobre columnas adosadas. Sus capiteles están decorados con piñas colgantes, interpretadas como símbolo del Árbol de la Vida y de la fecundidad espiritual.

La portada está protegida por un tejadillo sostenido por canecillos decorados con escenas figuradas y motivos simbólicos, entre los que se reconocen la Tentación de Eva, el pesaje de las almas y diversas representaciones animales.

Sobre el tejaroz se dispone una elegante ventana de medio punto, estrecha y abocinada, cuya arquivolta de baquetones ilumina la nave durante el ocaso del día.

En el muro meridional se abre una segunda portada, más pequeña y con decoración más sobria. Sus arquivoltas están ligeramente apuntadas, aunque conservan el mismo repertorio vegetal.

El presbiterio enlaza con el espacio del crucero, sobre el que se levanta el cimborrio. Este se articula exteriormente en dos cuerpos separados por un alero. En el superior se abren una ventana y dos arcos ciegos de medio punto que dan ligereza al macizo de la torre y se articulan con la decoración de la cabecera.

El cimborrio, de planta cuadrada, cubierto a cuatro aguas, rompe la horizontalidad del edificio y confiere al conjunto un marcado carácter monumental. Su aspecto robusto responde a las soluciones constructivas características del románico castellano.

El interior del templo destaca por su sobriedad y equilibrio arquitectónico. La nave, dividida en tres tramos, conduce hacia el presbiterio y el ábside, auténticos focos visuales del edificio.

Originalmente, la nave estuvo cubierta por una armadura de madera a dos aguas, circunstancia que explica la moderada entidad de los contrafuertes laterales. La desnudez de los muros concentra la atención en la riqueza escultórica de la cabecera.

El ábside se cubre con una bóveda de horno y tiene una doble arquería ciega formada por siete arcos superpuestos que recorren todo el hemiciclo y descansan sobre esbeltas columnas. Los capiteles constituyen uno de los conjuntos escultóricos más sobresalientes del románico burgalés, con escenas bíblicas como Adán y Eva o David y Goliat, junto a animales fantásticos, figuras humanas y abundantes motivos vegetales.

A ambos lados del presbiterio, cubierto por bóveda de cañón, se abren dos pequeños edículos, uno en el lado del Evangelio y otro en el de la Epístola, cubiertos por bóvedas de medio cañón y comunicados con el espacio del crucero mediante arcos de medio punto.

En el edículo septentrional se conserva el relieve de la Tentación de Cristo, enmarcado por capiteles decorados con el Tetramorfos. En el meridional se representa, según la interpretación tradicional, a santa Juliana dominando al demonio, aunque algunos especialistas consideran que la identificación iconográfica no puede darse por definitiva.

La iluminación penetra suavemente a través de las estrechas ventanas del ábside, creando un ambiente de penumbra y recogimiento que realza el volumen de los capiteles, las arcadas y el conjunto escultórico de la cabecera.

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR A:

García Guinea, Miguel Ángel Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Fundación Santa María la Real, Aguilar de Campoo, 2002

Palomero Aragón, Félix, El románico en Burgos, Editorial Lancia, León.

Pérez Carmona, José, Arquitectura y escultura románicas en la provincia de Burgos, Burgos, 1959

Valdivieso, Enrique y otros, Las Merindades de Burgos. Patrimonio histórico-artístico, Burgos

Arteguias.  “Santa María de Siones”.

Arte viajero. Santa María de Siones.