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INTRODUCCIÓN.
La Iglesia de la Magdalena no es solo un templo religioso; es uno de los monumentos más emblemáticos de Valladolid y una pieza fundamental para comprender la transición artística del Renacimiento al Barroco.

El templo está situado en las proximidades del Prado de la Magdalena y junto al convento de las Huelgas Reales.

Para entender la composición de la iglesia, es imprescindible conocer a su mecenas, Pedro de la Gasca, recordado históricamente por haber pacificado el Virreinato del Perú tras la rebelión de Gonzalo Pizarro.

La fachada es el «clamor persistente en piedra de su fundador».

HISTORIA DE LA IGLESIA DE LA MAGDALENA
A finales del siglo XIII, Sancho IV mandó construir, en unas huertas cercanas al Esgueva, un palacio extramuros de la villa. Cuando murió el rey, su mujer, María de Molina, y su hijo, Fernando IV, lo usaron como residencia.

De manera simultánea, se establecieron a su alrededor un grupo de vecinos, criados y operarios para dar servicio al palacio. Entre finales del siglo XIII y principios del XIV, enfrente del recinto palaciego se levantó una ermita bajo la advocación de Santa María Magdalena, un templo dependiente de la parroquia de San Andrés. Probablemente sería una construcción modesta de estilo mudéjar, acorde con la arquitectura de la época.

María de Molina donó el palacio a las monjas cistercienses, otorgándoles grandes privilegios.

Entre 1300 y 1315, Valladolid entró en un periodo de enorme actividad constructiva. La reina impulsó la edificación de una muralla para proteger el crecimiento de una ciudad que había sobrepasado con holgura la primera cerca. No se levantó como muralla defensiva, sino como respuesta a una planificación económica y urbana y para evitar que la villa creciera de manera desorganizada. La cerca siguió, en gran parte, el curso de los ramales del Esgueva y el tramo urbano del Pisuerga. Con la nueva cerca, el convento de las Huelgas Reales quedó intramuros. La reina mandó que tuviera varias puertas, siendo una de las más importantes la de la Magdalena en las inmediaciones de la ermita e integrada en el convento.

El núcleo poblacional alrededor del convento empezó a adquirir identidad propia, y la ermita comenzó a convertirse en el epicentro del barrio, aunque la jurisdicción parroquial seguía perteneciendo a San Andrés.

Corría el año 1538 cuando la familia Del Corral pidió permiso para construir y costear una capilla sepulcral de planta rectangular, cubierta con una bóveda de crucería, asociada al muro sur de la ermita.

PEDRO DE LA GASCA

Pedro de la Gasca nació en 1493 en Santa María de los Caballeros, una pequeña localidad de Ávila, en el seno de una familia de hidalgos de recursos limitados, pero con un profundo sentido castellano del deber y la lealtad. Creció en una Castilla en transición, que pasaba de ser un reino peninsular para convertirse en el corazón de un imperio.

Comenzó su educación bajo la tutela familiar, donde pronto destacó por su capacidad de memorización y su carácter reflexivo. Estudió en la prestigiosa Universidad de Alcalá de Henares, fundada por el cardenal Cisneros, encaminándose hacia la carrera eclesiástica y jurídica. Completó su formación en el Colegio Mayor de San Bartolomé de Salamanca, una institución diseñada para formar a los futuros cuadros de la administración real.

Pedro de la Gasca ha sido descrito por los cronistas de la época como un hombre de «cuerpo pequeño y mala presencia». Su aspecto físico provocó que fuera subestimado en su juventud y en sus primeros cargos; sin embargo, su brillantez intelectual y su voz poderosa y firme compensaban con creces su apariencia. Era una persona de sobriedad extrema. Actuó como juez en diversas causas en Castilla, ganándose fama de hombre incorruptible. Fue nombrado canónigo en la catedral de Salamanca.

En el año 1546, el Virreinato del Perú estalló en una sangrienta guerra civil. Gonzalo Pizarro se había rebelado contra las «Leyes Nuevas» de la Corona, que buscaban proteger a los indígenas, e incluso llegó a ejecutar al primer virrey. El rigor de La Gasca y su éxito gestionando conflictos en Castilla hicieron que el Consejo de Indias propusiera su nombre al emperador para someter a los encomenderos rebeldes. Carlos V, carente de fondos para una nueva guerra, lo envió con el título de presidente de la Audiencia de Lima, pero provisto de un documento crucial: el perdón real.

Al llegar a Panamá, ofreció indultos a los capitanes rebeldes y prometió suspender las leyes más polémicas. Poco a poco, desmanteló el ejército de Pizarro, atrayendo a sus hombres y aliados al bando real. La confrontación final en Jaquijahuana, en 1548, fue casi un trámite: las tropas de Pizarro se pasaron en masa al bando de La Gasca antes de que se efectuara un solo disparo.

Tras reorganizar la administración del virreinato y, cumplida su misión, regresó a España, donde fue nombrado obispo de Palencia y, posteriormente, de Sigüenza. En Valladolid, decidió reconstruir la antigua ermita de la Magdalena para convertirla en una iglesia monumental que sirviera como su panteón funerario.

Pedro de la Gasca fue un hombre que, armado únicamente con diplomacia y autoridad moral, logró pacificar un continente. Para ser recordado, mandó esculpir su escudo de armas en la fachada a una escala gigantesca, afirmando así que el «humilde clérigo» de Ávila había salvado al Imperio.

Mientras que el palacio-convento de las Huelgas Reales representaba el poder medieval, la nueva iglesia de la Magdalena simbolizaría el orden renacentista.

Falleció en Valladolid en 1567. Sus restos descansan en el crucero de la iglesia de la Magdalena.

ARQUITECTURA DEL TEMPLO

Don Pedro decidió costear la reconstrucción de la ermita de la Magdalena con el fin de erigir un templo que reflejara su estatus eclesiástico y su lealtad a la Corona. Encargó el proyecto a Rodrigo Gil de Hontañón, uno de los arquitectos más brillantes del siglo XVI, para convertirla en su panteón funerario. Las obras comenzaron en 1566 y avanzaron con rapidez, concluyéndose el cuerpo de la iglesia y su estructura en 1572.

La base de la iglesia descansa sobre un zócalo de piedra para protegerla de la humedad del suelo. El material predominante es el ladrillo, más económico y manejable que la piedra, como se puede comprobar en los muros y paramentos laterales. No obstante, la piedra de sillería se reservó para la fachada principal, las esquinas y los marcos de puertas y ventanas.

En las zonas estructuralmente menos comprometidas se empleó el tapial reforzado con ladrillo, técnica conocida como «aparejo toledano». El yeso y la cal se utilizaron para el revestimiento de los muros interiores y para las bóvedas de crucería estrelladas. Finalmente, la madera se empleó en las armaduras de la cubierta y en las puertas.

En el exterior sobresale la fachada, concebida como un auténtico retablo en piedra. Construida como un gran paño de sillería, predomina la horizontalidad y constituye uno de los ejemplos más singulares del Renacimiento castellano, donde se funden la sobriedad clásica con el simbolismo plateresco.

La fachada está formada por tres cuerpos. El inferior tiene dos puertas paralelas de arcos de medio punto, sin ornamentación, que le confieren austeridad romana. Sobre las puertas, bajo un frontis enmarcado por columnas y flanqueado por dos óculos simétricos, se encuentra una hornacina con la imagen de la Magdalena. En el cuerpo central, el rasgo característico es el enorme escudo nobiliario que representa las armas de Pedro de la Gasca, tallado con gran relieve y detalle. Es el escudo en piedra más grande del mundo y constituye el foco icónico del conjunto. En el cuerpo superior, por encima del escudo y dentro de un triángulo, se sitúa otra hornacina, vacía, que originalmente albergó una imagen de María Magdalena, con el fin de aportar contenido religioso al marcado carácter heráldico de la fachada.

Entre el escudo y la base del frontón superior se encuentra una inscripción conmemorativa en latín que dice:

“Don Pedro de la Gasca, obispo de Palencia, pacificador del Perú, erigió a sus expensas desde los cimientos este templo y colegio en honor de la Bienaventurada María Magdalena”.

La leyenda es la autoafirmación del fundador como «pacificador del Perú». El diseño de las letras y el contenido del texto vinculan la gloria divina con la gloria terrenal del obispo.

El edificio cuenta con poderosos contrafuertes para contrarrestar el empuje de las bóvedas. El maestro de obras Francisco del Río fue el encargado de ejecutar la construcción según las directrices de Hontañón.

En el lado derecho se eleva una torre de planta cuadrada que fue reconstruida en la década de 1940, respetando su fisonomía original, tras su hundimiento en 1938.

Al cruzar la puerta, se accede a una nave amplia de tres tramos, con coro alto y capillas laterales. Aunque tiene planta de cruz latina, resulta asimétrica por la ausencia del brazo de la Epístola. Esto se debe a que allí se encontraba la capilla funeraria del doctor Corral; a pesar de que se ofreció a sus descendientes demolerla para integrarla en el nuevo templo, estos se negaron.

El interior se cubre con bóvedas de crucería estrellada y terceletes, en cuyos medallones figuran las armas del patrono. La capilla mayor, según los planos de Gil de Hontañón, tiene debajo una gran cripta destinada a alojar los restos mortales del obispo y sus familiares.

MONUMENTOS DE LA IGLESIA

Una de las obras más significativas del interior del templo es el retablo mayor, diseñado por Esteban Jordán, uno de los escultores más prestigiosos del último tercio del siglo XVI. Esta pieza, considerada una de sus obras cumbre, está compuesta por un banco inferior, tres cuerpos, tres calles y un ático.

En el banco figuran relieves de María Magdalena penitente y la aparición de Cristo a la santa (Noli me tangere). El primer cuerpo está formado por tres hornacinas flanqueadas por columnas corintias. La escena central es una magnífica imagen de María Magdalena, rodeada de seis ángeles que intentan levantarla del suelo. En la calle del Evangelio se sitúan las imágenes de san Pedro y san Pablo y, en el lado de la Epístola, las de san Felipe y Santiago. El segundo cuerpo, de menor altura, pero con columnas similares, alberga en su caja central la Transfiguración. En el lado del Evangelio se representa la Epifanía y, en el de la Epístola, la llegada del Espíritu Santo. La hornacina central del tercer cuerpo está ocupada por la Resurrección. En la calle del Evangelio, santa María Magdalena unge los pies de Cristo y, en la de la Epístola, se representa a los discípulos de Emaús. Sobre un basamento decorado con los escudos de La Gasca, figura un Calvario con Cristo crucificado, la Virgen y san Juan.

El retablo destaca por la composición de sus escenas, el dinamismo de sus imágenes y la expresividad de las figuras. Los relieves narrativos de la vida de la santa y la Pasión de Cristo son especialmente notables. La talla presenta simetría, equilibrio y armonía. Las columnas corintias marcan la transición del Renacimiento al Manierismo.

El sepulcro de Pedro de la Gasca es la pieza maestra de la iglesia. Realizado también por Esteban Jordán, está tallado en alabastro y jade, lo que le otorga una apariencia traslúcida y suave. Situado en el crucero, el monumento muestra al obispo en actitud yacente, revestido con mitra y capa pluvial, subrayando su estatus eclesiástico. En sus manos sostiene el báculo; sin embargo, la fuerza de la escultura recuerda que fue un hombre de acción, el «Pacificador del Perú». El rostro, con sus arrugas y rasgos de edad avanzada, transmite una sensación de paz tras una vida turbulenta. Jordán logró captar la dualidad entre la vida y la muerte. La delicadeza del tallado y la serenidad del rostro sugieren que la memoria del personaje sobrevive al realismo del ocaso. En el sepulcro, a la altura de la cabeza, aparece nuevamente grabado su escudo. Esta ubicación asegura que el visitante, al mirar hacia el altar, reconozca la figura del fundador.

En una de las capillas se encuentra el Cristo del Calvario o de las Batallas, una obra de Francisco del Rincón, tallada hacia 1600.

El Cristo del Perdón, situado en un retablo barroco del brazo de la Epístola, es obra de Bernardo del Rincón, nieto del anterior, fechada en 1661.

En el coro alto se conserva un magnífico órgano barroco del siglo XVIII.

Un elemento digno de consideración es la capilla del doctor Corral. Tiene planta rectangular y está cerrada por una notable rejería de hierro. La preside un retablo plateresco tallado a mediados del siglo XVI por Francisco Giralte, con pasajes de la vida de Cristo. Es uno de los retablos más señeros de su época.

El registro de la iglesia como parroquia fue un proceso lento que no se consolidó hasta el siglo XVI, cuando la población del barrio fue lo suficientemente numerosa como para justificar una administración propia. Pedro de la Gasca, al reconstruir el templo, elevó su categoría de forma definitiva.

La construcción del edificio se financió con los recursos obtenidos por La Gasca tras su misión en las Indias, lo que vincula directamente este edificio con la historia de Hispanoamérica. A pesar de las desamortizaciones sufridas en Valladolid, la Magdalena ha mantenido su estructura y gran parte de su patrimonio.

La iglesia fue declarada Monumento Nacional en 1931.

 

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR A:

García Valladolid, Casimiro G. (1900-1902). Valladolid, sus recuerdos y sus grandezas: guía histórica, artística y monumentos de esta ciudad.

Martín González, Juan José. (1973). Catálogo Monumental de la Provincia de Valladolid. Ciudad de Valladolid. Diputación Provincial de Valladolid.

Urrea Fernández, Jesús. (1987). Guía histórica de Valladolid. Caja de Ahorros Popular de Valladolid.

Bustamante García, Agustín. (1983). La arquitectura clasicista del foco vallisoletano (Institución Cultural Simancas).

Chamoso Lamas, Manuel. (1949). «La Iglesia de la Magdalena de Valladolid». En Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología

Parrado del Olmo, Jesús María. (1982). Esteban Jordán. Ayuntamiento de Valladolid.

Redondo Cantera, María José. (1991). El sepulcro de don Pedro de la Gasca. Universidad de Valladolid.