INTRODUCCIÓN
La iglesia de Santa María Magdalena no es únicamente un templo parroquial. Es uno de los edificios más singulares del Renacimiento vallisoletano y un auténtico manifiesto arquitectónico levantado para perpetuar la memoria de su fundador. Su imponente fachada, presidida por un gigantesco escudo heráldico, sorprende al visitante por la fuerza de un lenguaje simbólico que trasciende lo religioso para convertirse en una declaración de prestigio, poder y servicio a la Corona.
Situada junto al histórico monasterio de las Huelgas Reales y en las proximidades del antiguo Prado de la Magdalena, la iglesia constituye un excelente testimonio de la evolución urbana de Valladolid desde la Edad Media hasta el siglo XVI. En ella conviven la tradición constructiva castellana y las nuevas formas renacentistas, en un momento de transición artística que anuncia ya la sensibilidad barroca.
Comprender este edificio exige conocer la figura de su mecenas, Pedro de la Gasca, eclesiástico, jurista y diplomático al servicio de Carlos I. Su intervención en el Virreinato del Perú, donde logró restablecer la autoridad de la Monarquía tras la rebelión de Gonzalo Pizarro, le otorgó un lugar destacado en la historia de la Monarquía Hispánica. De regreso a Castilla, quiso que esta iglesia se convirtiera en el legado material de una vida dedicada al servicio del rey y de la Iglesia.
La Magdalena es, en definitiva, mucho más que un templo: es el relato de una época escrito en piedra.
HISTORIA DE LA IGLESIA DE LA MAGDALENA
Los orígenes de la iglesia se remontan a finales del siglo XIII. En aquel tiempo, el rey Sancho IV ordenó construir un palacio en unas huertas situadas junto al río Esgueva, extramuros de Valladolid. Tras la muerte del monarca, el edificio fue utilizado como residencia por la reina María de Molina y por su hijo Fernando IV.
Alrededor del palacio comenzó a formarse un pequeño núcleo de población integrado por criados, artesanos y trabajadores encargados de atender las necesidades de la residencia real. Para atender espiritualmente a aquella comunidad, entre finales del siglo XIII y comienzos del XIV se levantó una modesta ermita dedicada a Santa María Magdalena, dependiente de la parroquia de San Andrés. Todo hace pensar que se trataba de un edificio de tradición mudéjar, construido con ladrillo y soluciones arquitectónicas propias de la Castilla de la época.
Poco después, María de Molina donó el antiguo palacio a una comunidad de monjas cistercienses, origen del monasterio de las Huelgas Reales. La fundación recibió importantes privilegios y se convirtió en uno de los principales centros religiosos de la villa.
Durante los primeros años del siglo XIV, Valladolid experimentó un notable crecimiento demográfico y económico. Para ordenar su expansión, la reina promovió la construcción de una nueva cerca que incorporó amplios espacios urbanos dentro de la muralla. No fue una obra defensiva, sino un instrumento de planificación urbana y fiscal. El nuevo recinto aprovechó los cauces del Esgueva y Pisuerga. El monasterio de las Huelgas quedó integrado dentro de la cerca. La puerta de entrada a la villa conocida como “la Magdalena” se levantó al lado de la ermita y al acceso del convento.
Con el paso del tiempo, la colación fue adquiriendo personalidad propia y la pequeña ermita se convirtió en el principal referente religioso de sus habitantes, aunque continuó dependiendo de la parroquia de San Andrés.
En 1538, la familia del doctor Corral obtuvo autorización para construir una capilla funeraria adosada al muro meridional de la ermita. Aquel espacio, cubierto con bóveda de crucería, sería el único elemento importante del antiguo edificio que condicionaría el diseño de la futura iglesia renacentista.
PEDRO DE LA GASCA
Cuando Pedro de la Gasca decidió reconstruir la vieja ermita, no pretendía únicamente ampliar un templo; quería levantar un edificio que expresara el prestigio alcanzado tras una de las misiones políticas más complejas del reinado de Carlos I y que sirviera, además, como lugar de enterramiento para perpetuar su memoria.
Nacido en 1493 en Santa María de los Caballeros, pertenecía a una modesta familia de hidalgos. Estudió en la Universidad de Alcalá y completó su formación en el Colegio Mayor de San Bartolomé de Salamanca, donde adquirió una sólida preparación jurídica y teológica que pronto le abrió las puertas de la administración real.
Los cronistas lo describen como un hombre de escasa presencia física, pero dotado de una extraordinaria inteligencia, una memoria excepcional y una elocuencia capaz de imponerse allí donde otros recurrían a la fuerza. Su fama de jurista íntegro y de administrador prudente hizo que Carlos V depositara en él una confianza extraordinaria.
En 1546, el Virreinato del Perú se encontraba sumido en una grave crisis. Gonzalo Pizarro encabezaba una rebelión contra la Corona como reacción a las Leyes Nuevas, destinadas a limitar los abusos de las encomiendas. La situación había llegado a tal extremo que el primer virrey del Perú había muerto asesinado.
La Corona encomendó entonces a Pedro de la Gasca una misión casi imposible. Sin apenas militares, pero investido como presidente de la Real Audiencia de Lima, viajó a América llevando consigo un instrumento mucho más eficaz que un ejército: la capacidad de negociar en nombre del rey. Mediante una hábil combinación de indultos, concesiones políticas y firmeza institucional, consiguió atraer a la mayoría de los partidarios de Gonzalo Pizarro. La campaña culminó en 1548 con la batalla de Jaquijahuana, donde la deserción masiva del ejército rebelde decidió prácticamente el desenlace antes del combate.
Restablecido el orden en el virreinato y reorganizada la administración, La Gasca regresó a Castilla convertido en uno de los hombres más prestigiosos de la Monarquía. Fue nombrado obispo de Palencia y, más tarde, de Sigüenza. En Valladolid quiso dejar un testimonio permanente de aquella trayectoria levantando la nueva iglesia de la Magdalena, cuyo monumental escudo heráldico proclama todavía hoy el reconocimiento público de los servicios prestados a la Corona.
ARQUITECTURA DEL TEMPLO
La iglesia de la Magdalena es el resultado del proyecto promovido por Pedro de la Gasca para demostrar su dignidad episcopal y el prestigio alcanzado con la corona. Recurrió a Rodrigo Gil de Hontañón, un prestigioso maestro del Renacimiento de mediados del siglo XVI. Las obras comenzaron en 1566 y, aunque la muerte del fundador al año siguiente impidió que viera concluido su proyecto, el cuerpo principal del edificio quedó terminado hacia 1572.
Como sucede en buena parte de la arquitectura vallisoletana de la época, el edificio combina economía y monumentalidad. Los muros se levantaron con ladrillo y mampostería, mientras que la piedra de sillería se reservó para la fachada principal, las esquinas, los contrafuertes y los elementos estructurales más nobles.
La verdadera protagonista del exterior es la fachada, concebida como un gran retablo pétreo que anuncia el significado del edificio. Organizada en tres cuerpos horizontales, responde a un lenguaje renacentista, aunque conserva ciertos ecos platerescos. En el nivel inferior se abren dos portadas gemelas de arco de medio punto, de una sobriedad casi clásica. Sobre ellas se dispone una hornacina con la imagen de Santa María Magdalena, flanqueada por columnas y óculos que aportan equilibrio a la composición.
La mirada asciende inevitablemente hacia el enorme escudo episcopal de Pedro de la Gasca, auténtico eje visual de la fachada y uno de los mayores blasones heráldicos labrados en piedra. Más que un simple emblema familiar, constituye una afirmación pública del prestigio alcanzado por su fundador y los servicios prestados al reino. Sobre él puede leerse una inscripción latina que recuerda su condición de obispo de Palencia y «Pacificador del Perú», vinculando para siempre la memoria del personaje con el templo que mandó levantar.
El edificio se refuerza con robustos contrafuertes destinados a soportar el empuje de las bóvedas. La ejecución material de la obra corrió a cargo del maestro Francisco del Río, siguiendo las trazas de Rodrigo Gil de Hontañón.
En el lado derecho se alza una torre de planta cuadrada, reconstruida en la década de 1940 tras el derrumbe sufrido en 1938, en la que se respetó lo esencial de su aspecto original.
Al entrar en la iglesia, aparece una espaciosa nave articulada en tres tramos, con coro elevado y capillas laterales. Aunque responde al esquema de cruz latina, la planta tiene una singular asimetría por la conservación de la antigua capilla funeraria del doctor Corral, incorporada al nuevo edificio por expreso deseo de sus descendientes. Las bóvedas de crucería estrellada y los terceletes, decorados con los escudos del fundador, refuerzan la sensación de verticalidad y solemnidad que caracteriza el espacio interior.
MONUMENTOS DE LA IGLESIA
Dentro, el templo tiene una gran riqueza artística. La nave está cubierta por bóvedas de crucería estrellada y terceletes decorados con las armas de Pedro de la Gasca, pero la mirada se dirige al retablo mayor, una de las obras fundamentales de Esteban Jordán.
Realizado en las últimas décadas del siglo XVI, el retablo se organiza en un banco, tres cuerpos y un ático donde las esculturas y relieves desarrollan diversos episodios de la vida de María Magdalena y de la Pasión y Resurrección de Cristo. Destaca especialmente la imagen central de la santa, rodeada de ángeles, así como la calidad narrativa de los relieves de la Epifanía, la Transfiguración y los Discípulos de Emaús. La obra constituye un magnífico ejemplo del manierismo castellano.
En el crucero se encuentra el sepulcro de Pedro de la Gasca, también obra de Esteban Jordán. Tallado en alabastro combinado con mármoles oscuros y jaspes, representa al obispo yacente con los atributos de su dignidad episcopal. El escultor logró dotar al rostro de una notable serenidad, subrayando la dimensión espiritual del personaje sin ocultar los rasgos de la edad. El monumento funerario recuerda el importante papel político que desempeñó en Perú al servicio de la Monarquía.
Entre las restantes piezas del templo sobresalen el Cristo de las Batallas, tallado hacia 1600 por Francisco del Rincón, y el Cristo del Perdón, obra barroca de Bernardo del Rincón fechada en 1661. El coro alto conserva asimismo un valioso órgano barroco del siglo XVIII.
Especial interés presenta la capilla del doctor Corral, superviviente de la antigua ermita medieval. Cerrada por una destacada rejería de hierro, alberga un retablo plateresco atribuido a Francisco Giralte, considerado una de las obras más representativas de la escultura vallisoletana de mediados del siglo XVI.
La reconstrucción promovida por Pedro de la Gasca consolidó definitivamente la importancia parroquial del templo y vinculó para siempre la iglesia de la Magdalena con la historia de la expansión hispánica en América. Gracias a ello, y pese a las transformaciones sufridas por Valladolid a lo largo de los siglos, el edificio ha conservado gran parte de su estructura y de su patrimonio artístico.
En reconocimiento a su excepcional valor histórico y monumental, fue declarado Monumento Nacional en 1931.
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PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR A:
García Valladolid, Casimiro G. (1900-1902). Valladolid, sus recuerdos y sus grandezas: guía histórica, artística y monumentos de esta ciudad.
Martín González, Juan José. (1973). Catálogo Monumental de la Provincia de Valladolid. Ciudad de Valladolid. Diputación Provincial de Valladolid.
Urrea Fernández, Jesús. (1987). Guía histórica de Valladolid. Caja de Ahorros Popular de Valladolid.
Bustamante García, Agustín. (1983). La arquitectura clasicista del foco vallisoletano (Institución Cultural Simancas).
Chamoso Lamas, Manuel. (1949). «La Iglesia de la Magdalena de Valladolid». En Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología
Parrado del Olmo, Jesús María. (1982). Esteban Jordán. Ayuntamiento de Valladolid.
Redondo Cantera, María José. (1991). El sepulcro de don Pedro de la Gasca. Universidad de Valladolid.