HISTORIA DE LAS MERINDADES
Las Merindades es una comarca situada en el norte de la provincia de Burgos. Un territorio localizado en la confluencia de la Cordillera Cantábrica, el Ebro y el inicio de la Meseta Castellana. Sus paisajes alternan zonas boscosas con verdes prados; peñascos y abruptos cortes montañosos, con suaves valles y páramos abiertos.
Las Merindades limita al norte con los valles pasiegos; al este, con el valle de Ayala de Álava y con Las Encartaciones de Vizcaya; al sur, con las comarcas burgalesas de La Bureba y los Montes Obarenes; y al oeste, con Valderredible. Acoge numerosos valles y está surcada por los ríos Ebro, Nela y Trucios.
El valle de Manzanedo de las Merindades fue ocupado por pueblos étnicos como los autrigones, várdulos y caristios. Mientras los várdulos se asentaban en Las Merindades y en las Encartaciones, los autrigones y caristios se extendían hasta la costa cantábrica. La presencia de estos grupos se ha confirmado gracias al yacimiento de Las Mesillas.
A partir del siglo I a. C., con la dominación romana, el territorio pasó a formar parte de la provincia tarraconense y del convento jurídico de Clunia. Con la caída del Imperio romano llegaron los visigodos. Leovigildo invadió este territorio para desde allí atacar a los pueblos costeros del norte.
Después de la invasión árabe, entre los siglos IX y X, cántabros y vascones se establecieron en estas tierras apoderándose de campos y tierras mediante las presuras. Siglos más tarde, la comarca llegó a poder de los señoríos nobiliarios y eclesiásticos.
Las Merindades se conocen como la “cuna de Castilla”.
En la Edad Media, a diferencia de otras zonas de la comarca, el valle de Manzanedo fue tierra de realengo; es decir, sus villas, tierras y habitantes dependían directamente del rey, permaneciendo al margen del dominio señorial y eclesiástico.
HISTORIA DEL MONASTERIO
Aunque se desconoce la fecha exacta de su fundación, la primera referencia del cenobio lo sitúa en Quintanajuar, en el Páramo de Masa, cuando Alfonso VII donó en 1139 el monasterio con la iglesia al monje Christoforo de la regla de Cluny.
En 1184, el convento, al igual que otros cenobios cluniacenses, pasó a la Orden del Císter, a los llamados “monjes blancos”. En ese año Alfonso VIII, que necesitaba pacificar la frontera con Navarra, hizo varias donaciones al monasterio para que la comunidad se trasladara a los Montes de Oca. Se instalaron en San Cipriano, pero el enclave no les resultó adecuado. Los monjes compraron terrenos y huertos en el valle de Manzanedo, donde habían recibido algunas donaciones.
En 1204 la comunidad se estableció en unos dominios de la familia Velasco, que no les permitieron instalarse en su propiedad, por lo que ocuparon un terreno conocido como el Arroyo de la Humorera o Hierba de Culebra. Una inundación destruyó los edificios y los monjes se trasladaron en 1236 a su emplazamiento definitivo a orillas del Ebro, en terrenos donados o comprados a la familia Velasco.
La tradición sitúa la llegada de los monjes blancos a mediados del siglo XIII. La hipótesis más aceptada sostiene que a la comunidad llegaron monjes de Santa María de Valbuena. Así pues, al monasterio Rioseco se le considera filial de Valbuena.
La presencia cisterciense en esta comarca formó parte de la expansión de la orden por la península. El monacato ejerció una notable influencia religiosa, económica y social, marcando un hito en la historia del valle. Gestionaba granjas, molinos, batanes, ventas y explotaciones agrícolas. Introdujo cultivos como trigo, lino, viñedo y frutales, y llegó a poseer un rebaño de unas 2.000 ovejas, además de vacas y mulas.
La comunidad estaba compuesta por monjes oradores y letrados, novicios, acólitos y trabajadores que participaban en las labores agrícolas e industriales. En su apogeo, el monasterio contó con entre 25 y 30 monjes y con un centenar de personas en total.
En el siglo XVI, el Monasterio de Santa María de Rioseco tuvo un periodo florido. Una época de prosperidad agropecuaria. Aumentaron su patrimonio con compras y donaciones. Llegaron a dominar un coto redondo de unos 50 kilómetros. A finales del siglo, contrataron la construcción de un claustro.
Durante el siglo XVII, se remodeló la sala capitular y la sacristía, así como un edificio para almacenar grano.
En el siglo XVIII, levantaron una hospedería para alojar a peregrinos, viajeros y enfermos con salas de enfermería y la botica. El monasterio ayudaba a los indigentes que buscaban ayuda.
La hospedería permitía que se alojaran «donadas». Mujeres de cierta edad, viudas sin hijos o solteras con patrimonio que, a cambio de que donaran parte de sus bienes, podían vivir al cuidado de los monjes hasta el final de sus días.
Durante la Guerra de la Independencia, el monasterio fue saqueado por las tropas francesas, que vaciaron almacenes y dependencias, y los monjes fueron expulsados o huyeron.
El punto de inflexión llegó en 1835 con la Desamortización de Mendizábal: la comunidad fue expulsada y el edificio, subastado. A partir de entonces sufrió un lento pero irreversible proceso de abandono y expolio. La vegetación invadió sus espacios, los muros se derrumbaron y las piedras fueron reutilizadas para otras construcciones. Aunque la iglesia se usó ocasionalmente, el conjunto acabó convertido en ruina. Fue incluido en la Lista Roja del Patrimonio de Hispania Nostra.
A comienzos del siglo XXI, la historia de Rioseco dio un giro radical. Un grupo de profesores y alumnos, junto con voluntarios del valle de Manzanedo y de Las Merindades, emprendieron la tarea de rescatar el monasterio. Desde 2010, el colectivo Salvemos Rioseco trabaja en su recuperación. Han constituido y la Fundación Santa María de Rioseco y gracias a este esfuerzo continuado se han consolidado estructuras y recuperados espacios, frenando su deterioro y convirtiendo el monasterio en un ejemplo de cómo el patrimonio puede ser un motor de desarrollo rural y cohesión social.
Hoy el Monasterio de Santa María de Rioseco es el segundo destino turístico de Las Merindades y acoge actividades culturales como conciertos, talleres y visitas, manteniendo viva la memoria de los “monjes blancos”.
ARQUITECTURA DEL MONASTERIO
Sus majestuosos muros, envueltos por la naturaleza, conservan una historia de casi nueve siglos marcada por el fervor religioso, el esplendor económico, el abandono y, finalmente, su recuperación gracias a la “Asociación de Amigos Salvemos Rioseco”.
El monasterio conserva una superposición de estilos que abarcan desde el cisterciense hasta el barroco. En el siglo XIII se construyeron la iglesia y un primer claustro, posteriormente demolido. Una etapa caracterizada por la sobriedad ornamental, con capiteles sencillos de cestas vegetales y canecillos geométricos.
Durante el siglo XVI, en un periodo de esplendor económico, se contrató al cantero cántabro Juan de Naveda para levantar un nuevo claustro más adecuado para la comunidad. Las obras finalizaron en el siglo XVII, dando lugar a un claustro barroco clasicista.
La iglesia, de nave conventual, levantada con muros de piedra de sillería, consta de una nave de cuatro tramos. Está marcada por bóvedas nervadas con medallones en las claves. Su cabecera de planta recta y cuadrangular es triple y está flanqueada por absidiolos. Las bóvedas de crucería muestran ocho nervios que parten de una clave policromada. En el muro este se conservan tres ventanales geminados apuntados.
Los investigadores señalan que, como es propio del Císter, la iglesia se iluminaba mediante ventanales apuntados de la cabecera y por huecos de los muros. Estos ventanales fueron cegados, aunque aún se aprecia su tracería.
El coro de los conversos estaba elevado a los pies de la iglesia y comunicado con el segundo piso del claustro.
La espadaña, que se alza en el muro norte, tiene dos cuerpos y está rematada por un frontón triangular.
Aunque la documentación menciona la existencia de dos claustros, como era habitual en los monasterios cistercienses, que disponían de un segundo claustro para atender a peregrinos y huéspedes, en las ruinas actuales no se aprecia ese segundo claustro.
En 1595, en una época de prosperidad, el monasterio encargó a Juan de Naveda un nuevo claustro de dos pisos. Tras su muerte en 1601, las obras continuaron bajo la dirección de su cuñado Diego de Sisniega. La panda del refectorio quedó terminada en 1638 y el conjunto completo, en 1663.
El claustro responde al patrón cisterciense de cuatro pandas. La norte está adosada a la iglesia. La Sala Capitular en la galería este, el refectorio en la sur y las dependencias y almacenes en la oeste. Los restos conservados confirman un claustro renacentista-barroco con columnas jónicas y capiteles corintios.
Un elemento destacado es la escalera de caracol sin eje central, situada en la panda este junto a la Sala Capitular. Fue durante décadas la escalera principal del monasterio. Este tipo de escalera se extendió posteriormente en la arquitectura hispanoamericana, especialmente en México y el sur de Estados Unidos.
Se conservan en buen estado deplorable, pero en pie, las arcadas de las pandas norte y oeste, mientras que la galería oriental está parcialmente perdida y la meridional ha desaparecido por completo. Las pandas del sur, donde se localizaban el refectorio y los almacenes, son hoy difíciles de identificar debido al derrumbe casi total de la zona, reconocible solo gracias a fotografías antiguas.
En el siglo XVII, los canteros Prieto, Cagigal, Lastras y Sáinz construyeron la Sala Capitular, cubierta con una bóveda de crucería con nervios secundarios conocida como bóveda de tecles.
Los monjes oradores dormían en dormitorios corridos situados en el piso superior del panda este, sobre la Sala Capitular. Los monjes conversos se alojaban en la panda oeste, junto a los almacenes, o en el lado sur con acólitos, huéspedes o trabajadores.
En el ángulo suroriental, bajo la llamada “Torre del Abad”, se situaba el acceso principal al recinto. La torre, parcialmente conservada, sufrió un colapso en la década de 1980. Su estabilidad actual depende de una estructura de madera provisional, y es objeto de un proyecto de consolidación por parte de la Fundación Santa María de Rioseco.
La asociación Salvemos Rioseco ha techado y desbrozado la Sala Capitular, poniendo en valor una celosía geométrica; ha rehabilitado la bóveda del almacén de la panda oeste y ha recuperado la puerta de acceso a la galería claustral.
Diversos trabajos de investigación han tratado de reconstruir idealmente la zona de conversos y localizar un posible segundo claustro, evaluando estas hipótesis mediante técnicas de inteligencia artificial.





















PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR A:
- Losada Varea, C. (2018). Un claustro barroco renacentista. El monasterio a través del tiempo.
- Adiñanos Bardeci, I. (2002). El monasterio cisterciense de Santa María de Rioseco. Asociación Amigos de Villarcayo.
- Esquivias, O. (2013). Los muros rotos. El País.
- López Mata, T. (1950). El monasterio de Santa María de Rioseco. Instituto Fernán González, Burgos.
- López Sobrado, E. (2011). Santa María de Rioseco. El monasterio evocado. Proyecto Aldaba, Burgos.
- Sáenz Terreros, M. V. (1979). Santa María de Rioseco. Boletín de la Institución Fernán González, Burgos.