Este artículo se lo dedico a mi abuela Sofia (+) que con frecuencia me llevaba a San Benito para visitar a la imagen de la Virgen del Carmen y del Niño Jesús de Praga.
INTRODUCCIÓN
Corría el año 1390 cuando Juan I donó los terrenos del Alcázar de Valladolid a los monjes benedictinos. El Monasterio de San Benito lleva el título de “Real” porque su fundación fue promovida por el rey de Castilla y, a lo largo de los siglos, ha mantenido el patronazgo de la Corona.
HISTORIA DEL MONACATO
Valladolid fue repoblada entre los siglos XI y XII, una época en la que las construcciones defensivas eran cruciales para asegurar la vida y las pertenencias de sus habitantes. El conde mandó levantar un edificio de muros sólidos y carácter militar, conocido como el Alcazarejo, que fue el primer núcleo defensivo. Aunque pueda resultar difícil asociar una fortaleza del siglo XII con la estructura del actual monasterio, los restos arqueológicos y las crónicas históricas confirman la existencia de este recinto fortificado medieval.
A mediados del siglo XIII, Alfonso X impulsó la construcción de un nuevo recinto defensivo de mayor envergadura, conocido como Alcázar Mayor. En el primer piso estaban las salas de guardia y armería, mientras que el segundo albergaba salones de justicia y las cámaras reales y nobiliarias. Fue residencia de Alfonso X y su esposa, doña Violante, y posteriormente lo ocuparon Sancho IV y María de Molina.
En 1388, Juan I de Castilla decidió que el Alcázar Real no era necesario ni como fortaleza ni como residencia, y lo donó a los monjes benedictinos de Sahagún, cumpliendo así una promesa de su padre. Enrique II le había pedido que fundara un gran monasterio como reparación por la destrucción que sus tropas habían causado a dos cenobios durante la guerra que mantuvo contra su medio hermano Pedro I, el Cruel.
Los primeros monjes llegaron procedentes de San Benito de Sahagún, un centro muy prestigioso, pero la idea era iniciar una reforma en el nuevo monasterio. “Una nueva observancia”. Los monjes aprovecharon los muros y cimientos del antiguo alcázar para levantar el convento, aunque con un enorme esfuerzo arquitectónico para adaptar un edificio militar a la vida monástica. Las estancias defensivas se transformaron en celdas, refectorios y salas capitulares.
A comienzos del siglo XV, los monasterios sufrieron una profunda crisis de disciplina y relajación de costumbres. En 1431, por deseo de la Corona, se puso en marcha una reforma que se fue extendiendo por toda la Península. Los monjes impusieron una vuelta a la austeridad, al trabajo y, sobre todo, a la clausura estricta. San Benito se convirtió en el modelo de la “Nueva Observancia”, por lo que recibió abundantes donaciones de la nobleza y realeza y pasó a ser un monacato de grandes propiedades. Por otra parte, se convirtió en el centro espiritual y administrativo de la Orden benedictina. Ingresaron en el monasterio numerosos monjes y novicios, y se inició la construcción de la actual iglesia gótica, ya que la capilla de San Ildefonso del alcázar se había quedado pequeña.
A finales del siglo XV, el abad de San Benito era una de las figuras más influyentes de la ciudad y de la corte.
Frente a la relajación de otros monasterios, san Benito impuso el rezo coral riguroso, una disciplina estricta y la eliminación de los abades vitalicios, sustituyéndolos por mandatos temporales de tres años. En el año 1500 se formalizó legalmente la Congregación de San Benito de Valladolid. Todos los monasterios benedictinos de España y del Nuevo Mundo quedaron bajo su jurisdicción. Los monasterios españoles rompieron su tutela francesa de Cluny para adoptar una organización propia y más austera, lo que los convirtió en uno de los centros espirituales y administrativos más ricos y poderosos de la época.
En el siglo XVI, el monasterio alcanzó su apogeo arquitectónico y político. Fue el epicentro del poder religioso y cultural de la Congregación de San Benito. Se comenzaron a redactar las primeras crónicas del monasterio y libros de bienhechores con el fin de consolidar su prestigio ante la Corona y la Santa Sede.
Durante los siglos XVII y XVIII, el convento consolidó su dominio señorial y su papel como “brazo administrativo” de la Iglesia y de la Corona. Desde el monacato se dictaban normas para todos los monasterios del Imperio español, lo que generó conflictos políticos con otros centros religiosos que reclamaban mayor autonomía y con las diócesis locales, que veían mermado su poder y autoridad. Cada tres años se celebraban en el monasterio los Capítulos Generales, reuniones de alto nivel en las que se elegían cargos y se gestionaban grandes presupuestos, influyendo directamente en la economía del reino.
El monasterio se comportaba como un señorío, con posesiones de tierras y viñedos y con capacidad recaudadora. Durante la crisis económica de la monarquía hispánica del siglo XVII, mantuvo una presión fiscal sobre colonos y arrendatarios para financiar sus gastos y obras arquitectónicas, con tensiones constantes con los agricultores por el pago de los diezmos, que con frecuencia terminaban en pleitos ante la Real Audiencia y la Chancillería de Valladolid.
El monasterio funcionó también como lugar de paso y negociación para embajadores y miembros de la corte. En el siglo XVII fue escenario de intrigas políticas en busca del favor del abad general, quien solía tener acceso directo al rey.
Los monjes de San Benito ocuparon habitualmente cargos de relevancia como calificadores o consultores del Santo Oficio, influyendo en la censura de libros.
Con la llegada de los Borbones, el monasterio se vio envuelto en el regalismo. La Corona quería controlar los bienes de la Iglesia, y el convento defendió sus intereses frente a los ministros de la Ilustración, que se oponían a que los monasterios poseyeran grandes extensiones de tierras improductivas.
En 1808, con la invasión francesa y la ocupación de Valladolid por las tropas napoleónicas, el Monasterio de San Benito el Real vivió el periodo más destructivo de su historia. En 1809, José I Bonaparte ordenó la supresión de las órdenes religiosas. Los monjes fueron expulsados y el monasterio pasó a ser propiedad del Estado bajo control francés.
El edificio fue incautado y transformado en almacén de municiones, cuartel y hospital militar. La ubicación estratégica en la ciudad y la solidez de sus muros lo convirtieron en un importante nudo logístico. Los franceses realizaron modificaciones internas para albergar tropas, y los claustros que fueron utilizados como establos. Se perdieron o hurtaron libros y documentos de su biblioteca, una de las más importantes de la península.
Gran parte de la plata y de los objetos litúrgicos fueron saqueados, requisados o fundidos. Los soldados utilizaron el mobiliario, puertas y retablos como leña para calentarse. El espectacular retablo de Alonso Berruguete, una de las obras cumbre del Renacimiento español, fue desmontado, aunque, afortunadamente, gran parte se conserva hoy en el Museo Nacional de Escultura, y lo mismo que la sillería plateresca de Andrés de Najera.
Tras la retirada de los franceses, los monjes regresaron, pero el monasterio nunca recuperó su antiguo esplendor.
El Trienio Liberal entre 1820 y 1823 fue un periodo especialmente crítico. Tras el regreso de Fernando VII en 1814, los monjes habían vuelto al convento, pero el levantamiento de Rafael del Riego alteró la situación. Una de las medidas del gobierno liberal fue la Ley sobre Monasterios y Conventos, destinada a reducir el poder de la Iglesia y obtener recursos para la Hacienda pública. Los monjes fueron obligados a abandonar el recinto, y el Estado tomó posesión del edificio y de sus propiedades agrarias.
La llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis puso fin al Trienio Liberal. Con la restauración del absolutismo, los monjes volvieron a San Benito, pero la desamortización de Mendizábal de 1835 supuso el golpe definitivo. El edificio pasó a manos del Estado y se dividió para usos civiles: fue cuartel, sede de oficinas del Ayuntamiento y, en la actualidad, forma parte del Museo Patio Herreriano.
A finales del siglo XIX se proyectó el desvío del cauce del río Esgueva y el soterramiento de los ramales que atravesaban la ciudad. El ramal norte discurría pegado a los muros del convento, y los cimientos del edificio estaban en contacto casi permanente con el agua, lo que degradaba la piedra y afectaba a bodegas y archivos. En verano, el ramal funcionaba como una alcantarilla abierta, y los malos olores y las enfermedades constituían una amenaza constante para monjes y vecinos.
Entre 1860 y 1900 se llevó a cabo el desvío y soterramiento de los ramales. Al eliminar el agua estancada, el monasterio dejó de ser una “isla” rodeada de lodo. El soterramiento permitió pavimentar y nivelar el terreno frente a la fachada de la iglesia y del monasterio, transformando una zona de puentes y orillas inestables en un espacio público consolidado. Aunque el cambio del nivel freático era un riesgo para los edificios antiguos, a largo plazo evitó que las crecidas del río siguieran socavando los cimientos del complejo benedictino.
Con el río soterrado, el monasterio perdió su relación directa con el agua, pero se integró plenamente en el casco urbano, facilitando la construcción de infraestructuras cercanas, como el Mercado del Val, y consolidando a San Benito como el corazón de un barrio comercial y no como una antigua zona de ribera marginal.
LA IGLESIA DE SAN BENITO EL REAL.
La iglesia de San Benito es un templo gótico tardío edificado entre 1499 y 1515, siguiendo los planos de Juan de Arandia y García de Olave. Según la documentación impresa, fue costeada por el obispo de León, Alonso de Valdeiveos, presidente de la Real Chancillería de Valladolid, y por el arcediano de Sevilla, Fernando de Zúñiga.
Tras la desamortización de Mendizábal, la iglesia quedó abandonada durante un tiempo. En 1892 se recuperó el culto bajo la gestión de la Orden del Carmen.
Por el exterior, la iglesia destaca su aspecto de “fortaleza”. Está construida con piedra de color blanco, propia de las canteras de Villanubla o Campaspero, lo que le confiere una apariencia sólida y monumental. Sus muros están reforzados por contrafuertes para soportar el peso de las bóvedas interiores, al tiempo que aportan una cierta estética al templo. En la parte superior se abren unos grandes ventanales góticos. Según la tradición de las iglesias benedictinas, buscaban una iluminación cenital.
El testero tiene tres sólidos ábsides poligonales de líneas rectas con grandes huecos.
Lo más llamativo del complejo es su enorme pórtico, añadido en 1569, que sirve como entrada principal. No se trata simplemente de una puerta, sino de una estructura de enorme presencia física, visual y simbólica, que marca la transición entre el mundo exterior y popular y el orden sagrado interior del templo. Fue proyectado por Rodrigo Gil de Hontañón como un pórtico-torre monumental de gótico tardío con influencias renacentistas. Originalmente, era más alto y estaba compuesto por otros dos cuerpos de ladrillo, destinados a aligerar el peso, reducir costes y albergar las campanas. El pórtico es el símbolo de la jerarquía de la iglesia en el entorno urbano.
Tras el incendio de 1605 y el posterior abandono del templo a raíz de la desamortización, la estructura se volvió inestable. Se decidió eliminar los dos cuerpos superiores para evitar un derrumbe descontrolado, dejando la fachada tal como la conocemos hoy. En 1850, las torres superiores del pórtico fueron definitivamente derribadas por peligro de ruina.
Uno de los restos más curiosos y «raros» de este periodo se encuentra en la propia fachada de la iglesia. Durante la ocupación, los franceses colocaron el escudo de José I Bonaparte en el tímpano de la puerta. La mayoría de los símbolos de la ocupación fueron destruidos. Este sobrevivió porque fue cubierto con cal y redescubierto durante la restauración del año 2001.
En el interior, la iglesia de San Benito impresiona por la amplitud de su estructura. El cuerpo del templo es una enorme planta de salón de tres naves muy altas. La escasa diferencia de altura entre la nave central y las laterales elimina la tradicional jerarquía vertical, centrando, así, una experiencia espacial más homogénea y amplia desde el coro hasta la cabecera absidal.
Los muros, muy sobrios, cuentan con amplios ventanales, especialmente en el lado de la epístola y en los ábsides, que permiten la entrada de una luz natural. La iluminación resalta la volumetría de las bóvedas y columnas, creando un ambiente de recogimiento luminoso reforzado por la piedra caliza blanca.
La nave central está cubierta por elegantes bóvedas de crucería de terceletes, que forman complejos trazados de nervaduras entrelazadas en las claves del techo que se apoyan en los muros y en alargadas semicolumnas. Los pilares que separan las naves son redondos y lisos, y su función es soportar el peso de las bóvedas. Visualmente, el techo parece prolongarse hacia el suelo, lo que genera una sensación de altura y ligereza.
La cabecera está compuesta por tres grandes ábsides, siguiendo la estética de las “iglesias de salón”, aunque el central sea ligeramente más alto. Los tres se cubren con bóvedas de crucería estrellada, típicas del gótico final. Sus nervaturas forman estrellas con una función tanto estructural como decorativa. El crucero destaca por su gran altura y amplitud, siguiendo el patrón del estilo gótico.
El coro se sitúa a los pies de la iglesia, en una posición elevada, una ubicación típica de las grandes iglesias monacales. Desde allí, los monjes tenían una visión perfecta de la nave y el altar, mientras permanecían en un espacio de recogimiento.
En 1571 se instaló una extraordinaria reja de hierro forjado, obra de Tomás Celma. Un ejemplo excepcional de artesanía renacentista que refuerza el carácter dual del templo: litúrgico y monástico. Su función era separar el espacio de los monjes. Su diseño permite ver perfectamente el altar mayor desde el fondo de la nave.
Los Padres Carmelitas, aprovechando el muro de la epístola, situaron devociones como la hornacina-altar del Niño Jesús de Praga, ornamentado con un arco decorado. Y cerca del crucero, una imagen de la Virgen del Carmen.
En el muro del Evangelio, las capillas están más estructuradas. La primera, junto al coro, es la Capilla de San Andrés. Le siguen la Capilla de San Juan Bautista; la Capilla de Nuestra Señora de la Encarnación, una de las más destacadas desde el punto de vista artístico; la Capilla de San Antonio de Padua; la Capilla de San Benito, dedicada al titular de la orden; la capilla funeraria de los Butrón, vinculada a una notable familia de la ciudad; y la Capilla de los Condes de Fuensaldaña, situada cerca del crucero.
El siglo XVII dejó una huella imborrable en el patrimonio y en la escultura del convento: En 1610, según las fuentes consultadas, Gregorio Fernández talló el Santísimo Cristo del Consuelo, una de las piezas más importantes que conserva el templo.
En 1797, según la bibliografía consultada, se incorporó al centro la talla de la Virgen del Carmen, realizada por Claudio Cortijo.
Aunque la iglesia original perdió gran parte de su mobiliario tras la desamortización del siglo XIX, algunas obras se conservaron o se incorporaron posteriormente. Entre ellas destaca el retablo barroco instalado en 1922, situado en la cabecera central, procedente de otro templo vallisoletano, y las esculturas de las capillas laterales, imágenes y retablos sobresalientes, entre los que se encuentran obras de Gregorio Fernández y tallas barrocas relacionadas con la devoción local.
En el interior del templo se percibe una atmósfera dominada por la amplitud espacial, derivada de la igualdad de alturas entre las naves y de las complejas bóvedas de crucería, cuyas nervaduras conducen la mirada hacia la cabecera. La iluminación clara y equilibrada realza los matices de la piedra caliza y el conjunto escultórico, generando un diálogo armonioso entre la austeridad estructural y la riqueza artística, en el que los elementos arquitectónicos góticos se complementan con aportaciones renacentistas y barrocas.
Actualmente, es sede de la Cofradía del Santo Sepulcro y del Santísimo Cristo del Consuelo. La iglesia fue declarada Bien de Interés Cultural en 1931.
LA ARQUITECTURA DEL CONVENTO
El complejo monacal de San Benito de Valladolid alberga un conjunto de estilos que abarcan desde el gótico hasta el barroco. Como fue construido sobre un antiguo recinto militar, su distribución y organización han influido en su estructura.
En el año 1390, Juan I de Castilla decidió ceder a los monjes benedictinos el Alcázar Real de Valladolid. Los monjes ocuparon el edificio militar, asumiendo como iglesia la capilla del Alcázar, dedicada a san Ildefonso, mientras acondicionaban los espacios conventuales con cierta dificultad, al transformar una edificación defensiva en un conjunto monástico.
El monacato nació siguiendo una observancia más rigurosa. La nueva orientación atrajo la atención de otros cenobios, generando un movimiento reformista. Dicho impulso reformador, centrado en la clausura, el rigor litúrgico y la vida comunitaria, fue clave para que San Benito el Real se convirtiera en cabeza de la Congregación y en la institución monástica más importante de su tiempo. Su relevancia no solo se explica por su peso espiritual y disciplinario, sino por el papel social, político y cultural que desempeñó dentro de la vasta red de monasterios.
El Monasterio de San Benito el Real mantuvo una estrecha colaboración con los Reyes Católicos, quienes favorecieron notablemente a esta institución como parte de su política de reformas eclesiásticas, concebidas como un eje para centralizar el poder y unificar el reino.
Durante los siglos XV y XVI, San Benito fue un centro de referencia para la orden benedictina. Bajo el abadiato de Pedro de Nájera se celebraron capítulos generales y se unieron diversos monasterios en una congregación regida por las mismas observancias y normas disciplinarias.
Corría el año 1582 cuando Juan de Ribero Rada presentó el diseño del complejo monacal como proyecto original del monasterio, con las líneas y trazas arquitectónicas para su construcción. Según los historiadores, los documentos se conservan en el Archivo Histórico Nacional. En su diseño impuso la sobriedad y el orden del Renacimiento español. El maestro unificó el conjunto monástico, que hasta entonces era una mezcla del antiguo alcázar y de construcciones góticas dispersas. Su proyecto no solo buscaba el esplendor exterior del edificio, sino aumentar el prestigio del monacato y ofrecer mayores comodidades a los monjes. Con esta obra arquitectónica quiso reflejar el estatus del monasterio como casa madre y sede central de la Congregación de San Benito, proyectando una imagen de poder, orden y renovación espiritual.
El proyecto de Ribero Rada incluía la organización de los principales espacios monásticos: claustros, dormitorios, refectorio, sala capitular y biblioteca, así como otras dependencias como cocinas, los lavatorios y almacenes de suministros.
El complejo estaba articulado en sus claustros: el Patio Herreriano, el Patio de Novicios y el Patio de la Hospedería.
El más famoso y elegante es el conocido como Patio Procesional o Herreriano, levantado según los planos de Juan del Ribero Rada entre 1596 y 1665. Destaca por su diseño clasicista, su orden y simetría. Presenta una planta cuadrangular, con dos alturas, arcos de medio punto de orden toscano en el piso inferior y jónico en la segunda planta. Es uno de los mejores ejemplos de arquitectura clasicista en España y actualmente constituye el corazón del Museo de Arte Contemporáneo.
En la galería oriental del claustro se sitúa la Sala Capitular. Se aprovechó la antigua Capilla Real del Alcázar, dedicada a San Ildefonso, como sala capitular cuando se construyó la iglesia, debido a su proximidad al brazo del crucero, lo que permitía a los monjes pasar fácilmente del templo a la sala del capítulo para la lectura de la regla o el tratamiento de asuntos de gobierno.
El refectorio se localizaba en la panda oeste. Era una sala amplia y alargada donde los monjes comían en bancos corridos y en silencio, mientras uno de ellos realizaba una lectura sagrada desde un púlpito.
En la panda sur se situaban la cocina y las demás dependencias de servicio, mientras que la panda norte servía como espacio de tránsito y acceso al templo. En los primeros tiempos, los monjes dormían en una sala común, pero con la reforma se construyeron celdas individuales para garantizar el descanso y la oración privada.
El diseño de Ribero Rada solo fue parcialmente ejecutado, pero su traza sirvió como plan rector para la ampliación y reorganización del conjunto monástico entre los siglos XVI y XVIII.
El Patio de los Novicios es el espacio claustral que actualmente ocupa la comunidad de carmelitas descalzos. Se trata de un patio más privado y de dimensiones algo menores.
En 1704 se demolió una parte del convento para edificar el claustro de la hospedería, destinado a la acogida de visitantes. Al monasterio acudían personas relevantes, ya que continuaba siendo un centro de influencia social y política.
Aunque la iglesia conventual que hoy destaca en el paisaje urbano fue construida entre finales del siglo XV y comienzos del XVI, el conjunto monástico se fue conformando de manera gradual, adaptando el antiguo recinto real a las necesidades de una comunidad benedictina en expansión.
Los tres claustros principales articulaban la vida monacal. Eran espacios de meditación, reflexión, encuentro y organización litúrgica y administrativa, auténticos centros neurálgicos de la vida comunitaria. Entre ellos, destaca especialmente el actual Patio Herreriano, que ha llegado hasta nuestros días como uno de los espacios exentos más emblemáticos del antiguo complejo monástico.
La suerte del monasterio cambió radicalmente en el siglo XIX con la promulgación de las leyes de desamortización de 1835. San Benito el Real fue abandonado por los monjes y exclaustrado. Sus bienes se dispersaron y los edificios conventuales, incluidos los claustros y dependencias, dejaron de cumplir su función original.
Tras la exclaustración, el complejo monástico fue reutilizado para usos militares y administrativos, llegando incluso a convertirse en cuartel. Esta etapa supuso la pérdida de una parte significativa de su patrimonio y la alteración de muchas de sus estructuras originales.
A partir de mediados del siglo XX, y especialmente en las décadas finales, el conjunto monástico inició un proceso de rehabilitación y revalorización patrimonial. Parte de estos espacios albergan hoy oficinas municipales y el Museo Patio Herreriano de Arte Contemporáneo Español, que aprovecha el antiguo claustro para exposiciones y actividades culturales.
Este uso cultural y administrativo ha permitido conservar la memoria arquitectónica del monasterio, incorporando a la ciudad nuevas funciones que dialogan con su pasado monástico. La recuperación de espacios, la musealización de restos arqueológicos y la preservación de estructuras originales convierten al antiguo monasterio en un elemento vivo del patrimonio urbano vallisoletano.
Hoy, aunque el monasterio ya no cumple su función monástica original, su legado perdura en múltiples dimensiones: en la infraestructura física conservada —como los claustros y dependencias rehabilitadas—, en su importancia histórica como institución reformadora dentro de la orden benedictina y en la profunda huella cultural que dejó en la ciudad de Valladolid.





















PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR A:
1-Olivera Arranz, M. del R. (2002). Enciclopedia del románico en Castilla y León: Valladolid. Aguilar de Campoo: Fundación Santa María la Real.
2- BLANCO, J. (2022) La reconstrucción de la iglesia de San Benito Argaya.
- Calabia L (1970). San Benito el Real. Crónicas de Valladolid. Ayuntamiento de Valladolid.
4-EGIDO, T. (2009). Montserrat y San Benito. Argaya.
5-GARCIA GUIEA, M.A. (2002) Enciclopedia del románico en Castilla y León. Fundación Santa María la Real de Aguilar de Campoo.
6-GONZALES DE ZARATE, J.M. (2001). El coro de San Benito. Boletín del Seminario de Arte.
7-MARTÍN González, J.J. (2001). Monumentos religiosos de Valladolid.
8-RODRIGUEZ, A. (1981). Historia de San Benito el Real.
9-SANGRADOR VITORES; (1854) Historia de la muy noble y leal ciudad de Valladolid. facsímil.
10-ZARAGOZA PACUAL e (2003) Datos arqueológicos del monasterio San Benito el Real de Valladolid, Boletín de Arqueología.