Skip to main content

Este articulo está dedicado a mi buen amigo el Dr. Pérez Herrezuelo

INTRODUCCIÓN

El barrio de San Andrés, en Valladolid, se ha ido transformando a través de los siglos desde una configuración primigenia como un asentamiento periférico extramuros hasta consolidarse como un núcleo neurálgico de la ciudad contemporánea. La trayectoria de su desarrollo urbanístico y social se halla intrínsecamente vinculada a cuatro ejes fundamentales: la institución eclesiástica de la iglesia de San Andrés, el patronazgo y legado de la reina María de Molina, la implantación de la infraestructura industrial de los talleres ferroviarios y, finalmente, la intervención y gestión hidrológica de los ramales del río Esgueva.

ORIGEN DEL BARRIO

Los orígenes del barrio se remontan al siglo XII, cuando se edificó la ermita de San Andrés y, a su alrededor, se formó un pequeño núcleo poblacional.

La ermita cumplía su función religiosa para los vecinos, pero también tenía un papel civil funerario. El campo situado en torno a la ermita era el lugar destinado a dar sepultura a los condenados a muerte. En este campo estuvo enterrado el condestable don Álvaro de Luna tras ser decapitado en la Plaza Mayor en 1453, aunque sus restos fueron trasladados años más tarde a la catedral de Toledo.

Sancho IV y María de Molina convirtieron Valladolid en su sede residencial. En un primer momento pasaron largas temporadas en el Alcázar y en el convento de San Francisco, pero el rey fue adquiriendo terrenos a extramuros de la villa. Sancho IV deseaba una residencia menos “encerrada” que el Alcázar y mandó construir el palacio de la Magdalena.

La relación de Sancho IV “el Bravo” y de su esposa, la reina María de Molina, con el barrio de San Andrés fue fundamental para entender por qué estos terrenos pasaron de ser un arrabal de hortelanos a convertirse en un centro de artesanos.

 HISTORIA DEL BARRIO DE SAN ANDRÉS

Sancho IV y María de Molina impulsaron el desarrollo de este espacio cediendo terrenos para que los nuevos pobladores de la ciudad se instalaran en la zona. Por este motivo, el lugar creció rápidamente. Por otra parte, los reyes utilizaban este camino para, desde el palacio de la Magdalena, llegar a la ermita. De hecho, se conserva el nombre de calle Don Sancho para la vía urbana que une la plaza de la Cruz Verde con el monasterio de las Huelgas Reales.

ancho IV, que murió en 1295, nombró a su esposa como única tutora de su hijo Fernando IV, de nueve años, pero la nobleza y parte de la familia real no aceptaban que una mujer ejerciera la regencia, lo que generó un preocupante ambiente prebélico. María de Molina tuvo que compartir una “regencia participada” para evitar una guerra civil. Gracias a su habilidad diplomática y a su firmeza, logró conservar el reino para su hijo Fernando IV. María estableció su residencia real en el palacio de la Magdalena, que tuvo que fortificar.

Fernando IV murió en 1312, a los 26 años. Dejando a un lado leyendas como la del “emplazado”, su muerte fue natural, mientras preparaba el asalto a Alcaudete en plena Reconquista.

Tras la prematura muerte de su hijo, María de Molina tuvo que asumir nuevamente la regencia del reino durante la minoría de edad de su nieto Alfonso XI, de tan solo dos años. Una vez más, fue una figura clave para evitar que las luchas internas entre las facciones nobiliarias desgarraran el reino antes de que su nieto pudiera gobernar.

María de Molina participó activamente en la política durante tres reinados: como esposa de Sancho IV, como madre de Fernando IV y como abuela de Alfonso XI. Fue una gran mujer y una extraordinaria regente gobernadora.

Se dice que María de Molina, conocida por su prudencia como la “reina de la paz”, recorría el ramal sur del Esgueva para supervisar las obras de caridad y donar terrenos destinados a hospitales.

Al final de su vida, María de Molina donó el palacio de la Magdalena a la orden del Císter para que se fundara el monasterio de las Huelgas Reales, donde se encuentra enterrada.

Durante los siglos XV y XVI, Valladolid no fue sede fija de la Corte, pero sí una de las villas más importantes de la Corona. El barrio parroquial de San Andrés comenzó a definirse como un área de expansión con gran actividad comercial y artesana. Disponía de tres puertas de conexión con la villa, aunque solo podían utilizarse dos.

La puerta mudéjar del palacio de las Huelgas, único vestigio de la segunda muralla, quedaba dentro de los muros del convento. Se podía usar la puerta torreada de San Andrés, llamada de los Zapateros, situada cerca de lo que hoy es el Santuario Nacional de la Gran Promesa, que unía la villa con el popular barrio de los artesanos y con las huertas del ramal sur del Esgueva. También existía la puerta del Campo de San Andrés, situada en la actual calle Teresa Gil, que articulaba la villa con la explanada conocida como el Campillo, origen de la actual plaza de España.

En los siglos XVII y XVIII, la fisonomía del barrio estaba definida por huertas, viviendas, molinos, talleres y el ramal sur del Esgueva, que, aunque era vital para curtidores y molinos, provocaba frecuentes inundaciones y problemas de higiene que marcaron la vida de los vecinos. Sus habitantes eran hortelanos, jornaleros del campo, comerciantes y artesanos de cierto prestigio, como curtidores, zapateros y fabricantes de mantas.

La actual plaza de España, conocida como el “campo” o “campillo de San Andrés”, era uno de los principales puntos de entrada de suministros a la ciudad. Esto generaba un trasiego constante de arrieros y comerciantes y, con frecuencia, se celebraban mercados y ferias, aunque de carácter más popular que los de la Plaza Mayor.

A comienzos del siglo XVII, durante el reinado de Felipe III, se inició la construcción de la tercera cerca, que se terminó en época de Felipe V. No se trataba de una muralla militar, sino de una cerca fiscal destinada a controlar el portazgo de las mercancías y a vigilar la propagación de epidemias.

El siglo XIX comenzó con la invasión napoleónica. El barrio de San Andrés, por su ubicación estratégica como salida hacia Madrid, sufrió una dura ocupación francesa. La iglesia de San Andrés, el centro espiritual del barrio y el lugar donde los feligreses depositaban joyas y pertenencias, fue ocupado. Las joyas fueron requisadas junto con las piezas de orfebrería y objetos litúrgicos de gran valor, para apropiarse de ellas o fundirlas y enviarlas a Francia. El edificio fue utilizado como almacén de grano.

Esta zona de artesanos y jornaleros fue una de las más castigadas por la hambruna de 1812. El acceso por el este estaba controlado por la guarnición francesa y las cosechas fueron requisadas para alimentar al ejército napoleónico. El precio del pan se disparó y la mortalidad fue altísima.

El Campillo de San Andrés, la actual plaza de España, fue testigo de la cara más cruda de la guerra. Al ser un espacio amplio y abierto, situado en una de las principales puertas de acceso, se utilizó en varias ocasiones para ajusticiamientos públicos de guerrilleros y trabajadores hostiles al invasor.

El monasterio de las Huelgas Reales tampoco se libró de los atropellos. Las monjas tuvieron que abandonar la clausura y el edificio fue ocupado por las tropas francesas, que aprovecharon su espacio para la logística militar de abastecimiento, almacenamiento y transporte. La puerta mudéjar sobrevivió, pero el interior del convento sufrió robos y desperfectos, lo que obligó a la comunidad a realizar un enorme esfuerzo para reconstruir la vida conventual tras la guerra.

Cuando los franceses se retiraron, los vecinos del barrio demostraron una notable capacidad de recuperación. Se retomó la actividad gremial, aunque las cicatrices de la guerra permanecieron visibles durante años en los muros de casas y talleres.

La implantación, en 1864, de los Talleres Generales de la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España transformó profundamente la economía de la ciudad y del barrio de San Andrés. Los talleres se instalaron en Valladolid porque la ciudad se encontraba en la línea Madrid-Hendaya y cerca de Venta de Baños, punto donde la línea se bifurcaba hacia Irún y Santander, y más tarde hacia Asturias y Galicia.

Las factorías se establecieron al sureste del barrio de San Andrés, en grandes extensiones de terreno llano y barato, lo que permitió construir amplias instalaciones para los procesos de forja y fundición necesarios para el mantenimiento de las antiguas locomotoras de vapor. Además, se requerían grandes cantidades de agua, proporcionadas por los ríos Pisuerga y Esgueva. Trenes y vagones podían pasar sus revisiones sin desviarse de la ruta principal. En su momento, estos talleres fueron los más importantes y modernos de España.

Con la llegada de los talleres nació un nuevo barrio, conocido como Las Delicias, destinado a acoger a los trabajadores. Sus primeros habitantes fueron ferroviarios y trabajadores procedentes del campo, atraídos por la industria del ferrocarril. Durante décadas, el nuevo barrio estuvo físicamente separado por las vías del tren, lo que obligó a construir pasarelas y el conocido “túnel de Labradores-Las Delicias”.

El barrio parroquial de San Andrés aumentó su actividad comercial al convertirse en un lugar de paso entre Las Delicias y la villa. La llegada de los talleres convirtió a Valladolid en un foco de atracción para mano de obra cualificada. La creación de la Escuela de Aprendices en 1878 garantizó la formación continua de mecánicos y técnicos especializados, lo que favoreció la implantación de otras industrias.

En la década de 1950, los talleres llegaron a emplear a cerca de 5.000 trabajadores, consolidándose como un motor económico que dio forma definitiva al barrio de Las Delicias.

El soterramiento de los ramales del Esgueva constituye uno de los hitos urbanísticos y sanitarios más importantes de la historia de Valladolid, ya que transformó por completo la ciudad y, en particular, el barrio de San Andrés. El ramal sur que lo atravesaba actuaba como una barrera física que fragmentaba el barrio, aunque las orillas estaban comunicadas mediante puentes de madera y pasarelas.

Con frecuencia, el Esgueva se desbordaba en primavera, inundando la zona, y en verano llevaba escaso caudal, lo que provocaba la acumulación de lodos y residuos orgánicos que lo convertía en un foco constante de epidemias y malos olores, funcionando prácticamente como una alcantarilla a cielo abierto.

El soterramiento se realizó en dos grandes etapas. Entre 1840 y 1860 se cubrieron algunos ramales interiores, como los de la plaza de España y Miguel Íscar. La obra definitiva, que secó el cauce principal del centro histórico, se llevó a cabo entre 1900 y 1910, permitiendo ganar nuevos espacios urbanos. Gracias a ello se crearon calles más anchas y rectilíneas. Se ganaron terrenos como la calle Panaderos y los alrededores de la plaza de San Andrés que pudieron urbanizarse. El barrio dejó de estar fragmentado y se integró mejor con el centro de la ciudad, pasando de ser un conjunto de callejuelas con numerosos arroyos a un eje de comunicación vital entre el centro y los barrios de Las Delicias, Vadillos y Pajarillos. El terreno ganado permitió la construcción de viviendas y locales comerciales que hoy definen su carácter comercial y residencial.

El soterramiento supuso una auténtica “dignificación” del barrio, al eliminar el estigma de vivir junto a aguas insalubres. San Andrés se consolidó como un barrio de clase media trabajadora, dotado de servicios modernos.

LA IGLESIA-PARROQUIA DE SAN ANDRÉS

La ermita de San Andrés, durante el reinado de Sancho y la regencia de María de Molina, sirvió de asistencia espiritual a los vecinos del barrio. La ermita fue elevada al rango de parroquia en 1482 por los Reyes Católicos. No existen registros documentales de las obras realizadas, pero tuvo que ser ampliada para dar cabida a los numerosos pobladores que se iban instalando en esta zona del ramal sur del Esgueva. Sí hay constancia de que se mejoró el altar y se amplió su terreno parroquial.

El edificio volvió a reconstruirse en 1527, sufragado por familias de la zona y gracias a la pujanza del propio barrio.

A finales del siglo XVIII, la iglesia se encontraba muy deteriorada y requería una profunda reforma, que fue financiada en buena parte por fray Manuel de la Vega y Calvo, fraile franciscano que llegó a ser Comisario General de Indias. Al haber sido bautizado en esta parroquia, decidió emplear su influencia y recursos para dignificarla. Como agradecimiento, en la fachada de la iglesia, bajo la hornacina de la imagen de San Andrés, se colocaron los escudos de la Orden Franciscana.

El edificio que vemos hoy es fruto de una ambiciosa ampliación. La dirección de la reconstrucción fue encargada a Pedro González Ortiz, párroco y ecónomo, quien desempeñó un destacado papel administrativo y financiero. Gestionó las rentas y propiedades de la parroquia y los fondos del proyecto, participando activamente en las decisiones estéticas y estructurales del conjunto.

Muchos vecinos y familias nobles contribuyeron económicamente a cambio de misas a perpetuidad o al derecho a ser enterradas en la parroquia. También era frecuente que los feligreses dejaran parte de su herencia para la iglesia, con la esperanza de alcanzar la salvación eterna. En momentos de necesidad, el párroco recurría a colectas entre los vecinos del barrio, que era uno de los más dinámicos de Valladolid.

La obra del edificio, que comenzó en 1721, se prolongó durante dos décadas. Manuel de Olmos fue el maestro encargado del proyecto y quien realizó los trazados iniciales, siguiendo el estilo barroco sólido y funcional propio de Castilla. Tuvo que enfrentarse al reto de aprovechar parte de los cimientos de la iglesia antigua mientras levantaba una estructura mucho más alta y pesada. Utilizó el ladrillo, un material más económico que la piedra, que manejó con maestría técnica, lo que le permitió crear un espacio interior muy amplio, sin excesivos soportes que obstaculizaran la visión del altar.

Fray Antonio de San José, conocido como “El Hortelano”, monje carmelita dotado de un talento natural, diseñó la fachada para darle el aire monumental que buscaba González Ortiz. También participó el maestro José de Arroyo en la estructura de la fábrica.

La fachada planteada por fray Antonio es sencilla y austera, combinando el ladrillo con la piedra según la tradición del barroco vallisoletano. La puerta de acceso está organizada en dos cuerpos: el inferior presenta un portón flanqueado por pilastras, y el superior contiene, en una hornacina, la imagen de San Andrés, acompañada de los escudos de la Orden Franciscana.

Al finalizar las obras, San Andrés no parecía una iglesia parroquial. La sobriedad del ladrillo y los zócalos de piedra buscaban emular la grandeza de los edificios reales.

La torre, integrada en el conjunto arquitectónico, es quizá el elemento más original del proyecto de Manuel de Olmos. Su construcción se retrasó debido al fallecimiento de los maestros y a la falta de fondos. Se terminó en 1776 y sorprendió por sobresalir sobre el perfil superior de la ciudad. Es una torre alta, sobria y elegante, que rompe la horizontalidad del edificio. Está construida con una base de piedra y dos cuerpos superiores de ladrillo, en los que se abren huecos con arcos de medio punto apoyados en pilastras para albergar las campanas. Está rematada por un chapitel piramidal, una veleta y una cruz, que le otorgan una finura y esbeltez que contrastan con la sobriedad del conjunto.

Aunque el exterior del templo es sencillo, el interior muestra una magnífica y sorprendente colección de retablos e imágenes realzadas por una cuidada iluminación. La iglesia combina una arquitectura sobria con una enorme riqueza barroca; es, en cierto modo, un museo de escultura castellana.

En la entrada del templo hay una antecámara que da acceso al baptisterio, donde se conserva una antigua pila bautismal. Sobre el vestíbulo se sitúa el coro, utilizado hoy para conciertos.

El templo es de una sola nave, con planta de cruz latina, flanqueada por tres capillas laterales entre contrafuertes.

El techo está cubierto por una bóveda de cañón con lunetos y decoraciones en yesería. En el crucero se alza una cúpula con pechinas decoradas con pinturas de los evangelistas, obra de Ignacio Prado. Estas grandes bóvedas son testimonio directo de que Olmos trazó las líneas del edificio como si se tratara de una “catedral”.

El elemento más impactante es el retablo mayor de Juan de Correa. Está articulado por unas formidables columnas salomónicas, ornamentadas con una exuberante decoración a base de ángeles, florones, guirnaldas y hornacinas. Preside el retablo la figura de San Andrés, acompañado por San Pedro, San Pablo, San José y San Joaquín, además de otros santos de la iconografía católica. Fue dorado por Gabriel Fernández y cuenta con imágenes policromadas de Bonifacio Núñez. Un retablo grandioso.

A cada lado de la nave principal se disponen tres capillas laterales barrocas. En el lado del Evangelio están la capilla de San Antonio de Padua, con un excelente retablo barroco, seguida por las capillas de la Virgen de Guadalupe y de la Soledad.

En el lado de la Epístola se sitúa la capilla de San Francisco, también con un retablo barroco. A continuación, se encuentra la capilla del Calvario, con sobresalientes imágenes de Cristo Crucificado, la Virgen y San Juan, obras de Gregorio Fernández; y, por último, la capilla de la Inmaculada Concepción.

Mención especial merece la magnífica capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, conocida como “de las Maldonadas”. La capilla, los retablos, los orantes y las imágenes fueron sufragados por las hermanas Isabel y Catalina Enríquez Maldonado.

La capilla fue edificada en 1631 en el lado izquierdo del crucero, separada del templo como capilla privada y panteón familiar. Es una pequeña iglesia dentro de otra. Cuenta con altar, un retablo mayor y retablos laterales, tribuna y una sacristía independiente. Sobre la verja de acceso y en la bóveda luce el escudo de armas de la familia. El retablo central presenta columnas corintias y, en el cuerpo principal, una pintura de la Virgen de los Ángeles, flanqueada por San Juan Bautista y San Esteban; en el ático se dispone un Calvario. El espacio aprovecha la luz y las proporciones de sus elementos para ofrecer una notable y extraordinaria armonía interior. La capilla expresa un lenguaje clasicista típico del maestro Francisco de Praves, arquitecto de la capilla y figura relevante del clasicismo vallisoletano y de la corte en tiempos de Felipe IV.

Otra de las joyas del templo es el órgano barroco, único de este estilo en la ciudad, construido en 1784 por Esteban San Juan y ubicado a la izquierda del altar mayor.

 EL BARRIO DE SAN ANDRÉS Y LA PLAZA DE LA CRUZ VERDE.      

El barrio de San Andrés es uno de los distritos con mayor solera de Valladolid. Sus límites oficiales en el callejero municipal difieren de los popularmente aceptados, ya que con frecuencia se solapan con los barrios de Delicias, La Antigua, Santiago o San Ildefonso.

Para ser concretos, la iglesia de San Andrés, joya del barroco por su localización e historia, constituye el centro natural del barrio. Durante siglos ha sido un referente de una población numerosa y la vida social y espiritual ha pivotado en torno a ella.

Los límites del barrio varían según los autores consultados, pero, con mayor precisión, podrían definirse de la siguiente manera: el límite norte correspondería a la actual calle del Santuario, donde estuvo situada la puerta de San Andrés, así como a las calles Miguel Recio y Alonso Pesquera. El límite este se situaría en la actual plaza Circular o en la antigua puerta de Tudela, una entrada exclusivamente de fielato. Por el sur, el límite estaría en el final de la calle Labradores. El túnel conectaría con el barrio de Las Delicias, aunque la calle de la Estación formaría parte del distrito. El límite oeste sería el Campillo de San Andrés, es decir, la actual plaza de España y la calle Gamazo hasta la estación de Campo Grande, por el suroeste.

Dentro del barrio se encuentran lugares tan significativos como la plaza de Argales, que cuenta con la primera fuente pública de agua corriente procedente de la traída de aguas de Herrera. Destaca también el eje comercial de la calle de la Mantearía, que conecta la plaza de España con la Cruz Verde. Esta vía, una de las más conocidas y dinámicas de Valladolid, debe su nombre a los antiguos fabricantes de mantas que allí se establecieron.

Aunque la iglesia ha sido el centro espiritual del barrio, la Cruz Verde ha constituido históricamente su foco neurálgico y vital. Al ser el acceso a la ciudad por el este, se convirtió en un punto de encuentro para el comercio y el tránsito de mercancías. En el siglo XVIII, la plaza era conocida como la plaza de los Herradores y contaba en su centro con una cruz de piedra.

Aunque el topónimo “Cruz Verde” se asocia con frecuencia a los autos de fe de la Inquisición, en este caso el nombre procede específicamente de la estrecha relación del distrito de San Andrés con la Cofradía de la Vera Cruz, ya que muchos de sus vecinos formaban parte de ella. Este vínculo se fue forjando a lo largo del tiempo. Entre los siglos XII y XVI, la parroquia de San Andrés tenía la obligación de enterrar a los reos, y desde la plaza de los Herradores se trasladaban los cadáveres hasta el denominado cementerio del “Quemadero”, situado en las proximidades de lo que hoy es el Campo de Marte, en el paseo de los filipinos. A partir del siglo XVII, la Cofradía de la Vera Cruz asumió el privilegio y la obligación de recoger y dar sepultura a los ajusticiados. Aunque la mayoría eran enterrados en los campos del convento de San Francisco, aquellos que, por diversas razones, no recibían sepultura eran llevados al cementerio de la parroquia de San Andrés.

El 8 de septiembre de 1758, los cofrades de la Vera Cruz levantaron un altar en el centro de la plaza de los Herradores, bajo la cruz de piedra. El párroco de San Andrés ofició una misa a la que asistieron los vecinos y cerca de un centenar de cofrades de la Vera Cruz, acompañados por miembros de otras cofradías. Desde la plaza partieron en procesión para depositar el Santísimo en el sagrario del retablo mayor de la iglesia. La Sagrada Forma fue acompañada con oraciones, cetros, lazos, hachones y las cruces verdes de la Cofradía de la Vera Cruz, su color distintivo que simboliza la esperanza y la misericordia. Para conmemorar aquel acto, se colocó en una hornacina la imagen de una cruz verde de madera, que subsistió hasta hace no muchos años en la esquina de la calle Mantearía con la propia plaza. Desde entonces, la plaza de los Herradores pasó a denominarse “plazuela de las Cruces Verdes”. Con el tiempo, los vecinos comenzaron a referirse al lugar simplemente como la “Cruz Verde”, el color de la esperanza en la vida eterna incluso para aquellos castigados por la justicia humana.

Dentro del barrio sobresalen edificios como el mercado del Campillo de San Andrés, que durante décadas fue el centro de abastecimiento de numerosas familias hasta su demolición y traslado a la calle Panaderos; el edificio ecléctico de Hacienda, diseñado en 1930 por Manuel Cuadrillero; el imponente edificio de la Escuela Normal, proyectado en 1927 por Antonio Flórez Urdapilleta para albergar la Escuela de Maestros de Enseñanza Pública y destacado ejemplo del uso del ladrillo cara vista; y la desaparecida iglesia de los Capuchinos, hoy conocida como iglesia de la Paz, levantada en 1961 según el diseño del arquitecto Pedro Ispizúa, discípulo de Antoni Gaudí.

Entre la Cruz Verde y la puerta de San Andrés, cerca del Santuario, se instaló en 1552 el primer corral de comedias para la representación de autos en la villa, organizados por Lope de Rueda, vecino de Valladolid, quien actuaba como regidor de dichas representaciones.

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR A:

1-Sangrador Vitores, M (2008) Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Valladolid, desde su más remota antigüedad hasta la muerte deFernando VII. Valladolid: facsímil de edición de 1851.

 2-Carazo Lefort, E (2010). Valladolid, forma urbis: restitución infográfica del patrimonio urbano perdido. Valladolid: Edita Ayuntamiento y Universidad de Valladolid. 

3-Gigosos, P (2011). «La Esgueva soterrada». Ayuntamiento de Valladolid.

4-García Tapia, N (2002). «Valladolid subterráneo: Las Esguevas». Boletín Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción

5-Merino Beato.  M.ª D. (1990). Urbanismo y arquitectura en los siglos XVII y XVIII. Valladolid: Ayuntamiento de Valladolid.

6-Uhagón, R. de (1891).  Es saneamiento de las Esguevas 

7-Urueña Paredes J.C. (2006). Rincones con fantasmas. Un paseo por el Valladolid desaparecido. Ayuntamiento de Valladolid.  

8Pérez V. (1983). Diario de Valladolid (1885). Grupo Pinciano. Edición facsímil. 

 9-Fernández de Diego E. (1971) El barrio de San Andrés de la ciudad de Valladolid.

10-Agapito y Revilla, J.A. (2004) Las Calles de Valladolid, Nomenclador histórico de Valladolid: Casa Martín.