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En 1756, tres potencias peleaban por la supremacía mundial: una Inglaterra ascendente, una España en declive y una tercera, Francia, aliada con la monarquía española.

Luisiana era una gran comarca sin fronteras definidas. Había sido descubierta y, en gran parte, explorada por el conquistador español Hernando de Soto en 1541, pero no la inscribió ni realizó ningún registro administrativo sobre ella. Siglo y medio después, en 1682, René-Robert Cavelier de La Salle reclamó estas tierras para Francia con el nombre de Luisiana, en honor al rey Luis XIV.

En el año 1756 se produjo un conflicto que enfrentó a Francia y Austria contra Gran Bretaña y Prusia.

Francia y España estaban gobernadas por la misma familia: los Borbones, y firmaron el llamado Tercer Pacto de Familia. España decidió intervenir porque temía que, si Gran Bretaña vencía a Francia, las colonias españolas en América serían el siguiente objetivo.

La entrada de España no fue afortunada. Los británicos, que tenían una armada superior en ese momento, lograron capturar dos de las joyas del Imperio español: La Habana y Manila.

La guerra terminó con una aplastante victoria británica. Francia, la gran perdedora, tuvo que ceder casi todas sus posesiones en Norteamérica, incluido Canadá y los territorios al este del Misisipi.

Inglaterra devolvió La Habana y Manila a cambio de que España le entregara La Florida. Para compensar a España por su apoyo y por la pérdida de Florida, Francia le entregó la Luisiana.

España y Francia perdieron la guerra, pero dejó un fuerte resentimiento en las dos naciones. Apenas quince años después, tanto Francia como España aprovecharon la Revolución Americana para apoyar a los colonos de la costa este que estaban luchando contra Inglaterra por su independencia.

A Luisiana fue destinado como gobernador, en septiembre de 1776, Bernardo de Gálvez, un militar malacitano experto en guerras europeas y americanas. Se instaló en Nueva Orleans y se casó con una criolla, María Feliciana. Una curiosa historia de amor.

La misión de Gálvez era vigilar los movimientos militares ingleses en Norteamérica por medio de la red de espías que había organizado Unzaga, el gobernador anterior. Debía ayudar, en lo que pudiera, a los colonos y preparar la guerra contra Inglaterra.

Luisiana estaba poco poblada, pero con las administraciones de Unzaga y Gálvez el número de habitantes creció de 13000 a 30000.

Desde Nueva Orleans, Gálvez mandó reforzar las posiciones en Luisiana y, mientras enviaba víveres y armas a los colonos del norte, fundó varios pueblos con españoles, criollos, mulatos e indios.

Gálvez fue avisado por sus espías de que los ingleses querían invadir Luisiana. Para ellos era clave controlar el Misisipi, cuya orilla oriental constituía la frontera de Florida.

Gálvez, un hombre inteligente y con talento, entendió que, con una buena táctica y su experiencia militar, podía ayudar a los colonos americanos. Formó dos ejércitos: uno de 400 españoles y otro de tamaño parecido, compuesto por hispano-cubanos, dominicanos, puertorriqueños, indios, negros y mulatos, además de siete voluntarios norteamericanos que se le unieron, incluido Oliver Pollock, quien fue su confidente en relación con los movimientos del enemigo.

En septiembre de 1780, las posiciones inglesas en las riberas del Misisipi cayeron ante las fuerzas españolas. El ejército de Gálvez abrió una importante vía de comunicación y aprovisionamiento para los colonos del norte. Los ingleses tuvieron que retirar fuerzas del norte, donde en realidad se libraba la independencia de las colonias, para enviarlas al sureste.

Las conquistas de las orillas del Misisipi llevaron a Gálvez a plantearse la reconquista de Florida. Para ello debía desembarcar sus tropas, capturar y dominar Mobile, que estaba protegida por una fortaleza y un ejército inglés.

Gálvez mandó armar una escuadra para dirigirse al fuerte, pero los barcos sufrieron una tempestad que desmanteló la flota. Cuando los ingleses se enteraron de que los españoles iban a atacar Mobile, enviaron al grueso de su ejército. Los barcos se reagruparon después de la tormenta.

El gobernador ordenó desembarcar a sus hombres para que rodearan Mobile e intentaran tomarla por tierra. El tiempo jugaba en su contra, pues el ejército inglés se había puesto en marcha y avanzaba a marchas forzadas. Gálvez ordenó un cañoneo nocturno y permanente de sus barcos contra la fortaleza. El devastador ataque por mar sorprendió a los defensores, que esperaban un asalto terrestre, y en efecto se produjo después del bombardeo. Cuando el ejército inglés llegó, solo pudo comprobar la conquista española.

La toma de Mobile significó un importante hito en la guerra de independencia de Estados Unidos. Fue la operación militar de un brillante estratega.

Gálvez comprendió que podía conquistar Florida si tomaba Pensacola, el puerto más importante de la costa sureste. Pidió refuerzos a Cuba, explicando la situación, pero en La Habana surgieron envidias y rivalidades. Hubo todo tipo de excusas para retrasar los refuerzos que solicitaba el malagueño.

Fueron los franceses quienes se quejaron a Carlos III de la inmovilidad de las tropas españolas, lo que supuso una afrenta al orgullo nacional. El rey ordenó entonces disponer lo necesario para recuperar Florida.

Para llegar a Pensacola había que superar una línea inglesa de fuego cruzado. A un lado estaba la isla de Santa Rosa, que cerraba la bahía, y al otro el fuerte inglés McRae, equipado con potentes cañones. Gálvez conquistó con facilidad la isla de Santa Rosa, pero el cañoneo de las baterías inglesas del fuerte hizo embarrancar al buque insignia de la flota española, al mando de Calvo de Irizábal, e impidió a sus barcos entrar en la bahía.

De nuevo, la escuadra española quedó desorganizada y las tropas aisladas. A Gálvez le preocupaba además la predicción del tiempo: se acercaban los fuertes temporales característicos de esta zona del sureste y los barcos tendrían que regresar al mar para evitar estrellarse contra la costa. Gálvez decidió entonces lanzarse en solitario. Subió a bordo de su barco y levantó la bandera insignia de almirante, enviando un curioso presente a Calvo: una bomba con una nota que decía: «Yo y mis hombres vamos delante para quitaros el miedo».

Los cuatro barcos de Gálvez entraron en el golfo bajo el fuerte cañoneo inglés y, sin sufrir apenas daños, atravesaron la barrera de fuego. El resto de la escuadra española la siguió, aunque Calvo de Irizábal regresó furioso a La Habana.

Gálvez tenía bajo su mando los batallones de Luisiana y La Habana: tres regimientos con irlandeses, negros, mulatos e indios y un pequeño grupo de colonos norteamericanos. En total, unos 7.800 hombres. Solano fue el capitán de navío que dirigía la escuadra y con quien Gálvez se entendió a la perfección.

El 9 de mayo de 1781, los españoles rindieron Pensacola y con ella cayó Florida. Los rebeldes norteamericanos quedaron muy fortalecidos y los ingleses ya no lograron recuperarse.

En 1782 se firmó el Tratado de Versalles, que reconocía la independencia de los Estados Unidos y la posesión española de Florida.

Lo que más impresiona de Gálvez es su mezcla de inteligencia, motivación y determinación. Su figura viene a condensar una de las mejores herencias que España ha dejado en el continente americano: el honor y la determinación para no dejarse vencer.

Los historiadores de las universidades norteamericanas más rigurosas confirman que la intervención de España en general y la de Gálvez en particular fueron trascendentales para la independencia estadounidense.

En 1976, el rey Juan Carlos I entregó en Washington una estatua erigida en honor de Bernardo de Gálvez, que se encuentra en la entrada principal del edificio de la delegación española.

 

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR

  1. Guerrero Acosta, José Manuel (2015). Bernardo de Gálvez: la presencia de España en México y Estados Unidos. Ministerio de Defensa de España.
  2. Martín Alarcón, Julio. Bernardo de Gálvez.
  3. Julián, Los Gálvez. Editorial Barbastro, Málaga, 1987.
  4. Reparaz, Carmen de. Bernardo de Gálvez y la toma de Pensacola en 1781. Barcelona, 1986.

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