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Recordar el Valladolid de la década de 1950 es como descorrer, con dedos invisibles, una cortina de terciopelo y abrir una ventana al pasado. Eran años en los que la ciudad bostezaba con carros de mano y bicicletas, aunque por sus calles  empezaban a circular motos y automóviles. El paseo por la calle de Santiago era casi una liturgia civil que comenzaba al mediodía y terminaba con el último resplandor de la tarde.

Entre 1950 y 1970, la calle de Santiago no solo fue la vía principal de la ciudad: fue su termómetro social y su pasarela de moda. Era la arteria comercial y el epicentro de la vida social, un espejo donde la ciudad se miraba para comprobar que seguía en pie, que la posguerra no había logrado apagar del todo el brillo de sus vecinos. Un microcosmos de voces, escaparates y elegancia contenida.

«Pasear por la calle de Santiago» era una institución. Jóvenes parejas, grupos de amigos y familias enteras recorrían el trayecto entre la Plaza Mayor y la plaza de Zorrilla una y otra vez, de manera casi mecánica, mirando escaparates y saludando a conocidos cada diez pasos. Las señoras caminaban del brazo, con medias de costura fina y bolsos que guardaban más esperanza que dinero. Los hombres, con sombrero y gabardina, hablaban de fútbol, de negocios o, entre susurros, de la política local, mientras escuchaban las voces de los quiosqueros y el ofrecimiento de los cupones de la ONCE. Los niños corrían entre las piernas, persiguiendo balones invisibles o cromos imposibles. Y en el aire flotaba el aroma del café de bares hoy desaparecidos.

La calle de Santiago era un espacio mixto de comercio, cultura y vida social: el sonido de las campanas se mezclaba con el murmullo de la calle en un espacio estrecho, flanqueado por aceras donde el «paseo» era un ritual ineludible. No se iba a la calle de Santiago de cualquier manera: era el lugar para «ver y ser visto».

Había en aquel paseo una educación sentimental. Se aprendía a medir las distancias, a sostener una mirada apenas un segundo más de lo prudente y, a interpretar gestos mínimos. Era una escuela sin pupitres, una academia de urbanidad.

Muchos de sus edificios mantenían el aire señorial de finales del siglo XIX y principios del XX, con cierto encanto y nostalgía. La luz del atardecer transformaba fachadas y escaparates en un cuadro cálido, a veces malva, en el que cada detalle trascendía  y sucedia con calma emocional. Los escaparates eran pequeños teatros iluminados anunciando que los tiempos estaban cambiando, aunque algunos conservaban sus rótulos de madera pintados a mano. En ellos, bajo una luz amarillenta y tenue, reposaban trajes que prometían ascensos sociales; radios que traían  lejanos ecos de Madrid; y zapatos que relucían como si cada par fuera una invitación a conquistar el mundo. Mucha gente se detenía ante las vitrinas como ante altares modernos: no compraban, pero imaginaban el futuro con trabajo y resistencia.

En aquellos años, las vitrinas de las joyerías tenían un aire elegante y austero, con piezas de oro y plata cuidadosamente ordenadas, y collares, relojes y anillos iluminados con luces cálidas para atraer la atención de los clientes. Sus dos referencias históricas fueron Tremiño y Ambrosio Pérez. Las zapaterías gozaron de gran reconocimiento en Valladolid y en las ciudades de alrededor: Calzados Villalonga, Pepito, Segarra o Casino.

La calle estuvo llena de comercios. En la moda masculina imperaban las sastrerías a medida (Zúñiga), las camiserías (La Oriental y Beade). Había comercios de moda femenina (Pelayo, Simeón) y de complementos de moda  (Varadé, Bolsos Casado, Las Tres B, El Caballo de Bastos); almacenes y tiendas de tejidos (La Esfera, Soler, Sederías de Oriente, El Palacio de Cristal); tiendas de vestidos infantiles (Llorente); ultramarinos (Álvarez); peluquerías; pastelerías y heladerías (Salón Ideal, Ricote); jugueterías (Sumun); cafeterías (Maga); farmacias; estudios de fotografía (Garay); comercios que vendían máquinas de coser (Alfa) o material eléctrico y radios (Rodríguez Guachs); y dos edificios ocupados por los periódicos locales (El Diario y Libertad). Todo un mundo social y comercial en un trayecto vital.

Bajo esa apariencia cotidiana latía algo más profundo: la conciencia de pertenecer a una ciudad que, pese a las estrecheces y a los silencios, no renunciaba a su dignidad. Cada paso era una afirmación discreta de existencia; cada saludo, un reconocimiento de vida.

La iglesia era un punto de referencia. Su campanario del siglo XVI marcaba las horas, y los bancos de enfrente, junto al restaurante Astur Vasco, servían de descanso. Los domingos y días festivos, después de la misa de una, el atrio se llenaba de feligreses con el traje «de domingo». Este flujo humano alcanzaba su clímax durante la Semana Santa. Ver pasar las procesiones bajo los balcones de Santiago, con el sonido de las cornetas rebotando en las fachadas, sigue siendo uno de los recuerdos más significativos de aquella época.

Con la desamortización de Mendizábal, las dominicas comendadoras de Santiago fueron expulsadas de su convento. El edificio fue adquirido en 1860 por las religiosas del Sagrado Corazón de Jesús, una congregación de origen francés. De ahí que los vallisoletanos empezaran a llamar al convento simplemente «Las Francesas». El colegio ofrecía a niñas y jóvenes dos tipos de instrucción: el bachillerato oficial y otro de cultura general con francés. La salida del colegio se acompañaba de carreras y risas, y la calle se llenaba de un alegre bullicio.

El convento, convertido hoy en área comercial, ha conservado el templo para exposiciones y su formidable claustro renacentista de tres pisos, construido en 1537 por el maestro Fernando de Entrambasaguas. Es notable el suelo del claustro, compuesto por piedras negras y planas, rodeadas de huesos con apariencia de tabas, razón por la que recibe popularmente el nombre de Patio de las Tabas, aunque existen otras teorías al respecto.

La llegada de la fábrica de automóviles transformó Valladolid en una ciudad industrial, y eso se reflejó inmediatamente en su calle principal. En los años sesenta, la clase media creció y, con ella, el consumo. Los escaparates se llenaron de electrodomésticos, radios y, más tarde, de las primeras televisiones. El ambiente combinaba tradición y modernidad y, aunque había productos más modernos, la calle mantenía un aire popular y cercano, aunque iba cambiando. Su suelo, pulido por décadas, guardaba su memoria. Si se afinaba el oído, se podía escuchar el eco de los zapatos de tacón marcando un ritmo obstinado, el chasquido de las suelas nuevas y el leve lamento de quien volvía del trabajo con la espalda cansada. Cada sonido era una sílaba en el relato interminable de la ciudad.

La juventud comenzó a ocupar el espacio con una seguridad desconocida. La calle ya no era solo escaparates y tránsito: era escenario de una libertad que se insinuaba tímidamente. Los jóvenes, influenciados por el cine y la música, empezaron a ocupar espacios que antes eran exclusivos de los mayores; pero en la calle todavía se cerraban tratos, se concertaban citas y se fraguaban noviazgos bajo la mirada severa o cómplice de balcones y cornisas.

Los vestidos cambiaron incluso de color. Las conversaciones se hicieron más audaces, las melenas más largas y las faldas más cortas. A media tarde, cuando el sol se filtraba oblicuo entre las fachadas, la calle se convertía en una pasarela: un escenario del tiempo, del «ir y venir» sin prisa, de cruzarse con conocidos y saludar a los mayores con una inclinación exacta de cabeza.

Los quioscos eran puntos neurálgicos: vendían prensa, revistas, golosinas, tabaco y pequeños recuerdos. Sus estructuras de hierro y cristal mantenían el encanto de otra época. Funcionaban como punto de encuentro y de lectura de titulares y, al atardecer, sus luces iluminaban las aceras.

En los escaparates aparecieron nuevos rótulos, tipografías modernas y luces más blancas. Algunos comercios antiguos resistieron como viejos capitanes; otros cedieron su sitio a tiendas con un idioma distinto, más cosmopolita. Pero la esencia del paseo persistía: caminar sin destino fijo, dejarse ver y observar.

Los domingos y días festivos tenían una textura especial. Después de misa, la calle se llenaba de familias enteras. Las madres vigilaban; los padres asentían; los abuelos recordaban en silencio tiempos aún más austeros. Los jóvenes, en cambio, miraban hacia adelante, hacia un porvenir que parecía ensancharse en su imaginación. Y cada tarde, cuando el sol declinaba y las sombras se alargaban, la calle volvía a quedar en silencio, como un escenario después de la función. Un silencio en el que vibraba la promesa de otro día, de otro paseo, de otra historia mínima destinada a entrelazarse con las demás. Porque, durante aquellos años, caminar por esa calle era una forma de narrarse y de soñar.

Después de los años setenta, la calle empezó a sentir la presión del exceso de tráfico. Valladolid crecía a un ritmo vertiginoso y Santiago se quedaba pequeña. La apertura de nuevas galerías comerciales y la llegada de las primeras franquicias nacionales comenzaron a desplazar a algunos de los negocios familiares, marcando el fin de un modelo romántico de comercio y dando paso a la era del consumo de masas. Fue en esa década cuando empezó a vivirse su transición social y comercial. El Ayuntamiento decidió peatonalizarla en 1984 para intentar que recuperara su antigua actividad comercial, pero la sociedad ya era otra y la vida, distinta.

Si hoy alguien camina por esa misma calle, quizá no encuentre los mismos rostros ni aromas. Pero el pavimento conserva la misma vibración. Basta cerrar los ojos para ver a la muchacha que ajusta su abrigo antes de cruzar, al muchacho que ensaya el valor para acercarse a ella o al comerciante que levanta la persiana con gesto ritual.

La calle de Santiago, en aquellos años, fue más que una vía comercial: fue un latido compartido, un hilo que cosió generaciones. Mientras el país mudaba lentamente de piel, sostuvo el pulso de Valladolid con la discreta firmeza de quien sabe que el verdadero protagonismo no está en los grandes acontecimientos, sino en la suma infinita de pasos anónimos.