La ermita de San Pedro de Tejada sorprende por su esbeltez, por la torre que se yergue vertical sobre la nave y por su decoración escultórica.
El Valle de Valdivielso, atravesado por el Ebro, no es solo un accidente geográfico de impresionante belleza, sino una importante vía de comunicación entre la meseta y la costa cantábrica.
Antes de que llegaran los romanos, la comarca estuvo habitada por los autrigones, tribus celtas que vivían en castros. La romanización fue simplemente un proceso de asimilación cultural.
Con la caída del Imperio, los hispanorromanos del valle comenzaron a fortificar sus castros y villas para protegerse de los pueblos germánicos. Sin embargo, la presencia visigoda fue determinante. Con ellos aparecieron los primeros eremitas que ocuparán cuevas y grutas de la cornisa cantábrica. Más adelante impulsarán el monacato y a su alrededor se levantarán núcleos poblacionales bajo su organización territorial y sistema de leyes. Desde los eremitorios excavados en la roca hasta la sobriedad de sus torres, el valle es un testimonio de cómo los romanos trajeron las leyes y las calzadas y los visigodos la estructura militar y espiritual.
Durante los siglos VII y VIII, la comarca se convirtió en un bastión de resistencia. Mientras el sur de la península caía bajo el control del árabe, las montañas del norte de Burgos mantuvieron una población de hispanogodos.
Con Alfonso II empezó la emigración por los valles interiores de la cornisa cantábrica. En el año 852
Con Ordoño I, el reino asturiano dejó de ser un refugio en las montañas. La derrota de los muladíes Banu-Casi en la batalla de Albelda permitió la colonización de las Vardulias. Sus condes recuperaron puntos estratégicos de «tierra de nadie». Entraron en Astorga y León con Gatón, conde del Bierzo, y en Amaya con Rodrigo, conde de Castilla.
Con Ordoño I, Alfonso III y sus hijos, los colonos astures, cántabros y vascones, que eran pastores y agricultores, se establecieron en los valles del sur de la franja cantábrica usando las presuras; un sistema legal por el que, si un colono encontraba una tierra vacía y la ponía en cultivo, pasaba a ser de su propiedad. Del sur llegaron mozárabes que huían del islamismo y traían consigo nuevos conocimientos arquitectónicos y técnicas agrícolas.
De la mezcla de emigrantes montañeses, mozárabes y de los hispanos godos que habían permanecido en la comarca, aparecieron en las Vardulias los castellanos. Hombres de frontera, guerreros y campesinos, cuya lengua y leyes empezaban a diferenciarse del latín y del derecho romano germánico.
Como los montañeses iban acompañados por clérigos, instalaron sus viviendas alrededor de monasterios y cerca de torres de vigilancia o castillos para resguardarse de las aceifas musulmanas muy frecuentes en verano.
El monacato de San Pedro de Tejada se fundó en el 850 bajo el amparo del obispo Juan, el motor espiritual y el mayor repoblador y de la expansión del reino asturiano por el sureste. Tiempo después, esos territorios se conocerán como las Merindades.
La fundación del monasterio se atribuye al abad Rodanio y a un grupo de monjes que buscaban refugio en el valle de Valdivielso para la oración.
El obispo Juan repobló los valles de Valdivielso, Tobalina y Manzanedo, formando un cinturón de asentamientos que aseguraban el curso alto del Ebro. Puso en marcha monasterios, iglesias, viviendas, molinos y levantó torres de vigilancia para centralizar el control territorial y el administrativo. El castillo romano-visigodo de Tedeja del desfiladero de la Horadada en los montes Obarenes en Trespaderne era una plaza disuasoria para detener las aceifas musulmanas. Una fortaleza militar que vigilaba el curso alto del Ebro.
San Pedro de Tedeja es una estructura románica del año 1143 según la inscripción que se encuentra en la base de la torre-cimborrio. A pesar de pequeñas reformas y del paso de los años, la fábrica mantiene su pureza. Es uno de los mejores ejemplos del románico español.
En el año 1221, Fernando III ordenó que San Pedro se integrara en el poderoso Monasterio de San Salvador de Oña; un movimiento común en esa época para centralizar el poder eclesiástico, administrativo y económico. Desde ese momento, dejó de ser un centro independiente para convertirse en un priorato. La comunidad de monjes se fue reduciendo a lo largo del tiempo y el monasterio se centró en la gestión de las tierras circundantes en el valle de Valdivielso.
En los siglos siguientes se hicieron cambios en el mobiliario litúrgico y parte de la decoración pictórica original fue cubierta o sustituida por encallamientos, retablos renacentistas y barrocos.
San Pedro mantuvo su legado románico durante los siglos siguientes, funcionando como una explotación agraria y un foco espiritual.
En el siglo XVI. Se instaló un magnífico retablo renacentista, cuyas tablas se atribuyen a Fray Alonso de Zamora, el «Maestro de San Pedro de Tejada». A finales del siglo XVIII, el sistema monástico tradicional empezó a mostrar signos de agotamiento; aunque, por su dependencia de Oña, el edificio no se arruinó, quedó como una «parroquia rural».
Con la desamortización, la iglesia fue vendida en subasta pública, pasando a manos privadas, sirviendo a veces para labores de labranza de distintos propietarios.
La ermita de San Pedro de Tejada está situada en Puente-Arena. Es un ejemplo deslumbrante del románico español. Destaca por su armonía y riqueza decorativa. Construida con una piedra de tono dorado de excelente calidad que, con la luz del atardecer, hace que la fábrica resalte de forma especial.
San Pedro se encuentra en una finca privada, rodeada de campos de cultivo y, como telón de fondo, la Sierra de la Tesla.
Finas apoyadas en contrafuertes que terminan en capiteles esculpidos. En cada lienzo hay un vano ciego, salvo el del centro, que es muy estrecho, pero permite el paso de luz al interior. Una cenefa ajedrezada divide al ábside en dos cuerpos y hace las veces de guardapolvos en los arcos de las ventanas.
Los muros son de piedra de sillería arenisca de excelente calidad. El corte de los bloques, al estar muy ajustados, les da solidez y elegancia. Dos molduras horizontales le dividen en niveles. Los muros laterales muy gruesos están reforzados por contrafuertes para soportar el peso de las bóvedas y entre ellos hay ventanas saeteras decoradas con una arquivolta de baquetón y guardapolvos ajedrezado.
La fachada, formada por dos cuerpos, es una joya del románico. El cuerpo inferior integra la puerta de acceso. Tiene soberbio friso en las enjutas y un tejaroz con canecillos. El piso superior tiene una sola ventana con un arco lobulado.
La puerta de acceso sobresale ligeramente del muro. Está formada por cuatro arquivoltas con arcos de medio punto. Las interiores están decoradas con motivos vegetales, roleos y molduras, y la exterior con guardapolvo ajedrezado. Los arcos descansan sobre capiteles de cestas vegetales, salvo uno en la izquierda en el que hay una figura humana muy erosionada. Los capiteles se apoyan en pares de columnas acodilladas. El tejaroz está sostenido por ocho canecillos. Hay un músico tocando un instrumento de cuerda que representa la alegría espiritual. Un hombre cargando un tonel a la espalda que se interpreta como una advertencia contra la embriaguez. Una figura humana con las piernas hacia la cabeza que simboliza el desorden moral. Un lobo con las fauces entreabiertas, como alegoría de las fuerzas del mal. Un clérigo con las Sagradas Escrituras para explicar el buen camino. Un rostro con rasgos muy marcados, posiblemente un rústico o un pecador. Un ser híbrido, común en el bestiario románico para infundir temor a lo desconocido. Y un pecador con bolsa al cuello que representa la avaricia. El tímpano y las enjutas son fantásticas. El centro lo ocupa un pantocrátor dentro de una mandorla, flanqueado por un tetramorfos En las enjutas están las figuras de los apóstoles; seis a cada lado. Debajo de los apóstoles del lado izquierdo hay un extracto de la Última Cena con Cristo presidiéndola y a su lado, recostado sobre su pecho, San Juan Evangelista y al otro lado Judas: Una síntesis magistral de la Última Cena; al cantero le bastó con tres relieves para recrear el drama. Cristo en el centro, custodiado por la confianza y entrega de Juan y por la traición de Judas. La «soledad» de los tres y el detalle del tallado hacen que el relieve sea muy diferente a los que se ven en otros templos románicos. Debajo de los apóstoles de la derecha hay un león con un hombre a sus pies. El león se asocia con Cristo, «que perdona al caído y a quien le implora”. Un símbolo muy común en el románico de la comarca
En el segundo cuerpo de la fachada, en el centro del mural triangular, hay un estrecho ventanal con un arco de tres lóbulos.
La torre campanario se levanta sobre el primer tramo de la nave. Se construyó para dar estabilidad utilizando una piedra más porosa y menos pesada. El primer cuerpo tiene dos arcos ciegos en cada cara. El superior tiene en cada lado dos ventanales con un ajimez y arcos envolventes para guardar las campanas. Las aristas de las esquinas y las del centro terminan en capiteles animados.
La torre llamada El Husillo es un cilindro que contiene una escalera de caracol. Lo interesante es ver cómo un volumen cilíndrico se une al muro recto de la fachada. Un contraste de formas de una línea recta frente a una curva.
Es difícil hacer una descripción de todas las esculturas y relieves que hay en los canecillos y capiteles exteriores. Hay imágenes de animales como águilas, leones, ciervos, cabras, lobos, perros, incluso un mono. Alguno de ellos está atrapando a algún animalillo. Hay que recordar que en el románico del castellano norte son muy numerosos los relieves del bestiario: dragones, arpías, grifos. Dentro de las representaciones humanas, hay músicos con fíbula y arpa; una mujer con un niño, clérigos con libros en diferentes actitudes, un obispo con báculo bendiciendo; una pareja enseñando sus sexos, un anciano con bastón, un espinario, una mujer con serpientes en sus pechos, Sansón desquijarando el león y un largo etcétera. Se dice que sigue a estela del llamado Segundo Taller de Silos, pero San Pedro de Tejada es anterior a esos talleres.
La puerta secundaria está en el muro norte.
Dentro del templo, la sensación arquitectónica no varía. La nave está dividida en tramos. Se cubren con bóvedas de medio cañón reforzadas por arcos fajones que se apoyan en semicolumnas.
La cabecera y el presbiterio están cubiertos por una bóveda de medio cañón. El ábside tiene el ventanal saetero que se veía en el exterior. Debajo hay una arquería con cinco arcos sobre columnas que se prolonga en el presbiterio.
En el crucero se levanta una cúpula semiesférica apoyada sobre trompas que sirve de base a la torre. Sobre el crucero se eleva un cimborrio sostenido por trompas, que al exterior se traduce en una torre cuadrangular con arquerías ciegas. Según los arquitectos, una solución técnica muy avanzada para la época.
Entre los capiteles de las columnas estructurales hay varias escenas bíblicas como la liberación de San Pedro, la Última Cena o un Cristo Majestad con el Tetramorfos.




























PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR A:
1- Del Rivero, Enrique (1998). Rincones singulares de Burgos. El sur de Las Merindades. Caja de Burgos.
2-Valdivielso Ausín, Braulio (1999). Rutas del románico en la provincia de Burgos. Ediciones Castilla.
3-Alonso de Armiño, Joaquín (1988): San Pedro de Tejada y su retablo.
4-Temiño, María Jesús (2012): El arte románico en la merindad de Valdivielso. Burgos: Arte y Natura.
5- López Mata, Teófilo: San Pedro de Tejada.
6- Elespe Esparta, José Manuel: Arte románico en San Pedro de Tejada
7-García Guinea, M. A. (2002): Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Burgos. Aguilar de Campoo: Fundación Santa María la Real.
8-Pérez Carmona, José (1975): Arquitectura y escultura románicas en la provincia DE Burgos.