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INTRODUCCIÓN.

El Monasterio de Nuestra Señora de Prado es el convento más grande de los fundados en Valladolid. Por su envergadura, por su contenido y porque fue regentado por los jerónimos, fue conocido como «El Escorial vallisoletano”.

El Monasterio no solo fue un centro religioso, sino que, gracias a las bulas de indulgencia, una potente industria de la imprenta. Por ellas se financiaron grandes proyectos monacales y de la Corona. Se perfeccionaron técnicas de impresión masiva y se crearon medidas de seguridad, como las marcas de agua para evitar falsificaciones.

ORIGEN DEL MONASTERIO.

En la Edad Media, en la orilla derecha del Pisuerga hubo una ermita regentada por la cofradía de San Lázaro Mendigo, donde se veneraba la imagen de Nuestra Señora de Prado. No hay documentación de sus orígenes, pero sus cofrades cuidaban a enfermos contagiosos. La ermita era propiedad de la Colegiata de Santa María la Mayor de Valladolid.

Transcurría el año 1440 cuando, reinando en Castilla Juan II, el abad Roberto de Moya entregó la ermita a la orden de San Jerónimo para que fundaran un monasterio bajo la advocación de Nuestra Señora de Prado. La donación del abad fue decisiva para que Ruy González de Avellaneda y su mujer doña Isabel de Ávila hicieran una donación económica a un grupo de monjes jerónimos con el prior Sancho de Burgos del Monasterio de La Olmedilla para que se instalaran en esa ermita. Doña Isabel de Ávila cumplió las mandas testamentarias cuando murió su marido, destinando una importante suma de maravedíes para levantar el convento. Doña Isabel es considerada la verdadera fundadora.

HISTORIA DEL MONASTERIO.

A Sancho de Burgos le sucedió en el priorato Juan de Valladolid, que amplió las instalaciones conventuales. El monacato no tomó cuerpo hasta 1486, cuando los Reyes Católicos, a petición de Fray Hernando de Talavera, se convirtieron en protectores del monasterio. Los reyes mandaron reedificar el monasterio y construir una iglesia gótico-mudéjar. Gracias al impulso de Talavera y al patrocinio de los Reyes, el convento se convirtió en uno de los centros jerónimos más importantes de España.

El convento surgió por el fervor religioso popular y por la voluntad de nobles y monarcas.

Fray Hernando fue uno de los grandes pensadores de su tiempo. Fue profesor de filosofía moral en Salamanca e ingresó en la orden jerónima en 1470. Fue confesor de la infanta Isabel y siendo reina, uno de sus principales consejeros. Recibió a Colón en el monasterio e influyó en Isabel para que tomara en cuenta el proyecto del navegante en la búsqueda de una nueva ruta para las Indias. Fray Hernando, nombrado obispo de Ávila en 1486 y de Granada en 1493, se opuso a la Inquisición. Fue encarcelado en 1505 por el inquisidor de Córdoba y murió en 1507.

Después de la conquista de Granada, el sultán Muley Hacén, hermano del emir Boadbil, y su mujer Soraya, una cristiana llamada Isabel de Solís capturada en Jaén, adquirieron en el siglo XVI el patronazgo de la capilla mayor de la iglesia conventual para convertirla en panteón familiar. Sus hijos Juan y Fernando, convertidos al cristianismo, formaron uno de los linajes más importantes de Valladolid, conocido como “los infantes de Granada”.

La imprenta llegó a España en la década de 1470 y las máquinas de impresión se instalaron en el monasterio en el 1481. Un hecho histórico que convirtió al convento jerónimo en el centro tipográfico más importante de España e incluso de Europa. Los tipógrafos trabajaron en las instalaciones bajo la supervisión de los monjes imprimiendo indulgencias o bulas de cruzada.

En el siglo XVI, Carlos I concedió al monasterio el privilegio exclusivo para imprimir las Bulas de la Santa Cruzada. Se construyó dentro del recinto monacal en 1550 un edificio específico, conocido como «La Casa de la Imprenta». El monasterio se convirtió en la «fábrica» más importante de Europa por el número de bulas y de libros impresos. 

A principios del siglo XVII, Valladolid se convirtió en la capital del Imperio Español y el monasterio cobró un renovado protagonismo por su vinculación con la Corona.  En 1605, se llevaron a cabo las obras que dieron monumentalidad al monasterio. Fue una etapa de transformación arquitectónica y de consolidación de poder religioso y cultural. El arquitecto real Francisco de Praves fue contratado para ampliar el convento. Bajo su dirección se construyó el llamado Claustro de Praves en el año 1611; un patio claustral de estilo herreriano sobrio y elegante. Fiel reflejo de la estética de la corte de Felipe III. Por su condición real, el monasterio levantó unas salas y habitaciones para recibir a la familia real.

En 1629, tuvo lugar una curiosa disputa jurídico-legal. Francisco Luis de Alencastre, descendiente de los “Infantes de Granada”, demandó a la orden porque los monjes habían retirado los lujosos sepulcros de alabastro de su familia alegando que «estorbaban durante las reformas de la capilla mayor”. La justicia obligó a los monjes a reponer las sepulturas y respetar la memoria de los patrones de la capilla mayor.

Aunque la imprenta funcionaba desde el siglo XV, fue durante el siglo XVII cuando aumentó su prestigio como sede de la Real Imprenta de Bulas, convirtiéndose en un motor financiero de primer orden. Se imprimían miles de «Bulas de Cruzada» para España y sus posesiones en Europa, en Hispanoamérica y en Filipinas. Una actividad que dio nombre al “Claustro de las Bulas”. El monasterio también funcionaba como industria agropecuaria de gran calado, dando trabajo y riqueza a la comarca.

Durante el siglo XVIII, el convento mantuvo su estatus de centro religioso y cultural y un punto clave para la corona y la nobleza. En este siglo se llevaron a cabo importantes obras de renovación estética. Albergó obras de incalculable valor, incluyendo pinturas de la escuela madrileña y piezas de orfebrería que consolidaron su fama como el «Escorial Vallisoletano». Al igual que en siglos anteriores, el monasterio mantuvo sus estancias preparadas para recibir a la familia real y continuó siendo un lugar de prestigio para el entierro de nobles y benefactores, lo que generaba constantes donaciones y vínculos.

El 1 de octubre de 1734, una tormenta desbordó el arroyo del Prado, inundando las dependencias y destruyendo valiosos ornamentos y mobiliario. El 1738 sucedió lo mismo y por la misma causa.

El monasterio no fue ajeno al reformismo borbónico. Durante los reinados de Fernando VI y Carlos III, los gobiernos de la Ilustración empezaron a presionar a las órdenes religiosas para que fueran «útiles» a la sociedad en la enseñanza, agricultura o beneficencia. Aunque el apogeo técnico fue en el siglo anterior, el monasterio siguió siendo un referente en la impresión de documentos. Siguió emitiendo bulas a los fieles para adquirir privilegios espirituales a cambio de una aportación económica.

La imprenta fue trasladándose poco a poco a la “Real Imprenta de Bulas” de Madrid. Hacia 1790, el monasterio comenzó a sufrir los primeros síntomas de la crisis. Con el ambiente que se creó con la Revolución Francesa se empezaron a desestabilizar las rentas del monasterio.

 En el siglo XIX, la guerra de la Independencia marcó el inicio del fin.  Después de haber sido durante siglos un centro cultural y espiritual de primer orden, el conflicto lo convirtió en un escenario de ocupación, vandalismo y decadencia. Por su situación y tamaño sufrió un destino especialmente duro. Las tropas francesas ocuparon el edificio y lo transformaron en un cuartel para alojar soldados y en un hospital para sus heridos. Durante el invierno, los soldados franceses, para calentarse, destrozaron gran parte del mobiliario, puertas, ventanas y retablos que utilizaron como leña.  Muchas de las piezas de oro, plata y obras de arte que albergaba el convento fueron saqueadas. Después de la guerra, el monasterio no se recuperó. Durante el trienio liberal de 1821 fue suprimido. La desamortización de Mendizábal de 1835 fue el golpe definitivo. Los monjes fueron expulsados y el monasterio exclaustrado, su patrimonio disperso y el complejo monástico pasó a manos del Estado.

En el año 1851 se consolidó como prisión provincial. A pesar de la ruina, la fachada barroca se mantuvo en pie y fue declarada Monumento Nacional en 1877, lo que evitó que el edificio fuera demolido.

A finales del siglo, en 1899, el edificio cambió de uso una vez más para convertirse en el Manicomio Provincial, función que desempeñaría durante gran parte del siglo XX. Es sorprendente cómo un convento fundado para la oración fuera en el siglo XIX un lugar de sufrimiento.

Durante la primera mitad del siglo XX, el complejo siguió siendo un hospital psiquiátrico. En enero de 1975, las “Hijas de la Caridad” que cuidaban a enfermos fueron trasladadas al nuevo psiquiátrico conocido como Dr. Villacian. El convento cesó su actividad y el edificio fue abandonado en un estado de ruina.

En 1980 se inició un proyecto de rehabilitación. En el año 1989, el complejo pasó a ser propiedad de la Junta de Castilla y León.  Hoy en día alberga las oficinas de la Consejería de Educación y la Consejería de Cultura, Turismo y Deporte.

ARQUITECTURA DEL MONASTERIO. 

Nuestra Señora del Prado es el conjunto arquitectónico más grande de Valladolid. Su planta es un rectángulo incompleto organizado de acuerdo con la orden jerónima en torno a tres grandes claustros.

Como su construcción fue un proceso largo, abarcó varios estilos artísticos. La fundación original fue gótica. En el siglo XVI el monasterio se expandió bajo una reconstrucción herreriana. Entre los siglos XVII y XVIII se hicieron grandes obras barrocas en las que se incluye la fachada, un claustro y varias dependencias comunes como la sala capitular, la biblioteca y el refectorio.

El Monasterio fue en ocasiones residencia para los reyes en sus visitas a Valladolid. Los Reyes Católicos y Carlos V frecuentaron el monasterio, lo que obligó a mantener las habitaciones de la hostería con una dignidad superior. Por su condición de patronazgo real, tuvo que mantener las habitaciones reales independientes de la clausura; debían tener acceso directo a la iglesia y vistas al Pisuerga.

LOS CLAUSTROS.

El Monasterio tiene tres claustros que son el eje central de su estructura y reflejan las diferentes etapas históricas del edificio:

El Claustro de las Bulas es quizás el más emblemático. Recibe ese nombre cuando en 1481 se instaló la Real Imprenta de Bulas por orden de los Reyes Católicos. Durante mucho tiempo fue el centro de la actividad administrativa y productiva del monasterio. Recibe también el nombre de «Claustro del Tiempo» porque conserva en sus muros dos relojes singulares: uno de Sol y otro de Luna, algo muy poco común en la arquitectura monástica española.

“El Claustro de Praves” Fue proyectado en 1611 por Francisco de Praves y es un elemento clave del clasicismo vallisoletano. Es un patio de planta cuadrada construido en piedra de Campaspero, con dos pisos, que destaca por su pureza y austeridad.  El nivel inferior consta de arquerías de medio punto con pilastras de orden toscano, mientras que el nivel superior utiliza el orden corintio. Los pisos están cubiertos con bóvedas de crucería evolucionada.

El Claustro llamado de Fray Pedro Martínez o el “tercer claustro”. Se levantó durante las reformas monacales de finales del siglo XVII y principios del XVIII. Sirvió para ampliar las dependencias monacales. Mantiene una línea sobria, pero tiene un estilo barroco de transición. Se terminó hacia 1726 y se cree que hubo una colaboración entre fray Pedro y el arquitecto Pedro de la Visitación.

La escalera está situada entre los dos claustros principales: “El Claustro de las Procesiones o de Praves y el de las Bulas o del Tiempo. Es de tipo imperial. Comienza con un tramo central y, después de un descansillo, se divide en dos trayectos laterales que ascienden en sentido inverso a la planta superior. Es uno de los elementos destacados del conjunto. Está cubierta con bóvedas decoradas con yeserías del siglo XVIII que le dan un cierto dinamismo barroco. Se construyó para dotar de jerarquía y categoría al centro más importante de impresión de las Bulas de Cruzada.

Debido a la coincidencia de fechas y estilo, muchos especialistas creen que la escalera es obra del proyectista Pedro de la Visitación y que la decoración de yesería es de la Escuela de los Tomé, el autor del Transparente de la Catedral de Toledo y de la fachada de la Universidad de Valladolid. Los Tomé trabajaron intensamente en Valladolid y marcaron un estilo barroco muy decorativo.

LA ENTRADA PRINCIPAL AL CONVENTO

La fachada principal del convento está situada en el muro oriental. Como iba a ser el acceso principal al complejo monástico, la orden le encargó el proyecto al maestro diseñador benedictino Fray Pedro Martínez. La obra se terminó en 1726 y sobresale por su extraordinaria composición; de tal forma es una de las joyas del barroco vallisoletano. La fachada impresionaba a los que llegaban de la ciudad o a los que iban a visitar el templo. Está concebida como un gran retablo de piedra. A diferencia de la sobriedad del resto del edificio, es una portada barroca columnaria que se caracteriza por un juego de volúmenes con columnas exentas y una hornacina central que originalmente albergaba la imagen de la Virgen del Prado. Se divide en tres cuerpos horizontales y tres calles verticales con elementos que cambian de tamaño de abajo arriba. Está construida con piedra caliza, que con el tiempo ha tomado ese tono blanco dorado tan característico de los monumentos de Valladolid.

 El cuerpo inferior se organiza mediante cuatro columnas dóricas que asientan sobre potentes pedestales. A cada lado de las columnas, se sitúan dos grandes hornacinas. Las columnas son de fuste liso y le dan ese aire monumental y sobrio. El acceso al convento se hace a través de una gran puerta adintelada con un arco de medio punto que tiene la clave resaltada.

Inmediatamente encima de la puerta hay una cornisa de vuelo que sirve de base para el cuerpo intermedio donde está el elemento central de la composición: Un hueco de medio punto, que ahora es una ventana adintelada. La hornacina se hizo para albergar la imagen de la Virgen del Prado. Está decorada con seis pilastras dóricas, con baquetones y con triángulos y molduras quebradas para crear luces y sombras muy típicas del barroco.

El cuerpo superior adornado con volutas laterales y pináculos se estrecha y termina en un frontón triangular quebrado. En el centro asienta el escudo de los Reyes Católicos, flanqueado por dos torres circulares que le dan un aire de realeza.

Esta fachada es una de las obras cumbre del barroco vallisoletano, como señalan las líneas curvas de los remates y las cornisas quebradas que se retraen o se pronuncian hacia afuera. Destacan algunos elementos clave que le imparten cierto dinamismo: No es una fachada plana, tiene un movimiento muy sutil que parece «empujar» la estructura hacia el espectador. Al ser un monasterio jerónimo, la decoración refuerza su vinculación con la corona, que es visible en la calidad de los materiales y en la heráldica.

Con la guerra de la independencia de 1808, el trienio liberal de 1821, que suprimió el convento, y la desamortización de 1835, el monasterio perdió su mobiliario original. Sus retablos, tallas y pinturas, en el mejor de los casos, están en iglesias o museos. Su interior está casi vacío, lo que permite apreciar mejor la potencia de su arquitectura y el diseño de los techos.

LA IGLESIA

La Iglesia forma parte del monumental conjunto monástico. Fue mandada construir por los Reyes Católicos y está orientada con la cabecera al este. Ha sufrido numerosas reformas y ampliaciones, especialmente en el siglo XVII.

En el año 1637, la comunidad le encargó al maestro José Martín un nuevo órgano, lo que indica que la vida litúrgica y musical del monasterio era de primer nivel.

En 1643 se llevaron a cabo varios trabajos en el interior de la iglesia. Según los registros documentales, se contrataron las obras para las bóvedas de la capilla mayor y las laterales para consolidar la estructura gótica.

En el año 1674, el número de monjes había aumentado considerablemente y la iglesia gótico-mudéjar se había quedado pequeña. Era necesario un templo más grande, pero tenía que seguir las trazas del foco clasicista de Valladolid. El monacato contrató a los maestros de obra Nicolás Bueno y Cristóbal Jiménez, que reedificaron un nuevo templo haciendo una sustitución programada. Desmontaron gran parte de la estructura antigua y levantaron una de nueva traza. Construyeron una planta de cruz latina, una cúpula, unas espectaculares bóvedas adornadas con yeserías y una sacristía.

Los maestros conservaron la portada occidental del templo del siglo XV, una pieza de transición entre el primer núcleo monacal de 1441 y las obras de finales del siglo XV, como un testigo directo de la intervención de fray Hernando de Talavera y la ayuda de la reina Isabel. La fachada se organiza como un gran paramento pétreo vertical de sillería caliza. Carece de decoración escultórica y responde al concepto funcional, sobrio y austero del gótico castellano de la arquitectura jerónima.

En el cuerpo inferior se abre una sencilla puerta enmarcada por un leve relieve y ligeramente adintelada para reforzar el efecto del grosor del muro. Encima de la puerta surge una ventana esbelta, bien integrada en el lienzo, construida para iluminar el coro y el tramo occidental de la nave. Entre puerta y ventana se aprecia un arco de descarga ciego.

 Lo que define la fachada son dos grandes torreones macizos de planta circular situados en los extremos, flanqueando el cuerpo central. Están construidos en piedra sin ornamentación; solo unas impostas definen los niveles y refuerzan su aspecto. Se ha dicho que actúan como contrafuertes de la nave y para enseñar la fortaleza espiritual que ofrecen los monasterios.  Su diseño macizo y cilíndrico otorga al conjunto un aire de iglesia-fortaleza. Está rematada por una espadaña de dos pisos organizada en dos niveles horizontales con dos huecos en el primer nivel y uno en el superior. La estructura culmina con un frontón triangular que le confiere un cierre geométrico.

En el siglo XVII los maestros de obra construyeron una nueva puerta en el muro lateral de la Epístola, es decir, en el muro sur. La fachada tiene una composición clásica. En el primer cuerpo hay una puerta rectangular enmarcada por molduras sencillas, sin excesiva ornamentación, acorde con el carácter austero del conjunto. En los laterales hay unas pilastras de orden clásico. En el cuerpo central destaca una hornacina vacía de la que se dice que fue lugar para albergar la imagen de San Jerónimo. La calle central termina en un frontón triangular quebrado como insignia del barroco. Son visibles y significativos los remates de bolas de estilo herreriano de las esquinas. En el piso superior está El Escudo Real.

Por dentro, el templo tiene una planta de cruz latina, pero mantiene los muros originales reforzados por fuera con contrafuertes. La reforma de 1674 elevó y transformó el espacio del templo. La nave está flanqueada por capillas laterales. Son espectaculares las bóvedas de cañón cuajadas de yeserías barrocas ornamentadas con formas vegetales y figuras geométricas que dan al espacio un aire lujoso y dinámico. Muchas yeserías conservan restos de color, que acentúan el juego de luces y sombras cuando entra el sol por las ventanas.

En el crucero se levanta una cúpula que se apoya en pechinas decoradas con escudos y figuras religiosas de la Orden de San Jerónimo. La cúpula no es visible desde el exterior, pero por dentro organiza el presbiterio.

Una de las joyas de la iglesia es la sacristía. Es el punto culminante del trabajo de Bueno y Jiménez. Es una sala amplia de planta rectangular. Está cubierta con bóvedas de crucería tardía y decorada con yeserías policromadas de motivos geométricos y vegetales que realzan la altura del espacio. La decoración es más densa y rica que la de la nave principal. Son la mejor muestra del barroco decorativo vallisoletano. Una pasarela o galería superior recorre el perímetro de la estancia para acceder a las bóvedas y mantener su limpieza lo cual es un detalle poco común en las sacristías de la época.

En las paredes y bóvedas del templo se conservan restos de pinturas murales que representan santos vinculados a la Orden de San Jerónimo. Aunque con el paso del tiempo encuentran dañadas, su restauración ha permitido recuperarlas en parte.

 

 

 

 

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR:

García Bustamante, Agustín (1983).  La arquitectura clasicista del foco vallisoletano: 1561-1640. Valladolid: Institución cultural Simancas.

Domínguez Casas, Rafael (1993).  Arte y etiqueta de los Reyes Católicos: artistas, residencias, jardines y bosques. Alpuerto Madrid.

PALLADIO, Andrea (1986). Colegio Oficial de Arquitectos de Castilla y León, Junta de Castilla y León, ed. Libros I, Valladolid.

Postigo Castellanos, Elena (1989).  El Real Monasterio de Prado de Valladolid en la época moderna. Valladolid: Diputación Provincial de Valladolid.

PONZ, Antonio (1988) Viaje por España. Aguilar Madrid

Resines Llorente, Luis (1993).  Hernando de Talavera, prior del Monasterio de Prado. Valladolid: Junta de Castilla y León. Consejería de Cultura y Turismo. 

Ruiz Hernando, José Antonio (1995). Un monasterio de arquitectura jerónima. Nuestra Señora de Prado. Valladolid: Junta de Castilla y León, Consejería de Cultura y Turismo.

CANESI ACEVEDO, Manuel. Historia de Valladolid. Grupo Pinciano

Variaciones fotográficas en el Monasterio de Prado. (1995).  Valladolid: Junta de Castilla y León