Este artículo se lo dedico a mi buen amigo Máximo Villalba, natural de la zona de Medina de Rioseco.
INTRODUCCIÓN
El almirantazgo de Castilla surgió por la necesidad de que una autoridad competente dirigiera la Armada castellana. El cargo, creado en el siglo XIII por Fernando III, fue ocupado de manera discontinua por varios marinos. Para alcanzar el nombramiento era obligado “ser sabidor de los fechos de la mar e de la tierra”; es decir, conocer en profundidad la navegación, la logística y la estrategia naval, así como las operaciones terrestres asociadas. Además, debía ser “un hombre valiente, esforzado, con capacidad de mando para gobernar flotas con las que conquistar ciudades portuarias del sur y proteger y custodiar las aguas del Estrecho”.
El almirante de la Armada tenía amplias facultades judiciales y administrativas. La capacidad técnica era el fundamento para alcanzar el mando. A partir de finales del siglo XIV, salvo excepciones como la de Ambrosio Bocanegra, el cargo comenzó a recaer en miembros de la nobleza.
El título de almirante de Castilla fue uno de los más importantes de la Corona castellana en la Edad Media. Desde 1405 la familia Enríquez lo mantuvo de forma hereditaria durante 300 años, aunque desde los Reyes Católicos sin poder militar ejecutivo. El título fue suprimido a principios del siglo XVIII y restablecido en varias ocasiones.
LOS MATRIMONIOS DE CARLOS II
Carlos II se casó en primeras nupcias con María Luisa de Orleans, en un matrimonio de conveniencia para favorecer un acercamiento diplomático entre Francia y España. María Luisa murió en 1689 a los 26 años; una pérdida muy sentida para el rey, que estaba profundamente enamorado de ella.
Años después, en 1690, contrajo un segundo matrimonio con Mariana de Neoburgo, una alemana perteneciente a una familia conocida por su gran fertilidad. Fue elegida con la esperanza de que pudiera dar un heredero al trono.
MUERTE Y TESTAMENTO DE CARLOS II
El testamento de Carlos II es uno de los documentos más importantes de la historia de España, pues su decisión tuvo consecuencias para toda Europa.
Al morir sin hijos, Carlos II tuvo que elegir un heredero entre los candidatos con derechos dinásticos. En su testamento nombró sucesor al príncipe francés Felipe de Anjou, nieto de su media hermana María Teresa de Austria y de Luis XIV de Francia, el Rey Sol, con la condición de que Felipe renunciara a sus derechos al trono francés. El objetivo era preservar la integridad de la Corona española. Si Felipe rechazaba la oferta, el elegido sería el archiduque Carlos de Austria.
El 1 de noviembre de 1700 Carlos II murió sin descendencia. Según el acta testamentaria, el trono correspondía a Felipe de Anjou, de la Casa de Borbón, pero el emperador Leopoldo I no aceptó la decisión, pues aspiraba a que el trono recayera en su segundo hijo, el archiduque Carlos.
Felipe de Anjou aceptó la Corona y fue proclamado rey como “Felipe V de España”. Las cancillerías de las potencias europeas se alarmaron, temiendo el enorme poder que podría adquirir la Casa de Borbón. Ese recelo llevó a la formación de una gran coalición en 1701 conocida como la Gran Alianza de La Haya, integrada por el Sacro Imperio Romano Germánico, Inglaterra, Escocia y los Países Bajos; posteriormente se unieron Portugal, el ducado de Saboya y el principado de Prusia. Su objetivo era evitar que los Borbones controlaran los tronos de España y Francia.
La guerra terminó en 1713 con el Tratado de Utrecht, que reconoció a Felipe V como rey de España a cambio de importantes pérdidas territoriales españolas en Europa.
LA GUERRA DE SUCESIÓN
La Guerra de Sucesión española comenzó en 1701 tras la creación de la Gran Alianza para oponerse al nombramiento de Felipe de Anjou.
El apoyo a Felipe V fue mayoritario en los reinos de Navarra y Castilla. La nobleza, la burguesía y el pueblo, cansados de la ineficacia de los últimos Austrias, buscaban una mayor estabilidad política y una administración más eficaz y centralizada.
El archiduque Carlos encontró su principal apoyo en la Corona de Aragón, especialmente en los condados catalanes, que temían perder sus fueros e instituciones ante la política centralizadora de los Borbones. El archiduque prometió respetar las instituciones catalanas.
Los ingleses, interesados en debilitar a España, firmaron con representantes catalanes el Pacto de Génova (1705), por el que se comprometían a proporcionar apoyo militar y garantizar el respeto a las instituciones catalanas. En esencia, la nobleza y el clero catalanes buscaban preservar su poder territorial amparándose en la autonomía de sus posesiones.
Aunque la mayoría de la nobleza castellana apoyó a Felipe V, algunos nobles se unieron a la causa del archiduque, entre ellos el almirante de Castilla, que huyó a Lisboa dejando abandonados a sus partidarios.
EL ALMIRANTAZGO DE CASTILLA
El título de almirante de Castilla era uno de los más importantes de la Corona. Designaba al jefe naval del reino, encargado de dirigir la Armada, supervisar puertos estratégicos, organizar flotas y comandar operaciones marítimas en tiempos de guerra.
El título fue creado en 1247 por Fernando III el Santo, quien nombró almirante al burgalés Ramón de Bonifaz. Este armó en los astilleros de Santoña, Santander y Castro Urdiales una flota de entre 20 y 30 embarcaciones, con 13 o 17 naves mayores según los historiadores, y el resto de menor tamaño, con las que puso rumbo a Sevilla en 1248.
El noble gallego capitán de la flota Payo Gómez Chariño dio la orden de romper las cadenas que los musulmanes habían tendido para bloquear el Guadalquivir y fue premiado con el cargo de almirante tras Bonifaz. Dos años después, el oficio pasó a los hermanos Díaz de Castañeda. Más tarde lo ostentaron Benedetto Zaccaria, conquistador de Tarifa bajo Sancho IV, y posteriormente Álvar Páez, hijo de Payo Gómez.
En los siglos XIII y XIV, el título se otorgaba a marinos y militares que destacaban por sus méritos y sus conocimientos del mar, así como por los servicios prestados al reino.
En 1372 era almirante el genovés Ambrosio Bocanegra, figura clave en la victoria de la batalla de La Rochelle contra la flota inglesa, decisiva para asegurar el dominio marítimo castellano en el Cantábrico y el mar del Norte. Le sucedió Fernando Sánchez de Tovar, una figura central en las campañas navales contra Inglaterra.
En 1405, Alfonso Enríquez recibió el título de almirante mayor de Castilla de manos del rey Enrique III. La designación fue promovida por su esposa, Juana de Mendoza, hermana del anterior almirante, Diego Hurtado de Mendoza. Alfonso Enríquez era hijo de Fadrique, hermano del rey Enrique II, primo segundo de Enrique III y miembro del linaje real. La familia Enríquez llegó a convertirse en una de las casas nobiliarias más influyentes de Castilla.
La casa Enríquez ostentó el cargo hereditario durante casi 300 años. En 1424 establecieron su sede social, política y económica en Medina de Rioseco, elegida por su enorme riqueza. La villa era conocida como “la villa de los mil millonarios”.
A partir de los Reyes Católicos, la jefatura naval pasó a instituciones más modernas. A personajes realmente implicados, conocedores de la mar. El título hereditario se mantuvo como honor cortesano y como fuente de rentas, con derechos en la justicia marítima y en las “presuntas rentas de la mar”.
Entre los miembros destacados del linaje figuran Fadrique Enríquez II, personaje central en la política castellana; Enrique Enríquez de Mendoza, conde de Alba de Liste; Juana Enríquez, madre del rey Fernando el Católico; Fadrique Enríquez de Velasco, IV almirante y I conde de Melgar, consejero real; y Juan Tomás Enríquez de Cabrera, XI y último almirante de Castilla, condenado por delito de lesa majestad.
En enero de 1726, Felipe V emitió una Real Cédula que suprimía el título de almirante de Castilla como dignidad hereditaria de los Enríquez. Juan Tomás Enríquez de Cabrera, último titular, había apoyado al archiduque Carlos durante la Guerra de Sucesión, por lo que sus rentas fueron confiscadas.
Con Felipe V, la dirección de la Armada se canalizó a través de la Secretaría de Estado de Marina.
En 1806, Godoy intentó restablecer el almirantazgo, pero la Guerra de la Independencia impidió su desarrollo.
En 1855 se restableció nuevamente el Almirantazgo con funciones consultivas, aunque sin autoridad ejecutiva. El siglo XIX fue muy difícil para la Armada, que perdió las provincias de ultramar, aunque también fue pionera en avances técnicos como en la creación del primer buque destructor en 1887 y el submarino de Isaac Peral en 1888.
La derrota naval en la guerra contra Estados Unidos en 1898 supuso la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, así como el declive definitivo de la Armada como potencia.
MEDINA DE RIOSECO
En los siglos XV y XVI, Medina de Rioseco, Medina del Campo y Villalón formaron el llamado “Triángulo de las Ferias”. Fueron centros cruciales para la economía castellana. Se convirtieron en importantes plazas financieras donde, además del comercio de mercancías, se realizaban operaciones de crédito, préstamos y pagos mediante letra de cambio. Un documento ideado en Italia en el siglo XII por la necesidad de los comerciantes de mover grandes sumas de dinero a distancia de forma segura, evitando los riesgos del transporte físico de monedas.
En 1389, Juan I de Castilla concedió a Medina de Rioseco los títulos de Muy Noble y Leal, como recompensa por el apoyo militar prestado durante la crisis sucesoria. El rey dotó a la villa de un escudo de armas con un castillo y una cabeza de caballo, símbolos de fortaleza e hidalguía.
Las ferias concedidas por Enrique IV, los Reyes Católicos, Juana I, Carlos I y Felipe II hicieron que la villa alcanzara una notable prosperidad en el siglo XVI.
Los Enríquez la escogieron como sede por su importancia comercial, geográfica y económica, de modo que pasó a ser conocida como “la Ciudad de los Almirantes”.
En 1538, tras apoyar la causa realista, el emperador Carlos V concedió a Fernando Enríquez Fernández de Velasco, V almirante de Castilla, el título de duque de Medina de Rioseco, con carácter hereditario y con Grandeza de España. El linaje se consolidó como una de las casas ducales más poderosas.
Durante el siglo XVI se levantaron edificios palaciegos, especialmente el palacio de los almirantes, se fundaron cofradías penitenciales y se construyeron hospitales, corrales de comedias y cuatro grandes templos: la iglesia de Santa María, conocida como la Capilla Sixtina de Tierra de Campos, las iglesias de Santiago y Santa Cruz y el convento de San Francisco.
En 1632 Felipe IV concedió el título de ciudad a Medina de Rioseco como reconocimiento a los “muchos, buenos y leales servicios” prestados a la Corona.
COROLARIO
En los siglos XX y XXI, la estructura de mando de la Armada corresponde al Ministerio de Defensa. El título de almirante general es el máximo rango militar de la Marina, un cargo operativo moderno, no una figura administrativa hereditaria.
Por enlaces matrimoniales y derechos sucesorios, el ducado de Medina de Rioseco pasó a integrarse en los numerosos títulos de la Casa de Osuna, una de las más importantes de España entre los siglos XIX y XXI.




















PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR
- García Escobar, V. Los almirantes de Castilla. Semanario El Español.
- Ortega Rubio, J. Los pueblos de la provincia de Valladolid. Maxtor, edición facsímil, 2010.
- Torres Balbás, L. Medina de Rioseco.
- Castro y Castro, R. del. El Real Monasterio de Santa Clara y los Enríquez, almirantes de Castilla. Institución Tello Téllez de Meneses y Diputación Provincial de Palencia.
- Díaz Ibáñez, J. La incorporación de la nobleza en el clero de Castilla. Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2014.