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Las bulas de indulgencia constituyen uno de los temas más complejos, trascendentales y debatidos de la historia de Europa y de la Iglesia; L 

Las bulas de indulgencia eran documentos personales, cerrados con un sello de plomo llamado bullum, emitidos por la Cancillería Apostólica. Además de su función religiosa, tenían una importante dimensión económica y financiera, que terminó produciendo profundos cambios religiosos, políticos y sociales.

Cuando murió el rey Ramiro I en la batalla de Graus, el papa decidió que la lucha en España contra los musulmanes era tan importante como las cruzadas en Tierra Santa.

La primera bula de la que se tiene constancia es la “Eos qui in Ispaniam”, otorgada por el papa Alejandro II en 1063, para absolver de penitencias a los caballeros cristianos durante la conquista de Barbastro.

La Iglesia católica de la época distinguía entre culpa y pena: la culpa se perdonaba a través del sacramento de la confesión, mientras que la pena era el castigo o penitencia que el alma debía cumplir en la tierra o en el purgatorio para purificarse. Se establecieron dos tipos de indulgencias: las plenarias, que borraban toda la pena acumulada hasta el momento, y las parciales, que reducían una parte específica de dicha pena. Funcionaban como una herramienta vinculada a la cruzada, la guerra y la fe.

Si una indulgencia llevaba el sello papal, era conocida como “bula”.

Para aquellos que no podían acudir a la guerra, la Iglesia otorgaba los mismos beneficios espirituales, siempre que el fiel se comprometiera a rezar algunos de los 154 salmos bíblicos, recitar oraciones como el padrenuestro, realizar días de ayuno estricto u ofrecer actos de caridad personal. Con el tiempo, la bula se asoció al pago de una “limosna”, aunque en sus orígenes su carácter fue eminentemente espiritual.

Años después, se consideró que la oración ferviente de un fiel tenía un valor “monetario” en el cielo. Es decir, aunque originalmente la indulgencia se obtenía mediante actos de piedad, rezos, peregrinaciones o sacrificios, a finales del siglo XV comenzaron a concederse a cambio de donaciones monetarias destinadas a obras de la Iglesia y de la Corona. Las bulas permitían reducir o eliminar la penitencia.

Se podía, así, sufragar la penitencia del pecado con una especie de moneda espiritual que reforzaba la moral y servía como apoyo económico para quienes se encontraban en el frente.

Aunque suele asociarse a Gutenberg el impacto de la imprenta con la edición de la Biblia de 42 líneas, lo verdaderamente relevante fue el motor económico que impulsó la imprenta mediante la emisión de documentos breves. A diferencia de los libros, cuya producción requería semanas o meses, las bulas eran hojas sueltas que se imprimían por millares en pocos días y generaban un sustancial beneficio económico. La impresión de bulas fue uno de los primeros ejemplos de producción en serie de un documento oficial con validez legal y espiritual.

Con el tiempo, su uso se institucionalizó: el papa otorgó a los reyes el derecho de distribuir bulas entre sus súbditos. La impresión de las bulas de indulgencia no solo fue un fenómeno religioso, sino que representó una auténtica revolución económica, industrial y tecnológica desde finales del XVI siglo hasta principios del XVIII. Funcionaban como un sistema de recaudación de fondos; de hecho, gran parte de la basílica de San Pedro en Roma se financió por este mecanismo.

A cambio de una determinada cantidad de dinero, el fiel recibía un ejemplar impreso de la bula con su nombre, en el que se le concedía el perdón total o parcial de la penitencia. Además, las bulas incluían permisos especiales, como comer carne en tiempos de ayuno o elegir un confesor determinado, beneficio, que solo estaba reservado a las altas jerarquías.

Las bulas impulsaron la viabilidad financiera de la imprenta y, a su vez, financiaron gran parte del poder institucional de la Iglesia y de las monarquías de la época. En España, la Bula de Cruzada fue especialmente relevante. Sus ingresos se repartían entre la Iglesia y la Corona, que obtenía un alto porcentaje para financiar las campañas militares de la Reconquista de Granada, la defensa del Mediterráneo y obras de beneficencia.

Existían predicadores encargados de explicar las bondades espirituales de la bula.

La impresión de las bulas se concentró en centros estratégicos que permitían una distribución rápida y un control riguroso de los beneficios. Los jerónimos obtuvieron el privilegio otorgado por el emperador Carlos, y el monasterio de Nuestra Señora de Prado, en Valladolid, fue uno de los centros de emisión de bulas más productivos, junto con Toledo y Sevilla. El monasterio aún conserva un patio conocido como “el claustro de las Bulas”, donde se organizaban la elaboración y el sellado de los documentos. Se llegaron a imprimir cientos de miles de bulas para su distribución por la península ibérica, Hispanoamérica y Filipinas. Los dominicos de Toledo, dirigidos desde San Pedro Mártir, fueron también pioneros en la impresión de bulas incunables, destacando la labor de Juan Vázquez.

Su distribución generó una fuerte estructura económica. Una vez impresas, se enviaban al cabildo catedralicio de cada diócesis, desde donde eran repartidas por los llamados “bulderos”. Paralelamente, poderosas casas bancarias gestionaban el cobro y la transferencia de los fondos a Roma, aplicando intereses y comisiones considerables. Este sistema activaba el comercio y el transporte local, aunque los envíos debían realizarse bajo escolta.

A finales del siglo XV y comienzos del XVI, la gestión de las bulas se volvió cada vez más controvertida. Lo que en teoría era un acto de caridad voluntaria para financiar obras religiosas y estatales comenzó a percibirse como una transacción comercial. Este proceso fue el detonante de la Reforma protestante en 1517.

Martín Lutero sostenía que el perdón de Dios no podía comprarse con dinero y que las bulas alejaban a los fieles del verdadero arrepentimiento y de la penitencia sincera. Se mostró especialmente escandalizado por la corrupción vinculada a la venta de indulgencias para financiar la construcción de la basílica de San Pedro en Roma.

El éxito económico y la agresividad espiritual y comercial con la que la Iglesia promovían las indulgencias provocaron su crisis y llevaron a Lutero a publicar sus 95 tesis en 1517, que, según la tradición, clavó en la puerta de la iglesia de Wittenberg, en Alemania. En ellas argumentaba, primero, que la salvación es una gracia gratuita de Dios que se recibe solo por la fe, no por obras ni por dinero; segundo, que el papa no tenía jurisdicción sobre el purgatorio y que solo Dios podía perdonar las penas divinas; tercero, que la Iglesia recaudaba dinero de los fieles más humildes para financiar lujos; y, cuarto, advertía que las indulgencias otorgaban a los pecadores una falsa sensación de seguridad, alejándolos del arrepentimiento verdadero. Concluía afirmando que la Biblia era la única autoridad suprema.

La Iglesia se defendía diciendo que poseía el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos y que, por tanto, el papa podía administrar la gracia y distribuirla entre los fieles. La capacidad de “atar y desatar” en la tierra, otorgada por Jesús a Pedro, incluía la gestión de las penas espirituales. El pago de una bula se consideraba una “limosna”, una obra de caridad que demostraba la devoción del creyente; se popularizó incluso la idea de que, cuando una moneda caía en el cofre, un alma salía del purgatorio.

Lo que comenzó como un debate interno terminó en un cisma que dividió a la cristiandad. La disputa académica iniciada por Lutero se difundió rápidamente por toda Europa gracias a la imprenta.

La Iglesia de Roma comprendió que corría el riesgo de perder gran parte de los fieles europeos y decidió reformarse para frenar el avance protestante y corregir sus propios errores. Para ello convocó el Concilio de Trento, probablemente el más importante de la Edad Moderna, que constituyó la respuesta oficial a la Reforma y marcó el inicio de la Contrarreforma.

El Concilio de Trento se prolongó durante dieciocho años. La Iglesia reconoció la existencia de abusos y decidió ponerles fin, al tiempo quiso reafirmar los pilares fundamentales del catolicismo. A diferencia de Lutero, que proclamaba que solo la fe conduce a la salvación, Trento estableció que la salvación se alcanza mediante la fe y las buenas obras. Asimismo, confirmó diversos dogmas con el objetivo de frenar la expansión del protestantismo y definir con claridad la identidad del fiel católico frente a las doctrinas de Lutero y Calvino. El concilio ratificó que los sacramentos son siete e instituidos por Jesucristo: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio.

Estableció que la Biblia no es la única fuente de verdad, sino que también lo es la Tradición de la Iglesia. La versión oficial de las Sagradas Escrituras sería la “Vulgata latina”, es decir, su traducción al latín. Asimismo, se reafirmó la doctrina de la transubstanciación: el pan y el vino se convierten realmente en el cuerpo y la sangre de Cristo durante la misa.

Con el fin de mejorar su imagen, la Iglesia impuso normas estrictas. Antes de Trento, muchos sacerdotes apenas sabían leer; a partir del concilio se crearon centros de formación, denominados seminarios, para garantizar una adecuada preparación del clero. A los obispos se les prohibió acumular cargos y se les obligó a residir en sus diócesis. Se mantuvo y reforzó la prohibición del matrimonio sacerdotal. Asimismo, se elaboró una lista de libros que los católicos no debían leer para evitar la difusión de ideas consideradas heréticas.

Martín Lutero tradujo la Biblia al alemán, la imprimió y la divulgo con ayuda de la imprenta para que el pueblo pudiera leerla, lo que impulsó la alfabetización y el uso de las lenguas nacionales frente al latín.

La reforma transformó profundamente el mapa europeo: el norte de Europa se volvió mayoritariamente protestante, mientras que el sur permaneció católico. Durante más de un siglo, el continente sufrió sangrientos conflictos bélicos motivados por estas diferencias religiosas.

Tras el Concilio de Trento surgió el arte barroco, destinado a impresionar a los fieles y a mostrar la gloria de la Iglesia católica. Aunque no logró recuperar a los territorios protestantes, fortaleció la cohesión de los países que permanecieron fieles al catolicismo. En España se consolidó la Compañía de Jesús, dedicada a la educación y a las misiones en todo el mundo con el objetivo de reforzar la fe católica.

Después de la Reforma  la Iglesia católica prohibió a los “recaudadores” y eliminó cualquier apariencia de negocio o transacción monetaria. El papa Pío V abolió formalmente cualquier tipo de indulgencia que implicara el pago de dinero o transacciones financieras. Reafirmó el valor espiritual de la indulgencia, vinculándola exclusivamente a actos de piedad, oración y caridad. Las indulgencias en el mundo católico dejaron de ser objeto de compra y pasaron a concebirse como prácticas puramente espirituales, sin intercambio económico.

Esta decisión fragmentó el mercado europeo de indulgencias, pero obligó a la Iglesia católica a profesionalizar y centralizar su sistema de impresión y control financiero durante la Contrarreforma.

Los historiadores suelen considerar que el periodo de la Reforma concluyó en 1648 con la Paz de Westfalia, que puso fin a las guerras de religión en Europa.

España constituyó una excepción histórica. Debido al contexto de la Reconquista, los papas concedieron a los reyes españoles el privilegio de vender la Bula de la Santa Cruzada. Los ciudadanos pagaban una pequeña cantidad, conocida como limosna, a cambio de beneficios espirituales, y esos ingresos se destinaban a las arcas del Estado para financiar guerras o proyectos públicos. Durante siglos, esta bula fue una de las fuentes de ingresos más estables de la Hacienda española. Su importancia económica decayó en el siglo XIX; sin embargo, la costumbre de adquirir “la bula” en las parroquias se mantuvo hasta mediados del siglo XX, permitiendo, por ejemplo, comer carne o no guardar el ayuno los viernes de Cuaresma.

Este sistema fue abolido oficialmente en 1966, tras el Concilio Vaticano II, cuando la Iglesia decidió eliminar estos privilegios fiscales y financieros como parte de su proceso de modernización.

 

 

 

 

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR

  1. Caldas, José (1923). Historia de la Bula de Cruzada en Portugal. Coímbra: Editora.
  2. Gómez-Centurión Jiménez, Carlos (2008). “Aranjuez durante el siglo XVIII”. Cuadernos Dieciochistas.
  3. El Español. (19 de abril de 2019). “Meco: un pueblo donde no es pecado comer carne los viernes de Cuaresma”.
  4. Bergier, Abate (1846). Diccionario Eclesiastico