1-Introducción
A mediados del siglo XVI, Valladolid no solo era una de las ciudades más importantes de España, sino también el epicentro de uno de los episodios más convulsos de su historia política y religiosa. Lo que comenzó siendo, en ciertos círculos, la búsqueda de una espiritualidad más íntima a través de la fe, terminó convirtiéndose en un foco protestante.
A diferencia de otros movimientos, el grupo de Valladolid estaba compuesto por una élite intelectual y funcionarial: nobles, artesanos, burgueses, clérigos y monjas de prestigiosos conventos, dirigidos por el doctor Agustín Cazalla, antiguo capellán de Carlos V.
La reacción de la Inquisición fue fulminante. Entre mayo y octubre de 1559, la Plaza Mayor fue escenario de dos multitudinarios autos de fe: juicios públicos que escenificaban el poder real y eclesiástico para extirpar cualquier forma de disidencia.
2-Debate religioso en Europa en el siglo XVI
El grupo de Valladolid no fue sino una manifestación de lo que estaba sucediendo en Europa. La crisis religiosa europea no fue un suceso aislado, sino el resultado de una serie de factores teológicos, políticos y sociales.
La relación entre Erasmo de Rotterdam y Martín Lutero constituye uno de los “duelos” intelectuales más fascinantes de la historia. Aunque en un principio parecían coincidir en ciertos planteamientos, terminaron enfrentados. A finales del siglo XV y comienzos del XVI, Erasmo era ya un intelectual reconocido en Europa, mientras que Lutero era un monje aún desconocido que admiraba al humanista por su valentía al editar el Nuevo Testamento en griego.
En cierta manera, el detonante inicial fue la protesta de Lutero, doctor en Teología y profesor de Biblia en la Universidad de Wittenberg.
Erasmo era muy crítico con la corrupción de la Iglesia. Cuando Lutero publicó sus 95 tesis, compartía parte de sus fundamentos, pero no le gustaba ni el tono ni la agresividad del reformador. Erasmo aspiraba a reformar la Iglesia desde dentro; detestaba el fanatismo y temía que una ruptura provocara guerras, como efectivamente ocurrió. Lutero, por el contrario, consideraba que la Iglesia estaba tan deteriorada que resultaba necesaria una ruptura.
En 1524, su relación se quebró definitivamente. Erasmo defendía que el ser humano tiene la capacidad de elegir entre el bien y el mal y de pedir la gracia de Dios. Lutero respondió, en tono cáustico, que la voluntad humana es “esclava” del pecado y que solo puede alcanzarse la salvación por la fe
3. Contexto histórico en Europa
En 1517, el Vaticano anunció oficialmente la posibilidad de adquirir bulas de indulgencia para el perdón de los pecados. El papa León X (Giovanni di Lorenzo de Médici) las promovía con el fin de financiar la construcción de la Basílica de San Pedro. Lutero criticó duramente esta práctica y denunció que el perdón no podía “comprarse”. Además, muchos obispos y cardenales acumulaban riquezas y poder sin atender debidamente la vida espiritual de los fieles.
El 31 de octubre de 1517, según la tradición, Lutero clavó en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg un documento conocido como las “95 tesis”, con el que pretendía promover un debate teológico.
En un primer momento, el papa restó importancia al asunto, considerándolo una “pelea de monjes”. Sin embargo, Lutero y otros clérigos comenzaron a cuestionar la autoridad de la Iglesia. Defendían que la salvación se obtenía por la fe (sola fide), que la única fuente de autoridad religiosa era la Escritura (sola Scriptura) y que cualquier creyente podía interpretarla.
La imprenta facilitó la rápida difusión de sus ideas. En 1520, el papa emitió una bula amenazándolo con la excomunión. Roma le ordenó retractarse, pero Lutero quemó públicamente el documento. Al año siguiente, fue excomulgado.
León X solicitó al emperador Carlos V que convocara a Lutero ante la Dieta de Worms para que revocara sus tesis. Lutero se negó, pronunciando su célebre declaración: “Mi conciencia es prisionera de la Palabra que he dado a Dios. Carlos V lo declaró proscrito; en 1521, Lutero quedó oficialmente separado de la Iglesia católica y dio origen al movimiento que posteriormente sería conocido como protestantismo.
La Reforma provocó profundos cambios sociales y políticos. Muchos príncipes europeos vieron en ella la oportunidad de liberarse de la injerencia papal y de apropiarse de bienes eclesiásticos.
En respuesta, la Iglesia convocó el Concilio de Trento, que impulsó la llamada Contrarreforma. Tras décadas de conflictos religiosos, se firmó la Paz de Augsburgo, que permitió a cada príncipe alemán decidir la confesión religiosa de su territorio.
4-La Inquisición
La Inquisición existía en Europa desde 1231; era conocida como la Inquisición Pontificia. En 1240, en Toulouse, fue ejecutado un contingente de cátaros acusados de herejía.
La Inquisición española fue creada por los Reyes Católicos en noviembre de 1478. El papa Sixto IV otorgó a la monarquía el derecho de nombrar inquisidores, de modo que la institución quedó bajo control real. Surgió como resultado de una combinación de fervor religioso, política de unificación y tensiones socioeconómicas. Para los Reyes Católicos, la diversidad religiosa debilitaba el reino; consideraban que la unidad política exigía unidad de fe.
Durante el siglo XV, miles de judíos se habían convertido al cristianismo por presión o por miedo; sin embargo, existía la sospecha de que muchos judeoconversos seguían practicando su religión en secreto. Para gran parte de la sociedad, los conversos representaban una amenaza económica y espiritual.
En 1480 se estableció el primer tribunal en Sevilla; en 1481 se celebró el primer auto de fe y, en 1483, Tomás de Torquemada fue nombrado inquisidor general.
5-Protagonistas de la crisis luterana.
Mientras la Reforma avanzaba en Europa, en España la Inquisición actuó con contundencia para impedir su expansión.
En Valladolid surgió hacia 1550 un foco luterano compuesto por humanistas, intelectuales, nobles, artesanos y religiosos.
Don Pedro Cazalla, de familia conversa, fue contador y administrador de la Corona. Casado con Leonor de Vivero, residió en el barrio de San Miguel.
Juan de Vivero provenía de una familia judeoconversa. Fue contador de Castilla y se casó con Constanza Ortiz, que murió joven. Con ella tuvo dos hijos: Alonso de Vivero, su heredero, y Leonor. Se casó en segundas nupcias con María de Acuña, hija de los condes de Buendía, y de este matrimonio nacieron Isabel e Inés de Vivero.
El matrimonio de Pedro de Cazalla y Leonor de Vivero formaba parte de la baja aristocracia y de la oligarquía burguesa vallisoletana. Tuvieron varios hijos: Agustín, Francisco, Juan, Beatriz, Constanza y María de Cazalla.
El hermano de Pedro Cazalla, Alonso, desarrolló una carrera eclesiástica. Fue sospechoso de tendencias judaizantes y de mantener contactos con Francisca Hernández, acusada de “iluminada”, movimiento que buscaba una relación más directa con Dios.
Juan de Valdés fue uno de los humanistas más influyentes del siglo XVI en España. Estudió en Alcalá de Henares y trabajó al servicio de Carlos V, sobre todo en Europa. Se exilió en 1531. Nunca se definió como protestante, pero ejerció una notable influencia en los círculos reformistas.
Agustín Cazalla se formó en Valladolid y en Alcalá. Fue catedrático, canónigo en Salamanca y capellán de Carlos V. Estuvo muy influido por las ideas de Valdés. Su elocuencia lo convirtió en el principal referente espiritual del grupo.
Carlos de Seso, noble de origen italiano y corregidor de Toro, introdujo activamente las ideas reformadas en Valladolid.
Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, monjes jerónimos vinculados al monasterio de San Isidoro del Campo, en Sevilla, tradujeron la Biblia al castellano. La versión conocida como “Reina-Valera” sigue siendo una de las más difundidas en el ámbito protestante.
Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo y participante en el Concilio de Trento, fue procesado por la Inquisición bajo sospecha de heterodoxia. En 1559 fue arrestado por orden del Santo Oficio y procesado en España y en Roma durante más de diecisiete años. En 1576, bajo el pontificado de Gregorio XIII, fue obligado a abjurar de proposiciones consideradas sospechosas.
Algunos miembros de la nobleza, como Pimentel y Zapata, participaron en círculos aristocráticos afines a las ideas reformadoras. El movimiento involucró a personas influyentes como Juan de Vergara, humanista, traductor y difusor de textos. Juan de Herrera, el arquitecto, frecuentó círculos donde se discutían ideas reformistas. Antonio Herrezuelo, jurista y figura culta vinculada al movimiento protestante, fue uno de los principales acusados debido a su profesión y a sus conexiones sociales.
Juan García era un platero a cuyo taller acudían personajes de la alta sociedad. Comenzó a asistir a reuniones nocturnas donde el doctor Cazalla predicaba en privado. Como platero, mantenía contactos con Flandes y Alemania, de donde podían llegar libros por contrabando. Aprovechaba su oficio y sus viajes para difundir estas ideas entre otros artesanos.
6-Conventos, monjes y clérigos
Las ideas reformistas penetraron en el convento de clausura de las dominicas de Santa Catalina de Siena, en la calle Santo Domingo, en el corazón de la ciudad. El convento, que albergaba mujeres de familias cultas y nobles, constituía un terreno propicio para las nuevas corrientes de pensamiento. Algunas religiosas, influenciadas por sus confesores, participaban en los llamados «conventículos», en los que se leía en castellano el Nuevo Testamento; se explicaban y debatían las ideas de los libros llegados de Europa y se defendía la base de su doctrina: «El pecado solo puede redimirse por la fe, no por las obras de caridad ni por las bulas pagadas». Las monjas implicadas fueron la abadesa Marina (Mariana) de Guevara, Leonor Cisneros e Isabel de Mingoya. Constanza, hermana del doctor Cazalla, introdujo las ideas luteranas junto con Catalina de Ortega, mujer de gran influencia.
En el convento de monjas cistercienses de Nuestra Señora de Belén, varias religiosas fueron acusadas de sostener ideas luteranas. No pretendían romper con Roma; practicaban el «nicodemismo», es decir, mantener las apariencias católicas externas mientras, en privado, seguían doctrinas reformadas. Su vinculación se produjo porque Agustín y Francisco Cazalla eran sus confesores y predicadores, y Beatriz Cazalla ayudó a consolidarlo. Entre las monjas más afectadas se encontraban María de Miranda, Margarita de Santisteban, Francisca de Zúñiga, Catalina de Alcaraz y las hermanas Isabel e Inés de la Cruz. Felipa de Heredia y Catalina de Alcaraz fueron señaladas por el Santo Oficio por sostener ideas contrarias a la fe católica.
El convento de San Agustín fue uno de los centros masculinos implicados, debido a la espiritualidad agustiniana, muy centrada en la vida interior espiritual. Fray Luis de Alcaraz y Juan de Villagarcía estuvieron vinculados al grupo reformista.
El convento de los dominicos de San Pablo de Valladolid no estuvo implicado, salvo por el caso de Domingo de Rojas, dominico de prestigio, ferviente discípulo de Agustín Cazalla y uno de los intelectuales del foco protestante vallisoletano. Ayudó a difundir las ideas luteranas entre la nobleza y los núcleos religiosos. Su formación teológica le permitía argumentar con gran solidez a favor de las ideas protestantes. Su origen noble y su posición como teólogo dominico hicieron que su postura fuese considerada especialmente grave. Intentó huir de España, pero fue capturado en los Pirineos. La caída de Domingo de Rojas y de su familia, los marqueses de Poza, constituyó un escándalo y demostró que la “reforma” no solo estaba en los libros prohibidos, sino también en la nobleza castellana.
7-Inicio de la crisis
En el siglo XVI, Valladolid estaba dividida en collaciones parroquiales. En el barrio de San Miguel habitaban familias burguesas adineradas, como los Fabio Nelli, o por miembros de la baja nobleza, como los Velasco o Tellez, mientras que la alta nobleza vivía en los barrios de San Martín y San Nicolás.
El foco luterano comenzó a consolidarse hacia 1555, en reuniones celebradas en la casa de Leonor de Vivero. Allí se leían textos reformados y se discutían ideas procedentes de Europa.
La primera «asamblea», lo que hoy los historiadores denominan foco luterano, tuvo lugar en la casa de doña Leonor de Vivero, en la calle San Ignacio, que iba desde San Julián hasta el monasterio de San Benito el Real. Su vivienda se convirtió en el punto de encuentro de personalidades afines a las ideas luteranas. El alma espiritual del grupo era su hijo, Agustín Cazalla.
El principio del fin para esta comunidad secreta fue la captura de Julián Hernández, apodado «Julianillo». Era un contrabandista que introducía libros destinados al foco protestante del monasterio de San Isidoro del Campo, en Sevilla. Su mayor hazaña fue transportar, desde Ginebra y Fráncfort, libros de perfil protestante y numerosos ejemplares del Nuevo Testamento traducido por Juan Pérez de Pineda. En aquella época, poseer un libro de Lutero o de Calvino podía equivaler a una sentencia de muerte. Julianillo escondía los libros en fardos de mercancía, en dobles fondos o entre herramientas de platería para introducirlos en Valladolid sin que los agentes de la Inquisición los detectaran en las puertas de la ciudad. Sin estas «entregas», el grupo no habría contado con material para sus reuniones secretas.
En 1557, Julianillo cometió un error: en Sevilla entregó un libro prohibido a un fraile equivocado, quien lo denunció de inmediato ante la Inquisición. Al verse atrapado y bajo amenaza de tortura, confesó su actividad de contrabando y proporcionó una lista detallada de quienes le pagaban por esos libros en Valladolid y en Sevilla. Su confesión permitió a los inquisidores arrestar, en una sola noche, a más de cincuenta personas de la alta sociedad vallisoletana.
8-El descubrimiento
La mayoría de las crónicas señalan a la esposa católica de Juan García, el platero, como la delatora. Según estas fuentes, una noche siguió a su marido por celos para averiguar dónde iba y descubrió que asistía a reuniones en casa de Agustín Cazalla. Motivada o influida por su confesor, denunció dichas reuniones ante el Santo Oficio. Una vez obtenida la información, la Inquisición actuó con rapidez para evitar que los sospechosos huyeran. En la primavera de 1558 se realizaron arrestos masivos. Al tratarse de personas pertenecientes a la alta sociedad, clérigos, burgueses, artesanos y funcionarios, el impacto social fue enorme. Los prisioneros fueron llevados a cárceles secretas, donde se les mantuvo incomunicados para impedir que coordinaran sus testimonios. Entre ellos se encontraban el doctor Agustín Cazalla y el noble Cipriano de Valera.
El doctor Cazalla, tras ser sometido a presión psicológica y física, terminó confesando y proporcionando información sobre la estructura de la comunidad. Cada confesión conducía a nuevos nombres, lo que permitió identificar no solo a los dirigentes, sino también a quienes simplemente habían asistido a lecturas de la Biblia en casas privadas. Se sucedieron los interrogatorios y el proceso culminó en dos grandes autos de fe.
9-Los autos de fe
Los autos de fe de Valladolid en 1558 representaron el golpe más contundente contra el protestantismo en la España del siglo XVI. Sellaron la desaparición del llamado «foco vallisoletano» y enviaron un mensaje inequívoco: no habría espacio para la disidencia doctrinal. La ceremonia no solo castigaba, sino que también advertía. Más allá de la dureza de las penas, mostró cómo religión, política y espectáculo público podían entrelazarse en un mismo acto. La justicia inquisitorial se convertía en una solemne representación del poder y de la ortodoxia: un espectáculo propio del Barroco.
El auto de fe era un acto religioso y judicial público. Se celebraron con gran pompa en la Plaza Mayor y fueron diseñados para impresionar y reafirmar la fe católica. Allí se leían las sentencias ante las autoridades y el pueblo; sin embargo, no era el lugar donde se situaban las hogueras, por respeto al carácter sagrado del acto.
Amanece en Valladolid un día de primavera. El 21 de mayo, desde muy temprano, la Plaza Mayor comienza a transformarse. Carpinteros y oficiales habían levantado días antes un gran tablado. Frente a él se disponían asientos para las autoridades: representantes del concejo, miembros del cabildo catedralicio y los inquisidores. A su lado se alzaba un altar con crucifijo y pendones.
La Plaza Mayor se transformó en un teatro solemne. Se levantaron tribunas y se convocó a las autoridades. Todo estaba preparado no solo para juzgar, sino también para que el pueblo lo viera y tomara nota. Era un acto público, y la gente acudía en masa. Constituía, al mismo tiempo, catequesis, advertencia y espectáculo.
La ceremonia comenzaba con una procesión. Desde las cárceles inquisitoriales, los acusados eran conducidos a la plaza. Caminaban lentamente, escoltados por alguaciles. Vestían el sambenito, túnica amarillenta con cruces o llamas pintadas según la gravedad de la condena, y la coroza, un alto capirote de cartón. Entre ellos había clérigos, religiosos, monjas, mujeres de familias influyentes y hombres cultos acusados de mantener las doctrinas de la Reforma protestante. Algunos llevaban en sus manos cirios verdes que, en el contexto de un auto de fe, simbolizaban la esperanza de que el pecador se arrepintiera y regresara al seno de la Iglesia. Eran la «luz» que guiaba el camino de retorno a la fe verdadera y un signo visible de su culpa.
Una vez situados en el tablado, comenzaba la parte central del acto. Un predicador pronunciaba el sermón del auto de fe, insistiendo en la unidad de la Iglesia y en el peligro de la herejía. La ceremonia estaba cargada de liturgia: sermones, lectura pública de sentencias y exhortaciones al arrepentimiento como signo de penitencia.
El momento de dictar las sentencias era el instante más tenso: se procedía a la lectura de cada uno de los casos. Los nombres resonaban en la plaza. Se detallaban las acusaciones, las retractaciones y la pena impuesta. Algunos eran reconciliados tras abjurar públicamente; otros recibían prisión, confiscación de bienes o penitencias espirituales. Los considerados «pertinaces» eran entregados a la justicia civil. Cuando se pronunciaba esta última fórmula, el silencio se volvía más denso. La Inquisición no ejecutaba directamente, pero, al ceder al reo a la autoridad civil, su destino quedaba sellado. En este primer acto, catorce personas fueron declaradas culpables.
Después de la ceremonia, los condenados a muerte eran conducidos fuera de la ciudad, al lugar de ejecución. La plaza iba quedando vacía lentamente, pero el mensaje había sido claro.
La escena en la Plaza Mayor de Valladolid fue algo más que un juicio: constituyó una afirmación pública de poder, de ortodoxia y de control social. Cada gesto, cada prenda y cada palabra estaban pensados para ser vistos y recordados.
Felipe II no estuvo presente en el auto de mayo, pues no había regresado aún de sus viajes por los Países Bajos e Inglaterra; sin embargo, asistió al del 8 de octubre de 1558, ya como rey tras la abdicación de su padre, el emperador Carlos V. Su presencia otorgó al acto un carácter mucho más solemne y político. En esta ocasión fueron condenadas trece personas. No fue solo una ceremonia religiosa: constituyó también una afirmación pública de la nueva etapa de su reinado y de su compromiso con la ortodoxia católica. El mensaje resultó aún más contundente y cargado de simbolismo: la monarquía y la Inquisición actuaban unidas.
Domingo de Rojas fue condenado a morir en la hoguera y se convirtió en uno de los grandes protagonistas del auto de octubre. A diferencia de otros que mantuvieron una actitud desafiante durante gran parte del proceso, las crónicas relatan que, ya sentenciado, intentó dirigirse al rey o al público para defender su fe; sin embargo, para evitar que pronunciara un discurso considerado «herético», se ordenó que fuera estrangulado mediante garrote antes de la ejecución.
Una vez concluida la lectura de sentencias en la plaza, los condenados a muerte eran entregados a la justicia civil, ya que la Iglesia no podía derramar sangre. Los reos eran escoltados en procesión fuera de las murallas de la ciudad. Las hogueras se encendían en el «Quemadero», un lugar descampado situado extramuros.
Leonor de Vivero fue condenada ya fallecida; sus restos fueron exhumados y quemados.
La casa de Cazalla y Leonor fue derribada por orden real. El solar fue sembrado de sal para que nada creciera, como marca de infamia. Se erigió una columna de piedra con una inscripción que recordaba la «herejía» cometida en ese lugar, a fin de que sirviera de escarmiento público. Se mantuvo en pie hasta 1845, cuando fue retirada para levantar un nuevo edificio en el solar.











PARA MAS INFORMACIÓN, CONSULTAR A
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Henry KamenLa Inquisición Española: Una revisión histórica.