Cuando Alfonso VI mandó a Pedro Ansúrez repoblar Valladolid en 1070, el conde edificó una casa palaciega para su residencia y la iglesia de Santa María, alrededor de la cual se formó el barrio de Santa María. Poco después, mandaría construir la iglesia de Santa María La Mayor. Hacia el año 1090, el conde solicitó al monasterio de San Zoilo de Carrión que le mandaran unos monjes que hubieran completado toda la formación monástica: el postulado, el noviciado y los votos religiosos. Como abad le enviaron a don Salto.
Aunque dependientes de San Tirso de Sahagún, los monjes de San Zoilo gozaban de gran reputación de santidad.
Don Salto permitió que los mercaderes se instalaran en los alrededores del templo y de este modo la primera plaza de mercado de Valladolid surgió frente a la iglesia de Santa María, en la actual Plaza de la Universidad.
En el siglo XII, el mercado se trasladó al altozano donde hoy se encuentra la Fuente Dorada. Un espacio extramuros, pero más cercano al creciente núcleo urbano.
A finales del siglo XIII, Fernando IV y su madre, la reina María de Molina, ordenaron la construcción de una segunda muralla para proteger a la población y regular la actividad comercial mediante el cobro del «portazgo». Esta nueva cerca abarcaba un área mayor que la primera e incluía intramuros a nuevos barrios, iglesias y monasterios.
Dentro de esta segunda cerca muralla, florecieron el mercado del Ochavo y el de la Rinconada. Con el tiempo, las actividades comerciales se moverían por diferentes espacios intramuros, como por el puente en la vaguada del Esgueva, conocido como «el puente del Val» por la suave depresión que formaba el ramal norte del Esgueva; un lugar concurrido por el puente que unía las orillas.
Está documentado que, al derrumbarse un pilar del puente del Val y requerir reconstrucción, el pliego de obras nombra como su reconstructor a Pedro del Val Lastras. Un dato que ha generado cierta confusión documental entre la depresión geográfica del río, el nombre del cantero, el nombre de la ermita y el de la plaza “del Val”, aunque esta última era conocida como el Val del Esgueva.
Alrededor de la ermita de Nuestra Señora del Val, construida en 1547 en la esquina de la actual calle de Zapico, se desarrolló un importante mercado con gran variedad de productos. La iglesia dio nombre a la plaza.
Sin embargo, la principal actividad comercial se estableció extramuros al sur de la nueva muralla. El concejo tuvo que adquirir a los monjes del convento de San Francisco unos terrenos y algunas casas dispersas en la explanada que hoy es la Plaza Mayor. Una de esas casas se destinó a las reuniones del cabildo.
Está documentado que en 1547 Valladolid bullía de actividad mercantil, centrada en la Plaza del Mercado y en otros puntos de venta. El mercado de La Rinconada, entonces conocido como «la Red», se dedicaba a la venta de pescado de río, pero con el tiempo se convirtió en un mercado de comestibles. En él participaban mudéjares y moriscos, y ganó cierta fama en la compraventa de ropa de segunda mano. También existía el mercado de la Plaza del Corrillo, citado en 1561 y conectado directamente con la Plaza Mayor. Un punto de encuentro vinculado al comercio de cereales donde confluían las calles de Gremios y Cebadaría.
Entre ambos mercados se encontraba la alhóndiga de la ciudad, un edificio destinado a almacenar grano, prestar cereales a los vecinos o vender pan a precios más bajos a los necesitados. Estaba controlado por las autoridades, que vigilaban los precios y las medidas.
El 21 de septiembre de 1561 tuvo lugar el devastador incendio de la ciudad. Felipe II ordenó la monumental reconstrucción urbana de Valladolid, que incluyó la creación de la primera y más grande Plaza Mayor del mundo. Fue la primera plaza barroca con soportales, diseñados para resguardar a los mercaderes.
La Plaza Mayor era el corazón de la vida urbana y el principal centro de mercados, con una gran variedad de productos, desde alimentos hasta manufacturas. Los soportales que rodeaban la Plaza Mayor y otras calles céntricas ofrecían un espacio cubierto para los comerciantes y sus mercancías.
En el siglo XVII, surgieron nuevos puntos de encuentro para mercaderes y forasteros, como el de la calle de los Tintes cerca del Puente de la Reina, que unía las dos orillas del ramal norte del Esgueva en lo que hoy es la Plaza del Portugalete. Allí se comerciaba con carne y se levantaban puestos ambulantes. Estos espacios, llenos de vida y bullicio, tenían problemas de higiene, organización y seguridad.
La tercera cerca o muralla de Valladolid, construida entre los siglos XVII y XVIII, se levantó por motivos fiscales y de control sanitario. Su perímetro era mucho más extenso.
Durante la ocupación francesa, en el contexto de la Guerra de la Independencia, los mercados sufrieron numerosas contrariedades. La vida ciudadana, incluyendo el funcionamiento de sus mercados, se vio afectada. La presencia de tropas francesas y los conflictos bélicos interrumpieron las rutas comerciales, impidiendo la llegada de productos a los mercados. Los precios de alimentos y otros bienes subieron ante la escasez. Las autoridades francesas requisaron alimentos para abastecer a sus tropas. Los mercados estuvieron sometidos a un duro control y vigilancia por parte de las fuerzas ocupantes. Los comerciantes locales tuvieron que adaptarse a las exigencias impuestas por los franceses, disminuyendo su actividad comercial.
A finales del siglo XIX, Valladolid experimentó un enorme crecimiento demográfico con la llegada de trabajadores para los talleres de Los Ferrocarriles del Norte. La ciudad entró en plena transformación urbana, con una clara necesidad de modernizar sus infraestructuras, incluidos los espacios de abastecimiento. Las autoridades locales eran conscientes de los beneficios que unas instalaciones de mercado cubiertas y confortables aportarían en el control sanitario y para la comodidad de vendedores y compradores.
Bajo la alcaldía de Miguel Íscar y con el auge económico en 1878, Valladolid emprendió la construcción de lo que hoy conocemos como el Mercado del Val. Se levantó un mercado cubierto, amplio, saneado, bien iluminado y comunicado. Su construcción y diseño reflejan el espíritu de la época, marcado por la funcionalidad, el uso del hierro y el cristal, y una preocupación estética definida por el eclecticismo imperante. Su edificación sentó las bases para la organización del comercio minorista en la ciudad.
En 1881, en las inmediaciones de la catedral, abría sus puertas otro conocido centro: el Mercado de Portugalete, con una estructura de hierro, cristal y ladrillo, que, al igual que el del Val, buscaba modernizar el abastecimiento de la ciudad. Atrás quedaron los puestos ambulantes dispersos por las plazas.
Ambas construcciones respondían a la necesidad de centralizar el comercio de alimentos frescos, ya que las antiguas formas de abastecimiento comenzaban a ser insuficientes y, a menudo, insalubres. Los nuevos mercados eran saneados, vibrantes y organizados y transformaron la compraventa minorista.
Con el paso de los años, los Mercados del Val y Portugalete se consolidaron como dos instituciones fundamentales. Reflejaban el espíritu funcional de la época: el hierro, como elemento estructural, permitía plantas diáfanas y bien iluminadas, facilitando la labor de los vendedores y la comodidad de los compradores.
Estos mercados eran mucho más que simples lugares de compra y venta. En ellos se intercambiaban ideas, noticias y comentarios del barrio; se aprendían oficios y costumbres locales; las amas de casa conversaban con amigas y vecinas. Eran verdaderos centros de vida social. Superaron cambios sociales, modas y guerras.
El tercer mercado con un perfil similar fue conocido como «el Campillo», aunque en realidad debió llamarse el Campillo de San Andrés, situado en el centro del urbanismo modernista más audaz.
Los tres mercados adoptaron el mismo formato, imitando al pujante mercado parisino de Les Halles, construido entre 1878 y 1882.
Estas formas de comercio marcaron su declive con la aparición de los supermercados y el cambio en los hábitos de compra. Comenzaron a mostrar signos de desgaste y, finalmente, en 1974, tras casi un siglo de vida, el Mercado de Portugalete cerró sus puertas.








PARA MÁS INFORMACIÓN SE PUEDE CONSULTAR A:
- Gardoqui García, José Luis (2000). Valladolid. Secretariado de Publicaciones Universidad de Valladolid.
- Agapito y Revilla, Juan (2004). Las calles de Valladolid: nomenclátor histórico. Maxtor.
- Arnuncio, Juan Carlos (2008). Plaza Mayor Valladolid, su Plaza y su Casa Consistorial 2008. Ayuntamiento de Valladolid, ed.
- Calabia Ibáñez, L. Crónicas de Valladolid. Ed. Diputación de Valladolid.