Valladolid es una ciudad monumental, pero pocos rincones destilan tanto magnetismo como la Plaza del Ochavo.

Se trata de una pequeña plaza diseñada por el maestro urbanista Francisco de Salamanca tras el gran incendio de 1561. Su singular forma ochavada, atribuida a la necesidad de resolver un importante cruce de caminos, fue mucho más que una solución funcional: se convirtió en el epicentro del Valladolid gremial y en testigo silencioso de la transformación urbana de la ciudad.

Para comprender la fisonomía actual de la Plaza del Ochavo, debemos remontarnos al 21 de septiembre de 1561. Aquel día, un incendio devastador consumió gran parte del centro urbano, destruyó centenares de viviendas y dejó a la entonces capital del Imperio en una situación crítica.

Bajo el reinado de Felipe II se puso en marcha un ambicioso plan de reconstrucción que resultaría pionero en la historia del urbanismo moderno. Se aplicaron criterios de uniformidad arquitectónica, con calles alineadas y espacios abiertos destinados a evitar la propagación de futuros incendios. Francisco de Salamanca creó un punto de convergencia donde varias calles desembocaban en trazados rectilíneos que facilitaban el tránsito y la visibilidad comercial. Aquella reconstrucción, de inspiración renacentista y marcada tendencia herreriana, constituye hoy todavía un referente para los estudiosos del urbanismo.

El resultado diseñado fue una solución inteligente: mantuvo la funcionalidad del cruce de caminos, favoreció la actividad comercial y dotó al conjunto de una elegante armonía estética.

El término «ochavo» hace referencia a su planta original, concebida como un polígono de ocho lados. Aunque el paso de los siglos y las sucesivas reformas urbanas han alterado ligeramente su configuración, la plaza conserva el carácter de «salón urbano» con precisión geométrica, evocando incluso la forma de la antigua moneda denominada ochavo.

Según la documentación histórica, Salamanca, por encargo de Felipe II, diseñó una gran cruz viaria cuyo punto central era la Plaza del Ochavo. El eje longitudinal quedaba formado por las calles Platerías y Lonja, mientras que el transversal lo componían las calles Vicente Moliner y Especería. Todo ello bajo la presencia simbólica de la cercana iglesia penitencial de la Vera Cruz.

Los edificios que rodean la plaza mantienen la sobriedad castellana, con fachadas de ladrillo, balcones de forja y soportales destinados a proteger a comerciantes y transeúntes de las inclemencias del tiempo.

A diferencia de la vecina Plaza Mayor, la del Ochavo posee un carácter más íntimo y recogido, que permite apreciar con claridad la armonía de sus cornisas y la equilibrada proporción de sus fachadas.

Durante los siglos XVI y XVII, el ochavo fue uno de los principales motores económicos. Las calles que confluyen en ella conservan todavía los nombres de los oficios y actividades que allí se desarrollaban.

La calle Platerías constituye el eje principal de esta cruz urbanística. Es una de las joyas renacentistas de Valladolid. Nace en la Plaza del Ochavo y concluye frente a la iglesia penitencial de la Santa Vera Cruz. Está considerada una de las primeras calles españolas planificadas con criterios urbanísticos modernos.

La fachada de la iglesia cierra la perspectiva de manera espectacular, con su singular balcón para autoridades, sostenido por arcos que evocan modelos triunfales. En su interior se encuentra la sede de la Cofradía Penitencial de la Santa Vera Cruz, fundada en 1498.

La calle Vicente Moliner es una vía que conecta la Plaza del Ochavo con el entorno de la Fuente Dorada, lugar donde estuvo situado el segundo mercado de la ciudad. Destacan sus soportales sostenidos por columnas de piedra, que conservan la estética funcional del Valladolid gremial. Durante siglos fue conocida como la calle de «La Costanilla» debido a su ligera pendiente. Posteriormente, recibió el nombre de Vicente Moliner en homenaje al alcalde que gobernó Valladolid durante la Segunda República.

La calle Especería conecta la Plaza del Ochavo con la Plaza de la Rinconada, donde se desarrolló un importante mercado intramuros tras la construcción de la segunda muralla durante el reinado de María de Molina. Allí se establecieron los mercaderes especializados en especias y productos coloniales. Después del incendio de 1561, fue reconstruida siguiendo los criterios urbanísticos de la época y conserva todavía los soportales que definieron el nuevo urbanismo vallisoletano.

La calle Lonja es una de las vías más cortas del casco histórico. Comienza en la calle Cebadaría, detrás de la Plaza Mayor, y desemboca en la Plaza del Ochavo. Su estrechez le confiere el aspecto de un pasadizo comercial y fue uno de los lugares preferidos por los mercaderes para concertar sus negocios.

Antiguamente, esta calle y la vecina Lencería intercambiaron sus denominaciones en diversas ocasiones. En el célebre plano de Ventura Seco de 1738, el espacio que hoy conocemos como Lencería aparece rotulado como «Lonja», término que aludía al lugar donde los comerciantes realizaban sus tratos y operaciones mercantiles.

La Plaza del Ochavo fue mencionada por Miguel de Cervantes en uno de sus entremeses, prueba de la relevancia que este espacio alcanzó en la vida cotidiana del Valladolid del Siglo de Oro.

La plaza conserva una historia dramática, como queda reflejado en la célebre argolla de hierro situada en la esquina entre Platerías y Vicente Moliner. La tradición popular sostiene que allí estuvo expuesta la cabeza de don Álvaro de Luna tras su ejecución.

La figura de Álvaro de Luna protagoniza uno de los relatos más fascinantes de la Castilla medieval. Con un origen de baja nobleza y paje de corte, pasó a convertirse en el hombre más poderoso del reino y en el principal valido de Juan II de Castilla, acumulando una influencia que despertó la hostilidad de la alta nobleza.

Aunque existe cierto debate sobre el lugar exacto de su ejecución, la tradición vallisoletana sitúa este episodio en las inmediaciones de la plaza del Ochavo. Sin embargo, la mayoría de los estudios históricos señalan que su decapitación tuvo lugar en la Plaza del Mercado, actual Plaza Mayor.

Tras su muerte, sus restos fueron trasladados a la iglesia de Santa María la Antigua, luego pasaron al convento de San Francisco y, finalmente, fueron depositados en la Catedral de Toledo, donde reposan en la Capilla de Santiago, presidida por el magnífico mausoleo que él mismo había ordenado construir.

Se dice que Juan II experimentó un profundo arrepentimiento después de la muerte de quien había sido su amigo desde la infancia. Aquella decisión contribuyó a sumir al monarca en una tristeza de la que nunca llegó a recuperarse, falleciendo apenas un año después.

La argolla de hierro que aún puede contemplarse en la Plaza del Ochavo continúa alimentando esta memoria histórica. Aunque no existe certeza documental de que sostuviera la cabeza de Álvaro de Luna, la tradición popular ha conservado durante siglos ese relato, convirtiéndola en uno de los símbolos más evocadores y misteriosos del Valladolid histórico.

 

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR A:

1- Juan Agapito y Revilla. Las calles de Valladolid: nomenclátor histórico (1937)

2- José Altés Bustelo. La Plaza Mayor de Valladolid: el proyecto de Francisco de Salamanca para la reedificación del centro de la ciudad de Valladolid en 1561 (1998).

3- Sangrador Vítores, Historia de la muy noble y leal ciudad de Valladolid (1851-1854). Ed. facsímil.

4-García Valladolid. Recuerdos y grandezas. 1901. Facsímil

5. L. Calabia. Valladolid, ciudad. 1982

6 Ventura Pérez, Diario de Valladolid