La iglesia de la Inmaculada Concepción, situada en Crespos, en excelente estado de conservación, es un destacado templo del románico burgalés del valle de Manzanedo.

HISTORIA DE LAS MERINDADES

Las Merindades es una comarca situada al norte de la provincia de Burgos, un territorio comprendido entre el sur de la cordillera Cantábrica, el río Ebro y el inicio de la meseta castellana. Sus paisajes alternan zonas boscosas con verdes prados, peñascos abruptos y relieves montañosos, junto a suaves valles y páramos abiertos.

Las Merindades limitan al norte con los valles pasiegos; al este, con el valle de Ayala (Álava) y las Encartaciones vizcaínas; al sur, con las comarcas burgalesas de La Bureba y los Montes Obarenes; y al oeste, con Valderredible. Acoge numerosos valles y está surcada por los ríos Ebro, Nela y Trucios.

La comarca estuvo ocupada por pueblos prerromanos como los autrigones, várdulos y caristios. Mientras que los várdulos se asentaban en Las Merindades y en las Encartaciones, los autrigones y los caristios se extendieron hasta la costa cantábrica.

A partir del siglo I a. C., con la dominación romana, el territorio pasó a formar parte de la provincia Tarraconense y del convento jurídico de Clunia.

Con la caída del Imperio romano llegaron los visigodos. Leovigildo invadió el territorio para someter a los pueblos costeros del norte. El valle de Manzanedo era un paso natural entre la meseta y la costa cantábrica, por lo que los visigodos mantuvieron el control del territorio utilizando antiguas fortificaciones romanas y las calzadas para transportar grano y tropas.

La influencia visigoda en la arquitectura, la organización social y el aprovechamiento forestal y ganadero fue tan profunda que se mantuvo intacta hasta bien entrada la Edad Media. Aún se conservan en el valle topónimos de origen visigodo con raíces germánicas.

Durante los siglos VI y VII, bajo la espiritualidad visigoda, muchos hombres buscaron lugares apartados donde aislarse, excavando cuevas en el valle. La comarca se llenó de eremitorios y de iglesias rupestres.

Con la conquista islámica de la península ibérica, las Merindades acogieron a los hispanos godos que huyeron de al-Ándalus, trayendo consigo sus costumbres, leyes y ritos religiosos mozárabes, que se mantuvieron en estos territorios durante más tiempo que en el resto de la península.

Entre los siglos IX y X, los colonos cántabros y vascones se establecieron en estas tierras, apoderándose de terrenos de cultivo mediante las presuras. Siglos más tarde, la comarca pasaría a formar parte de señoríos nobiliarios y eclesiásticos y de tierras de realengo.

Las Merindades y el valle de Manzanedo forman parte de la Castilla primigenia.

En la Edad Media, a diferencia de otras zonas de la comarca, el valle de Manzanedo fue tierra de realengo; es decir, sus villas, tierras y habitantes dependían directamente del rey.

LOS CRESPOS Y LA INMACULADA CONCEPCIÓN

Los Crespos es un pequeño núcleo poblacional que está situado en el extremo occidental del valle de Manzanedo, donde se encuentra una de las iglesias más icónicas y con mayor encanto del románico burgalés y uno de los templos más antiguos de la comarca. Se conoce la fecha de su construcción por una lápida inserta en el sillar del contrafuerte meridional. Una inscripción en latín dice:

El 5 de las calendas de mayo, Pascasio plantó el huerto en la era de 1181”, lo que corresponde al 27 de abril de 1143. Según lo escrito, la fecha debería ser 1186 (CLXXXVI), por lo que, en nuestro calendario, correspondería a 1148.

Para la mayoría de los investigadores, la fórmula se refiere a la construcción de la iglesia. Según ellos, la expresión “plantó un huerto” no es única en el románico español; se puede comprobar en el románico rural soriano o en el leonés de Carrizo. Para otros autores, sería la donación de un propietario a la iglesia.

La devoción a María concebida sin pecado ya existía desde siglos atrás, pero el dogma de fe oficial de la Inmaculada Concepción fue proclamado en 1854 por el papa Pío IX.

En Occidente, la fiesta de la Concepción de María se celebraba desde el siglo XI. La devoción a María concebida “sin mancha” fue muy popular durante la Edad Media. A partir del siglo XVI, y especialmente durante el Barroco, se generalizó por la península y fue España uno de los principales promotores de esta creencia. En 1476, el papa Sixto IV aprobó una fiesta litúrgica para la Inmaculada Concepción.

En la Guerra de los Ochenta Años, un tercio español quedó bloqueado en Empel (Holanda) y rodeado por la flota del almirante Holak, en una situación desesperada: sin comida, con frío y llenos de agua, ya que los enemigos habían abierto los diques para inundar la zona. Un soldado español, al cavar una trinchera, encontró una tabla flamenca con la imagen de la Inmaculada Concepción. Esa misma noche sopló un viento gélido inusual que congeló las aguas del río Mosa, lo que permitió a los soldados españoles caminar sobre el hielo y atacar por sorpresa a los barcos holandeses, que quedaron atrapados. Los españoles lograron una victoria aplastante. Fue tal el asombro que el propio almirante enemigo dijo la famosa frase:

“Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro”.

Desde entonces se extendió la devoción de los Tercios españoles a la Inmaculada Concepción, aunque oficialmente se ratificó para la Infantería española en 1892.

En 1760, el papa Clemente XIII la declaró patrona de España, siguiendo la corriente popular surgida tras la milagrosa victoria de Empel de 1585.

En el caso de Crespos, es muy probable que en los siglos XVI o XVII se cambiara la titularidad de la iglesia bajo la advocación de la Virgen de la Asunción, Natividad o del Rosario, por la de la Inmaculada Concepción.

Aunque la iglesia de la Inmaculada Concepción en Crespos es un templo románico del siglo XII, se ha planteado la posibilidad de que se hubiera construido sobre un edificio visigodo.

ARQUITECTURA Y DISEÑO DEL TEMPLO

Se trata de una iglesia de pequeñas dimensiones, conocida por la rica iconografía románica de sus capiteles y canecillos, en los que aparecen relieves de animales, cabezas humanas y una mujer cuyos pechos están siendo mordidos por una serpiente.

El edificio está realizado en piedra caliza de calidad procedente de las canteras del valle. Combina sillería y sillarejo, aunque predomina este último, junto con la mampostería, en los lienzos principales, reservándose la sillería para las esquinas.

La pequeña espadaña sobre la portada es de origen barroco.

El templo refleja la geografía del valle y la maestría de los canteros. Su forma actual, a excepción de la espadaña y del cierre occidental de la nave, no difiere en exceso del edificio original.

Exteriormente, destaca un ábside semicircular estructurado en tres cuerpos, separados por dos molduras horizontales de tacos que recorren todo el perímetro, incluido el tramo recto. A su vez, está dividido por gruesos contrafuertes en tres lienzos, con un único vano, hoy cegado, en el lado sur.

Los canecillos de la cornisa de la cabecera presentan figuras de bueyes, ciervos, liebres, aves, una figura exhibicionista y un mascarón.

Los muros son macizos, sobrios y austeros, levantados para soportar el peso de las cubiertas; tienen pocos vanos para mantener la estabilidad estructural.

La iglesia cuenta con una única nave, actualmente cubierta a dos aguas por una techumbre de madera, que habría sustituido a la bóveda original de piedra de medio cañón.

La puerta de entrada, situada en el muro sur, es sobria y rústica, acorde con el carácter rural de la iglesia. Está abocinada, formada por varias arquivoltas concéntricas que se ensanchan hacia el exterior, creando un efecto de profundidad. Los arcos están decorados con dientes de sierra y motivos vegetales sencillos. Descansan sobre capiteles decorados con leones y hojas, y se apoyan en columnas adosadas y acodilladas. El conjunto combina elementos decorativos y arquitectónicos, logrando una composición armónica.

Interiormente, la iglesia de Los Crespos tiene una nave única de dos tramos, cubierta por un techo de madera. El cuerpo de la nave termina en un tramo recto abovedado y, por medio de un arco triunfal, desemboca en un ábside semicircular cubierto con bóveda de horno.

El ábside se estructura en tres cuerpos y un banco corrido. El cuerpo inferior está formado por una arquería de arcos ciegos de medio punto que se prolonga por el presbiterio. Una imposta ajedrezada separa el cuerpo intermedio, en el que únicamente se abre una ventana cegada en el muro sur, mientras el cuerpo superior forma parte de la bóveda de horno.

En los capiteles de la arquería ciega se conservan relieves muy deteriorados con imágenes de águilas, leones de grandes orejas triangulares y cabezas humanas. Destaca un personaje que forcejea con una serpiente de dos cabezas.

En los capiteles del arco triunfal aparecen leones afrontados y una mujer con los brazos en jarra, a la que una serpiente de dos cabezas muerde los pechos.

Las cestas que coronan el arco fajón que conecta la nave con el tramo recto presentan nuevamente leones y águilas de alas desplegadas.

En los pies de la nave, estupenda pila bautismal románica cuya copa presenta una doble cenefa de dientes triangulares.

 

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR:

1- Enciclopedia del Románico en Castilla y León (Burgos, vol. IV). Fundación Santa María la Real.

2-Rodríguez Montañés, J. M. (2002): El románico en Burgos.

3-Pérez Carmona, J. (1975): Arquitectura románica burgalesa.

4- El Ebro Escondido: publicaciones locales sobre el valle de Manzanedo.