Skip to main content

INTRODUCCIÓN

El Valle del Silencio, en El Bierzo, es uno de los rincones más evocadores de la historia medieval española. Fue, en el siglo VIII, uno de los centros del movimiento espiritual y cultural conocido como eremitismo. Se trata de un valle estrecho, al sur de Ponferrada, rodeado de montañas y densos bosques, situado en la sierra de la Aquiana, en los Montes Aquilianos. Su orografía y su ambiente sereno, aislado y abrupto parecen un escenario diseñado para el misticismo y la espiritualidad.

HISTORIA DEL TEMPLO Y LA COMARCA

Antes de que la península fuera conquistada por Roma, El Bierzo y los Montes Aquilianos estuvieron habitados por los cibarcos, un pueblo astur que vivía en castros. Roma integró el valle en la provincia Tarraconense y en el convento jurídico Asturicense, cuya capital era Astorga. Para Roma, la comarca fue una fuente de riqueza y un punto estratégico de vigilancia de las zonas mineras. Los romanos modificaron el paisaje del valle y, a pesar de su orografía escarpada, diseñaron una impresionante red de canales para llevar agua a las minas de oro de Las Médulas. Algunos de estos canales atravesaban las faldas de los montes Aquilianos.

Tras la caída del Imperio romano, los suevos se apropiaron del territorio. El rey visigodo Leovigildo puso en marcha una campaña para gobernar toda la península bajo su reinado, y lo consiguió cuando, en el año 585, derrotó definitivamente a los suevos. El Bierzo, como camino natural hacia el noroeste, se convirtió en una zona fronteriza. El reino visigodo estableció en Cacabelos una casa de moneda, lo que demuestra su importancia económica.

Desde el siglo VI, con los visigodos, el valle y la comarca pasaron a ser un centro espiritual, llenándose de anacoretas. En el siglo VII, san Fructuoso, un noble visigodo que buscaba la soledad más absoluta, fundó el monasterio de Compludo bajo una de las reglas monásticas muy estrictas de la época.

En el siglo VIII, la península ibérica quedó bajo dominio musulmán y el norte sometido a las razias árabes. Los monasterios visigodos del Bierzo, fundados por san Fructuoso, fueron abandonados. En el siglo IX, el Valle del Silencio era un lugar habitado solo por monjes y ascetas. Sus escarpadas montañas y los densos bosques lo convertían en un lugar inaccesible para la caballería árabe. En estos años nace el concepto de la «Tebaida leonesa», en comparación con la Tebas de Egipto, donde vivieron los primeros ermitaños cristianos.

El valle del Silencio fue un refugio para los montañeses que emigraban hacia el sur. No obstante, la i

San Genadio fue un eremita que llegó a ser obispo de Astorga, pero que dejó su cargo episcopal y se retiró al valle para recuperar la vida ascética y restaurar la esencia monástica en la comarca berciana. En el año 909 levantó el monasterio de Santiago de Peñalba sobre las ruinas de un antiguo cenobio. San Genadio vivió como eremita en una cueva durante 19 años. En una nota testamentaria afirma: Fundé algo más apartado y, en recuerdo de Santiago, un monasterio llamado Peñalba. Un lugar para rezar en latín, aunque se construyera al estilo califal. La iglesia que hoy se conserva fue edificada en el año 916 y consagrada bajo el mandato del abad Salomón en 937. San Genadio fue enterrado en la iglesia hasta que, en el siglo XVI, la duquesa de Alba trasladó sus restos a Villafranca del Bierzo y, posteriormente, a Valladolid, donde reposan en la capilla de San Gregorio de la catedral.

Según la leyenda, san Genadio fue quien mandó callar a las aguas del río Oza con un golpe de bastón, porque su estruendo no le dejaba meditar; desde entonces, se dice que el río fluye en silencio.

En el año 939, Ramiro II derrotó a Abderramán III en la batalla de Simancas. El rey quiso agradecer una supuesta intercesión divina y, en el año 940, hizo una donación de bienes y privilegios, entre los que se encontraba el monasterio de Peñalba, al obispado de Astorga, regido por Salomón.   Ramiro II regaló al monasterio la célebre Cruz de Peñalba, una pieza de orfebrería mozárabe y símbolo de la comarca del Bierzo, en honor a san Genadio, fundador del monasterio. El monacato, al integrarse en la iglesia de Astorga, quedó como una distinción testimonial.

En el siglo XI empezaron a llegar cambios sociales procedentes de Europa, como la reforma gregoriana y el románico, por el Camino de Santiago. El auge de las peregrinaciones a Compostela puso al Bierzo en el mapa europeo. Aunque el Valle del Silencio se mantuvo al margen del Camino, se benefició de la estabilidad económica y de las reformas asociadas a la ruta jacobea. En el siglo XII, el valle mantuvo su espiritualidad: muchos monjes vivían en cuevas excavadas en la roca y cultivaban pequeñas terrazas, integrándose en el ecosistema.

A mediados del siglo XIII, Alfonso IX ratificó la donación del monacato al obispado de Astorga para evitar que los nobles locales cuestionaran la propiedad. Asimismo, anuló los privilegios que eximían al monasterio de impuestos reales con el fin de proteger a los colonos. Peñalba dejó de ser un poderoso monasterio para convertirse en un centro de rentas y un lugar de culto bajo el control episcopal. Desde ese momento desaparecen las noticias del monasterio, aunque la iglesia mantuvo el culto como parroquia. A su alrededor surgió la población de Peñalba de Santiago.

Durante los siglos XV y XVI, las tierras del valle y sus dependencias pasaron a depender del monasterio de San Andrés de Espinareda. El valle se convirtió en una «granja» que enviaba rentas a los grandes centros benedictinos.

En 1570, el obispo de Astorga reconoció las reliquias de san Genadio. Nobles y clérigos viajaban al valle para llevarse fragmentos de la cueva o de las vestiduras del santo, creyendo que tenían propiedades curativas. Se consolidó la cueva de San Genadio como lugar de peregrinación.

A diferencia de otras zonas de España, donde el Renacimiento y el Barroco fueron movimientos muy activos, el Valle del Silencio mantuvo su estética medieval. Se estandarizó la arquitectura popular, con casas de piedra, corredores de madera y tejados de pizarra, mientras su economía seguía siendo de subsistencia: el cultivo de la vid en las zonas bajas y el pastoreo en los montes.

En el siglo XVIII, el valle empezó a ser considerado por los historiadores como lugar sagrado y legendario. Se escribieron crónicas y relatos de la vida de los ermitaños del siglo X. El valle se envolvió de un aura de misticismo y silencio. Gracias al Catastro de Ensenada de 1752, se sabe que su economía se basaba en la explotación de castaños, en cultivos de centeno, hortalizas y pastos para el ganado.

La desamortización de Mendizábal, en 1836, supuso el golpe definitivo para la estructura eclesiástica. Los monasterios cercanos fueron exclaustrados y sus bienes subastados. El valle perdió su protección religiosa y administrativa, quedando sumido en un aislamiento casi total. Muchos edificios monásticos entraron en ruina. La zona se convirtió en un lugar remoto, habitado por pastores y agricultores, desconectado de las nuevas carreteras y del ferrocarril que comenzaba a atravesar El Bierzo. A finales de siglo, los primeros arqueólogos empezaron a visitar el valle, fascinados por sus ruinas «románticas» y por la pureza del arte mozárabe conservado gracias al aislamiento.

El siglo XX fue el de la «resurrección» cultural del Valle del Silencio; sin embargo, Peñalba sufrió una fuerte despoblación. Sus habitantes se trasladaron a otras ciudades, dejando el valle casi vacío. Con la democracia y la creación de las autonomías, se puso en valor su patrimonio. Hacia finales del siglo se mejoraron los accesos por carretera, permitiendo que el valle pasara de ser un lugar de difícil acceso a un destino de turismo rural y cultural.

En 1970, el pueblo de Peñalba fue declarado Conjunto Histórico-Artístico.

A IGLESIA DE SANTIAGO DE PEÑALBA.

El templo de Santiago de Peñalba es una joya mozárabe que confirma la presencia de cristianos del Al-Ándalus, que se instalaron en el reino asturleonés. El monasterio fue levantado en el año 909, durante el reinado de Alfonso III, y la iglesia en el 916 por su hijo Ordoño II. Fue consagrada en el 937 por el abad Salomón, siendo rey Ramiro II, quien donó el monasterio en el 940 al obispado de Astorga y entregó la «Cruz de Peñalba» al monacato.

Santiago de Peñalba mantuvo el culto como iglesia parroquial. Bajo su amparo, los pobladores construyeron un asentamiento y se dedicaron a la agricultura y ganadería. El templo se mantuvo sin reformas ni añadidos posteriores que alterasen su estado original. Las dificultades económicas fueron solventadas mediante donaciones de la Corona.

En 1909, Manuel Gómez-Moreno, padre de la arqueología moderna española, publicó un artículo-ensayo que dio a conocer Santiago de Peñalba.

El aspecto exterior de la iglesia recuerda a un templo visigodo. Es un edificio construido con pizarra local, material muy abundante en la comarca, mezclada con bloques de caliza. El mismo tipo de construcción que las casas del pueblo, por lo que el templo queda perfectamente integrado en su entorno.

El edificio está compuesto por seis cuerpos: cuatro forman el eje principal y las capillas laterales le dan forma de cruz.

Santiago de Peñalba tiene la particularidad de poseer un doble ábside de planta rectangular: uno en el extremo oriental, donde se sitúa el altar, y otro en el occidental, con función funeraria.

Los muros destacan por su aspecto robusto y austero, intentando transmitir una sensación de refugio espiritual. Son de mampostería, reforzada en las esquinas con sillares. Los contrafuertes exteriores ayudan a soportar el empuje de las bóvedas interiores, otorgando al edificio un aire compacto. Originalmente, los muros estaban revocados, pero en la actualidad presentan un aspecto pétreo.

Los vanos en los muros son escasos y pequeños. Se trata de ventanas saeteras con arcos de herradura cerrados, a menudo enmarcadas por alfices como recuerdo de la tradición califal.

Los tejados de pizarra presentan aleros pronunciados, sostenidos por modillones decorados con motivos geométricos y rosetas, propios de las iglesias mozárabes.

La espadaña-campanario está situada a los pies de la fachada occidental del edificio.

Se accede al templo por una puerta doble con arcos de herradura, que constituye la imagen icónica del conjunto.

El interior del templo resulta más amplio y complejo de lo que sugiere su apariencia exterior. La planta de la iglesia es de herencia visigoda, pero tiene un eje visual muy particular. Desde el espacio central, equivalente al supuesto crucero, se pueden contemplar los dos ábsides. Esta disposición obligaba a situar la entrada principal en la fachada sur. Los dos ábsides son simétricos y constituyen una sorpresa: si por fuera son de planta rectangular, por dentro tienen forma de herradura.

En el ábside oriental está el altar, cubierto por una cúpula construida con piedra porosa para aligerar su peso. Está formada por ocho segmentos cóncavos que convergen en el centro y arrancan desde los muros. En las esquinas se disponen trompas que permiten transmitir el peso de la cúpula circular a una planta cuadrada; una técnica notable para la época. El ábside occidental, probablemente destinado a albergar los restos de San Genadio, está cubierto por una cúpula más sencilla.

El edificio no tiene crucero, pero un espacio central separa la nave de los ábsides y está cubierto por una cúpula gallonada. Para acceder al altar hay que atravesar un espectacular arco del triunfo mozárabe muy cerrado que está apoyado en capiteles corintios decorados con hojas de acanto, talladas con gran maestría y sostenidos por semicolumnas de mármol adosadas. La entrada al ábside occidental es muy similar. Al estar enfrentados ambos ábsides, se crea un corredor visual único de arcos de herradura.

En la iglesia se conservan restos de pinturas murales de época califal en los arcos de la cúpula de la nave central y en los ábsides. En las paredes del coro se conserva una colección de grafitos medievales con figuras humanas, geométricas e incluso animales. Los arqueólogos e historiadores del arte afirman que representan aspectos de la vida de los moradores del templo.

La iluminación es tenue, procedente de pequeñas ventanas con celosías de piedra, lo que acentúa el contraste entre las sombras de las esquinas y la luz de los arcos, reforzando la sensación de refugio espiritual.

Las cúpulas dan al templo ligereza y verticalidad. La combinación de influencias cristianas y mozárabes genera una atmósfera de recogimiento casi mística.

Santiago de Peñalba está declarada Monumento Nacional desde 1931.

 

 

 

 

 

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR:

  1. Jimeno Guerra, Vanessa (2015). Patrimonio oculto recuperado. Grafitis de Santiago de Peñalba. Medievalismo.
  2. Utrero Agudo, María de los Ángeles (2006). Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto de Historia. Santiago de Peñalba
  3. Santos, José Luis Cortés (2011). La iglesia de Santiago de Peñalba. Antigüedad y cristianismo.
  4. Martínez Tejera, Artemio Manuel (2013). La arquitectura mozárabe. La iglesia de Peñalba de Santiago. Anales de Historia del Arte.
  5. García, Leontxo (2018). Un tesoro artístico ignorado de siglos IX. El País.
  6. Utrero Agudo, María de los Ángeles (2006). Iglesias altomedievales en la península ibérica. Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto de Historia.