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INTRODUCCIÓN.

Entre los siglos XIII y XVI, los linajes desempeñaron un papel fundamental en la configuración política, social y económica de las ciudades de toda Europa. Este periodo supuso el momento de máximo poder de las facciones nobiliarias en villas y ciudades, que ejercieron una influencia decisiva en la vida urbana medieval.

EL FUNDAMENTO DE LOS LINAJES

Un linaje era un grupo social formado por varias familias que se reconocían como descendientes de un antepasado común, real o mítico. Compartían apellido, escudo de armas y, en muchos casos, patrimonio. Su base era la familia y la memoria histórica. No se limitaban al núcleo familiar directo, sino que incluían ramas colaterales y parientes más lejanos.

Los linajes estaban vinculados a propiedades como castillos, torres, palacios y casas nobiliarias, así como a una posición social determinada, ya fuera por nobleza, hidalguía o pertenencia al patriciado urbano. Más allá del parentesco, los linajes se cohesionaban principalmente mediante relaciones de clientelismo.

Cada linaje buscaba dominar la vida urbana utilizando estrategias más o menos legales. El mayorazgo, por ejemplo, garantizaba que el patrimonio familiar permaneciera unido y se transmitiera de generación en generación, consolidando o incrementando su poder económico. Intentaban controlar el poder político ocupando los puestos clave del concejo, ya fuera por cooptación, designación o herencia de facto.

También aspiraban al poder social y militar. El prestigio y el honor definían el estatus social de sus miembros, visible en el uso de ropajes, banderas, escudos y ceremonias públicas. Procuraban que los cargos y oficios de la ciudad recayeran en miembros de su familia para controlar las fuentes de riqueza a través de la política, la propiedad, el comercio o los gremios.

Como parte de la nobleza, los linajes estaban obligados a contribuir con hombres y armas a la defensa de la ciudad y a las guerras del rey, por lo que las casas nobiliarias solían disponer de arsenales propios.

A partir del reinado de los Reyes Católicos, con la progresiva centralización del poder monárquico, la capacidad de los linajes para gobernar de forma autónoma y ejercer la violencia disminuyó. Los monarcas introdujeron la figura del corregidor permanente y reforzaron la autoridad de la Real Chancillería de Valladolid como instrumento para imponer la justicia real.

LOS LINAJES DE VALLADOLID

La influencia de los linajes en Valladolid fue especialmente notable entre los siglos XIII y XV. El dominio de la ciudad estuvo en manos de un grupo cerrado de familias nobles e hidalgas organizadas en linajes.

A diferencia de otras ciudades, como Soria, donde existían los conocidos doce linajes, no se conserva documentación que fije un número concreto en Valladolid. No obstante, las fuentes históricas señalan la existencia de dos grandes facciones: los Tovar y Reoyo, familias con una poderosa influencia en la vida social y en la administración urbana.

Los Tovar procedían del noroeste de Burgos. El término “Tovar” se relaciona con la palabra toba, una piedra caliza, por lo que su significado sería “lugar donde hay una cantera de toba”. Durante la Edad Media era habitual que familias nobles o hidalgas originarias de ámbitos rurales se asentaran en las principales ciudades. El linaje Tovar se estableció en Valladolid.

El apellido Reoyo, según el diccionario, significa “barranco u hoyo profundo”, lo que sugiere un origen vinculado a un accidente geográfico. Algunas fuentes históricas lo relacionan con Lanestosa, en Vizcaya, aunque el linaje se extendió por la Península, asentándose en Aragón y Castilla.

Los Pueyo de Valladolid procedían del Alto Aragón. En esta época era frecuente que familias nobles aragonesas se establecieran en Castilla para servir al rey. La presencia de los Pueyo en Valladolid está documentada en la Real Chancillería, donde existen registros de pruebas de hidalguía, requisito necesario para acceder a determinados cargos públicos.

Existieron otros linajes menores, como el de Granada, de los hijos de Muley Hacén y Soraya. Isabel de Solís, noble cristiana capturada por los nazaríes en 1471, permaneció cautiva en la Alhambra, donde su belleza cautivó a Muley Hacén. En 1474 se convirtió al islam para casarse con el sultán y adoptó el nombre de Soraya, “lucero del alba”. Tras la conquista de Granada regresó al cristianismo y recuperó su nombre. En Valladolid, el matrimonio ejerció su patronazgo sobre la capilla mayor del monasterio de Nuestra Señora de Prado, que convirtieron en su panteón familiar. Sus hijos se cristianizaron con los nombres de Fernando y Juan.

Otro linaje menor fue el de los Téllez de Meneses, cuyo nombre procede del topónimo Meneses, una villa de Tierra de Campos. El primer señor de Meneses fue el fijosdalgo Tello Pérez de Meneses, y su primogénito llegó a ser obispo de Palencia. Este linaje tuvo mayor influencia en la provincia que en la ciudad. Poseían el señorío de Cabezón de Pisuerga, fundaron el monasterio de Santa María de Matallana en Villalba de los Alcores y donaron los terrenos para la construcción del monasterio de Santa María de Palazuelos.

Los miembros de cada linaje se reunían en capítulos o asambleas, normalmente a comienzos de año, para designar a los oficiales que ocuparían los cargos municipales. Los puestos más importantes eran los de regidor, encargado del gobierno de la ciudad, y jurado, representante de las parroquias. Cada linaje procuraba que los cargos clave recayeran en sus propios miembros. El control del concejo permitía gestionar impuestos y finanzas públicas, lo que a menudo redundaba en beneficios económicos para el grupo.

En Valladolid, los linajes fueron esenciales para el control político y social de la ciudad. Los historiadores coinciden en que estos grupos buscaban el poder político y administrativo mediante la posesión o conquista de cargos y oficios municipales.

EL CONFLICTO ENTRE LOS TOVAR Y REOYO EN VALLADOLID

El enfrentamiento entre los Tovar y los Reoyo por el control de Valladolid fue uno de los más destacados de Castilla. No se trataba de linajes aislados, sino de las dos grandes facciones que conformaban la oligarquía urbana. A su alrededor se agruparon otras familias de menor señorío.

Entre los siglos XIII y XV, ambas facciones acapararon, con mayor o menor fortuna, los cargos y oficios concejiles, manteniendo un estatus político y económico privilegiado. En ocasiones actuaron como auténticos grupos armados dentro de la ciudad, utilizando sus casas fortificadas como bases de ataque y defensa. Los conflictos se extendieron incluso a las comarcas vecinas, en lo que se conoció como la guerra de banderías. La Corona intervino en repetidas ocasiones para intentar pacificar estas luchas internas.

Dado que la elección de cargos no era democrática en los siglos XIV y XV, la rivalidad fue intensa y dio lugar a disturbios, amenazas, desafíos e incluso asesinatos. No se trataba de enemistades personales, sino de una lucha por el poder político y económico de la villa. Aunque ambos grupos coexistían en el gobierno y en los círculos sociales de la élite, su relación estuvo marcada por la competencia y el antagonismo.

La designación de cargos como el de regidor era una función civil y laica que se realizaba en la Casa del Concejo, pese a la fuerte presencia de la Iglesia en la vida medieval. En la práctica, ambas familias formaban parte del mismo círculo de poder y compartían intereses como miembros de la oligarquía urbana. Aunque competían entre sí, su posición les permitía gobernar conjuntamente cuando era necesario. A menudo se turnaban en los oficios más relevantes o se aseguraban de que los cargos clave estuvieran repartidos entre ambas facciones, manteniendo un equilibrio inestable que garantizaba el control oligárquico de la ciudad.

Aunque su capacidad de gobierno disminuyó, la nobleza y los linajes continuaron siendo la élite social y económica de Valladolid durante los siglos XVI y XVII, ejerciendo su influencia y ocupando puestos destacados en la corte, especialmente entre 1601 y 1606.

Cada linaje contaba con una sede para celebrar sus capítulos. Los Tovar se reunían en la Colegiata de Santa María, mientras que los Reoyo lo hacían en el convento de San Pablo. En estas asambleas se decidía qué miembros serían propuestos para ocupar cargos municipales, se regulaba la admisión de nuevos integrantes, se reforzaban las lealtades internas y se diseñaban estrategias políticas frente al bando rival. No hay constancia de reuniones conjuntas frecuentes entre ambos linajes, que, de existir, se limitarían a ceremonias, acontecimientos excepcionales o acuerdos de paz bajo mediación regia.

El poder de los linajes en el Concejo de Valladolid comenzó a declinar con la centralización impulsada por los Reyes Católicos. Estos instauraron la figura del corregidor, un oficial nombrado directamente por el rey con amplias competencias de gobierno y justicia. El corregidor presidía el Concejo, mantenía el orden público, supervisaba el abastecimiento urbano, ejercía como juez en lo civil y criminal y fiscalizaba las finanzas municipales, garantizando el cobro de los tributos destinados a la Corona. Paralelamente, los monarcas otorgaron un papel central a la Real Chancillería de Valladolid como máximo órgano judicial del reino.

 

 

 

 

 

 

 

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR

1-BONNASSIE, PIERRE (1983). Vocabulario básico de la historia medieval. Crítica. 

2- MARTIN GONZALES. (1972). Guía de Valladolid. Editorial Miñón, S.A., Valladolid.

3-RUCQUOI, A. (1997). Valladolid en la Edad Media. Junta de Castilla y León. 

4- MARTÍNEZ SOPENA, P. (2005). Una historia de Valladolid. El Valladolid medieval. Ayuntamiento de Valladolid. 

6-RUCQUOI, A. (1985). Valladolid, del Concejo a la Comunidad. Universidad Complutense de Madrid.

7-MORETA VELAYOS, S. (2001).  Ciudades medievales en Castilla y León: Fundación de Santa María la Real. 

8-WATEMBERG SAMPERE. F 1977). Valladolid, desarrollo del núcleo urbano desde su fundación hasta el fallecimiento de Felipe II. Ayuntamiento de Valladolid. 

9-CANESI ACEBEDO, M. (1996). Historia de Valladolid (1750). Tomo I. Grupo Pinciano.