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Durante los siglos X y XI, San Esteban de Gormaz fue una importante plaza geoestratégica, fortificada por unas murallas de las que aún se conservan algunos lienzos, una puerta de entrada medieval y un castillo situado en un cerro escarpado, del que solo se mantiene en pie un muro. Estaba integrada en la llamada Extremadura soriana y era considerada una de las puertas de entrada a Castilla, dado que en ese punto el río Duero resultaba fácilmente vadeable.

En el año 912, el conde Gonzalo Fernández conquistó y repobló la villa por orden de Ordoño II. Desde entonces y hasta mediados del siglo XI, San Esteban alternó periodos de dominio cristiano y musulmán. Fue escenario de enfrentamientos entre ambas facciones, como la batalla de Castromoros, la dura aceifa de Abderramán III, las devastadoras campañas de Almanzor y las disputas fronterizas entre los reinos de León y Pamplona. Fernando I de León conquistó la plaza de manera definitiva en el año 1060.

En la falda occidental del cerro, bajo las ruinas del castillo, se levanta la iglesia románica de Santa María del Rivero, erigida a comienzos del siglo XII. Al norte del templo se extiende un cementerio monacal. La iglesia ha sido objeto de diversas reformas debido a la inestabilidad de su emplazamiento y ha sufrido varias ampliaciones, como la sacristía, la capilla de San Lorenzo, la torre y el camarín de la Virgen. Todo el conjunto está rodeado por un sencillo muro de mampostería.

La torre y parte del ábside se ven desde la base de la pendiente, donde comienza una escalera de losas que conduce al templo; el resto del edificio queda oculto por el desnivel del terreno.

Por el exterior se aprecia un ábside semicircular, construido en piedra de sillería, que forma un conjunto armónico con el presbiterio, la nave y la galería porticada.

El ábside está dividido en tres calles por semicolumnas, cuyos capiteles muestran relieves con motivos vegetales, hojas, palmetas y volutas, así como animales cuadrúpedos y leones afrontados.

Las tres ventanas absidiales son estrechas, abocinadas y están coronadas por arquivoltas que descansan sobre capiteles bien tallados. Predominan los motivos vegetales, aunque también aparecen aves afrontadas que beben de un cáliz, símbolo eucarístico, o que se observan mutuamente como alegoría de la fidelidad del creyente a la Iglesia.

La galería porticada, construida en piedra de sillería, está orientada al sur. Presenta ocho huecos y una puerta de acceso, además de otros dos laterales orientados al este. De su fábrica original conserva cinco huecos: la puerta y dos tramos, uno con dos arcos y otro con tres; los restantes son de cronología posterior.

Los arcos de medio punto reposan sobre capiteles que contienen escenas muy expresivas. Se trata de cestas cuadradas con relieves toscos que, aunque rudimentarios, evidencian el carácter primitivo de la escuela escultórica. Aparecen representados un hombre que sujeta a dos caballerías; figuras de músicos; aves con las alas desplegadas o cazando liebres; leones devorando presas; serpientes entrelazadas; así como figuras que sugieren pactos o gestos de conciliación, junto a motivos vegetales. El estilo rudo les confiere un encanto especial. Se trata de un lenguaje escultórico de carácter social y bélico, más que litúrgico o bíblico.

En la cornisa de la galería se disponen varios canecillos que, en su mayoría, muestran una iconografía más simple: cabezas de animales, cabras o carneros, formas geométricas o pequeñas figuras humanas de difícil interpretación, vestidas a la usanza islámica o mozárabe.

En el interior del pórtico, un arcosolio del siglo XVI se integra en el muro del templo. Está enmarcado y decorado con relieves de pináculos y escudos con los cuarteles de los linajes Pacheco, Enríquez, Cabrera y Mendoza.

La cubierta de la galería es de madera.

La puerta principal de acceso a la iglesia se sitúa dentro de la galería. Está decorada con tres arquivoltas de medio punto: la interior es lisa; la segunda muestra motivos geométricos y vegetales; y la exterior, más ancha, está decorada con flores enmarcadas en cuadrículas. Los arcos descansan sobre dos capiteles. En el derecho, un músico barbado, con túnica y gorro puntiagudo, tañe un instrumento de arco mientras un joven lo contempla; junto a ellos, en otra cara, un ave rapaz atrapa a dos aves menores. En el capitel izquierdo, en una cara hay un mono con un lazo en el cuello, símbolo del pecado, y en otra cara una serpiente perlada muerde a un ave. La combinación de escenas armónicas y violentas transmite un mensaje de advertencia: abandonar lo mundano y el pecado antes de ingresar en el espacio sagrado.

El interior del templo responde al románico de finales del siglo XI y comienzos del XII. La iglesia consta de una sola nave rectangular, dividida en tres tramos cubiertos con bóvedas de lunetos y arcos fajones que descansan sobre semicolumnas adosadas al muro y rematadas por capiteles esculpidos.

La luz exterior penetra por las estrechas ventanas absidiales, lo que acentúa la sensación de espiritualidad: el fiel avanza desde la penumbra de la nave hacia la luz del ábside.

El presbiterio ha sido objeto de intervenciones posteriores y está cubierto por una bóveda de cañón.

El ábside semicircular queda parcialmente oculto por el añadido de la sacristía y, aunque cuenta con tres ventanales abocinados, solo son visibles dos, ya que el central está tapado por el retablo. La ventana del norte del ábside está enmarcada por columnas y presenta capiteles con figuras de aire oriental. En uno de ellos se reconoce, de forma rudimentaria, a una mujer sobre un asno acompañada de un niño, escena interpretada como la Huida a Egipto, aunque otros la identifican con el empadronamiento en Nazaret o la llegada a Belén. En el capitel opuesto aparecen personajes con túnicas y turbantes, musulmanes o mozárabes de frontera. Por sus vestimentas y la postura de los brazos, con las palmas que portan en sus manos, algunos autores lo han interpretado como: Un simbolismo del Domingo de Ramos o el recibimiento de un ejército liberador. Una interpretación que se explica en el contexto de la llamada frontera del Duero, que favoreció el intercambio cultural.

La sacristía, datada a finales del siglo XII, constituye una ampliación de la fábrica original. Su puerta es una pequeña abertura románica con un arco de medio punto ornamentado con un ajedrezado y una arquivolta ligeramente rehundida, que genera un pequeño espacio de acceso. La arquivolta se apoya directamente sobre dos pequeñas columnas que sostienen la estructura del vano y sus capiteles. El del lado izquierdo presenta hojas de acanto estilizadas y el del derecho muestra aves afrontadas con los picos entrecruzados, interpretadas como símbolo de la concordia o del alma que se alimenta de lo sagrado.

El acceso al altar se realiza a través de un doble arco triunfal sustentado por semicolumnas con capiteles tallados. En el lado del Evangelio aparecen bestias afrontadas que se muerden, en alusión al pecado; en el lado de la Epístola se representan hombres luchando con animales fantásticos, un simbolismo de carácter moralizante.

Las pinturas murales del ábside fueron descubiertas en 1980, dentro del proyecto Soria Románica, bajo capas de yeso que recubrían la bóveda de la capilla mayor. Están datadas en el siglo XIII y representan un Cristo en Majestad rodeado por el Tetramorfos. En el muro del ábside del Evangelio subsisten fragmentos góticos con un Cristo crucificado flanqueado por la Virgen y san Juan.

En el siglo XVI se configuró la capilla de San Lorenzo o de los Calderones en el muro sur del presbiterio. El camarín de la Virgen se añadió en el siglo XVII. El retablo mayor, también barroco del siglo XVII, preside el ábside con la imagen de la Virgen del Rivero en el centro.

El coro, situado a los pies del templo, es una de sus principales joyas. Su artesonado de madera tallada, de estilo mudéjar, data de 1558. Realizado en pino soriano con molduras geométricas, combina elementos cristianos e islámicos, poco frecuentes en Castilla, pero comunes en Aragón. Constituye una muestra singular renacentista de la comarca. Algunos lo atribuyen al obispo Acosta de Osma, cuyo escudo aparece en la parte superior; sin embargo, lo probable es que fuera mandado construir por don Francisco de Villena, señor de la villa, con el consentimiento episcopal.

En 1853, durante el curso de una obra, al levantar un sillar con una cruz esculpida en el muro del ábside del Evangelio, apareció un hueco oculto que contenía una caja de fresno con reliquias de santa Leocadia o santa Cecilia. Entre ellas se halló un fragmento de tejido musulmán enrollado en una bolsa de lienzo, con la inscripción:

«En el nombre de Allah, clemente y misericordioso, la bendición y la prosperidad estén con el califa Hixem, favorecido de Allah y príncipe de los creyentes».

El hallazgo fue enviado a la Real Academia de la Historia y resultó ser parte del turbante del califa Hixem II. Según algunas interpretaciones, se trataría de un trofeo de la victoria del conde de Castilla García Fernández sobre los musulmanes en 978, o bien de un obsequio del hijo de Almanzor cuando se refugió en San Esteban en 989.

Pese a los añadidos posteriores, Santa María del Rivero conserva en gran medida la esencia de su primitivo románico.

 

PARA MÁS INFORMACIÓN, CONSULTAR.

  1. ÁLVAREZ TERÁN, C. y GONZÁLEZ TEJERINA, M. Las iglesias románicas de San Esteban de Gormaz. Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología.
  2. GAYA NUÑO, Juan Antonio (1946): El románico en la provincia de Soria. Edición facsímil, 2003.
  3. HERNANDO GARRIDO, José Luis (1998): Aportación a la pintura románica soriana. San Esteban de Gormaz. Celtiberia.
  4. HERNANDO GARRIDO, José Luis (2002): San Esteban de Gormaz. Iglesia de Nuestra Señora del Rivero.
  5. GARCÍA GUINEA, M. A.: Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Fundación Santa María la Real.