El incendio de 1561 destruyó una parte considerable del centro de Valladolid. Lejos de limitarse a una mera reconstrucción, Felipe II vio en aquella tragedia la oportunidad de proyectar un nuevo conjunto urbano acorde con los principios del urbanismo renacentista, alineando la ciudad con las corrientes arquitectónicas más avanzadas de su tiempo.
El monarca encomendó al arquitecto Francisco de Salamanca el diseño y desarrollo de un ambicioso proyecto destinado a reorganizar y urbanizar los terrenos devastados por el incendio. Este plan maestro contemplaba la construcción de nuevas viviendas, así como de un espacio comercial que permitiera revitalizar la actividad económica de la zona.
Salamanca concibió el conjunto como una obra de gran coherencia urbanística, basada en criterios de racionalidad, orden y uniformidad, característicos del Renacimiento. El resultado fue un espacio funcional, pensado para mercaderes y vecinos, cuyos soportales protegían a los viandantes del sol y de la lluvia, al tiempo que conferían unidad estética al conjunto.
Según Agapito y Revilla, el terreno destinado a este complejo era conocido como el Campo del Mercado. En origen fue un descampado situado a la izquierda del ramal norte del río Esgueva, fuera de la primera muralla de la villa. Sin embargo, tras la construcción de la segunda muralla promovida por la reina María de Molina, tanto el citado ramal del Esgueva como el mercado quedaron integrados dentro del recinto amurallado.
Una vez concluida esta ampliación defensiva, a comienzos del siglo XIV, el Concejo adquirió diversos terrenos y varias casas pertenecientes al convento de San Francisco para facilitar el establecimiento de los mercaderes en el entorno de la actual Plaza Mayor. Una de aquellas casas pasó a albergar las reuniones del concejo y de las autoridades de la villa, constituyendo un antecedente de la futura Casa Consistorial. Posteriormente, durante el reinado de los Reyes Católicos, se consolidó la organización municipal.
Felipe II concedió a Valladolid el título de ciudad el 9 de enero de 1596. La concesión tuvo un especial significado para el monarca, pues Valladolid era la ciudad en la que había nacido en 1527.
El incendio había devastado gran parte de la antigua Plaza del Mercado, escenario de algunos de los acontecimientos más relevantes de la historia castellana. Allí, el 2 de julio de 1217, la reina Berenguela renunció a la Corona de Castilla en favor de su hijo Fernando III. Fue también el lugar donde, en 1420, se celebraron las fastuosas fiestas con motivo del matrimonio de Juan II con María de Aragón. Aquel esplendor evocaría siglos después Jorge Manrique en unos versos cargados de nostalgia:
¿Qué se hicieron las damas, sus tocados, sus vestidos, sus olores? ¿Qué se hicieron las llamas de los fuegos encendidos de amadores? ¿Qué se hizo aquel trovar, las músicas acordadas que tañían? ¿Qué se hizo aquel danzar, aquellas ropas chapadas que traían?»
En la misma Plaza del Mercado fue ejecutado en 1453 el condestable Álvaro de Luna, víctima de las intrigas cortesanas. Años más tarde, en 1506, el almirante de Castilla, Fadrique Enríquez, ofreció una espléndida recepción a la reina Juana y a Felipe el Hermoso con motivo de su entrada solemne en Valladolid, después de haber sido reconocidos por las Cortes como herederos de la Corona. Los soberanos se alojaron en el palacio del almirante, en el solar donde hoy se levanta el Teatro Calderón.
La pieza central del proyecto de Francisco de Salamanca fue la creación de la nueva Plaza Mayor. La concibió como un espacio amplio, racional y armónico, presidido por la uniformidad arquitectónica. Los edificios mantenían una altura semejante y presentaban fachadas ordenadas, balcones y ventanas dispuestos con criterios homogéneos. Los elegantes soportales, sostenidos por columnas de orden dórico, protegían la actividad comercial y reforzaban la unidad visual del conjunto.
Concluidas las obras principales hacia 1562, la nueva Plaza Mayor causó una profunda impresión entre quienes la conocieron. Se convirtió en el corazón administrativo, comercial y social de Valladolid, al albergar la Casa Consistorial y las principales actividades públicas de la ciudad. Su concepción urbanística sirvió de modelo para numerosas plazas mayores construidas posteriormente en ciudades como Madrid, Salamanca o Vitoria, e incluso ejerció una notable influencia en el urbanismo de Hispanoamérica.
Valladolid ofrecía así al mundo la primera gran plaza mayor regular del urbanismo renacentista español, considerada durante mucho tiempo una de las de mayores dimensiones de Europa y referente para la planificación de espacios públicos en los siglos posteriores.
Al mismo tiempo que proyectaba la Plaza Mayor, Francisco de Salamanca reorganizó las calles adyacentes y diseñó la conocida Plaza del Ochavo. El origen de su nombre ha suscitado numerosas interpretaciones. Según Agapito y Revilla, podría relacionarse con un informe emitido por el Concejo en 1519 para instalar una fuente en la costanilla que habría de abastecerse de agua procedente de la finca de Las Marinas. Sin embargo, esta explicación resulta poco convincente.
Otros historiadores han sugerido que el propio Felipe II pudo inspirar un complejo urbanístico con forma de cruz, en el que la iglesia de la Santa Cruz constituiría la base; la calle Platerías, el eje principal; la Plaza del Ochavo, el centro; la calle de la Lonja, el brazo superior; y las actuales calles de Moliner y Especería, los brazos laterales. No obstante, esta hipótesis carece de pruebas documentales concluyentes.
Una explicación más sencilla y verosímil es que la forma ochavada respondiera a la necesidad de resolver de manera elegante la confluencia de varias calles en un espacio reducido. Personalmente, considero más probable que el nombre proceda del mercado que desde finales del siglo XIII se desarrolló en este lugar, conocido como el Mercado del Ochavo, en alusión a una moneda de escaso valor. Se trataría de un mercado de productos modestos o de segunda mano, donde podían adquirirse artículos cotidianos a bajo precio.
El conjunto urbano diseñado por Francisco de Salamanca durante el reinado de Felipe II transformó profundamente Valladolid. Más que una simple reconstrucción tras el incendio, supuso la creación de un nuevo modelo de ciudad basado en los ideales renacentistas de orden, racionalidad y uniformidad, que acabaría convirtiéndose en referente para el urbanismo español de los siglos siguientes.
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PARA MÁS INFORMACIÓN SE PUEDE CONSULTAR A
- Agapito y Revilla, Juan (2004). Las calles de Valladolid: nomenclátor histórico. Ed. Maxtor.
- Arnuncio, Juan Carlos (2008). La Plaza Mayor de Valladolid y la Casa Consistorial. Ayuntamiento de Valladolid, ed. Plaza Mayor.
- Sanz Hermida, Rosa y Jacobo. Historia y literatura del incendio de Valladolid de 1561. Editorial Alcaldía. 1998.
- Burrieza Sánchez, Javier. Guía misteriosa de Valladolid. Ed. Urueña. 2009.
- Pérez, Ventura. Diario de Valladolid. Facsímil. Ed. Diputación. 1978.