Este artículo se lo dedico a mi sobrina Pilar Rodrigo Calabia.
INTRODUCCIÓN
El Carmen Extramuros constituye uno de los conjuntos conventuales históricos más interesantes de Valladolid, tanto por su vinculación con la orden carmelita descalza como por las transformaciones urbanísticas y arquitectónicas que ha experimentado a lo largo del tiempo.
Conviene distinguir dos realidades: el antiguo convento, que fue un complejo religioso de mayores dimensiones, y la iglesia que ha llegado hasta nuestros días.
LOS CARMELITAS
La Orden del Carmen no tuvo un fundador único, como sucedió con otras órdenes religiosas. Nació de una comunidad de ermitaños que se establecieron en las laderas del “Har Karmel”, en Palestina, en el siglo XII. Tomaron como modelo al profeta Elías, cuya tradición estaba unida a aquel monte. Los ermitaños vivían en soledad, pobreza, silencio y oración, agrupados en pequeñas comunidades. Alrededor de 1206 solicitaron a san Alberto de Jerusalén que les redactara una regla para organizar la vida comunitaria y establecer sus obligaciones religiosas. La aprobación pontificia llegó en 1226, bajo el pontificado de Honorio III. La Orden se extendió por Europa y evolucionó a una orden de vida mendicante.
En el siglo XVI, muchas comunidades religiosas atravesaban un proceso de relajación de la observancia de sus reglas originales. Santa Teresa de Jesús fue la gran reformadora del Carmelo. Su propósito era recuperar el espíritu primitivo de los primeros ermitaños.
Comenzó la reforma con las religiosas: En 1562: Santa Teresa fundó en Ávila el convento de San José, la primera casa de Carmelitas Descalzas: En 1567 obtuvo la autorización del superior general, el padre Juan Bautista Rubeo, para extender la reforma a los religiosos varones. De esta iniciativa nacieron los Carmelitas Descalzos, diferenciados de los Calzados, que continuaron la tradición anterior.
La Santa Fundó en Duruelo de Ávila en 1468 el primer convento de Carmelitas Descalzos. Aunque la iniciativa fue de Santa Teresa, su puesta en marcha fue obra de varios religiosos como San Juan de la Cruz, que se convirtió en la figura espiritual fundamental de la reforma masculina, acompañado de Fray Antonio de Heredia y de fray Alonso González, provincial de Castilla.
La reforma se hizo para recuperar una vida religiosa más austera, con mayor pobreza, con una vida de oración y contemplación más intensa, mayor silencio, recogimiento y rigor en la observancia de la regla. En fin, una vida comunitaria más sencilla, con menos comodidades y mayor espíritu penitencial.
LA FUNDACIÓN EN VALADOLID
La llegada de la orden del Carmelo a Valladolid sucedió en dos etapas distintas. Primero llegó la rama femenina con la V Fundación de Santa Teresa y más tarde la masculina.
Santa Teresa había impulsado personalmente la fundación de las Carmelitas Descalzas en Valladolid en 1568. La posterior instalación de los Carmelitas Descalzos constituyó la correspondiente fundación masculina, vinculada a la expansión de la reforma teresiana y a San Juan de la Cruz.
Santa Teresa había ayudado personalmente a esta última. En 1579, escribía que se estaban tramitando los permisos por la fundación de un convento de carmelitas descalzas a pesar de la oposición inicial del abad provisor. Las gestiones de la Santa y fray Jerónimo Gracián consiguieron que la autoridad eclesiástica representada por el abad de Valladolid, don Alonso de Mendoza, diera su consentimiento.
Los Carmelitas Descalzos se establecieron en Valladolid el 4 de mayo de 1581, tomando posesión de la ermita de San Alejo, situada en el camino de Cabezón, cerca de las últimas casas de Santa Clara, gracias a la donación de unas casas y terrenos de Nicolás de Balboa y doña Ana de Vega. Aquel emplazamiento resultó poco adecuado para la vida conventual, por lo que se buscó otro lugar próximo donde establecer definitivamente la comunidad.
El propio San Juan de la Cruz estuvo estrechamente vinculado a esta fundación y participó en la organización espiritual del convento.
Las instalaciones de San Alejo no reunían las condiciones necesarias para el desarrollo de la vida conventual. Por ello, en 1582 se adquirió una casa de campo con una extensa huerta y terrenos, propiedad de don Diego de Salcedo y doña María de Menchaca. Los religiosos se trasladaron a este nuevo emplazamiento el 1 de enero de 1583, donde establecieron el convento de Nuestra Señora del Consuelo, conocido posteriormente como Carmen Extramuros.
Durante los siglos XVII y XVIII, la Fundación se consolidó como un importante centro del Carmen Descalzo. La construcción del complejo se inició bajo la dirección y las trazas de Diego de Praves. El conjunto incluía iglesia, claustro, celdas y huertas. La iglesia se fue ampliando y embelleciéndose y en 1617 su hijo Francisco de Praves levantó la fachada y se fueron incorporando capillas y retablos.
A comienzos del siglo XIX, durante la Guerra de la Independencia, el convento sufrió la ocupación y saqueo por las tropas francesas, en uno de los momentos más críticos de su historia.
La desamortización de 1835 puso fin a la vida conventual: los frailes fueron exclaustrados y el edificio y sus bienes fueron expropiados. Las dependencias conventuales, incluido el claustro, fueron derribadas. Solo se conservó la iglesia, que pasó a ser el actual Santuario de Nuestra Señora del Carmen Extramuros.
Las antiguas huertas del convento fueron compradas por el Ayuntamiento en 1833 para instalar allí el Cementerio Municipal, cuyas obras concluyeron en 1843.
En 1897, los Carmelitas Descalzos regresaron a Valladolid, pero atendieron a la iglesia de San Benito el Real, que había recuperado el culto cinco años antes. El monasterio de San Benito el Real se había convertido en un cuartel. La comunidad no recuperó completamente el convento benedictino, sino que lo hizo de forma progresiva hasta establecerse en todas sus dependencias en 1978.
EL CONVENTO DEL CARMEN EXTRAMUROS
El convento del Carmen Extramuros de Valladolid respondía al modelo de los carmelitas descalzos. El conjunto estaba integrado en tres grupos principales: La iglesia, centro de la vida religiosa y litúrgica. El claustro y las dependencias conventuales, donde se desarrollaba la vida comunitaria de los freiles y una extensa huerta, que contribuía al sostenimiento del convento.
La iglesia se concibió con una planta de cruz latina, siguiendo los principios de sobriedad y funcionalidad característicos de la arquitectura carmelitana. Su construcción se financió, en buena medida, mediante la concesión de capillas a familias acomodadas de Valladolid, que adquirían así derechos de patronazgo y enterramiento. Entre ellas destacó la familia Camporredondo, vinculada a la capilla de San Juan Bautista y más tarde al patronato de la capilla mayor.
En 1587, el convento acogió el IV Capítulo Provincial de la Orden Carmelita, un acontecimiento que demuestra su integración en la organización de los carmelitas descalzos. Por sus dependencias pasó San Juan de la Cruz, para participar en reuniones y capítulos de la Orden.
También tuvo especial importancia su condición de noviciado de la provincia carmelitana desde su establecimiento definitivo, en 1583, hasta la exhalación de 1835.
En el año 1739 se construyó la capilla de San Joaquín, Santa Ana de Nuestra Señora de la Mano, atribuida a fray Pedro de la Visitación. Una que introdujo un espacio barroco en el conjunto conventual.
LA DESAPARICIÓN DEL CONVENTO
En 1833, el Ayuntamiento destinó los terrenos de la huerta y otras propiedades conventuales a la creación del cementerio municipal.
El proceso desamortizador del siglo XIX puso fin a la vida conventual. Los carmelitas abandonaron el edificio y sus dependencias quedaron sometidas a un proceso de desalojo. Desaparecieron el claustro y las restantes dependencias religiosas, mientras que la iglesia logró sobrevivir.
La conservación del templo se debió, en buena medida, a la continuidad de la devoción popular a la Virgen del Carmen. Los hortelanos de los alrededores mantuvieron el culto y promovieron su recuperación. En 1848, el Ayuntamiento autorizó la reanudación de las celebraciones, que acabarían dando lugar a la conocida romería del Carmen Extramuros.
LA IGLESIA DEL CARMEN EXTRAMUROS
La iglesia se encuentra en un espacio abierto, muy separado del casco urbano, lo que explica la denominación de Extramuros. Y permite comprender la antigua relación del convento con los caminos y terrenos agrícolas que rodeaban Valladolid.
La fábrica original utilizó materiales modestos, en consonancia con el espíritu de austeridad de los Carmelitas descalzos. Se empleó piedra en los cimientos y en las partes inferiores de los muros, ladrillo en las esquinas y zonas de refuerzo, y tapial en buena parte de los paramentos. Esta combinación respondió a una construcción práctica, sin buscar el efecto monumental de las iglesias urbanas.
La construcción de la iglesia comenzó en 1583, siguiendo las trazas del arquitecto Diego de Praves, uno de los maestros del clasicismo arquitectónico en Valladolid durante el último tercio del siglo XVI. Su obra debe entenderse dentro de una corriente que buscaba la claridad de las proporciones, la sobriedad ornamental y la racionalidad de los espacios para responder al concepto funcional de un edificio religioso. La iglesia debía facilitar la predicación, la oración y la celebración litúrgica, evitando la profusión ornamental que pudiera distraer de la espiritualidad de la comunidad. Contenida.
En la segunda etapa intervino su hijo, Francisco de Praves, quien concluyó la fachada en 1617 y participó en la construcción de la capilla de San Juan Bautista, vinculada al patronato de la familia Camporredondo.
La fachada se dispone a los pies de la iglesia y tiene una composición simétrica, formada por tres partes principales: un cuerpo central y dos torres laterales. En su conjunto, combina la piedra de sillería con elementos de ladrillo, materiales que contribuyen a diferenciar los distintos volúmenes arquitectónicos.
El cuerpo central concentra la atención visual y alberga la entrada al templo, mientras que las dos torres, flanquean la composición y le dan verticalidad.
El cuerpo inferior está constituido por un zócalo de piedra de sillería que sirve de basamento al conjunto. En el centro se abre la portada principal, resuelta mediante un sencillo vano adintelado, Su sobriedad contrasta con el tratamiento más elaborado del cuerpo superior.
A ambos lados, en la base de las torres, se abren dos óculos circulares que contribuyen a iluminar los espacios interiores y a romper la continuidad del paramento.
Sobre el zócalo se desarrolla un cuerpo rectangular de piedra, delimitado lateralmente por pilastras y rematado por elementos ornamentales de carácter clasicista. En su eje central se encuentra el elemento escultórico más significativo de toda la fachada: una hornacina que alberga una imagen pétrea de la Virgen del Carmen, advocación titular del santuario. La escultura constituye el foco devocional de la composición. La Virgen aparece en una la hornacina, A ambos lados se disponen dos escudos de piedra, que enriquecen la decoración. Se corona mediante un frontón partido con una cruz en el centro con pináculos ornamentales. Por encima se abren tres ventanas alargadas, con arcos de medio punto, que proporcionan iluminación y aligeran visualmente la parte superior del cuerpo central.
La composición culmina en un frontón triangular, en cuyo tímpano hay un óculo central, que es un remate, de inspiración clásica y geométrica, para dar unidad cierta riqueza compositiva de la fachada.
Al lado del cuerpo central se levantan dos torres simétricas, que constituyen uno de los elementos más característicos del edificio. Las dos tienen dos cuerpos diferenciados: el inferior con balcones y hornacinas con las sculturas de san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. Los remates ornamentales de estas hornacinas contribuyen a enriquecer el conjunto. El Cuerpo superior corresponde a los campanarios con vanos para las campanas.
La disposición simétrica de ambas torres enmarca el cuerpo central y confiere al edificio una marcada verticalidad que contrasta con la horizontalidad de la portada.
La fachada de hoy no es la original de los siglos XVII, ha experimentado modificaciones posteriores, incluida una reforma de la portada en la década de 1990.
El interior presenta una planta de cruz latina, como numerosas iglesias conventuales de la época con una nave longitudinal, crucero y presbiterio
La nave tiene cuatro tramos, separados por pilastras de orden toscano. Entre los contrafuertes se abren unas capillas laterales que se comunicadas y enriquecen el recorrido sin alterar la unidad del templo. Las pilastras toscanas que dan sobriedad al conjunto son del estilo de Diego de Praves. La nave se cubre mediante bóveda de cañón decorada con yeserías geométricas planas. Estas ornamentaciones, lejos de romper la austeridad del edificio, ponen un acento decorativo que acompaña a los tramos. Las bóvedas se apoyan en los lunetos semicirculares que permite la apertura de vanos para la iluminación natural
El crucero se cubre mediante una cúpula rebajada sobre pechinas. Su presencia se manifiesta por fuera como un cimborrio cuadrado. La transición desde el espacio cuadrangular del crucero hasta la cúpula se resuelve mediante pechinas. La cúpula, proporciona al crucero una jerarquía espacial y concentra la atención hacia el centro litúrgico del templo.
El presbiterio, de planta rectangular y poco profundo está presidido por el retablo mayor, que constituye el principal foco visual de la iglesia.
LAS CAPILLAS LATERALES
La construcción de las capillas laterales tuvo su importancia social, económica y artística. Parte de la financiación de la iglesia procedió de la cesión de estos espacios a familias acomodadas de Valladolid, que adquirían su patronato y los destinaban al culto particular y al enterramiento.
Entre ellas sobresale la capilla de San Juan Bautista, situada en el lado del Evangelio, que fue concedida en 1602 a Catalina del Río, viuda de Juan de Camporredondo. Su sucesor, Antonio de Camporredondo, miembro del Consejo del Rey, promovió su reedificación y obtuvo en 1649 el patronato de la capilla mayor. La capilla fue reedificada en 1623 por el sucesor de Camporredondo. El ensamblador Juan de Maseras montó el retablo, para el que Gregorio Fernández realizó el magnífico relieve del Bautismo de Cristo. Esta obra, considerada una de las creaciones más destacadas del escultor vallisoletano, se conserva actualmente en el Museo Nacional de Escultura. El l conjunto que hoy se contempla no corresponde al primitivo altar de la familia Camporredondo.
La transformación más importante se realizó en 1739 con la construcción de la capilla de San Joaquín, Santa Ana y Nuestra Señora de la Mano, situado en el brazo del crucero del Evangelio. Es un de las estancias más singulares del templo. Es espacio octogonal de dos tramo cubiertos con bóvedas enriquecidas con yeserías, que se atribuyen a Matías Machuca que están elaborada con motivos vegetales y geométricos y, cuyo estilo anuncia las formas del rococó, Se atribuye al carmelita fray Pedro de la Visitación y contrasta con el clasicismo brazo del crucero , El retablo que preside la capilla acoge una magnífica Inmaculada de Gregorio Fernández; obra anterior la propia capilla, que estuvo integrada en el antiguo retablo mayor de la iglesia.
También conserva una pequeña escultura de Santa Ana, atribuida a Juan de Juni, considerada una obra de su última etapa.
La advocación de Nuestra Señora de la Mano se refiere a una imagen de la Virgen Niña vestida con hábito carmelitano. Según la documentación divulgada sobre el santuario, hacia 1980 fue trasladada a otra capilla del templo. Por tanto, no debe confundirse la ubicación histórica de esta imagen. La capilla fue también propiedad de la familia Alonso Pesquera y llegó a utilizarse como panteón familiar.
La convivencia de una Inmaculada de Gregorio Fernández, una Santa Ana atribuida a Juan de Juni y una decoración dieciochesca de Matías Machuca reúne tres estilos de especial relevancia para comprender la evolución del arte vallisoletano.
EL PATRIMONIO ARTÍSTICO
El retablo mayor constituye uno de los elementos más destacados del santuario. El que figura hoy no es el original de la iglesia. El actual procede de Santa María de Mayorga de Campos y fue instalado en el Carmen 1972. Se trata de una obra barroca del ensamblador Juan de Medina Argüelles. Está organizado mediante un banco, un cuerpo principal y ático. El cuerpo tiene cuatro columnas que forman tres calles. En la centra esta la imagen de Nuestra Señora del Carmen, principal objeto de veneración. La escultura se relaciona con el taller de Gregorio Fernández.
El ático tiene una calle central flanqueada por dos es y esculturas.
En el brazo del crucero correspondiente al lado de la Epístola se conservan otras dos esculturas de especial interés: una imagen de Santa Teresa de Jesús y un Cristo crucificado, ambas relacionadas con la producción de Gregorio Fernández. La presencia de Santa Teresa resulta especialmente significativa en un convento nacido por impulso reformador de la santa. Su imagen no es únicamente un elemento devocional, sino una referencia directa a la identidad espiritual de la comunidad del edificio. El Crucificado, por su parte, expresa la escultura barroca castellana, por la atención al cuerpo humano, la expresión del sufrimiento y la búsqueda de una intensa comunicación emocional con el espectador.
A la entrada del presbiterio se encuentran las imágenes de los arcángeles San Rafael y San Gabriel, esculturas de carácter rococó fechadas en el siglo XVIII y atribuidas a Luis Salvador Carmona.
OTRAS IMÁGENESD EL PATRIMONIO
El conjunto conserva otras imágenes y retablos que completan su programa devocional. Entre ellos se encuentran: San José, imagen de especial importancia en la devoción carmelitana y vinculada a las celebraciones populares del santuario. San Antonio de Padua, situado en un retablo atribuido al ensamblador Miguel de Irazusta. San Pedro Regalado, imagen de carácter devocional que representa al santo franciscano vallisoletano. Y Nuestra Señora de la Mano, advocación que da nombre a uno de los espacios históricos del templo y cuya imagen se relaciona con la escultura del siglo XVIII .
LA ROMERÍA DEL CARMEN EXTRAMUROS:
Uno de los elementos que mejor explican la supervivencia histórica del santuario es la romería dedicada a Nuestra Señora del Carmen. La fiesta adquirió una nueva dimensión después de la desaparición del convento. Los agricultores y vecinos que habían mantenido la devoción a la Virgen impulsaron las celebración y contribuyeron a organizar la cofradía. La celebración tiene lugar el lunes siguiente a Pentecostés y constituye una de las manifestaciones más arraigadas de la religiosidad popular vallisoletana.
La romería reúne dos dimensiones inseparables: la religiosa, expresada mediante los cultos y la procesión de las imágenes, La imagen de la Virgen del Carmen sale en procesión acompañada por San José y otras representaciones marianas, en medio de una multitud de devotos y la festiva, que tradicionalmente ha congregado a familias enteras en la pradera del santuario donde hay bailes tradicionales, las dulzainas, puestos populares, merenderos. Las reuniones familiares han formado parte de esta celebración durante generaciones.













PARA MÁS INFORMACIÓN, SE PUEDE CONSULTAR A:
MISIEGO TEJADA, Jesús Carlos: La romería del Carmen Extramuros (Valladolid): aproximación a su estudio. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
URREA FERNÁNDEZ, Jesús y VALDIVIESO, Enrique: Retablos vallisoletanos perdidos. Ediciones Universidad de Valladolid. Especialmente el estudio del retablo de Nuestra Señora del Carmen.
URREA FERNÁNDEZ, Jesús: «Gregorio Fernández y el Monasterio del Carmen Descalzo», Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, tomo 38, 1972, pp. 546-553.
BRASAS EGIDO, José Carlos: Guía artística de Valladolid. Editorial Lancia, 2005.