La mayoría de los historiadores medievalistas coinciden en que, durante los siglos VIII y IX, el núcleo de la futura Castilla era una comarca conocida como Las Vardulias. Este nombre derivaba del grupo prerromano que se había establecido entre el sureste de la cordillera Cantábrica y el norte de Burgos. Antes de la invasión musulmana, esta zona estaba poblada por hispanogodos y vascos.
Con la llegada de los musulmanes, los habitantes de la región huyeron hacia el norte, buscando refugio en áreas no controladas por los invasores, especialmente en la Cordillera Cantábrica y en el sur de los Pirineos.
A principios del IX, los pocos habitantes de la Cantabria oriental y Vizcaya comenzaron a emigrar hacia los valles del sur en busca de caza y de tierras fértiles para alimentar a sus familias. Para llegar a estos valles, tenían que cruzar altos puertos de montaña, barrancos y desfiladeros. Aunque no hay confirmación oficial, se cree que estas rutas eran las antiguas calzadas romanas, que habían usado los pobladores del alto Ebro y la Meseta para llegar a la costa cantábrica.
Los colonos montañeses de la parte oriental del reino se establecieron en Las Vardulias. Esta comarca estaba delimitada por el norte por la Sierra Cantabria, por el oeste por Álava y las tierras de los Banu-Casi, por el oeste por las deshabitadas tierras del norte de Burgos y Palencia, y al sur por los montes Obarenes.
Se conoce el nombre de una de las primeras familias en emigrar a estas tierras. J. J. Esparza lo describe muy bien en su libro Héroes españoles: «Lebato y su mujer Muniadonna partieron de Laredo o sus alrededores en el año 796. Siguieron una ruta que atravesaba Limpias, Ampuero, Rasines, Ramales de la Victoria, Lanestosa, Los Tornos y Agüera; llegaron a Bercedo entre Espinosa de los Monteros y Taranco. Algunos historiadores describen a Lebato como un hombre humilde, mientras que otros sostienen que era rico y poderoso, viajando acompañado de su esposa, hijos, clérigos, siervos, criados, ganado (vacas, ovejas, cerdos) y enseres domésticos.
Sea como fuere, Lebato y su familia se asentaron en Bercedo. Limpiaron y prepararon el terreno, iniciando una labor colonizadora. Hicieron presuras, es decir, tomaron posesión de la tierra, la labraron y cultivaron como hicieron otros vecinos siguiendo su ejemplo repoblador. Sus hijos, Vítulo y Ervigio, se dedicaron a la Iglesia; el primero como abad y el segundo como clérigo, y levantaron una iglesia dedicada a San Martín. En el año 800, construyeron otra iglesia bajo la advocación de San Emeterio y San Celedonio en Taranco, a la que entregaron como donación las presuras de Sotoscueva.
El valle de Mena ofrecía un excelente entorno natural, con una rica vegetación de hayas, encinas, arces, pinos y robles, alternando con amplios pastizales para el ganado. Contaba con agua abundante por sus ríos y manantiales. El valle estaba atravesado por una calzada secundaria que unía Castro Urdiales con la vía principal entre Astorga y Aquitania.
Los emigrantes de Castro Urdiales y los vizcaínos emigraron por otra ruta alternativa y más cómoda, cruzando por Ontón, Agüera de Trucios y Valmaseda hasta llegar al norte de Taranco, donde edificaron una iglesia dedicada a San Esteban.
En el norte del valle de Mena encontraron el pueblo deshabitado de Opio, con sus murallas romanas destruidas. Su nombre, Oppidum, puede traducirse del latín como «lugar de vigilancia».
Hay un documento del año 790 en el que un abad llamado Alejandro recibió una donación para su monasterio, lo que indica que, en esa fecha, en una localidad tan alejada del centro del reino, ya existían repobladores o cristianos hispano-godos que no se habían refugiado en las montañas.
Entre Trespaderne y Tártales de Cilla, se pueden ver unas ruinas rodeado de hayas y matorrales, al que se accede por el desfiladero de La Horadada. El topónimo «cella», que en latín se traduce como «cámara», sugiere la existencia de algún edificio en la zona. Parece referirse a la ermita de Nuestra Señora de los Godos, donde se han encontrado estelas de los autrigones.
Entre los años 800 y 805, emerge en la historia un personaje clave: el obispo Juan. Algunos historiadores creen que pudo haber sido obispo de la diócesis de Oca, mientras que otros lo sitúan como instructor de Alfonso II.
Se ha sugerido que esta comarca de las Vardulias pertenecía a la familia materna de Alfonso II, e incluso que el obispo Juan era originario de la región. Los medievalistas consideran que existía una relación familiar entre el obispo Juan y Alfonso II.
Juan defendía la importancia de la fe y la ayuda al prójimo, bajo su lema: «Cuanto más conocemos a alguien, más le amamos». La comunidad liderada por el obispo estaba integrada por familias creyentes que lo asistían en tareas eclesiásticas y sociales e iniciaron una labor colonizadora haciendo presuras hasta Pineda. Reconstruyeron iglesias en ruinas y edificaron casas y establos.
Un documento de diciembre del año 804 afirma que el obispo Juan fundó el monasterio de Santa María de Valpuesta sobre las ruinas de una iglesia visigoda y que, una vez reedificada, la elevó a sede episcopal y estableció allí su obispado en el año 816. Ese mismo año, levantaron un monasterio dedicado a San Justo y San Pastor para dar cobijo a clérigos y gasalianes.
Juan Pisuerga





PARA MÁS INFORMACIÓN:
- GARCÍA VILLADA, Z. «Valpuesta: Una diócesis desaparecida», Estudios Mirandeses (2000).
- MACHO ORTEGA, F. «La iglesia de Valpuesta en los siglos IX y X», Estudios Mirandenses (2000).
- BLANCO DÍEZ, A. «Los arcedianos de Valpuesta», en Boletín de la Real Academia de la Historia (1947).
- IBÁÑEZ GARCÍA, M. A. «El «privilegio» de Alfonso II. Introducción al señorío de» (2003).
- MARTÍNEZ DÍEZ, «El obispado de Valpuesta», Universidad de Valladolid (2004).
- MENÉNDEZ PIDAL: «Historia de España», Ed. Espasa Calpe S.A.
- MAÑUECO, Juan Pablo (2023): «Dónde estaban los castellanos, antes de Castilla», Guadalajara.